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    El Anillo

    Por: Ana Beatriz Calderón
    E-mail: cenlases@jal1.telmex.net.mx

    Allá por el pueblo de Tepatitlán Jalisco, México, hace ya mucho tiempo, existió una señora muy rica, perteneciente a la alta sociedad. Estuvo casada y tenía bastantes joyas, entre ellas un hermoso y llamativo anillo de diamantes. Siempre lo llevaba en su dedo anular de la mano derecha.

    Vivía feliz con su esposo y tres hijos, y la familia gozaba de grandes lujos. Pero un día el esposo enfermó y murió. A los pocos meses la esposa también murió al faltar su esposo, de depresión y soledad. Los hijos quedaron sin padres, pero heredaron una gran herencia.

    Ya mayores de edad, pero todavía jóvenes, empiezan a gastarse el dinero a grandes cantidades: en casinos , viajes, lujos, mujeres, vino,… Los tres eran derrochadores, sobre todo los dos mayores. Ellos le comentaron a su hermano más cuerdo que su dinero ya estaba a punto de acabarse, que estaban preocupados y que había una solución: Cuando a su madre la enterraron, llevaba su flamante anillo de diamantes en su dedo; la idea fue cavar la tumba de su madre en la noche,… y quitarle ese costoso anillo. Así, sus problemas terminarían.

    El hermano menor se oponía fuertemente, hasta que dijo:

    -Bueno,… yo no. Si ustedes lo hacen, no quiero estar implicado en eso… va contra la iglesia y es pecado.

    Y así fue: en la noche, los hermanos mayores, sin vacilar, abrieron el ataud de su madre y trataron de quitarle el anillo al cuerpo en estado de descomposición… no podían quitárselo por más que trataban, ¡hasta que se desesperaron y decidieron cortarle el dedo! -listo- obtuvieron lo que querían, pero esa noche los dos hermanos, aunque muy machos, no pudieron dormir: imaginaban a su madre reprochándoles su mala acción… Vendieron el anillo y obtuvieron gran ganancia por él. Así siguieron gozando de derroches. Una noche, decidieron hacer una gran fiesta en su casa e invitar a todos los chicos más reventados de Tepatitlán. Los invitados llegaban por docenas: esto estaba a reventar, música, comida, mujeres y vino, los tres hermanos felices tomando.

    …pero como en eso de las 12:00 de la noche empezó a caer una gran tormenta con relámpagos, y timbran a la puerta. El mayor va y abre: era una viejecita vestida de negro, con la cabeza cubierta por una capa de seda. El muchacho le preguntó que se le ofrecía; ella le pidió asilo, ya que no tenía donde cobijarse de la lluvia. Él, ya tomado, le dice no.

    -…estamos en fiesta… ¿usted que va a hacer?… va a estorbar… Ella le ruega llorando:

    -Déjeme pasar un rato mientras se calma la tormenta. El chico la pasa y le dice a sus hermanos, que con la condición de servir las bebidas y la comida podría pasar, y ellos aceptaron.

    Durante la reunión los hermanos platicaban y tomaban. Los mayores estaban borrachísimos y la mujer de negro servia como acordaron, pero el mayor la notó extraña a la viejesita. Cada vez que salía de la cocina con vivieres, no le despegaba la mirada al joven. Él notaba esa penetrante mirada, no aguantó hasta que le dijo a su segundo hermano. - Estas loco, ya estas borracho,- le contestó y no le hacía caso. Cada vez más tenso, insistía que no aguantaba más esa mirada. Cada vez la veía más parecida a su madre…

    …y ahí el hermano comenzó a preocuparse también.

    Pasaron los minutos. Los dos estaban asustadísimos - la mujer no dejada de mirarlos a través del espejo de la cocina. Cuando les sirvió la cena, pasaron a una larga mesa y se sentaron juntos, los tres hermanos. La mujer servía, y cada vez que dejaba un plato, hechaba su tenebrosa mirada a los dos hermanos. Ahí le contaron al menor. Este los ignoró, explicándoles que ella los miraba así, por agradecimiento, por que la dejaron pasar; y estan locos para verla parecida a la madre.

    La mujer sirvió a todos los invitados, la lluvia seguía con grandes truenos, ella se veía cansada… así es que el hermano más chico la invito a cenar con ellos. Ella aceptó y se sentó enfrente de ellos. Los dos más grandes no soportaban tantas miradas, y cuando la viejita levantó la copa en su mano, ¡uno de ellos notó con espanto que le faltaba el dedo anular!… el mismo que le cortaron a su madre… ellos temblaban de miedo, y uno de ellos decidió preguntarle a la señora con voz tenue y temblorosa:
    -…o-oiga señora, dígame… ¿quién le corto el dedo?

    Ella, con una mirada intrigante y profunda levantó su mano y se acerca al muchacho… y le contesta con voz fuerte y gruesa

    ¡¡TUU!!

    (Nota del autor: este cuento sirve para asustar a los amigos, pues cuando estén esperando intrigados la respuesta de la viejita, levanta el dedo y apuntándoles a los ojos dí fuerte “¡¡TUU!!)

    FIN.

    Escrito en November 18, 2020
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