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    Alguien detrás

    Autor: Diego Argüero

    Paranoia. Delirios de persecución. Esas eran las formas correctas de llamar a los trastornos psicológicos que sufría David. Correctas según cierta gente que había estudiado para ello. Sin embargo, David no se sentía mejor con saber que lo que sufría su mente tenía un nombre. Él quería ser curado. Para eso hacía las terapias, claro. Que por cierto, ya estaba comenzando a odiarlas.

    Luego de entrar a su casa y cerrar la gruesa puerta con llave, se sacó el suéter y lo arrojó al sofá. En realidad la temperatura ambiental era de por sí calurosa, pero no se atrevía a salir a la calle en remera.

    Era muy delgado, y entonces usaba aquel suéter para parecer más musculoso. Creía que eso disminuiría las posibilidades de que alguien se le acercara para hacerle daño. Por esto es que odiaba las terapias.

    No estaría curado hasta que la necesidad del suéter esapareciera de su vida. Y como eso todavía no ocurría, ahora estaba completamente transpirado. Fue a la cocina y encendió la luz.

    Rió cuando vio que no había nadie oculto en la oscuridad. Aunque el hecho de haberlo pensado lo molestó. Abrió la heladera y tomó una fresca lata de Pepsi. La destapó y bebió la mitad de un largo trago. Luego eructó y fue a sentarse en el sofá. Al encender la televisión oyó un sonido proveniente de su habitación. Luchó con todas sus fuerzas por no correr a tomar un cuchillo y dirigirse a investigar qué había producido tal ruido.

    Cerró los ojos y pensó en todo lo que había hablado con su doctor. Se afirmó a sí mismo que su mente había inventado aquel sonido. De hecho, todas las noches lo hacía. Después se tranquilizó. Miró su mano y vio que había apretado la lata hasta abollarla de tal forma que si hubiera estado llena hubiera derramado la bebida sobre sus piernas.

    Se llamó estúpido, y lanzó la lata hacia el suelo enojado consigo mismo. Tomó el control remoto y cambió los canales durante tres minutos, pero no pudo encontrar nada que captara su atención. Estaba harto de pagar la televisión por cable para que en momentos como ése, que realmente necesitaba una distracción, no hubiera nada decente en la programación.

    Pensó en llamar a su hermana para invitarla a cenar, pero luego recordó que esa noche ella saldría con unas amigas. Por lo tanto, decidió que pediría una pizza napolitana grande a la pizzería de la esquina. Se alegró por su decisión, ya que antes no se animaba a pedir comida por teléfono porque desconfiaba de aquellos lugares. Pero ese había sido el primer cambio que había tenido en su conducta de paranoico en recuperación, así que ahora no tenía problema en hacerlo. De todas formas no hizo la llamada. Prefería esperar a darse un buen baño, ya que su sueter-camuflaje le había hecho apestar de sudor. Con gran modorra, se levantó del sofá y caminó hacia su habitación. Entró y encendió la luz tratando de no pensar en el ruido que había oído minutos antes. Como si hubiera un inspector de “Paranoicos Anónimos” evaluando su conducta, intentó portarse lo más sereno posible, abriendo el primer cajón de la cómoda y sacando un calzoncillo azul. Cuando salió de la pieza, su rostro dibujó la sonrisa juvenil que adopta un adolescente luego de aprobar un examen. Entró al cuarto de baño y abrió la ducha. Mientras se desvestía comenzó a tararear una melodía improvisada, y cuando se ubicó bajo la tibia lluvia, tuvo un repentino pensamiento.

    Maldijo con toda su alma el momento en que vio la película “Psicosis”. Maldijo a Alfred Hitchcock por haber filmado aquella escena en que la protagonista era acuchillada en la ducha. Y maldijo a su cerebro por haber guardado aquella información.

    Respiró hondo, y cuando su corazón parecía volver a latir con normalidad, su habitación dejó escapar un sonido otra vez. Sin darse cuenta, tarareó otra canción, pero esta vez en voz alta, casi en un grito. Se enjabonó rápidamente y cerró la ducha. Y cuando el sonido de la lluvia cesó, todo su organismo pareció congelarse. Se escuchaba una voz proveniente de la sala. No era un ruido repentino, como los habituales, sino alguien que hablaba tranquilamente. Una persona.

    Intentó tragar saliva, pero su garganta le dolió demasiado para hacerlo. Tapó con un toallón su cuerpo desnudo y se acuclilló haciéndose una bola. Entonces se dio cuenta de que la voz que había escuchado era la suya. Que alguien había llamado por teléfono y que el contestador automático había atendido la llamada. Terminó de oír la frase que él mismo había grabado y mientras experimentaba uno de los alivios más grandes que había sentido en su vida, la voz de su hermana llegó hasta sus oídos.

    -David ¿estás ahí?- decía desde el otro lado de la línea telefónica-.

    Te llamaba para invitarte a cenar, porque al final no voy a salir con mis amigas. Pero parece que no estás en casa. Bueno, me alegra que salgas un poco. Te va a venir bien. De todas formas, algo voy a hacer esta noche. No voy a quedarme sola y aburrida en mi casa. Creo que voy a ir al cine que está en la otra cuadra. Dan una buena película que empieza… ¡Dios mío, dentro de diez minutos! Tengo que colgar. Si no salgo ya mismo no llego. Mañana te llamo así hablamos de tu salida.

    Chau, te quiero.

    David corrió hacia el teléfono, pero se enredó con la toalla y cayó al suelo. Cuando llegó hasta el aparato, tomó el tubo y lo posó sobre su oreja.

    -¡Laura!- gritó-. ¡Estoy en casa!- Sin embargo todo lo que obtuvo por respuesta fue el tono. Repentinamente deseó más que nunca estar en compañía de su hermana. Ella era lo único que tenía en el mundo. Y aquella noche se encaminaba a ser demasiado larga como para pasarla solo. Sobre todo porque su mente no parecía estar en uno de sus mejores momentos.

    Marcó el número de Laura y esperó durante dos minutos a que atendiera, pero ya era tarde. Probablemente ya estaba en el cine. Pensó en ir hacia allá, pero enseguida descartó la idea. La última vez que había ido solo a aquel barrio había sido asaltado. Y si entraba al cine y se encontraba con que Laura no estaba allí, la noche se pondría fea en serio. Al darse cuenta de que aun sostenía el tubo en su mano izquierda, aprovechó y encargó la pizza, cuidando que su voz no pareciera dudosa.

    Una vez que hizo el pedido, se vio reflejado a sí mismo en el vidrio del ventanal que daba al balcón. Sin embargo, no se asustó como lo había hecho en otras ocasiones. Ocasiones que habían sido enterradas por la pala y el pico de las terapias. Ahora, en cambio, observó que estaba desnudo. Algunas partes de su cuerpo todavía tenían un pequeño brillo por no haber sido secadas del todo. Supuso que no recibiría la pizza en esas condiciones, así que fue al baño y se puso el calzoncillo que había preparado. Luego se peinó y entró a la pieza para ponerse un short. Cuando lo estaba haciendo escuchó el timbre de calle.

    Fue a la cocina, en donde estaba la pequeña pantalla del visor y observó la escena. Un adolescente vestido con una ridícula camisa y una gorra roja traía una caja cuadrada con un papel atado a ella. David presionó un botón y se acercó al micrófono.

    -¿Sí?- dijo. El adolescente miró hacia la cámara y levantó la caja de cartón.

    -Le traigo su pizza. Una grande napolitana- contestó.

    -Adelante- dijo David mientras presionaba el interruptor de la puerta de calle. Vio que el chico entraba al edificio, y fue a buscar su billetera. Mientras volvía a la sala oyó la puerta del ascensor cerrándose, y luego pasos hasta su propia puerta.

    Cuando sonó el timbre puso un ojo sobre la mirilla. Del otro lado, en el pasillo, se encontraba el joven masticando chicle.

    -¿Podría prestarme un segundo sus documentos?- dijo David desde el interior de su departamento. El cadete miró hacia la puerta con expresión confundida.

    -¿Perdón? No lo escuché bien.

    -Sus documentos- reiteró David tranquilamente-. Pásemelos por debajo de la puerta, por favor.

    -Seguro- contestó el chico, a la vez que satisfacía el pedido que le habían hecho. “Demente”, pensó, tan claramente que creyó haberlo dicho en voz alta. Del otro lado de la puerta, David tomó la identificación y la observó. La fotografía pegada del lado izquierdo mostraba a un somnoliento muchacho, que, según el nombre escrito a un lado, se llamaba Emilio Vergara. Era el mismo nombre que le habían dado en la pizzería cuando preguntó quién traería el pedido. Abrió la puerta y cuando se encontró con el muchacho le devolvió la identificación.

    -Perdón por la molestia- dijo David- es que no te conozco.

    -Soy nuevo- contestó el cadete. Luego le entregó la pizza, y se fue después de recibir el pago.

    David cerró la puerta con un pie y le echó una profunda olida a la caja de cartón que llevaba en sus manos. Le encantó el fuerte aroma del ajo, y pensó que quizá esa noche no estaría tan mal después de todo. Dejó la pizza en la mesita que estaba frente al sofá y volvió a la puerta para cerrarla con llave. Mientras lo hacía pensó en traerse algo para tomar, y recordó que en su ataque de ira había dejado una lata abollada de Pepsi tirada en el suelo. Miró hacia donde la había arrojado, pero no estaba a la vista. Se agachó y revisó debajo de la mesa, pero tampoco la encontró allí. Haciendo importante algo que no lo era tanto, se pasó buscando la lata durante cinco minutos. Pero no porque se interesara tanto en la limpieza de su casa, sino porque no quería comenzar a imaginar que alguien había tomado la lata. Estaba seguro de que él no lo había hecho. Y si no encontraba la lata, significaba que no era la única persona en el departamento.

    De pronto comenzó a sudar. Pensó en ponerse el suéter, que todavía estaba sobre el sofá, pero dedujo que si había alguien allí además de él, probablemente ya lo había visto desnudo y había comprobado que poseía un cuerpo inofensivo. Sin embargo, mientras tenía este pensamiento miró hacia el sofá y vio que el suéter no estaba allí. Y él podría haber jurado que allí lo había dejado. Repentinamente estuvo seguro de que su miedo, que según su doctor era un trastorno psicológico, se había convertido en realidad. Alguien había entrado en su departamento sin haber sido invitado.

    Se paró temblando y miró alrededor suyo. Midió la distancia entre él y la cocina, y luego entre él y la puerta de salida. La primera era la más corta. Ni siquiera pensó en la distancia a la que estaría el teléfono, ya que estaba seguro de que la línea estaría cortada. Así que se avalanzó hacia la cocina sin dudarlo. Allí tomó el cuchillo más grande que encontró y lo empuñó con toda la fuerza que pudo.

    Inmediatamente, se dio cuenta de que no había pensado que sea quien sea que estaba allí, podría haberse escondido en la cocina. Miró detrás de sí pensando que era su fin, pero no había nadie allí. Salió a la sala, y con una voz para nada convincente gritó:

    -¡Tengo un cuchillo! ¡Y estoy muy enojado! ¡Si no quiere salir lastimado será mejor que se vaya! ¡Lo hago por su bien!.

    Esperó unos segundos, hasta que oyó una risotada proveniente de su habitación. El espanto que sintió hizo que casi se le cayera el cuchillo, pero lo apretó fuertemente justo a tiempo. Sin pensar en lo que hacía, corrió hacia la puerta de salida. Intentó abrirla, pero él mismo la había cerrado con llave. Y obviamente, las llaves ya no estaban donde las había dejado. Mientras tanto, se oyó una seguidilla de ruidos de objetos cayendo al suelo y rompiéndose en su habitación.

    El terror que sufría David llegó hasta su punto extremo. Gritó y corrió hacia la habitación con el cuchillo al frente. Pero algo lo tocó en el tobillo y lo hizo caer al suelo. Por unos centímetros no se clavó la hoja de metal en el cuello. Repentinamente las luces se apagaron.

    Volvió a oír la misma risotada de antes, sólo que más larga, y muchísimo más cerca. Se dio vuelta sobre el piso de alfombra, e intentó ver en la oscuridad, pero no logró divisar ni su propia mano, que la había puesto a centímetros de su cara.

    Estuvo acostado, quieto por unos segundos, hasta que sintió una caliente respiración sobre su rostro. No podía ver absolutamente nada, pero sintió que su nariz y la del intruso casi se tocaban.

    Entonces se petrificó de horror. Sus músculos se endurecieron y se convirtieron en una sola masa de piedra. “Por favor”, murmuró con la poca voz que le quedaba. Otra risotada, y de repente las luces se encendieron. Y pudo ver. Fue entonces, en ese segundo exacto, cuando comprendió todo. Fue en ese segundo exacto cuando recordó las charlas con el doctor. Fue en ese segundo exacto, al encenderse la luz, cuando entendió que realmente alguien lo seguía todo el tiempo, y que su miedo no era injustificado.

    Fue en ese segundo exacto cuando comprendió que, en realidad, absolutamente todas las personas del mundo tienen un seguidor perpetuo, esperando el momento justo para atacar. Pero sólo algunas le temen a esto. Sólo las que se dan cuenta. Fue en ese segundo exacto.

    Exactamente un segundo antes de ser asesinado por su propia sombra.

    FIN

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