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    La Ciudad de los Ojos (Parte 2)

    La meca de su peregrinaje era un cuarto pequeño, despojado: biblioteca, estéreo, sillas, escritorio, computadora, discos, su colección de tangos. Reconoció todo en cuanto lo vio. Eso era él, eso era Víctor Valle. Frente al escritorio había una reproducción de un grabado de M. C. Escher, una mano dibujando o escribiendo una mano que a la vez la dibujaba o la escribía.

    Quería cerrar la puerta, estar solo para saborear ese territorio tan suyo y tan desconocido. Al volverse vio que Marta se había ido, como reconociendo que no debía entrometerse en ese momento privado y sagrado. En una repisa vio libros con su nombre en la tapa. Cuentos, novelas, artículos. A eso se dedicaba, pues.

    Empezaba a comprender a qué había ido.

    En su interior hablaban dos personas, una que entendía, otra que se negaba a entender.

    Tenía que escribir la crónica.
    ¿Qué crónica?
    La crónica del viaje.
    ¿Qué viaje?
    Aún no lograba recordar.
    Sabía que era un viaje, y algo más que un viaje.
    El viaje por el río de las almas.
    Vio un río negro y lustroso en un paisaje subterráneo, pero también un río ancho y marrón como el Paraná, bordeado por frondas verdes bajo un cielo azul y luminoso.
    Quitó la funda de la computadora, encendió la máquina.
    La máquina zumbó, dio el mensaje de bienvenida, desplegó iconos en la pantalla.
    Víctor se sentó. Miró la textura de fondo de la pantalla, que era como granito marrón, y recordó que había nadado a través de la tierra, escupiendo pasto y lombrices.
    Movió el mouse, tocó un icono con el puntero. Cliqueó.
    El procesador de texto empezó a cargarse con un zumbido de disco. Le recordó el proceso de su cuerpo despertando en el cementerio. Un zumbido, una vibración de la carne.
    Pensó en su cuerpo como un icono.
    Clic clic. Estoy vivo.
    Recordó.
    Mientras agonizaba en el hospital, en medio de los retortijones de dolor, la humillación de los pinchazos, el tufo de sus excreciones, las palabras de consuelo, la amabilidad y la coerción de las enfermeras, en medio de su dolor y el dolor que le provocaba el dolor de Marta, había iniciado un viaje.

    Era un viaje hacia adentro y hacia abajo. Su mente se sumergía, nadaba en un río subterráneo. A veces el cuerpo la llamaba con sus aguijonazos, temblores, desgarrones, su necesidad de comer, orinar y defecar, y entonces él emergía abruptamente, como un ahogado buscando aire y decía No, quiero irme de aquí. A veces lo atosigaban con calmantes, y nadaba en una bruma donde no había dolor ni viaje, sólo embotamiento.

    Pero cuando lograba sumergirse veía que el río donde nadaba era un río del alma, un río de almas, un ríoalma. Si abría los ojos de ese alma, veía la ciudad hacia donde iba. La llamaban la Ciudad de los Ojos, un mundo de apariencia repulsiva, pero también una gema rutilante. Y había oído una voz. Una Voz. Quería representar esa Voz con palabras, escribir esa Voz, pero estaba en coma, a kilómetros de distancia del mundo. Y de pronto todo se había esfumado, como la imagen de una película quemada retorciéndose en la pantalla.

    Sintió los labios de Marta en la frente, y un susurro de Marta como un rumor de hojarasca, y él se fue diciendo mierda mierda mierda sin que nadie lo oyera.

    Ahora, en su habitación, evocaba todo con claridad.

    Después de la muerte seguía un período de nulidad y oscuridad. Había despertado en el ataúd, pero no con sensación de encierro, sino como un hombre tendido en una barca.

    Poco a poco notó que la barca se movía, descendía. El viaje que había vislumbrado se repetía, pero con mayor vividez. Al principio la tierra parecía cemento blando, luego agua lodosa. Debajo del cementerio se extendía un mar turbulento que primero era de fango y luego era de lava, el ríoalma que había entrevisto durante el coma. Descendía hacia un lugar como si lo llamaran. No le asombraba ver a través del ataúd. Una vasta comunidad de muertos lo acompañaba.

    Sintió un tirón en la cabeza, como si una tenaza le arrancara recuerdos, pensamientos o trozos de cartílago.
    El tirón se transformó en succión.
    Oyó la Voz, que era un huracán.
    Veo tus secretos, dijo la Voz.

    Víctor ya no iba en el ataúd, en la barca. Caminaba por un pasaje que también era una calle, una cloaca y una llanura. Las formas eran escurridizas como agua, y también las palabras de la Voz. Veo tus secretos también era Quiero tus secretos, y Quiero tus secretos también era Quiero tus recuerdos, y Quiero tus recuerdos también era Mastico tu cerebro. Era un torrente de palabras que no eran palabras, un ritmo que decía muchas cosas al mismo tiempo, pero sin ambigüedades ni incoherencias. Eran palabras que eran colores que eran formas.

    Eso buscaba yo, se dijo Víctor. Eso quería hacer yo.
    Ahí veo un secreto, dijo la Voz. Y secreto también significaba culpa y añoranza.
    La Voz cobró una forma, la forma de un mártir frenético, amarrado a la hoguera, contorsionándose de felicidad en las llamas.
    Necesitamos tu inspiración, dijo la Voz. Inspiración también era respiración y ambición.
    Qué sos, qué eres, qué es usted, preguntó Víctor, y pensó que la Voz se reiría de su vacilación.
    Pero la Voz no se rió.
    Soy un instrumento, dijo.
    La Voz era estremecedora en su familiaridad. Era la voz de un viejo amigo en un café, no la de un Jehová tonante a lo Cecil B. De Mille. Era risueña, como si no se tomara demasiado en serio.

    Necesitamos tu presencia, dijo la Voz. Presencia también era decencia e influencia.

    Las palabras de la Voz eran agua moviéndose con un ritmo musical que no necesariamente era melodioso.

    Sí, era el ritmo que él había buscado, y al que había renunciado. Víctor cerró los ojos, pensando en ese ritmo.

    Al abrirlos, notó que había dejado de escribir y miraba hacia la repisa donde estaban sus libros. Por un momento quiso creer que todo había sido una pesadilla. No se había muerto, sólo se había dormido con la cabeza en el teclado. Pronto se iría a la cama, por la mañana le prepararía el desayuno a Marta y le contaría que había tenido un sueño raro donde él se moría y resucitaba. Ella, bromeando, le tomaría el pulso.

    Víctor se tomó el pulso.
    No había pulso.
    La repisa y los libros se volvieron borrosos.
    No podía hacerse ilusiones. Aunque hubiera querido, la presencia de la Voz era demasiado fuerte para desoírla.
    La repisa. Sus libros.
    El ritmo que había buscado, y al que había renunciado.
    Recordó.
    Sus primeros libros narraban historias donde no había barreras entre los muertos y los vivos, entre lo animado y lo inerte. Con torpeza de principiante, Víctor buscaba un ritmo que coincidiera precisamente con lo que describía, un ritmo contagioso y pegajoso que transmitiera espanto y exaltación a la vez. Los críticos habían hablado de efecto poético, pero él no buscaba un efecto sino una vibración.

    La repisa y los libros recobraron su nitidez. Víctor vio la leyenda Ediciones Montero en las tapas y recordó a Vicente. Vicente Montero era un gran ególatra, un gran amigo y un gran lector. También era un especulador financiero y un apostador compulsivo.

    Por eso publico libros como los tuyos. Porque me gusta apostar le había dicho. Gano guita con otra cosa y después la pierdo en este juego. Le había publicado los dos primeros libros, y alguno de los últimos. Después de los dos primeros, le había aconsejado que “cambiara de ramo”.

    Esto es sensacional, y lo hacés bien, y recibe muy buenas críticas. Pero a la gilada no le gusta.

    Vicente se consideraba un progresista que creía en su papel de redentor de las masas, aunque ya nadie usaba estas palabras, pero también creía en su olfato comercial. Tenía empatía con la gilada, como él decía. Para la gilada, esto es fantasía, no es real. No es adulto.

    ¿Adulto?

    ¿Querés escribir adulto? Escribí sobre una mujer que sorprende al marido en la cama con un amigo. Hablá del sida. Eso es adulto. La clase media todavía compra libros, y adora esas pavadas.

    Pensé que te gustaba apostar.

    Ya aposté, y gané. Y ahora quiero doblar la apuesta.

    Había escrito adulto, un par de novelas sobre parejas separadas, hijos adictos y mujeres oprimidas. Las escribía en broma, pero las habían tomado en serio; los críticos citaban las frases de sus personajes más sentenciosos y latosos como denuncias del «autoritarismo latente de nuestra sociedad». Las ventas crecieron, ganó un concurso literario, un par de becas. No se hizo rico, pero se quedó sin deudas y con el ego fortalecido.

    Vicente estaba encantado, y no le ofendió que se pasara a las editoriales grandes.

    Ahora tengo que apostar a otro caballo dijo. Además pienso reeditar tus primeras cosas.

    A Víctor no lo preocupaba la cantinela eterna de esos colegas temerosos de “prostituirse”, de entregarse al “mercado”. No le avergonzaba pagar sus deudas con lo que escribía mientras otros peroraban sobre la crisis social y la misión del intelectual desde sus dúplex de Palermo y adyacencias, pero se sentía desviado. Su afán de buscar un ritmo no era una veleidad literaria. Ni siquiera escribir era una veleidad literaria. Escribir, buscar el ritmo, era como respirar, y él había dejado de respirar.

    En eso, o por eso, lo había sorprendido el cáncer. Y el cáncer le había devuelto la visión, en el abismo del coma.
    Pestañeó, miró la pantalla, apoyó las manos en el teclado y siguió escribiendo.
    Las letras formaban palabras, frases, párrafos, y los párrafos se sucedían rápidamente en la pantalla, reacomodándose, anudándose, formando conglomerados y dejando lagunas que pronto se rellenaban. Renuncié al ritmo, escribió, renuncié al ritmo.
    De inmediato regresó al río de las almas, al sonido de la Voz, a la forma flamígera del mártir.
    Ahí detecto otro pequeño secreto. La Misión del Artista, dijo la Voz con voz socarrona.
    Víctor no afirmó ni negó, pero sintió vergüenza.
    Misión, protección, salvación, función, dijo despectivamente la Voz. Soy sólo un muerto que necesita volver, dijo Víctor.
    Por qué, preguntó la Voz.
    No sé por qué.
    Yo sí, dijo la voz. De lo contrario no estaríamos hablando.
    Detrás de la forma flamígera del mártir Víctor vio una especie de montaña fulgurante, un fogonazo de luz que lo encandiló.
    Iba a preguntar qué era, pero la Voz se le adelantó.
    La Ciudad de los Ojos, explicó.

    En cuanto dijo ojos, Víctor distinguió con mayor claridad. La montaña no era una montaña sino un montón, un amontonamiento de ojos enormes y palpitantes, con un lustre de savia, sangre y semen. Aunque navegaba o caminaba por el río de las almas, aunque era un muerto, sintió repulsión por lo que veía, ganas de vomitar. Pero miró de nuevo, y lo que vio no era repugnante, sino esplendoroso. Los ojos eran gemas. Qué es la Ciudad de los Ojos, preguntó. Y ciudad también era racimo y sinfonía, y ojos también era llama y resplandor.

    En la Ciudad de los Ojos el mundo se mira a sí mismo en un fulgor incandescente., dijo la Voz.

    La Ciudad de los Ojos era un ojo que se veía a sí mismo. Los ojos eran las almas que se fundían. Era la conjunción de las almas que eran capaces de esa conjunción, la aspiración de las almas que aún no eran capaces. Y almas también era labios y párpados.

    La forma del mártir cambió. Se convirtió en un afectado maestro de ceremonias que anunciaba las maravillas de la ciudad ante un público de turistas. ¡Pasen y vean! Con cada frase, el prodigio se convertía en una postal o en una foto de vacaciones, lo extraño se volvía empalagosamente familiar. Víctor trató de no oír el pregón del maestro de ceremonias.

    La voz era menos pura, más chillona. Ya no era una Voz. Ya no ejercía ese efecto de succión. Y la gema que era la Ciudad de los Ojos era una baratija.

    Comprendió que él había contribuido a que ese mundo fuera más prosaico. Comprendió y mientras lo escribía recordó que había comprendido lo que la Voz había querido decirle. Él ya lo había sabido, pero nunca había entendido bien el porqué.

    Caminó por calles de ojos, entre paredes de ojos, bajo árboles de ojos. Había ojos tristes, ojos alegres, ojos risueños, ojos bizcos, ojos negros, ojos azules, ojos legañosos, ojos con cataratas. En ventanas de ojos asomaban pares de ojos curiosos. No eran perfectos, y en eso radicaba su perfección. En la Ciudad de los Ojos el mundo se miraba y con esa mirada se creaba a sí mismo. Estaba del otro lado, pero con su existencia desaparecían los lados. Era el reflejo cambiando la imagen original. Era algo que se veía en sueños, que se alimentaba de los sueños.

    Víctor sabía perfectamente que esos ojos lo miraban, y también sabía perfectamente que donde él veía ojos otros verían otra cosa. No era una ilusión. Eran ojos, sí, pero había otras facetas que él no veía y otros sí. La Ciudad de los Ojos anudaba todas las visiones, que otros percibirían como todas las músicas o todos los sabores.

    Esto es real, dijo la Voz, volviendo a ser la Voz. Y real también quería decir ilusorio.

    La ciudad era un vasto koan Zen, un ejercicio en paradoja suprema que sólo era posible en la muerte muerte también quería decir simiente y el hecho de verla sólo como una ciudad de ojos era una prueba del deterioro que sufría porque él se había desviado.
    ¿Prueba?
    Sin duda era víctima de una deformación profesional. ¿Por qué el estilo de un mero escritor podía tener tanta importancia?
    Pero no, no era eso, no tenía la menor pretensión de poseer un territorio privilegiado. Era como un cirujano en un quirófano, un maestro en un aula, un boxeador en el ring. Salvar una vida, enseñar el alfabeto o tumbar al contrario era lo que uno debía hacer. Y él debía buscar el ritmo. Cada cual empobrecía o enriquecía la Ciudad con sus actos, aun sin saberlo, o sobre todo por no saberlo, y así empobrecía o enriquecía la Voz, y las muchas voces que era esa Voz. Era como si al desviarse él hubiera dejado de pagar sus impuestos.

    Descubrió que esta imagen prosaica lo redimía de toda soberbia, de toda grandilocuencia. No era algo especial. Era simplemente la parte que a él le tocaba. El ritmo sí era especial, pero el ritmo no le pertenecía. Tendrás que volver, dijo la Voz.

    Pero esta vez, como la exhortación sonaba como una orden o una imposición, Víctor se intimidó.
    Sospechó que la vuelta no sería placentera.
    ¿Por qué él? ¿Por qué otros no arañaban la tierra, o juntaban sus cenizas, o hacían lo que fuera necesario con sus cuerpos enterrados o incinerados, triturados o despanzurrados, hundidos o congelados? Por qué, preguntó, por qué yo. ¿Todos tienen ese privilegio? No todos, y no es un privilegio. Tendrás que pagar un precio.
    ¿Un precio?, preguntó Víctor.
    No se cruza esa barrera sin pagar un precio, dijo la Voz. ¿Qué gano con esto?, preguntó Víctor.
    Viaje ahora, pregunte después, dijo la Voz, con forma de payaso. Y Víctor se encontró bajo el suelo del cementerio, destrozando la madera del ataúd para salir. No recordaba quién era, sólo se enorgullecía de haber vuelto, como si fuera un mérito personal.

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