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    Bruja

    por Mario Cantú Toscano

    Me seguía una sombra lúgubre, cuya dueña era la mujer que días más tarde sería la única capaz de endulzarme el insomnio que siempre he padecido. Doblé una esquina sin mirar atrás, seguí caminando por la calle entre los panteones y al rato la sombra volvió tras mis pasos. Me paré en seco, la sombra llegó hasta la mía, volteé hacia atrás y no la vi porque era una bruja, según la explicación que me dio Fernanda la primera noche que pasamos juntos en la casa del Obispado. La noche era fría y melancólica, propicia para los encuentros de tragedia, espléndida para el asesino, excelente para el aullido del lobo, espeluznante para el transeúnte, vigorosa y pasional para… algún día diré para quién.

    Siempre me dio mucho miedo caminar por la calle de los dos panteones.

    Salía de la prepa a las diez de la noche, compraba un elote desgranado con don Chuy y me armaba de valor. El aroma del elote y lo picante de la salsa acidita hacían que mi mete se extraviara en una borrasca de sueños guajiros hasta llegar a la calle entre panteones, la cual me era imposible rodear para llegar a mi casa. Chiflaba la canción con la que me había despertado y me repetía mentalmente “no existen los fantasmas, los muertos no hacen daño”, pero siempre encontraba formas macabras en los robles secos, veía sombras que me seguían por instantes, y el ruido de las hojas secas sobre la acera me volvían loco. Esa noche era de Halloween, a lo lejos se oían festejos y marabuntas de canciones y gritos, llantas quemándose en algunas esquinas.

    Pero al entrar a la calle de mis desgracias el murmullo se convirtió en susurro, en un leve respiro con el tufo a día festivo. Hacía frío. Caminaba canturreando la última canción que bailé en la fiesta de la escuela. Paso tras paso, tras paso, traspié traspaso de pie, el elote se esparce por toda la húmeda banqueta. La luna estaba guardada, pero la noche no era obscura; las nubes eran anaranjadas. Fue cuando descubrí que una sombra me seguía. Paso tras paso, sombra tras sombra, la sombra traspasa mi sombra, volteo, no veo, no hay nadie, ¡la sombra!, me asombro y me echo a correr. El final de la calle estaba lejos, oía mis pasos multiplicados por cien, gritos, viento en mi cara; y cada vez que veía hacia el final de la calle me parecía que estaba más lejos. Cerré los ojos, corría más fuerte. Calculé haber llegado al final de la calle cruzando por el inmenso caleidoscopio de furores aterrorizantes, y cuando abrí los ojos ella estaba frente a mí.

    -¿Por qué corres?
    -El ejercicio es bueno para la salud. - dije sin saber qué decir.
    -¿Te dan miedo las mujeres?
    -No… eso creo
    -Bien, por ahora sólo quiero que sepas mi nombre: Fernanda. Nos vemos mañana, ahora no tengo tiempo.- Huyó desapareciendo tras la puerta de uno de los panteones.

    No sé cómo dormí esa noche, es más, no sé si dormí esa noche. Lo último que recuerdo era fue que el periódico golpeó la puerta y el ruido encontró eco en toda la cochera. No sé si dormí, pero cuando me desperté ya tenía los ojos abiertos. Es que todo lo que me habían dicho encajaba a la perfección. La mujer que me leyó las cartas anunció su llegada. Puso las barajas en un orden que nunca comprender y a cada una le hacía una mueca diferente, como si completara el rompecabezas. Era un círculo: las cartas leían mi suerte y las transcribían con figuras a ella, ella interpretaba las cartas y yo intentaba leer las pupilas de la vieja para saber qué era lo que me pasaba. Era un enigma. Desde que llegué me preguntó mi fecha de cumpleaños y adivinó el signo al que yo pertenecía, luego, y sin preguntas, adivinó que yo era estudiante. Pero al estar frente a las cartas su mirada tensa me alarmó.

    -¡No!
    -…
    -Mmmhhh…
    -…
    -¡Bastos!
    -????
    -Una mujer…
    -!!!
    -Amor…
    -( … )
    -Veneno… -!?!?!?!?…
    -Van juntos, amor-veneno. Estás perdido. Ella te ha escogido, te sigue y no hay nada que puedas hacer. Ten el mayor cuidado que puedas. Es morena de ojos verdes… es imposible que escapes…

    Al día siguiente se me apareció en plena luz del día, sin ninguna consideración, sin ningún respeto por lo gótico, sin valorar lo dramático. Así de frente, así de repente.

    Me miró. La miré. Quité la vista de sus pupilas pero fue inútil porque su imagen ya había quemado mis retinas, nunca más pude dejar de mirarla. Me miró. Tuve que mirarla de nuevo, moví la mano para ofrecerle un saludo y al ver que no lo correspondería salvé el orgullo rascándome una oreja. Desvió por un momento la vista hacia los carros que transitaban sin darse cuenta de mi apuro. Me miró: la miré. Abrió la boca como para decir algo, por un momento vi sus dientes, se arrepintió. Suspiró profundamente. Parpadeó. Se fue sin decir adiós.

    Pero yo la seguía viendo con sus jeans ajustados, su blusa blanca que delataba su perfección, el cabello my quebrado y obscuro, los ojos tan verdes que si el fuego fuese verde sería de ese mismo tono. En un segundo ya me había sumergido en sus ojos, pero al parpadear me sacó de la alberca y se fue sin decir hola ni adiós. Aunque yo la seguía viendo con sus jeans ajustados, su blusa blanca que delataba su perfección, el cabello muy quebrado y obscuro, los ojos tan verdes que si el fuego fuese verde sería de ese mismo tono, y que en un segundo ya me había sumergido en ellos, pero al parpadear me sacó de la alberca y se fue sin hablar ni decir hola ni adiós ni nada; mas yo la seguía viendo con sus jeans ajustados, su blusa blanca que delataba su perfección…

    Todas las noches, como esta noche, escribo en una pequeña libreta lo que me ha pasado y que pueda ser digno de ser contado. La noche anterior no había escrito nada porque no supe ni cuándo me dormí ni cuando desperté a ciencia cierta. Después del encuentro del mediodía no pude dejar de recordarlo en todo el día, pero ya frente al cuaderno las imágenes se me agolpaban en los ojos y no podía distinguir nada. No estaba seguro de que aquello hubiera pasado, no estaba seguro de que aquel día haya existido. Estaba frente a la ventana y la noche despedía un aroma como a humo, como a pólvora quemada. “Ya viene el invierno”, pensé a pesar de que el día había estado sumamente caluroso. “No, no creo, quizá sólo vaya a venir una onda fría.” Hoy la vi a plena luz del día, la sombra que ayer (o sería anteayer) se me apareció vino a verme a plena luz del día. No estaba muy seguro de querer escribir eso. O quizá se me apareció mañana. Pero en el fondo sabía que no era cierto, a lo mejor quería que pasara y eso era todo. “El aire está refrescando mucho”. Una hoja seca entró por la ventana, bailó un momento en mi escritorio y se fue muriendo poco a poco; en los últimos movimientos de agonía me vi reflejado en aquella hoja. “El clima está cambiando no quizá sea una pequeña ventisca”. Miré por la ventana y afuera estaba la noche esperándome, o por lo menos así me pareció. Una noche cerrada, sin luna y sin estrellas, espiándome o por lo menos así me parecía.

    No estoy seguro que aquella mujer se me haya aparecido, no estoy seguro de querer escribir esto, no estoy seguro de querer contarlo. Otras tres hojas entraron por la ventana, una calló directo en el cesto de papeles, otras sobre el cuaderno de mis desinspiraciones y la última la agarré con la mano y la apreté hasta vengarme de ella o de mí o de alguien, quizá de la libreta o de la pluma que no escribía lo que yo quería decir exactamente. “¿Y si cierro la ventana? Huele a frío”.

    Otra bocanada de aire fresco bostezó la ventana y un puñado de hojas entraron, seis o siete, a lo mejor ocho pero no tuve tiempo de contarlas. Hice como que no pasaba nada y me dejé engatusar por la escena. Arranqué la hoja y retomé la pluma. Aquella noche de Halloween una bruja se me apareció de pronto (realmente ni yo lo creo) y me cercó con su sombra. Sólo la luz de sus ojo me han atraído tanto en este mundo. “¡Qué cursi soy! Hace frío”. El viento se calmó y una pequeña hojita se asomó tímidamente por la ventana, cayó desde la ventana hasta mis pies como una niña saltando del columpio. Ni un ruido en la calle, todo callado, los grillos calle y calle, la noche callando y cayendo por afuera de la ventana. Fue cuando me di cuenta que el silencio es lo más aterrador, la ausencia es insoportable; no había luces ni colores, ni ruidos. No podía oír ni lo que pensaba, o quizá no pensaba nada.

    Cerré la ventana y cuando le iba a poner el seguro el viento la volvió a abrir de una patada y entraron muchísimas hojas, una tropa de hojas, parvadas de hojas volaban casi en remolino dentro de mi cuarto, gotas de hojas que llovía mi ventana que luego fueron cayendo lentas como el confeti de una fiesta. Yo no sé cómo llegué al suelo, levanté la cabeza y ella estaba ahí tal como la había visto al medio día, sentada en el filo de la ventana, casi a punto de caerse.

    -Tú tienes una casa- me dijo casi como reproche.
    -Sí, estás en ella.
    -No, ésta no es tuya, tú tienes una casa
    -No, yo no tengo otra casa.
    -Sí la tienes. Y mañana nos veremos ahí a la media noche.
    -Pero ¿cuál casa?
    -Tu casa.
    -¿Y si no voy?
    -Irás.
    -¿Cómo sabes?
    -Eres mío.
    -Me llamo Fernanda.

    Y se tiró de espaldas por la ventana. Yo inmediatamente corrí para verla, pero se había sumergido en la noche, como un buzo. Entonces supe que no me iba a escapar, la señora que me había leído las cartas tenía razón, me había atrapado. Me volví a sentar, arranqué la hoja de la libreta y escribí: hoy llegó el invierno.

    En la mañana me despertaron las ansias, como me despertaba hace años para encontrar mis juguetes bajo el árbol de Navidad, así me desperté. Lo primero que pensé fue “claro que tengo una casa, que idiota soy”, y me pasé el día esperando que fuera de noche para ir a mi casa para abrir los regalos. Me acordé que yo tenía una casa durante el desayuno, me prepararon una taza de café con leche. Café con leche café con leche: domingo en la mañana: caricaturas: huevos con salsa: salsa picosa: abuelita: años, años, años.

    Mi abuela solía quedarse con nosotros los fines de semana y los domingos preparaba un desayuno delicioso. A mí no me dejaban tomar café, pero mi abuela se preparaba un café con leche tan delicioso Me daba una taza y yo la tomaba con los huevos con salsa picosa. Sólo años después, en un café de Veracruz, tomé un café tan rico como el de mi abuela. Esperaba con ansia el domingo para desayunar mientras veía caricaturas, mientras mi abuela decía “¡ay, qué mentiras!”. Un domingo me levanté y abuelita ya no estaba, ¿dónde está abuelita, papá, por qué no hizo de desayunar hoy? Y mi papá se quedó serio serio y la tele hacía ruidos de caídas y explosiones y papá serio serio como la maestra Estelita cuando Rocío se hizo pipí en el salón. Y papá por fin dijo que abuelita se había ido al hospital, hijo, porque a veces las personas, cuando ya son grandes, tienen que ir al hospital porque se sienten mal, ¿te acuerdas cuando te dolió la panza y tu mamá y yo te llevamos al doctor?, pues así se siente tu abuelita y por eso se fue al médico.

    Y se quedó otra vez serio serio, con los ojos como las lechuzas de las caricaturas, y a mí me daban ganas de llorar porque yo me había sentido muy mal de la panza cuando le puse picapica al lonche que mamá me dio para la escuela y luego comí conchitas y llegué a la casa y me tomé un vaso de leche que anunciaban en la tele y papá serio serio, y a mí me daban ganas de llorar porque sentía un agujerito como cuando se murió el Benji cuando lo apachurró doña Lucy con el carro de su esposo, y papá serio serio. ¿Se va a morir? Y papá torció la boca como yo cuando me enojo y me regañan porque me veo muy feo y es de mala educación hacer caras porque la gente va a pensar que eres un niño maleducado y que nosotros no te enseñamos nada y ¡caramba!, deja de hacer muecas de una vez. Papá se tragó una semilla que tenía atorada en la garganta, le cayó una basurita en el ojo porque los hombres no lloran y es que algún día todos nos vamos a morir, hijo, a todos nos llega nuestra hora; así que por si me llevan al hospital un día de estos y ya no puedo cuidar de ti y de tu mamá te voy a dejar una casa, ¿te acuerdas de la casa allá en el Obispado?, pues esa misma, es tuya y de nadie más.

    Y otra vez se quedó serio serio y me dejó que me tomara todo el café con leche que yo quisiera, pero la salsa que hace mi papá no es tan rica como la de abuelita y yo ya no podía ver caricaturas porque a mí también me cayó una basurita en el ojo y no hablé en toda la mañana y en toda la tarde y en toda la noche porque tenía una semillita en la garganta y por eso no pude hablar tampoco el lunes que la maestra Estelita me preguntó que por qué no había hecho la tarea hasta que al final Rocío le dijo que porque mi abuelita estaba en el hospital y que a su gatito también se lo habían llevado al hospital para gatos porque hacía muy feo y tenía burbujitas en la boca.

    Esa misma sensación me asaltó hace como dos o tres años. Un día, mientras escuchaba el radio en mi cuarto, entró mi papá.

    -Ya tienes una cuenta de ahorros, tienes mucho dinero, pero no lo vayas a sacar.
    -¿Por qué?
    -Porque yo después lo voy a ocupar.
    -¿Pues no que es mía? -Por un rato Mira, es que hay gente que me quiere quitar ese dinero, y si es tuyo no me lo pueden quitar. Haz de cuenta que me lo estás cuidando. Y cuando me lo lleve te voy a dejar una parte para que te compres el carro que tú quieras. Para entonces ya vas a tener tu licencia y vas a poder irte a los bailes en carro.
    -¿El carro que yo quiera?

    Pero ese día aún no llega, ya tengo mi licencia pero no tengo carro qué manejar. Papá dice que me espere otros dos años. Dentro de dos años me voy a ver ridículo en los bailes.

    ¿Por qué yo? Habiendo tanta gente, ¿por qué me escogió a mí? La verdad no sé, nunca lo supe y aún no lo sé, me acarreó muchos problemas, muchos pleitos con mi papá, dicen que me engañó y quizá tengan razón; pero si todos los engaños son así quisiera vivir engañado. Todavía me acuerdo de los insultos y los golpes, mi papá parecía un loco, un loco peligroso. Todos me preguntaban que quién había sido y yo sólo podía responder “una bruja”; los amigos de papá me interrogaban, hasta su amigo el gobernador, él era el más preocupado. Y yo seguía tan distraído como aquel día en que la vi en la casa del Obispado.

    La casa me asfixiaba, así que me salí a la calle, entré a un centro comercial. Vagando por las tiendas la veía en cada maniquí, la imaginaba con cada ropa que veía en los aparadores, me paseaba por los departamentos de perfumería y olía cada frasco para imaginar cuál sería su olor, cuál le quedaba más; compré muchos helados para ensayar algún beso. Tenía la esperanza de conocer su olor, su sabor, su textura algún día, pero dudaba seriamente que aquel momento llegara. No sabía qué quería de mí, creo que nunca lo supe. Ella me dijo un día que era para que no se muriera. “Las brujas vivimos mientras alguien crea en nosotras, y tú eres el único que puede creer en mí en esta ciudad, ya nadie se preocupa por lo místico, por lo oculto, por la magia, por el sexo”. Eso me dijo, y yo creía en ella, todavía creo eso creo.

    Creí en ella desde que se me apareció en las sombras, pero atrapó mi alma aquella noche, nuestra primera noche en la casa del Obispado, en mi casa, en nuestra casa. Y realmente atrapó mi alma, yo la vi, la atrapó en un frasquito; y el día en que desapareció se llevó el frasquito; por eso a veces, por las noches, cuando no puedo dormir, me falta la respiración; el médico dice que es asma pero yo sé que es porque se llevó mi alma en un frasquito, yo la vi, en un frasquito.

    Cuando llegué a la casa del Obispado me di cuenta que nunca la había visto de noche. No había luz mercurial porque un apagón oscureció la zona. La luna derramaba un celeste sin brillo en los contornos de las casa. Dentro de mi casa, de nuestra casa, se veía una luz ámbar que contrastaba con los azulosos claroscuros de la fachada; por las ventanas se veían tiritar muchas lucecitas. Entré y la casa estaba infestada de velas, caminitos hechos de velas. Seguí el que comenzaba en la puerta principal. En realidad era un solo camino, pero eso yo no lo sabría hasta después que llegáramos a la recámara principal. Primero el camino me condujo hasta la cocina, donde había una botella de vino “un vino chileno (me diría más adelante mientras vaciaba los restos de su copa en ella)” y dos copas de cristal “se las gané a una bruja italiana en una apuesta (me diría mientras estrellaba la suya contra la pared) y nos dará suerte (y después besarme como nadie más podría lograrlo)”. Seguí el camino por el pasillo hasta la biblioteca donde encontré un aceite, “no es aceite, es una esencia (diría al tiempo de desnudarse), un embrujo para que nunca más puedas desprenderte de mí (e hizo que se lo pusiera)” un aceite que le daba aroma y sabor a ajo y albahaca. Las velas me condujeron hasta la sala para que recogiera unos filetes “a la pimienta, mi amor, por eso pican sin tener salsa”, para finalmente subir a la recámara principal. Y estaba ahí, con su vestido rojo de algodón, con la sonrisa del un diablo bondadoso, con los ojos pidiendo perdón por las culpas que sus manos querían cometer cuando el índice resbala con una inocencia fingida dentro de su escote. Estaba ahí, con los ojos más verdes que una luciérnaga, con los cabellos negros y las piernas bronceadas. Estaba ahí, y nadie más podía mirarla.

    Pero lo que ocurrió aquella noche no lo contaré.

    Siempre hacía magia. Como cuando encerró mi alma en el frasquito, como cuando se aparecía y desaparecía durante el día o la noche, como cuando adivinó quién era el hombre perfecto para ella, y muchos otros trucos que me enseñó las noches que pasamos juntos en la casa del Obispado, en nuestra casa, en la casa de las noches. Aquel día llegué a la casa y ella estaba en la sala, iluminada con velas, como era la costumbre, mirando al pasillo como si me esperara; el cuarto vacío como siempre, sólo una alfombra y ella sobre la alfombre verde que resaltaba aún más el color de sus ojos. Estaba terminando de comer una naranja, noté que se ponía un poco de jugo en el brazo.

    -¿Por qué te pones jugo en el brazo?
    -Porque me picó un zancudo. ¿Quieres que te diga cómo supe que tú serías el hombre a quien yo debía hechizar?
    -Sí.
    -Dame un papel, ponle tu nombre y tu firma.

    Obedecí en seguida. Ella quemó el papel utilizando la cáscara de la naranja como recipiente sagrado, las cenizas se las untó en el brazo, con feroces soplidos quitó el exceso de cenizas y en su brazo quedó escrito mi nombre.

    -Tuve que hacerlo con un mapa, y éste me señaló la ciudad, luego el mapa de la ciudad me señaló la zona, y con algunos papeles que robé del municipio me dijeron tu nombre; lo demás fue sencillo, soy una bruja, ¿recuerdas?

    Realmente hacía magia. La primera noche que hicimos el amor, al terminar, sentí cómo mi alma se desprendía de mi cuerpo, cuando abrí los ojos ella tenía el frasquito en la mano.

    -¿Y eso?
    -Te acabo de robar el alma.
    -¿Por qué?
    -No quiero que nunca dejes de pensar en mí, y es que si dejas de creer en mí me moriré. Todas las brujas necesitamos que alguien crea en nosotras.
    -¿Y te puedes reflejar en los espejos?
    -Claro, no soy vampiro.
    -¿Y te pueden tomar fotos?
    -No, eso no, nunca. Nunca lo vayas a hacer.
    -¿Por qué?
    -Porque porque me roban el alma.

    Por eso, el día que me mostraron su foto lloré mucho, mi papá y sus compañeros me pedían que viera la foto y me hacían preguntas y yo sólo lloraba y ni me acuerdo qué preguntas me hacían, pero yo no quería ver la foto. Por suerte ella llevaba mi alma y la puede usar por mientras regresa, porque va a regresar dentro de veinte años, eso me dijo. Me dijo “amor” en la carta y yo me sentía feliz, pero triste porque no la iba a ver en mucho tiempo, pero feliz porque cuando regresara nos íbamos a poder encontrar en la calle a todas horas, pero triste porque faltaba mucho tiempo; pero me dijo Amor, me tengo que ir, no me preguntes por qué pero he de volver, así me dijo, y que por lo pronto me llevo tu alma y tus ahorros para poder vivir lejos de ti, pero yo creía que se refería a la cajita debajo de mi colchón y no al dinero que era mío pero que no era mío porque era de papá pero tampoco era de papá porque lo estaba cuidando; y también me dejó una flor. Nadie me creyó que rea una bruja, pero yo sé que sí es. Nadie puede sacar dinero del banco sin permiso, a menos que sea una bruja. Y además desapareció, desapareció y ni mi papá que es jefe de la policía y bien amigo del gobernador la pudo encontrar.

    Escrito en November 15, 2020
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