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    DE GRAN CORAZÓN

    Nunca hizo caso a sus médicos. Estaba gordo y no le importaba lo más mínimo.

    Con sólo 27 años transportaba en su interior más kilos de los que podría sostener sobre sus deformados hombros. La cantidad de colesterol que circulaba por todas sus venas era directamente proporcional a su tamaño. ¿Quién ha dicho que el cuerpo humano no puede funcionar sin sangre?; este grotesco personaje tenía aceite en lugar de flujo sanguíneo.

    Dadas las circunstancias, el ataque al corazón que le sobrevino no debería extrañar a nadie. La sufrida esposa del citado individuo llamó a una ambulancia al ver aquella masa informe y enormemente grande retorcerse por el suelo. Cuando los hombres de blanco se lo llevaron apresuradamente camino del hospital, la pobre mujer se arrepintió de haber telefoneado; no podía soportar a su propio marido, le resultaba totalmente imposible convivir con aquel ser redundante en todas sus formas.

    Cuando ingresó en el centro hospitalario, rápidamente fue conducido a un quirófano de urgencias y, tras aplicarle la anestesia, expertos doctores se dispusieron a operarle. Su estado mejoraba por momentos gracias a la reanimación a la que fue sometido en el interior de la ambulancia. Era su primer ataque cardíaco. Quizá saliese de ésta muy fácilmente; si no surgían complicaciones.

    En cuanto a la operación…, en fin, yo no entiendo nada de medicina y no recuerdo los términos científicos que empleó quien me contó esta historia; fue, sencillamente, una operación a corazón abierto.

    Lamentablemente ocurrió algo que no estaba en el guión: debido a las prisas alguien se descuidó en la limpieza del tubo de goma que transportaba la anestesia. A los pocos minutos de dormirse el paciente, el conducto se obstruyó por completo. Aquel tipo podía seguir respirando, pero sólo el aire exterior; aire que penetraba a través de las rendijas que existían entre la mascarilla y la cara: el hombre estaba tan fofo que no se le ajustó perfectamente y el oxígeno exterior circulaba ahora a sus anchas por sus conductos respiratorios. Los escasos efectos de la anestesia se esfumaron una vez transcurrida la primera media hora de la intervención. Se despertó sin abrir los ojos.

    No podía hablar; no podía gritar. Le resultaba imposible mover alguno de sus miembros. El abominable dolor que le taladraba el cerebro se acentuaba por momentos a medida que los efectos aletargantes se iban esfumando.

    Alguno de los médicos notó alteraciones, en los gráficos, del ritmo cardíaco y de la respiración. Algo parecía ir mal. Todos achacaron los fallos al músculo que progresivamente disminuía la frecuencia de sus latidos.

    El montón de sebo que yacía sobre la mesa de operaciones colgaba también a ambos lados de ésta. La hinchada y asquerosa barriga se agitaba bajo la tela como un montón de merengue azotado por el viento.

    El paciente ya no logró resistir mucho más. Su aguante psíquico hacía rato que se había extinguido. Cuando por fin logró abrir los ojos prefirió no haberlo hecho: al principio lo veía todo muy borroso, después le llegó la casi total oscuridad. En aquel momento, al límite, pronunció para sus adentros las palabras mágicas; pidió a Dios la pronta muerte como última salida. A veces, y solo a veces, Dios concede favores a los más necesitados. Antes de hundirse en el pegajoso lodo de la muerte, el curioso personaje oyó voces de extrema agitación en la sala. Un grito destrozó aquel desorganizado mar de murmullos. Fue lo último que pudo oír.

    La frase que puso fin a todo fue clara y concisa. Era el incongruente y absurdo comentario de un médico que deshecha toda posible esperanza: -Dejadlo chicos, lo hemos perdido.

    AUTOR: Héctor Álvarez Sánchez (heko).

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