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    TRAS CUALQUIER PUERTA

    por Carmen Morales

    A veces, olvidar inocentemente ciertas normas elementales de prudencia conduce a situaciones tan abismalmente alejadas de lo que entendemos como cotidiano, que resulta difícil, por no decir imposible, preverlas.

    No hay ninguna razón para ser confiados. El horror existe y puede estar agazapado tras cualquier puerta desconocida, dispuesto a saltar sobre nosotros si inadvertidamente, la traspasamos.

    María Prada nunca hubiera tocado aquel timbre de haber sospechado que, al hacerlo, estaba violando esas reglas mínimas de cautela que debe observar cualquier chica joven sola en una gran ciudad donde todo, todo es posible.

    Fue absurdo que cogiera un trabajo innecesario y agotador, absurdo que se internara con tanta ligereza en una zona solitaria y apartada del centro urbano y absurda su insistencia en rematar una encuesta por la que iba a pagar un precio tan alto.

    María Prada, la protagonista del suceso abominable que quiero referir, se había trasladado a la capital para estudiar Arquitectura.
    Convencida de que lograr su independencia era una tarea personal e irreversible, buscó un trabajo para conseguirla, a pesar de que su familia le mandaba una cantidad suficiente de dinero para mantenerse, que ella se empeñó en rechazar. Y su decisión dio los resultados apetecidos: encontró un empleo de encuestadora en una empresa dedicada a hacer estudios de mercado.

    La selección del bloque y el piso donde había de realizar cada encuesta estaba sujeta a estrictas reglas matemáticas, de modo que, partiendo de un punto, nunca podía saber en que lugar de la ciudad podía acabar al final de la agotadora jornada.

    Esto es lo que sucedió una funesta tarde de noviembre, en que María se encontró, después de un mareante recorrido por callejuelas de un barrio periférico, perdida en un descampado desconocido para ella. Le faltaba realizar el último sondeo de aquella zona. Sin esta última encuesta todas las demás no tendrían validez, así que, desorientada, siguió buscando un último edificio que le permitiera completar el trabajo de aquel día. No veía alrededor ninguna casa más, y decidió subir a una pequeña loma que se levantaba a su derecha para investigar desde allí algún vestigio de algo que le permitiera orientarse. Al fondo, casi oculta por un bosquecillo de álamos, distinguió una edificación aislada y se dirigió hacia ella decidida. Resultó ser un enorme caserón destartalado rodeado de un jardín sombrío y descuidado.

    Parecía deshabitado. Un doberman negro, atado y de aspecto feroz, desmentía tal hipótesis. Se acercó sin titubear para hacer ostensible su presencia al perro guardián que, en efecto, empezó en seguida a ladrar. Pasaron unos minutos hasta que el visillo de una ventana fue levantado con cautela por alguien. Después, la puerta se abrió, y un individuo pequeño, con unas cejas pobladísimas y extremadamente pálido, se acercó hasta ella.

    Perdone que le moleste dijo la chica. Estoy realizando unas encuestas y creo que me he perdido. ¿Puede decirme como salir de aquí? Eso no es sencillo. Este lugar está prácticamente incomunicado. Lo mejor es que pase y llame por teléfono a un taxi para que pase a recogerla.

    Es usted muy amable. Estaba empezando a preocuparme. Traspasó la puerta de aquella casa, que el hombre cerró minuciosamente con varios cerrojos.

    No se extrañe, señorita. Como ve, vivo muy apartado y todas las precauciones son pocas.

    Al fondo del hall se distinguía una escalera; estaba sumido en la penumbra y por todo él se extendía un olor denso y extraño que no supo identificar.

    El pálido personaje subió la esalera delante de ella para conducirla hasta el teléfono. Arriba franquearon otra puerta, que el hombre también cerró con llave, lo que observó María con alarma creciente. El desconocido debió advertir su gesto de inquietud.

    Ya le he dicho, señorita que es difícil salir de aquí. No busque teléfono. No hay. Lamento decirle que ha llegado usted muy oportunamente. Mi hermana ha muerto en un accidente fortuito y la necesito a usted para completar mis experimentos… Le espera aquí una larga estancia. Le ruego que me disculpe… Considérese como en su casa, y confórtese pensando que va a contribuir al progreso de la ciencia…

    María no acababa de creer lo que estaba oyendo. Debía tratarse de una broma pesada. Cuando el hombre salió de aquella estancia cerrando tras de sí la puerta con llave, comprendió que se encontraba, de pronto, en una situación espantosa. Supo que, en efecto, iba a ser muy difícil salir de allí; nadie oiría sus gritos de auxilio.

    Un nudo de congoja le obturó la garganta, mientras contenía la respiración y buscaba con la mirada una posible salida. No la había.
    Estaba en una habitación interior, con un camastro y una mesa, a la que una bombilla alta proporcionaba una luz triste y amarillenta.
    Desde aquel momento, terrores desconocidos hasta entonces se sucedieron minuto a minuto.

    Pasaron horas interminables hasta que, rendida y acobardada, la venció el sueño. Se despertó sobresaltada por unos aullidos lastimeros que parecían provenir de algún lugar de aquella misma casa. Escuchó agazapada tras la puerta, que seguía cerrada con llave. Se oían, en efecto, gemidos guturales, como procedentes de animales asustados; no eran del perro que había visto al llegar, ni recordaba haber escuchado nunca ningún ruido semejante. Aquello sobrepasaba la desolación que producen las quejas de una animal moribundo. Había en ellos algo sórdido y amenazador que la hizo sentir un largo escalofrío. Por un momento pensó que los protagonistas de aquella horrible algarabía se dirigían hacia la habitación donde estaba prisionera y el mundo se le vino abajo otra vez en aquella interminable noche. No podía soportar la idea de quedarse allí inerte, aguardando un peligro que, estaba segura, se cernía sobre ella. Se quitó una horquilla del pelo y, desesperadamente, manipuló con ella la cerradura. Todo fue inútil. Golpeó la puerta con furia y gritó con todas sus fuerzas pidiendo una ayuda que nunca llegaría. Oyó unos pasos que ascendían pesadamente por la escalera. Pensó en abalanzarse sobre aquel individuo cuando entrase, atacarle con algo para escapar de allí de cualquier forma. Se situó detrás de la puerta y agarró una silla para golpearle apenas abrirse.

    Pero el dueño de la casa no pasó. Descorrió un ventanillo disimulado en uno de los cuarterones de la puerta y asomó su rostro macilento:
    Cálmese, señorita, cálmese. Mis amigos son inofensivos. Ocurre que su olfato ha detectado una presencia extraña en la casa y eso los tiene agitados. Si usted sigue gritando van asustarse más todavía y podría resultar peligroso. No me obligue a usar para calmarla métodos que detesto.

    No pudo ya dormirse durante aquella noche fantasmal, en la que hizo mil conjeturas sobre las actividades de aquel individuo y la identidad de los otros habitantes de la casa. No era posible que aquella situación pavorosa se prolongase por mucho tiempo.

    A la mañana siguiente, presa de un desmayo al no haber comido nada desde el día anterior, después de una noche angustiosa pasada en vela y con los nervios en tensión. María presentaba un aspecto tan lamentable que hubiera movido a compasión a cualquiera.

    El hombre llegó de improviso muy temprano. La invitó a salir de su encierro , y tras atravesar varias estancias frías de la casa, la llevó hasta el inicio de unas escaleras descendentes que parecían conducir a un sótano. Durante todo el trayecto él no dejó de hablar, intentando, quizá, justificar lo anormal de su comportamiento.

    No debe asustarse por nada de lo que va a ver, por insólito que le parezca. La ciencia no puede ponerse límites a sí misma. Mis antiguos colegas no lo han entendido así y me veo obligado a trabajar furtivamente, como si fuera un proscrito. Pero mis experimentos están dando resultados asombrosos y algún día se verán obligados a reconocer que fueron injustos conmigo al expulsarme de la universidad. Mi obligación es ir tan lejos como sea posible, y ningún prejuicio estúpido me detendrá.

    Todo eso no justifica que usted me retenga contra mi voluntad.

    Ya le he explicado que la necesito. Usted será una ayuda valiosísima, e imprescindible, para culminar mi investigación. Usted les gustará, estoy seguro.

    En lugar de tranquilizarla, aquellas palabras le produjeron aún mayor angustia. ¿De qué se trataba? ¿Qué iba a encontrar abajo? Ahora estaba segura de que había caído en manos de un demente peligroso. Habían llegado ante la puerta del sótano. El secuestrador de María la abrió. Era un lugar oscuro y húmedo del que salía un hedor insoportable que la hizo retroceder sacudida por violentas náuseas.

    El hombrecillo siniestro cogió unos guantes de cuero que colgaban de un clavo que había en la pared, así como una máscara de color verdoso, que representaba confusamente la cabeza de un cerdo, y se los puso.

    Siempre trabajo así. Mi rostro resultaría demasiado extraño para ellos, puesto que nunca han visto a un ser humano. Creo que ya están preparados para ello. El suyo será el primero. Observaremos cuidadosamente sus reacciones…

    Accionó el interruptor que iluminaba tenuemente aquel sórdido lugar. De pronto, alucinante, todo el horror que la mente más diabólica pudiera imaginar, estuvo ante los ojos desorbitados de María. Sus gritos se mezclaron a los aullidos infames de una jauría de monstruos inconcebibles. Permanecían dentro de varias jaulas, agitados y babeantes, y eran la materialización de una aberrante pesadilla: una especie de serpiente cubierta de pelo espeso, cuya cabeza recordaba vagamente a la de un gato, estaba enroscada en los barrotes de su encierro: más allá, una masa redondeada y repugnante, provista de robustas patas, terminaba en una minúscula cabeza de pájaro dotada de labios como los de un mamífero. En otro ángulo del sótano, algo inacabado y blando, en cuyos costados crecían una especie de aletas poco desarrolladas, la miraba fijamente desde unos ojos claramente humanos. Vivió unos segundos imborrables, suficientes para destrozar una vida entera. No pudo resistir aquella visión. Con las manos tapándose los oídos, tratando de eludir la espantosa realidad de aquellos monstruos inconcebibles, cayó al suelo presa de incontenibles convulsiones…

    Cuando abrió los ojos no sabía dónde se encontraba. ¿Había soñado? Buscó a tientas su despertador para ver la hora y sus manos sólo encontraron el vacío. El olor conocido de la estancia fue lo primero que le desveló la espantosa realidad de cuanto había sucedido unas horas antes. Ninguna mente humana puede imaginar atrocidades semejantes. Sin embargo, ella lo había visto; estaban allí, en aquella misma casa. Absolutamente descontrolada, rotos todos los esquemas de comportamiento razonable que pudieran llevarla a una solución salvadora, empezó a llorar como un niño indefenso y desorientado en el límite de la angustia. Se acurrucó en un rincón del camastro y se tapó la cabeza con la manta buscando un refugio consolador.

    Pero no pudo sustraerse a su situación. Estaba atrapada en un lugar oscuro y recóndito de la ciudad, y su presencia allí era desconocida por todos los que la amaban. Esta torturante realidad le produjo una náusea trastornadora. Exhausta y debilitada por la demencial circunstancia en que se encontraba, incapaz de soportar una tensión brutal, perdió otra vez el sentido.

    Unos golpes repetidos en sus mejillas, la despertaron. El hombrecillo estaba otra vez frente a ella con una taza de algo caliente y reconfortante. Sin duda pensaba que la falta de alimento habría debilitado ya suficientemente sus defensas. Mientras bebía el contenido de una taza, él le habló persuasivo, con suavidad:
    Es preciso, es preciso que se acostumbren a su presencia. Debe controlarse. Espero que esta vez pueda ser amable con ellos durante unos minutos que, poco a poco, iremos prolongando hasta que podamos trabajar juntos.

    En medio de la confusión que la embargaba comprendió que otra vez iba a conducirla hasta aquel abismo aterrador. No pudo defenderse; una profunda laxitud la estaba invadiendo por segundos. Su voluntad quedó inerme a merced de aquel hombre que, pasando uno de los brazos de la muchacha alrededor de su cuello y sujetándola por la cintura, la arrastró escaleras abajo, tambaleante, hasta la puerta del sótano. Otra vez se puso la careta y los guantes. Descorrió los cerrojos. Pulsó el interruptor.

    Toda la droga ingerida no pudo evitar que María reaccionase otra vez con repulsión infinita frente a aquellos monstruos inquietos y gimoteantes que empezaron a moverse extremadamente agitados. Y de pronto, con una fuerza sorprendente, en un intento desesperado de sobrevivir, María se desprendió del cuerpo de su vigilante empujándole con violencia inusitada. El sorprendido demente, tambaleante, fue a chocar estrepitosamente contra la gran mesa que soportaba las jaulas, mientras aquellos seres monstruosos gritaban frenéticamente, asustados.

    ¡Idiota! gritó el hombre desde el suelo. ¿Qué ha hecho? ¡Lo ha estropeado todo! Ellos tenían que conocerla poco a poco. Ahora no la querrán. ¡No la querrán!

    Inmovilizada por el pánico que le producía aquella baraunda infernal, vio cómo las puertas de las jaulas, al precipitarse éstas sobre las losas del sótano, se habían abierto. La sangre huyó de sus venas cuando comprendió que los seres de quimera que tenía delante pronto descubrirían la libertad. Y un impulso más fuerte que el pavor la obligó a huir subiendo las escaleras a saltos desmesurados. Se precipitó a través de una ventana entre un estrépito de cristales hecho añicos. Después, con los brazos y el rostro sangrantes a causa de los cortes, corrió sin parar, interminablemente…

    «Dijo luego Dios: Brote la tierra seres animados según su especie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie. Y así fue. Y vio Dios ser bueno y los bendijo diciendo Procread y multiplicaos… »

    La señora Olmedo salía del mercado tras realizar su compra semanal.
    De improviso, algo se le enroscó entre las piernas. Cayó rodando por la escalera arrastrando tras ella el carrito de las provisiones, que quedaron esparcidas por la acera. Desde el suelo alcanzó a verlo. Tres escalones más arriba algo vivo y amorfo ascendía por los escalones.
    Gritó aterrorizada y, en unos instantes, el pánico y el desconcierto se apoderaron de las mujeres y los vendedores de aquel viejo edificio, de la gente que se encontraba próxima, mientras aquello, tras alcanzar la nave central, avanzaba lentamente hacia un puesto de carne…
    Esa misma mañana, Cristina caminaba apresurada hacia el colegio.
    Llegaba tarde. Esperó la señal verde con impaciencia junto al semáforo.
    Un súbito impacto en su cuello le hizo gritar de dolor y sorpresa.

    Sobre su hombro se había posado una forma alada, insectívora y peluda, que lamía sus mejillas. Sus pupilas de adolescente se dilataron de espanto. Los conductores que transitaban por la avenida creyeron oír un grito de horror. Algunos transeúntes que lo vieron se detuvieron en seco inmovilizados por el espanto. Después, aquella cosa, emprendió otra vez el vuelo.

    Hacia el Este de la ciudad, en una habitación confortable situada en un segundo piso, la mamá, todavía adormilada, se disponía a cambiar los pañales de su bebé. Alzó la cabeza; en la penumbra del dormitorio su mirada se cruzó con unos ojos heladores que la miraban al otro lado de la ventana: una bestia encogida, de piel áspera, golpeaba con torpeza sobre los cristales moviendo una pezuña terrosa…

    Doy testimonio de ello: una mañana de viento frío y desapacible trajo consigo una invasión imprevisible de pavorosas criaturas mutantes.

    Penetraron en las cafeterías más acogedoras , esperaron agazapadas en los rellanos de las escaleras, bajaron hasta los pasillos del metro, se acurrucaron en los vestíbulos de los cines. Cundió el pánico y se recordaron viejas pesadillas medievales. Durante la noche, se escucharon sus gruñidos en las solitarias avenidas. Algunos vecinos las oyeron de madrugada arañando detrás de sus puertas…

    Escrito en November 12, 2021
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