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    CHIVO

    David Campton

    Chivo Kemp sabía más de lo que le convenía a nadie. No había ni un alma en el pueblo, excepto Lento Harry, que no se sintiera intranquilo por el temor de que el viejo diablo soltara algo que era mejor mantener en un discreto silencio. Si yo me preocupaba menos que la mayoría, era sencillamente porque tenía menos que ocultar…, salvo algunos libros que se supone que un maestro de escuela no debe leer. Sin embargo, Chivo sabía de ellos. Me lo hizo saber una tarde después de que me negara a darle un cigarrillo; tras lo cual se fue corriendo con un paquete de veinte. Hubiera debido mantenerme firme; después de todo, ¿qué podía significar la bibliografía pornográfica de Ashbee para mis vecinos? Pero mi aplomo se había visto tremendamente sacudido. ¿Cómo podía haberse enterado? Cuando no está en mis manos, el libro es mantenido en un cajón cerrado del escritorio. Donde yo tan sólo me estremecía, sin embargo, otros temblaban.

    Fue Chivo Kemp quien llevó a Sam Fernie ante los magistrados a raíz de un puñado de faisanes. Sam juró vengarse, pero había sido un estúpido al no compartir aquellos volátiles con Chivo; mejor compartirlos que perderlos todos.

    Fue Chivo Kemp quien condujo a la pequeña señorita Mellat a la desesperación. Mientras aguardaba en la cola de la tienda del pueblo, le baló: «¿Qué pasó con el niño?». Luego, en el porche de la iglesia, después de los servicios:
    «¿Dónde está enterrado?». Luego, de un lado a otro de la calle, al alcance del oído de todo el mundo: «¿Es venenosa la raíz de tusílago?».

    Nunca llegamos a saber el sentido que pudieran tener todos esos detalles juntos, porque la señorita Mellat se llevó su secreto al río con ella. Y todo porque en cierta ocasión observó que Chivo Kemp necesitaba un baño.

    Lo cual era cierto. Su suciedad era digna de la Edad Media, y se le caía a pequeñas escamas. Su apodo, sin embargo, procedía de algo más que de su falta de higiene personal. Su rostro triangular, con una colgante barbita de pelos como telarañas, y sus esquivos ojos siempre inyectados en sangre sugerían un padre de origen infrahumano o sobrenatural. La gente del pueblo admitía que Kemp había sido engendrado o por un chivo o por el diablo.

    Nadie sabía cómo conseguía sus misteriosos conocimientos, pero todos sabíamos cómo los usaba. «Qué alegría verte, Chivo», lo saludábamos cuando se deslizaba silenciosamente hasta la barra de El Buey. «¿Qué quieres tomar, Chivo?» Aunque le pagábamos siempre todas sus copas, en total el tributo resultaba modesto. Nunca se quedaba mucho rato en El Buey…, sobre todo si Lento Harry estaba allí.

    ¡Nabo! le escupía a Harry. ¡Gordo y baboso nabo! Nada inmutaba a Harry. Siempre estaba contento, sentado junto a la chimenea en El Buey, sonriendo, asintiendo con la cabeza, y ocasionalmente lanzando un alegre y obsceno monosílabo en el clímax del chiste de alguien. No babeaba mucho, y de todos modos se secaba la barbilla de tanto en tanto con la manga. Chivo lo odiaba porque no tenía vicios. Con sus enormes manos y su enorme cabeza, no tenía muchas oportunidades de caer en la tentación. Chivo no podía extorsionar a un hombre sin miedo y más allá de todo reproche.

    En cierto sentido, nuestros dos excéntricos se anulaban el uno al otro. Chivo tomaba; Harry daba. Nos gustaba Harry, y temíamos a Chivo. Entonces un nuevo temor empezó a atormentar al distrito. Creo que lo iniciaron los hijos de Sam Fernie, al ir un día detrás de Chivo por la calle diciéndole cosas. Únicamente repetían expresiones aprendidas en las rodillas de su padre, pero Chivo se volvió hacia ellos, con los esquivos ojos brillando como carbones.

    Vi lo que le hicisteis a la hierba gatera de la señora Bugle escupió. Ella creyó que habían sido los gatos, pero yo sé quiénes fueron. Díselo si quieres respondió el joven Sam.

    Sus posaderas habían conocido muchas veces el cinturón de su padre; sabía el precio, y estaba resignado a pagarlo. Su hermana Kate le sacó la lengua.

    ¿Quién llenó de tinta el escritorio del maestro? siseó Chivo. Yo lo hice dijo el joven Sam, protegiendo a su hermana, pues calculaba que sería castigado igual por dos fechorías que por una.

    Dos lenguas asomaron en dirección a Chivo. Dos dedos se apretaron contra dos narices respingonas.
    No tenemos miedo desafió el joven Sam.
    Lo tendréis gruñó Chivo.
    A mi me da miedo susurró Kate.
    No se lo permitas ordenó su hermano.

    Anticipándose a Chivo, Sam confesó sus crímenes, y fue enviado pronto a la cama, donde se tendió boca abajo para mejor alivio. Sin duda Kate estaba pensando en la amenaza de Chivo cuando realizó su última visita aquella noche al retrete en el extremo del jardín.

    Sus gritos hicieron correr a Fernie y a su esposa fuera de la casa. Sam miró por la ventana del dormitorio, y me lo contó luego. Kate estaba apoyada contra la basta puerta de madera, su rostro una mancha pálida a la luz de la luna. Gritaba y gritaba, y no conseguían calmarla.

    ¿Qué has visto? ¿Una rata?
    Ella señaló a algo que había en medio del camino. Era una tosca muñeca, aproximadamente del tamaño de una niña de nueve años. Su cabeza era una remolacha forrajera, y sus miembros, haces de ramitas.

    ¿Eso es todo lo que te ha asustado? Fernie intentó alejar el terror echándose a reír. ¿Sólo esa cosa vieja?
    Caminaba detrás de mí sollozó la niña. Adelantó los brazos y me tocó. Mira. No hay brazos. Ni piernas. Sólo ramitas secas.

    ¡Me tocó! chilló Kate. ¡Me tocó!
    Llevaron a la niña a la casa, y cuando los remedios caseros fallaron, fueron a buscar al médico. Tras administrarle un sedante, Kate se quedó dormida, pero durante varios años a partir de entonces necesitó que dejaran encendida la luz de su habitación.

    Fernie aceptó su historia, pero intentó razonar con ella y convencerla de que un haz de ramitas no podía moverse por voluntad propia. Alguien había atacado a su hija; sin embargo, cuando examinó el huerto en busca de señales de un intruso, no encontró nada parecido a huellas o plantas aplastadas. Sin embargo, lo más extraño fue que a la mañana siguiente la muñeca había desaparecido también.

    Fernie era un hombre sano y juicioso, y sabía ver las cosas, pero siempre necesitaba un cierto tiempo para sumar dos más dos, de modo que pasaron varios días antes de que empezara a sospechar de Chivo Kemp. Los niños habían hablado de haberse burlado de Chivo en la calle; en el huerto de Chivo había un espantapájaros parecido, y en El Buey, el propio Chivo se rió de los nervios de Kate.

    De pronto Fernie se colocó delante de Chivo, y el silencio cayó como una sábana. Tú sabes algo.
    La cerveza y la luz de la chimenea enrojecían su rostro.
    Chivo baló. El ruido fue interpretado como una risa. Nosotros, como unos estúpidos, en vez de pedir otra ronda, o ponernos a jugar a los dados, nos quedamos sentados esperando el próximo movimiento, como si ellos dos fueran actores, en vez de hombres con sangre que derramar.
    Si creyera que le has hecho algo a mi hija, te metería esa sonrisa en el cogote de un puñetazo.
    Mucho hablar se burló Chivo, y dio otro sorbo a su cerveza amarga. Una mano abierta barrió la jarra de su mano, estrellándola contra la pared del fondo. Chivo se llevó una mano al arañazo que había aparecido en la comisura de su boca.
    Eso te va a costar otra jarra dijo.
    Una costura medio abierta de sus ropas acabo de romperse cuando Fernie cogió a Chivo con un puño por la pechera de su chaqueta.
    ¿Qué es lo que sabes? rugió.
    Ella se asusta fácilmente, ¿no? dijo Chivo, sonriendo. Un puñado de leña y una vieja raíz. Mientras no se encuentre con nada peor…
    Tras lo cual agarró el puno de Fernie de un bocado, y envió al hombre a través de la habitación a hacer compañía a su jarra.
    Aborto de bruja tronó Fernie.
    La sangre goteaba de la comisura de la boca de Chivo, dejando un rastro rojo en su barba color polvo. Aguardamos a las amenazas. En vez de ello, los torcidos y amarillentos dientes de animal de Chivo se exhibieron en la caricatura de una sonrisa, lo cual era peor.
    ¿Alguna otra pregunta? graznó.
    Tú lo hiciste gritó Fernie. Tú asustaste a mi hija hasta que se puso a gritar histérica. Tú y ese maldito espantapájaros.
    ¿Me viste acaso? sonrió Chivo. ¿O quizá me vio ella? Trepando la tapia, tal vez. Escondido debajo de un arbusto de grosellas silvestres. La próxima vez…
    Su cabeza se estrelló contra la pared cuando Fernie le golpeó de nuevo.
    Acércate a ella, y te mato rugió Fernie. Yo…, yo…
    Se ahogó en sus propias palabras; alzó a Chivo del suelo y lo golpeó contra la pared una y otra vez. Fue Lento Harry quien lo detuvo, colocando una gran mano en el brazo de Fernie.
    Oh, oh dijo Lento Harry, agitando la cabeza.
    Todos le habéis oído gritó Fernie, retrocediendo hacia la puerta. La próxima vez, ha dicho. Eso era una amenaza. Una amenaza.
    Nadie habló hasta que la puerta de la calle se cerró tras él. Entonces oyeron a Chivo gimiendo como el viento en una chimenea.
    Matar dijo con voz lastimera. Matar.
    Se puso a cuatro patas, tambaleante, y vomitó.

    Las magulladuras de un hombre viejo tardan tiempo en curar, y pasaron varios días antes de que Chivo saliera de nuevo a la calle, cojeando. Durante aquel tiempo permaneció tendido en su casa sin que nadie lo atendiera. El pueblo odiaba a Chivo; Chivo odiaba al pueblo. Por parte de Chivo, durante aquellos gimientes días, el odio se reforzó, se aguzó, y finalmente golpeó.

    Sam Fernie había empezado a tener problemas al mismo tiempo que Chivo Kemp caía en cama. A nadie nos extrañó. Rabiamos aprendido por la vía difícil que no era conveniente cruzarse en el camino de Chivo; y los puños de Fernie habían hecho algo más que cruzarse. De hecho, recordando cómo habíamos fracasado en proteger a Chivo de la paliza, la mayoría empezamos a rumiar coartadas contra incómodas revelaciones, aunque personalmente yo no tenía que preocuparme por nada más allá de una edición ilustrada de La era de la perversión.

    Fernie desarrolló un tic nervioso. Su cabeza se volvía bruscamente como si intentara descubrir a alguien que mirara por encima de su hombro. Empezó a murmurar acerca de puntos negros, y le recomendamos que fuera a revisarse la vista, aunque seguía siendo incapaz de descubrir una mosca a un centenar de metros.

    Al final fue una pluma…, una mota blanca que juraba flotaba en torno a su cabeza durante todo el día. Algunos de nosotros la vimos, posada sobre el cuello de su chaqueta. Hizo algunos intentos ocasionales de atraparla, pero siempre lo eludía, alejándose con un revoloteo. La perseguimos por todo el bar. Mientras gateábamos tras ella, alguien abrió la puerta, y la pluma escapó a la noche.

    Lento Harry nos miraba parpadeando en el umbral.
    Una pluma comentamos entre risas, como si eso lo explicara todo.
    Pluma repitió Harry, asintiendo con la cabeza.

    Aquella noche, sentado entre nosotros, Fernie parecía mucho más tranquilo de lo que lo habíamos visto desde hacía tiempo. A la hora de cerrar incluso se había unido a un par de coros. Harry permanecía sentado al lado de la chimenea como siempre, asintiendo con la cabeza y secándose la barbilla. Ocasionalmente repetía: «Pluma», como si aquello fuera importante.

    Terminadas las últimas bebidas, caminamos hacia la puerta. Puedo recordar distintamente lo que ocurrió, y además mis observaciones fueron clarificadas al tener que repetirlas una y otra vez frente a la incredulidad oficial.

    Cinco de nosotros estábamos juntos en el umbral; Bert Huggins y el hijo del médico, detrás, todavía dentro del bar; Charlie Wells y yo, en la calle. Las luces del pueblo no son muy brillantes, pero como dije bajo juramento, la calle estaba vacía. Sam Fernie se hallaba entre nosotros, cruzando el umbral.

    Se detuvo con un gruñido, abrió mucho la boca, e hizo un ruido como acumulando aliento para estornudar.

    Jesús dije anticipadamente.
    Al menos murió oyendo una palabra santa. Cruzó las manos sobre el pecho, luego se derrumbó. Durante unos momentos lo tomamos a broma. «Tráele un poco de agua.» «Ponlo en la cama, mamá.» Pero cuando le dimos la vuelta, sus ojos azules estaban sin vida.

    Las manos se le separaron del pecho, revelando un anillo de metal que brillaba contra su camisa. Parecía una especie de distintivo. De hecho, era el extremo de un espetón de carnicero, y el resto de su longitud estaba enterrado en el corazón de Fernie.

    Pluma dijo Lento Harry.
    Más tarde intenté explicarle que el instrumento mortal habla sido una larga púa de acero, clavada en su cuerpo con notable fuerza. Pero Lento Harry repitió: «Pluma».
    En algunos asuntos yo siempre cresa a Harry. Si decía «Lluvia», podíamos asegurar que teníamos lluvia en camino. Decía «Viento», y era que se estaba preparando ventisca. Su madre había gozado de buena reputación en ungüentos y pócimas; y los dos vivían mucho más cerca de la naturaleza que la mayoría de nosotros. Sabían reconocer un signo cuando lo veían. No hubiera debido intentar contradecir a Harry cuando dijo: «Pluma».

    Sin embargo, tuve poco tiempo para pedanterías. No es agradable ser sospechoso de asesinato. Aunque ninguno de nosotros cuatro tenía motivos, y sí muy pocas oportunidades de hacer aquello, el doctor insistió en que la herida no podía habérsela infligido él mismo. Según los hechos, nadie podía haber matado a Sam Fernie. Sin embargo, estaba muerto.

    Se hizo una colecta para su viuda e hijos. Todo el mundo contribuyó…, excepto Chivo, a quien no se le pidió; de todos modos, acudió al funeral. Mientras el ataúd era bajado al hueco, lanzó un extraño ruido, como un gruñido. «Hehehe.» Alguien dijo que estaba sollozando, otros pensaron que estaba riendo; pero todo el mundo sintió que su presencia era una intrusión y el ruido una provocación. «Hehehe.» Como un viejo chivo tosiendo.

    La sobrina de Fernie, Sue, dijo en voz alta lo que todos estábamos pensando.

    Cállese y márchese le dijo. Es una lástima que no esté usted en el agujero en vez de Sam.

    Sue tenía dieciocho años y muy buen juicio. Tenía la misma constitución de Fernie, y su mismo color de tez. Con el tiempo habría terminado por ponerse tan gorda y tan excitablemente vehemente como su difunto tío; pero ahora tenía unas mejillas en flor, un tipo que hacía que los muchachos se pegaran por ella, y una voz que podía oírse desde el otro lado del cementerio.

    ¿Qué hace aquí vestido con esos hediondos harapos en el funeral de un hombre decente? insistió.

    ¿Qué hacías tú la pasada noche en Piggott’s Alley? respondió Chivo. Las mejillas de Sue se empurpuraron, mientras él seguía atacando: ¿Acaso cuentas con el hijo del médico para que te libre del paquete que estás esperando?
    Terminó su frase con un chillido cuando las uñas de Sue marcaron cuatro sangrantes trazos en su mejilla.

    Todo el mundo admitió más tarde que había sido un deplorable incidente en un funeral respetable; pero las simpatías estuvieron del lado de Sue, y nos sentimos aliviados al ver a Chivo desaparecer. El resto de la ceremonia transcurrió sin incidentes, y los bocadillos de jamón fueron estupendos.

    El cuerpo de Sue fue encontrado por su madre a la mañana siguiente. Estaba tendida estrangulada en su cama, con las huellas de una cuerda en torno a su cuello. La policía encontró su muerte aún más extraña que la de su tío. La ventana de la despensa había sido dejada ligeramente entreabierta, pero por allí no había podido pasar ni una cuerda de mediano grosor. Todas las demás puertas y ventanas habían permanecido cerradas.

    Probablemente yo hubiera podido ayudar a la policía, pero ya estaba relacionado con una muerte, y no me sentía inclinado a aguzar las sospechas. Además, nunca me hubieran creído.

    La noche del asesinato de Sue, justo después de las diez, yo iba paseando desde El Buey hasta mi cama de soltero y Enséñales a amar, cuando observé un movimiento cerca de la pared de Piggott’s Alley. Una serpiente estaba retorciéndose por el suelo. Supe adónde se dirigía, y se movía tan rápido como yo podía andar. Con la convicción del lego de que ninguna serpiente británica puede ser venenosa, investigué.

    La criatura tenía como un metro de largo, y el color y la textura de una cuerda vieja. Avanzaba decidida; apartó a un lado con determinación un arrugado trozo de periódico, y finalmente alcanzó el extremo de la pared. Satisfecha de que el camino estuviera expedito, cruzó apresuradamente la calle, y pude verla con claridad. Era un trozo de cuerda vieja.

    Un extremo estaba deshilachado, y el otro tenía un nudo. No era un reptil buscando refugio; era exactamente lo que parecía ser. Sin embargo, se movía como guiada por una inteligencia. El aire nocturno estaba tranquilo, y el periódico desechado yacía inerte junto a la rejilla de una cloaca. Fuera lo que fuese lo que impulsaba aquel metro de retorcidas fibras, no era el viento.

    Animado por varias pintas de cerveza amarga, y sin preocuparme por el pensamiento de que tales longitudes de cáñamo habían asfixiado las vidas de incontables hombres, apresuré el paso y seguí a la cuerda. Parecía captar las presencias, ya que se alzó ligeramente, con su nudo parecido a una cabeza oscilando a uno y otro lado. Tras unos cuantos segundos se puso rígida; me había visto. En vez de asustarme me sentí irritado, seguro de que estaba siendo objeto de una broma. Más allá de aquel trozo de cuerda debía de haber un hilo, y detrás alguien carcajeándose. Incluso un mediocre maestro desarrolla una visión especial hacia las bromas.

    La cosa se dio la vuelta y huyó. Yo la seguí. Empecé a correr, pero pese a ello me eludió. Algunas serpientes pueden moverse más rápidas que un caballo al galope, pero aquello no era una serpiente. Algunos chicos pueden moverse más rápidos que un maestro lleno de cerveza, pero lentamente conseguí ir ganando terreno. Al final la tuve justo delante de mí. Un salto, y estuve sobre ella.

    La sentí agitarse bajo mis pies, forcejeando por liberarse. Tuve la impresión como de unos poderosos músculos que trabajasen furiosamente; pero peso bastante, más de la cuenta, debo reconocer, y la tenía bien cogida. Por unos breves segundos gocé de la victoria.

    Luego, un dolor como el de un hierro candente cruzó mis espinillas cuando la cuerda golpeó con la fuerza de un látigo. Retrocedí tambaleante con un grito, mientras la cosa golpeaba de nuevo. Cogido por sorpresa, perdí el equilibrio y caí al suelo. La cuerda cayó violentamente sobre mi espalda. Si yo no hubiera llevado aquella noche mi mejor traje Donegal, ese último golpe me habría dejado una señal en los hombros. El aire escapó de mis pulmones, y cuando inspiré de nuevo lo hice con un gemido de dolor. Me acurruqué en posición fetal, aguardando un nuevo castigo. No se produjo, pero permanecí allí tendido hasta que sentí una mano en mi hombro.

    Lento Harry me ayudó a ponerme en pie.
    Malo dijo, secándose la saliva de la barbilla.
    La cuerda jadeé, señalando hacia donde debería haber estado.
    Por supuesto, no había ninguna cuerda; pero Harry pareció comprender.
    Cuerda repitió, como si fuera algo que ocurría todos los días…, como encontrarse a un maestro de escuela tendido en el suelo y acurrucado junto al bordillo.

    Me ayudó, cojeando, a llegar hasta la puerta de mi casa. Le di las gracias… bruscamente, porque me sentía ansioso por curar mis heridas.
    Pareció reacio a abandonar mi puerta. Su rostro, normalmente una inexpresiva máscara de carne, mostraba desacostumbrados signos de agitación. Su boca se curvó en una mueca, y una luz brilló en sus ojos; no exactamente de inteligencia, sino como si estuviera intentando expresar pensamientos para los cuales no existían palabras.

    Cuerda dijo finalmente.
    Se llevó las manos a la garganta y meneó la cabeza.

    Se secó la barbilla y se marchó. Yo me dediqué a mi agua caliente y a mis ungüentos. Cuando me llegó la noticia de lo de Sue al día siguiente, la única medicina efectiva fue un buen vaso de coñac.

    Todo el pueblo pareció quedar aplastado por el segundo asesinato. Si dos seres tan saludables podían ser eliminados de aquel modo, ¿dónde podía encontrar uno seguridad? Conscientes de nuestra mortalidad, todos asistimos al funeral de Sue. Nadie recordaba haber visto jamás una tal masa de flores. Nadie recordaba haber visto jamás la iglesia tan llena. Chivo estaba en el cementerio como la otra vez, tosiendo, riendo o balando, mientras el vicario entonaba las últimas palabras, y el ataúd era bajado. Cuando la primera paletada de tierra cayó sobre la tapa, Chivo se acarició la mejilla. Las marcas dejadas por las uñas de Sue brillaron débilmente bajo la costra de suciedad. Entonces comprendí. Fernie había golpeado a Chivo, y había muerto. Sue había arañado a Chivo, y había muerto. Kate Fernie había visto un manojo de ramitas caminando, y yo había visto lo que había visto.
    Hehehe hizo Chivo.
    Miré desde el otro lado de la tumba a aquellos elusivos ojos amarillos.

    Estaban desafiándome a hablar. Chivo poseía poderes, pero yo no podía acusarle, no más que al arzobispo. Había bebido, ¿no? Conocía el secreto del viejo extorsionista, y sabía que él tenía mi vida en la palma de su sucia mano. Harry me salvó de caer en el hoyo.

    El momentáneo desvanecimiento me dejó como flotando. ¿Por qué otra causa iba a dirigirme si no a Chivo desde el otro lado de la recién abierta tumba?
    ¿Qué hiciste con la cuerda, Chivo? le dije.
    Todos los rostros se volvieron para mirarme; algunas cabezas hicieron movimientos negativos; algunas lenguas chasquearon; hubo algunos perceptibles olfateos, recordatorios de mi coñac de antes de la ceremonia.
    ¿La quemaste? murmuré.
    Chivo no dijo nada, pero sus pálidos ojos parecieron rodearse de fuego.
    Yo era consciente de un helado vacío en mi interior. Yo también iba a morir. De forma no natural.
    Chivo se alejó discretamente de la multitud. Lo observé mientras se marchaba, hasta que Harry y el sacristán estuvieron a mi lado, esperando para llenar la tumba. El sacristán se echó saliva en las manos; mientras otros gozaban de la comida del funeral, allí aún quedaba trabajo que hacer. Harry me hizo una seña con la cabeza. Pluma dijo.
    Era una advertencia.
    De hecho no fue una pluma, sino un vilano. De tanto en tanto intentaba atraparlo, pero inevitablemente mis dedos se cerraban en el aire. La clase trató el episodio como algo cómico, hasta que algunas cabezas rapadas y unos cuantos castigos distribuidos al azar recordaron a todo el mundo dónde estaban. Creo que conseguí ofrecer una pasable imitación de un maestro cumpliendo con su deber, sin revelar el pánico que estaba fermentando dentro de mí.

    Después de la escuela me dirigí apresuradamente a casa de Harry. No tenía la menor idea de cómo Lento Harry podría proporcionarme ayuda o consuelo, pero creí que él sabría algo del terror que desgarraba mi corazón. Harry sabía cosas.

    Estaba esperándome. Me ofreció una gruesa rebanada de pan con manteca, y una taza de té negro Luego cerró la puerta con llave…, la primera vez en años que era cerrada y asegurada. Observé que los cerrojos habían sido engrasados recientemente. Harry tomó de la chimenea el gran caldero de hierro que cuando vivía su madre había estado hirviendo constantemente. Incluso él gruñó mientras lo alzaba del gancho, a pesar de que pesos que a mí me hubieran dejado tendido en el suelo para él eran como juguetes. Me hizo un guiño y señaló al caldero.

    Hierro dijo riendo. Hierro.

    No supe ver el chiste.

    Luego aguardamos. Un tiempo tenso y agotador, porque Harry no era muy dado a la conversación, y mi lengua había empezado a trabarse gradualmente a medida que el miedo iba poseyéndome. Ni siquiera me permitió marcharme, pese a que El Buey ya había abierto. Cuando intenté abrir la puerta, Harry me apartó bruscamente.

    No dijo.

    Empecé a pensar que podía correr mayor peligro allí que en ningún otro sitio. ¿Y si Harry estaba confabulado con Chivo? No dijo Harry. No Chivo.

    Tras lo cual intenté mantener mis pensamientos bajo control; sin embargo, volvieron una y otra vez sobre la muerte… Muerte rápida, muerte lenta, muerte fácil, muerte agonizante, pero siempre muerte. Harry me palmeó el hombro; fue algo tan tranquilizador como la disculpa formal de un verdugo medieval.

    El día se fue, y Harry trajo velas. Nos sentamos el uno frente al otro, pálidos a la vacilante luz. Las ventanas estaban cerradas, el reloj parado, y no había ningún sonido excepto el ruido de mis tripas. Repentinamente, la ventana saltó hecha añicos, y una de las velas cayó, partida por la mitad. Algo silbó junto a mi rostro, y golpeó la pared detrás dé mi cabeza.

    Me eché al suelo. El objeto que había pasado por mi lado volvió, rozó mi nalga izquierda y perforó la superficie de la mesa. Pude ver la luz de la vela a través del agujero. Grité, cerré los ojos, y permanecí completamente inmóvil.

    Oí ruidos como de balas rebotando. Se rompieron cosas: una tetera, un bol, una foto de la coronación de la reina Victoria. Fuera lo que fuese la cosa aquella, estaba intentando alcanzar también a Harry. Lo oí yendo de un lado para otro de la habitación, y me sorprendió que un hombre de su corpulencia pudiera moverse con tanta agilidad. Más aún, parecía tener un sexto sentido que le hacía saber exactamente dónde iba a golpear el objeto la próxima vez, y arreglar las cosas para estar en otro sitio cuando lo hiciera.

    Un blanco móvil tiene más posibilidades de sobrevivir que uno tendido boca abajo, así que decidí unirme al baile. Mientras me levantaba, todo pareció inmovilizarse. Incluso la llama de la vela dejó de parpadear. Harry estaba de pie junto a la chimenea, sujetando el caldero en una mano, y su maciza tapa en la otra. En el centro de la mesa había un dedal, apuntando directamente a mi pecho.

    Sentí que la gran bota de Harry me aplastaba de nuevo contra el suelo, mientras ola simultáneamente un «clang». Una bala que golpease un caldero de hierro hubiera hecho el mismo ruido.
    Cuando conseguí ponerme de nuevo de rodillas, Harry había depositado el caldero boca abajo sobre el suelo de piedra. Fuera lo que fuese lo que había dentro, repiqueteaba incesantemente como un timbre de alarma. Una estera echada por encima ayudó finalmente a amortiguar el ruido.
    Yo estaba jadeando como un viejo sabueso, pero Harry permanecía de pie tan impasible como siempre, sin siquiera un asomo de sudor en el rostro. Se frotó la barbilla con la manga.
    Chivo dijo.

    No hubo respuesta cuando llamamos a la puerta de Chivo. Harry tenía intención de echar la puerta abajo, pero lo persuadí de que primero acudiéramos a llamar a la policía. Encontramos a Chivo tendido en su colchón infestado de bichos, con los vidriados ojos minando fijamente al techo.

    A su debido tiempo, el médico redactó su certificado de defunción, y el pueblo acudió al funeral. Quizá todo el mundo deseaba asegurarse de que el viejo pecador era enterrado lo bastante hondo.

    Hasta después del entierro, cada día, de día y de noche, la cosa en casa de Harry no dejó de resonar en el caldero de hierro. Después de que Harry cubriera la tumba, regresé con él a su casa. Llevó el caldero al patio, lo volcó de lado y alzó la tapa. Algo salió disparado como un rayo de luz en dirección al cementerio.

    Más tarde descubrí un dedal encima de la tumba del viejo Chivo. Un dedal se parece a cualquier otro dedal, pero pudo ser el mismo que dejó lleno de marcas todo el maderamen de la casa de Lento Harry. Discutí conmigo mismo acerca de si aquello era justo. Si la fuerza que había animado a la cuerda y al dedal habla vuelto a Chivo, se habría despertado vivo allí dentro, arañando impotente la tapa del ataúd.

    Podía imaginar los ensangrentados dedos, el aire malgastado en gritos que nadie oiría. ¿Podía permitir que un ser humano, incluso Chivo, muriera en medio de un tal terror?

    No soy un tipo compasivo. Arrojé a un lado el dedal, y cojeé hacia El Buey. La herida aún me dolía, y además ya hacía rato que habían abierto.

    T.O.: Goat
    Primera publicación: 1971
    Traducción: Domingo Santos

    Escrito en November 30, 2020
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