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    La Ciudad de los Ojos (Parte 1)

    Abrió los brazos, despedazó el ataúd, arañó la tierra, escupió el pasto y los gusanos que tenía en la boca, se levantó de la tumba apoyándose en el borde como un nadador saliendo del agua.

    Le hizo un corte de manga a Dios o al mundo. Había regresado. No recordaba su nombre. Una semana atrás había muerto de cáncer en un cuarto de hospital con tufo a flores y remedios. Se había muerto con rabia, sabiendo que le quedaba algo por terminar, y sin saber qué era.

    Sus últimas palabras habían sido mierda mierda mierda, pero nadie las había oído porque no tenía fuerza para pronunciarlas. Mierda mierda mierda había sido un murmullo que le picaba en el cerebro como una bola de acero en un cuenco de goma.

    Al morir no había tenido visiones idílicas con túneles de luz y coros angélicos. Después sí había tenido visiones, pero no las recordaba. Sólo sabía que durante largo tiempo había escuchado mierda mierda mierda como un Gloria cantado por ángeles borrachos.

    El claro de luna lo bañó con un resplandor húmedo. Miró alrededor:
    hileras de tumbas, mármol blanco, negro, marrón, olor a flores mustias, retratos de difuntos sobre lápidas y cruces, inscripciones, dedicatorias de padres, hijos, cónyuges. Una ojeada a la inscripción de la cruz provisoria (VÍCTOR VALLE 19401995, más una dedicatoria afectuosa de esposa y parientes) le permitió recordar su nombre. Víctor Valle sonaba ridículo después de haber estado donde había estado. Aún no sabía qué había visto, pero el ritmo de la visión le vibraba en el cuerpo y en la mente embotada.

    Soplaba una brisa caliente. Era una típica noche de enero. Más allá de las altas paredes del cementerio flotaba el fulgor amarillento de la ciudad. Oyó un ruido. Se alarmó, pensó en volver a la tumba abierta. Sintió el miedo de estar en un cementerio de noche, hasta que recordó que él mismo era un muerto. No, no tenía miedo del cementerio, sólo de que lo viera alguien, de que un guardián lo sorprendiera. ¿Había guardianes? ¿Cómo cuidaban los cementerios de noche? Nunca se había detenido a pensarlo. ¿A quién le importaba cómo cuidaban los muertos? Era como la cárcel, el hospital o el manicomio. A nadie le importaba hasta que le tocaba vivir las cosas del otro lado. Ahora él estaba del otro lado, definitivamente del otro lado, aunque no sabía si vivir era la expresión adecuada.

    El ruido se repitió.

    Vio pasar una sombra. Un animal, probablemente un gato. Sintió alivio cuando la sombra se alejó. Si pensaba que inspirar miedo era privilegio exclusivo de los muertos, se equivocaba. El miedo era mutuo. Eran los dos lados del espejo, materia y antimateria.

    Se levantó, se miró la ropa. Un traje andrajoso y maloliente, el que le habían puesto para velarlo y enterrarlo.

    ¿Cuánto tiempo había pasado? No mucho, si aún no habían cambiado la cruz de madera por la de mármol. Se levantó, se sacudió la tierra. Se miró la mano. ¿Su carne también estaría andrajosa y maloliente? No, pálida y descolorida, pero entera. El olor a podredumbre venía de la mugre y la ropa, no de la carne. Echó a andar. No le asombraba la fuerza descomunal con que había podido apartar la tierra y despedazar el cajón, pero le asombraba no tener las piernas entumecidas. Caminaba con soltura, como si estuviera vivo. Reconoció el cementerio de la Chacarita, trató de orientarse. Iría hacia la puerta de Jorge Newbery, donde sin duda no habría gente a esas horas. No quería que lo vieran.

    Era un muerto, pero en ese momento se sentía un convicto, un fugitivo.

    ¿Cómo saldría? Las puertas estaban cerradas. ¿Y si no fuera así, y si hubiera alguien, ese temido guardián? Soy un interno, le diría, pero hoy tengo el día libre. Sacudió la cabeza. Su propio chiste no le causaba gracia.

    Se sentía muy serio; más que serio, solemne, casi pomposo. No lo vio nadie, y la salida dejó de preocuparle en cuanto se acercó a la pared.

    La muerte le había dado un nuevo vigor. Podía trepar esa pared como una mosca, y luego saltar diez metros o lo que fuera para caer en la calle sin lastimarse.

    No le preocupaba cómo llegar afuera, sino cómo salir de adentro.

    Sentía esa fuerza, esa succión que se oponía a su resurrección. La vasta hermandad de los muertos se negaba a soltarlo. Su conciencia era como una gelatina, y esa gelatina se adhería a ese coro numeroso.

    Primero entonaron una advertencia: el mundo de afuera, las luces, era tan temible como el cementerio para los vivos. El otro lado era espantoso. Él respondió que no, que para eso había vuelto. Tenía que ir al otro lado porque debía terminar algo. El coro se volvió amenazador.
    Irse era una traición, sería castigado.
    Cosas peores que la muerte, clamaron las voces.
    Las voces no mentían. Había cosas peores que la muerte.
    Sé que seré castigado, pero no por esto, respondió.
    Sería castigado por algo que había dejado de hacer, y por algo que aún no había hecho.

    Avanzó contra esa corriente, no se dejaría vencer. A fin de cuentas, estaba allí cumpliendo un mandato. En esas voces había envidia. Víctor Valle no creía que lo que debía hacer fuera envidiable, aunque ni siquiera sabía qué era.

    Un pájaro surcó la noche, se posó en un árbol. El aleteo le llegó como el estruendo de una catarata. La muerte le había aguzado los sentidos. El mugido de las voces se intensificó. Otro pájaro fue a posarse en el árbol.
    Las voces insistieron, reclamándole que regresara. Pero el mandato de la Voz lo inspiró.
    La Voz, pensó. Recordaba la textura de esa Voz, pero no qué le había dicho.
    Se desprendió de esas voces gelatinosas, apuró el paso.
    Caminó hacia el muro, saltó a la calle y fue hacia las luces, hacia la ciudad.

    Antes de llegar a la plaza iluminada, a la calle Corrientes, temió llamar la atención con su apariencia. Después pensó que pasaría por un ciruja. Había tantos muertos de hambre en la calle que nadie tenía por qué fijarse en un muerto más. Apuró el paso enérgicamente, y pronto notó que nadie lo miraba con especial atención Víctor Valle recordó que amaba esa ciudad, o la había amado. Recordó su colección de discos de tango, su afición por los diccionarios de lunfardo, su conocimiento de bares y tugurios. Ahora, al caminar las veinte o treinta cuadras que lo separaban de su casa, ese amor se extinguía. La ciudad era ruidosa, sucia y caótica.

    Recordaba otras ciudades que lo habían fascinado, y también eran ruidosas, sucias y caóticas. Siempre eran así, por eso lo fascinaban. Claro que había ciudades limpias, y había ciudades apacibles, y había ciudades ordenadas, pero en su catálogo personal no figuraban como ciudades. Mendoza no era una ciudad, ni Berna; ni siquiera Venecia era una ciudad, sólo un fantasma, una seductora reliquia. Y Nueva York, la Madre de las Ciudades, era la Madre del Ruido y la Roña. Las ciudades eran cosas putrefactas, y él, que había nadado en putrefacción, ya no entendía ese amor, esa fascinación por lo corrupto.

    Había visto la Ciudad de los Ojos, con su lustre de savia, sangre y semen.

    Poco a poco recordó cosas, jirones de imágenes. Su mujer se llamaba Marta, que también era un nombre ridículo, como eran ridículas las formas de las calles, los colectivos, la gente. Todo estaba al sesgo, todo parecía unidimensional, carente de relieve. Todo era menos que antes.

    Se preguntó cómo lo recibiría su mujer. ¿Qué podía decirle un muerto a su viuda? Y a medianoche, cuando todos dormían. Mala hora para regresar de la tumba. ¿Qué pasaría si Marta le cerraba la puerta en la cara? Quizá ni siquiera le abriera la puerta del edificio. ¿Sentiría hambre, frío, sueño? Hasta ahora no sabía lo que sentía. Estaba confundido, perdido. Era un hombre empecinado que había vuelto de donde pocos lograban volver, pero también era un pobre resucitado que sólo ansiaba volver a casa.

    Se quedó mirando con nostalgia la lista de precios de una pizzería, siguió andando y cruzó el paso a nivel sin prestar atención al campanilleo de advertencia. Las cosas recobraban su relieve. El olor a pizza y el traqueteo del tren eran estimulantes después de una resurrección.

    Soy Víctor dijo cuando tocó el portero eléctrico. Soy Víctor, sin disculpas ni aclaraciones.

    Ya bajo dijo Marta, sin hacer preguntas.

    Eso lo tranquilizó, pero de inmediato lo alarmó. ¿Por qué no hacía preguntas? Ellos no conocían a ningún otro Víctor. ¿Tan pronto le había creído? ¿Lo estaba esperando? No podía tomar su regreso con tanta naturalidad. Víctor no se animó a tocar de nuevo, pero estaba seguro de que ella no bajaría. Tal vez estuviera dormida al atender y hubiera respondido automáticamente al oír su voz, pero luego se habría vuelto a la cama.

    Sin duda estaría dopada con calmantes, reponiéndose de la agonía y la muerte de su marido.

    ¿Y cómo era Marta? Sólo recordaba un borrón.

    Pero la reconoció en cuanto ella apareció en el pasillo del edificio. Marta abrió la puerta. Estaba dopada, en efecto, y tenía los ojos vidriosos, pero no gritó ni berreó ni lloró ni se desmayó.

    Pasá dijo con voz seca.

    Lo hizo pasar, cerró la puerta, lo llevó hacia el ascensor. Le sujetaba el brazo como cuando él estaba enfermo y lo sostenía en el hospital. Ahora Víctor se sentía más fuerte que entonces, más fuerte que nunca, pero se dejó llevar. Marta no dijo una palabra hasta que llegaron al departamento.

    Cuando entraron, echó llave y apoyó la cabeza contra la puerta, dándole la espalda.

    Sabía que me harías esto dijo.
    ¿Qué te haría qué?
    Volver. Lo presentía.
    ¿Lo presentías? ¿Conocés a mucha gente que haya vuelto?
    Ella sacudió la cabeza, no respondió. Dio media vuelta y caminó despacio, sin mirarlo.
    No querías que volviera dijo Víctor.
    No sé. No sé qué quería.
    Tenía que volver dijo Víctor.
    Y aquí estás. Y yo no sé qué hacer con mi dolor dijo Marta. Se desplomó en una silla del comedor diario.
    Se apoyó la cabeza en las manos.
    Víctor no supo qué decir. No podía decirle que se iría si la molestaba. ¿Adónde iba a ir? Ni siquiera recordaba quién era. Sólo un nombre y algunas imágenes deshilachadas.
    Marta irguió la cabeza.
    Sacáte esa ropa y tirála dijo. Apesta.
    Se levantó, lo llevó hasta el dormitorio, abrió la parte del ropero donde él guardaba su ropa. Víctor notó que no había muchos cambios, y al notarlo comprendió que poco a poco se aclimataba, se recobraba.
    Reconocía objetos, evocaba recuerdos asociados con esos objetos.
    También notó un leve aire de ausencia, y comprendió sorprendido que esa ausencia era la suya.
    ¿Cuánto ha pasado? preguntó. Desde que…
    ¿Desde que te moriste? No sé. Días. Pero no sé cuántos días. Nunca fui buena para contar los días.
    ¿Todo bien?
    ¿Todo bien? ¿Qué pregunta es ésa? Todos me la hacen últimamente, y lo entiendo, pero no la esperaba de vos.
    Víctor extendió los brazos. Iba a responder algo, pero no pudo. Marta le dio una palmada en la mano.
    Andá, sacáte esa ropa y date un baño, que buena falta te hace.
    Víctor cabeceó. Entró en el baño alegrándose de reconocer más objetos, de sentirse más Víctor Valle. El nombre ya no le parecía tan absurdo.

    Al bañarse, notó que aún se sentía vigoroso, aunque no tanto como cuando había cruzado de un salto la pared del cementerio. Poco a poco la carne se reacomodaba. La resurrección era un proceso lento, como un postoperatorio.

    Cuando fue al dormitorio a cambiarse, Marta lo esperaba sentada en la cama.

    Quiero ver mi habitación dijo él con timidez.
    Todo está igual dijo ella. No he tocado nada.
    Claro.

    No confesó que no hubiera reconocido los cambios a primera vista. Aún no recordaba con precisión quién era ni qué hacía, pero estaba seguro de que lo recordaría en cuanto entrara en ese lugar que había llamado mi «habitación». Sabía que no la llamaba «mi pieza» ni «mi cuarto» ni «mi estudio», pero no recordaba qué había adentro. La muerte te tritura la mente, pensó. Pero volví para algo, y tengo que averiguar qué.

    Quiero ver mi habitación insistió.

    Ella lo miró extrañada, como dando a entender que no se oponía. Pero él la miró con urgencia, y ella comprendió la urgencia, aunque no el motivo. Víctor había comprendido que aquello que debía hacer debía hacerse en ese lugar.

    Marta se levantó y él la siguió.
    A «su habitación».
    A la meca de su peregrinaje.

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