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    DE CANTINA EN CANTINA, ENCONTRAMOS NUESTRO PROPIO INFIERNO

    Pudo más el sueño y el hambre que yo; increíble, pero cierto.

    Acostumbrado a manejar en carretera a altas horas de la madrugada, nunca había sentido esa necesidad tan imperante. Pero esa noche, esa precisa noche, tenía algo en especial ; hoy en día aún me pregunto que era. Lo único que recuerdo era la fecha, un 21 de septiembre de algún año. Me dirigía a Pachuca, Hidalgo ; ciudad minera muy colorida.

    Buscaba yo un lugar donde cenar algo, y qué mejor lugar que el más frecuentado por los traileros que conocen todas las rutas de nuestro país de noche. De pronto me topé con una especie de cantina a orillas de la carretera, solitaria y a la luz de la luna. No había muchos camiones, de hecho sólo había uno. Pero aquella fachada, vieja y a punto de ruinas, como las de los cuentos de mi abuelo, tenía algo que invitaba a pasar. No acostumbro tomar cuando manejo, pero sé que en ese tipo de lugares se come muy bien.

    Al llegar al viejo portón de madera, noté algo raro en él. Tenía algún tipo de inscripciones talladas en su superficie, pero al no entenderlas, no les di la menor importancia. Toqué tan fuerte como pude, comenzaba a llover, de pronto la puerta se abrió de par en par.

    Caminé por entre las mesas, me fijé que había personas vestidas a la antigua, cosa que pensé que era natural pues a los alrededores no había más que campo.

    Llegué a la barra y ordené algo para comer y algo para tomar. El lugar estaba lleno, no era muy grande pero en cada mesa había por lo menos una persona. De una mesa, pegada a una pequeña ventana, un viejo de aspecto sucio y espectrante, me invitó a sentarme a su lado. Gustoso acepté, y me dispuse a cenar mientras el viejo me platicaba. Pero en el momento en que iba a dar el primer bocado, el anciano me impidió llevarme el alimento a la boca de un manotazo, al momento que me dijo:
    -No comas eso si quieres salir con vida de aquí -. Me extrañó pues en estos días no se acostumbra andar envenenando a la gente nada más porque sí. Al ver mi cara, el viejo comentó: - No se espante tanto joven, pero antes de explicarle la razón, permítame hacerle unas cuantas preguntas… -yo no le vi ningún inconveniente y accedí a sus peticiones.

    El anciano no sabía como comenzar, pero después de pensarlo, dijo: - ¿Es cierto lo que dice el muchacho de allá al fondo, el de copete grande? ¿ Es cierto que existe una caja llamada televisor, y que uno puede ver cosas en ella? ¿O lo que dice aquél otro, que un hombre, hijo de Dios, ya pisó la luna?-. En ese momento no supe que pensar, pues todas sus preguntas eran acerca de cosas que no tenían sentido alguno.

    Creí que el hombre estaba loco, pero todo lo decía con tal seriedad que no tuve otra alternativa más que contestar a todas sus preguntas. El me preguntó si es que traía alguna fotografía del exterior; al mostrársela el se asombró tanto que sus labios comenzaron a temblar y exclamó: - ¡Es a color¡-. El me mostró una suya, parecía a las que normalmente se ven en los museos, pero la diferencia es que esta se veía casi nueva.

    En ella se veía al señor abrazado nada más ni nada menos de Pancho Villa. Me sorprendí mucho por el buen estado en que se encontraba la fotografía, pero más me sorprendí cuando el viejo me dijo que un “gringo” se la tomó hacía dos meses.

    Después de un momento de escuchar tantas incongruencias, tocó el turno de el viejo de responder mis preguntas. Primero lo primero, el alimento, ¿qué había con él? A lo cual el anciano me respondió: - Aquél que prueba lo que aquí sirven, está condenado a vivir dentro de estas paredes por una eternidad; pero aquél que lo guarda para después, vive plenamente por un poco menos de la eternidad- Al momento que señaló a la mesa de a lado, - Fíjese nomás, antes ahí se sentaban tres personas junto con el paisano de copete grande. Dos de ellos salieron de aquí siendo más jóvenes que sus propios hijos, pero con una fortuna en oro para poder vivir por segunda vez…- Continuó explicándome que el tercero no soportó el hambre y mordió una fruta que estaba sobre la mesa, pero al momento de salir, se convirtió en polvo y desapareció; mientras que los otros dos, sólo habían guardado el alimento en sus bolsillos y al salir, se había transformado en oro puro. - He ahí el problema de esta maldita cantina- dijo el viejo, - Uno puede pensar que sólo se tomó unos cuantos minutos para descansar, pero en el mundo verdadero pueden pasar años-.

    El viejo habló por un largo rato, en donde comencé a comprender lo que en ese lugar sucedía. Dijo que la cantina aparecía de la nada una vez al año precisamente en esa fecha, y que volvía a desaparecer con todo lo que en su interior se pudiera encontrar. Si uno no se iba en el mismo momento de haber entrado, tenía que esperar por lo menos un año para volver a ver la luz del sol. Pero que en su interior, uno no se da cuenta de el tiempo real que pasa. El viejo dijo: - Yo comí y bebí, por lo que ya no puedo salir de este pequeño infierno. Pero los que usted ve aquí, hemos aprendido a vivir ese pequeño infierno juntos, pues viviremos juntos por una eternidad, sino es que más-.

    El viejo continúo diciendo: - Nuestra misión es advertir a aquellos que no coman algo aquí. No podemos invitarlos a abandonar el lugar, pues el tiempo corre desde el momento en que cruzan el viejo portón… Así es que, joven, mejor retírese ya porque seguro sus seres queridos ya lo dan por muerto… Y no olvide llevarse su comida, buena falta le va a hacer allá afuera…-. Al ver sus ojos llenos de preocupación, no dudé ni un momento en tomar la torta y las frutas que estaban sobre la mesa y salir corriendo de ese lugar. Al momento de pasar por entre las demás mesas, sentía las miradas desesperadas de los otros que ahí se encontraban.

    Una vez afuera y mientras trataba de razonar lo que había pasado, busqué mi automóvil, pero lo único que encontré fue un gran pedazo de chatarra oxidada por la lluvia. Giré para ver el lugar, pero mi sorpresa fue enorme, ya no había cantina, de hecho no recuerdo haber escuchado el ruido del viejo portón al cerrarse. El miedo y la incertidumbre se apoderaron lentamente de mi ser, pensando lo peor caminé hasta el poblado más cercano, buscando un teléfono para localizar a algún amigo o familiar que me pudiera recoger. Un lugareño me preguntó si me sentía bien, le conté lo que me acababa de suceder a lo que contestó: - Joven, usted ha sido otra víctima de ese maldito lugar, de gracias a que aún está vivo… -Al lograr contactar a un amigo, casi se desmaya por escuchar mi voz; todos me daban por muerto, pues llevaba tres años desaparecido. Ahora entiendo, poco, pero entiendo. Lo único seguro es que ese pequeño gran infierno, me había robado tres años de mi vida, algo que no cambiaría por todo el oro que ahora traía en mis manos.

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