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    No nos une el amor sino el espanto

    Autor: Charlie Panta

    I

    Me despertó el grito de Amelia, que estaba acostada a mi lado. Salté como un resorte y encendí el velador dispuesto a calmarla, pues supuse se trataría de una pesadilla. ¡Pero Amelia se encontraba despierta o, al menos, con los ojos abiertos! Mi esposa jamás había sido sonámbula, de modo tal que debía estar despierta; sin embargo seguía sentada en la cama gritando paralizada de miedo y con las manos en la cara. Me arrodillé a su lado para… en realidad no sabía para qué; estaba desconcertado; no sabía a ciencia cierta si se trataba de los efectos residuales de un mal sueño o qué, pero lo cierto es que Amelia no dejaba de gritar. Mi incertidumbre era tal que no sabía si debía zamarrearla, abrazarla, hablarle. Ni siquiera si debía tocarla o no.

    Uno ha escuchado tantas historias acerca del sonambulismo que…

    Cuando me incorporé para arrodillarme sentí bajo las cobijas un ruido como de papel estrujándose…

    Un impulso instintivo me hizo tirar de las cobijas y lo que vi a continuación fue de un horror tan indescriptible que, ahora, a la distancia, mientras lo escribo se me estremece el corazón y comienza a palpitar como en aquella ocasión.

    Cientos, tal vez miles de enormes cucarachas inundaban nuestra cama corriendo enloquecidas por la repentina luz que las dejó al descubierto. En su desesperación se subían por las piernas y torso de mi mujer y… ahora comenzaban a subir también por mis piernas!! Amelia las había sentido pero no las había visto; ahora que las veía el terror le hizo vencer la inercia y saltó de la cama y comenzó a sacudirse como poseída por el demonio al tiempo que gritaba sin parar.

    Al verla, la imité y me empecé a sacudir frenéticamente los asquerosos seres que se empecinaban en trepar por mis pijamas. A medida que caían al piso se enloquecían aún más y corrían sin control chocando contra nuestros pies desnudos. Saltábamos de un lado a otro en un satánico baile tratando de eludirlas pero no podíamos evitar caer sobre algunas de ellas que explotaban con un espantoso chasquido largando una inmunda pasta amarillenta que se pegoteaba en nuestros pies.

    La media luz proporcionada por mi velador acentuaba el efecto terrorífico de la escena. Quería encender la luz de la habitación pero temía verlas no sólo en la cama y en el piso, sino también en las paredes y el techo. A pesar de ello junté coraje y pulsé el interruptor a mi izquierda, junto a la puerta. Movido por el enorme amor que siento por mi esposa, logré vencer la repulsión por un instante y salté a su lado, la tomé por la cintura y corrí hacia la puerta para huir de ese infierno. Abrí con violencia y salimos al living que, por supuesto, estaba a oscuras. Deposité a Amelia en el piso, la tomé de la mano y salimos disparados en dirección de la puerta de calle. En tan desesperada carrera, choqué con uno de los sillones y caí estrepitosamente sobre la mesa ratona de vidrio que estalló bajo mi peso. Por suerte alcancé a poner mis manos pero igual sentí vidrios que se clavaban en mis manos y brazos. Recuerdo que pensé que sería lo de menos, ¡si tan sólo lográbamos salir de allí! Me incorporé como pude y busqué a Amelia en la oscuridad. Sentía un ardiente escozor en la mejilla derecha, seguramente producido al golpearme contra el marco de la mesita ratona.

    ¡Acá Raúl, acá! Gritaba Amelia entre sollozos.

    Su voz venía de junto a la puerta de calle; hacia allí me dirigí todavía atontado por el golpe. La tomé de la mano y le di un apretón para infundirle confianza. Al fin y al cabo ya estábamos junto a la puerta y sólo faltaba abrirla para escapar a la calle. Tiré del picaporte para comprobar, con horror, que estaba (como debía estar) cerrada con llave. En ese momento Amelia comenzó a gritar nuevamente.

    Sus ojos miraban espantados el débil cono de luz que se proyectaba desde nuestra habitación sobre la alfombra del living. Decenas de cucarachas enormes y negras avanzaban hacia nosotros.

    En un golpe de lucidez recordé que teníamos la bendita costumbre de dejar un juego de llaves sobre la mesita del teléfono del living. Corrí hasta allí, manoteé las llaves y, también a la carrera, volví a la puerta. Las manos me temblaban y, antes de que pudiera acertar a la cerradura, las llaves se me cayeron en dos oportunidades.

    Finalmente logré abrir y salimos proyectados hacia el frío de la noche.

    Amelia todavía gritaba y se sacudía el camisón parada en medio del jardín. Supuse que tendría alguna cucaracha metida entre sus ropas por cuanto, sin siquiera pensarlo, le saqué el camisón de un tirón y lo arrojé lejos.

    En ese instante vi las figuras de Adrián y Marta (nuestros vecinos y amigos) que corrían en nuestro auxilio. Debo confesar que a pesar de la horrible vivencia que acababa de experimentar y a pesar de la enorme confianza que sentía por Adrián, sentí vergüenza por la desnudez de mi esposa sólo cubierta por una diminuta tanga blanca.

    Si alguien supone que esta vergüenza tenía que ver con los celos o con que me avergonzase el cuerpo de Amelia, habrá errado mil por ciento, ya que mi confianza por Amelia es absoluta (lo mismo siento por Adrián) y en cuanto al cuerpo de mi esposa: sólo puedo decir que es para mi un orgullo. Al contrario; esta vergüenza no era personal sino totalmente solidaria con la que, creí, sentiría Amelia al enfrentarse con Adrián en una situación tan expuesta.

    Después me di cuenta que el estado de shock de mi mujer era tal que aunque hubiera estado toda desnuda y con un plumero en el culo tampoco se habría percatado de nada.

    No obstante ello, Adrián, ratificando su caballerosidad y amistad, se sacó rápidamente el gamulán que traía sobre los hombros y lo puso sobre los de Amelia, al tiempo que nos interpelaba sobre lo ocurrido.

    II

    Nuestra casa es un típico chalet americano, con un amplio jardín al frente (unos 15 mts.), separado de la vereda por un ligustro bajo.

    Atrás tiene un buen parque con una hermosa piscina y un quincho con capacidad para sentar unas quince o veinte personas. En este barrio todas las casas son similares.

    Hacía dos años habíamos llegado aquí ante la insistencia de los Sampietro. Con Adrián Sampietro me unía una vieja y profunda amistad que se remontaba a nuestra niñez. Solíamos bromear diciendo que éramos hermanos de leche, dado que el mismo lechero (que por entonces pasaba con una vieja camioneta repartiendo la leche) atendía nuestras casas. Vivíamos en la misma cuadra y concurríamos al mismo colegio. Desde el principio fuimos íntimos amigos y nos sentíamos como hermanos.

    Compartíamos todo; aún las íntimas experiencias de nuestros primeros contactos sexuales. Recuerdo una vez que, siendo adolescentes casi adultos (tendríamos alrededor de 19 ó 20 años), Adrián había venido a verme junto a Julia (su novia de entonces) para pedirme consejo sobre su intimidad sexual. Resulta que Julia (con quien salía desde hacía cerca de un año) había accedido a mantener relaciones sexuales con Adrián y, llenos de expectativas, habían ido a un hotel a consumar el mágico ritual del desvirgue pero, para desconsuelo de ambos, la ansiada rotura del himen no se había producido porque no habían podido concretar la penetración. Como acabo de decir, estaban realmente desconsolados y confundidos. Habían intentado tranquilizarse, habían intentado cambiar de posición, no una sino varias veces, y todo había resultado en vano. Desesperados por la amenaza de que se hicieran añicos sus sueños de futuro con hijitos y demás, decidieron venir a mi, considerado para entonces, el experto en sexualidad humana de nuestro grupo. Esa fama me la había ganado por la costumbre (que había adquirido desde mi despertar sexual) de leer todo lo que salía publicado acerca de la sexualidad. Adrián, hijo de una familia bastante más conservadora que la mía, no había tenido esa suerte.

    Así que luego de un exhaustivo (y payasesco) análisis de las posibles causas, en el cual fui desde las consideraciones del Kamasutra al ilustre Erich From, decidí sabiamente (como se esperaba de mi) que todo se había debido a los nervios de la primera vez. Les di una serie de consejos y les recomendé algunos ejercicios de relajación y precalentamiento.

    Aparentemente mi diagnóstico fue acertado porque, si bien nunca más se habló del tema, me consta que mientras su relación duró, tuvieron una sexualidad placentera.

    Para ese entonces yo ya salía con Amelia y, uno o dos meses después que Adrián terminara su relación con Julia, le presentamos a Marta, quien, a su vez, había sido compañera de secundaria de Amelia. Se enamoraron y se casaron al año siguiente.

    Adrián se acababa de recibir de ingeniero y no tardó en quedar al frente de la empresa de construcciones de su suegro. Esto le significó un rápido ascenso económico y en tres años se compraron la casa en la que actualmente viven.

    Para mi el camino fue bastante más arduo ya que tuve que hacer carrera dentro de la empresa de seguros en la que trabajo. Comencé produciendo seguros para otro agente de la compañía y, poco a poco, fui escalando hasta mi función actual de gerente de región.

    Hace dos años y medio (cuando me ascendieron a este cargo) con mi esposa decidimos que era tiempo de cambiar el departamento en que vivíamos por una casa más amplia y comenzamos a buscar una. Cuando Adrián y Marta se enteraron, sin decirnos una palabra, comenzaron a sondear por su barrio. Dio la casualidad que se puso en venta la casa pegada a la de ellos y nos dijeron que la compráramos. La idea de ser vecinos nos seducía y la casa en si no tenía contras, pero costaba el doble de lo que nosotros disponíamos. Cuando les planteamos nuestro impedimento se quedaron muy tristes pues ellos ya consideraban un hecho el que seríamos vecinos.

    Al día siguiente Adrián me llamó por teléfono a la empresa de seguros y me dijo que no siguiéramos buscando casa; me pidió que le concediera dos días y prometió llamarme al cabo de ese tiempo.

    Como él trabajaba en construcciones, supuse que habría encontrado alguna otra casa más modesta y accesible a nuestro presupuesto, por lo cual accedí a darle el tiempo pedido.

    Dos días después, Marta nos invitó a cenar para hablar de la nueva propuesta. Naturalmente que accedimos de muy buena gana y sumamente intrigados. En el transcurso de la cena les preguntamos por la nueva casa que tenían en vista para ofrecernos y, cuál no fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron que, en realidad no había otra casa; se trataba de la misma que habíamos visto, sólo que ahora tenían la solución. ¡Nos propusieron prestarnos ellos el dinero que nos faltaba y nosotros se lo podríamos devolver como quisiéramos y sin intereses! Naturalmente que nos negamos a aceptar tan generoso préstamo exponiendo mil razones (todas realmente fundadas) pero ellos no estaban dispuestos a recibir un ‘no’ por respuesta. La discusión se extendió por varios días hasta que finalmente aceptamos con algunas condiciones mínimas que logramos imponer (que nos cobraran un interés ‘simbólico’ y que firmáramos documentos por la deuda).

    Así fue que compramos la casa y, desde hace un par de años, nos convertimos en vecinos de los Sampietro.

    III

    Marta estaba parada en la vereda, sosteniendo la enorme escopeta de Adrián, con cara de susto y mirando alternativamente a la casa y a nosotros. Amelia seguía en estado de shock por cuanto no podía articular ni una palabra. Tenía los ojos excesivamente abiertos y gemía. Adrián la abrazaba tratando de consolarla.

    -Cucarachas. Alcancé a balbucir.
    -Qué cosa? Preguntó incrédulo.

    Comencé a intuír que no sería fácil de explicar lo que nos había ocurrido. Si bien Adrián y Marta sabían de nuestra fobia a las cucarachas, siempre lo habían tomado como algo gracioso. Las personas como ellos, que desconocen el terrible poder de las cucarachas (¡sobre todo su velocidad incontrolable!), siempre han subestimado nuestro pánico tildándolo despectivamente de fobia y haciéndolo aparecer como algo gracioso.

    -Cientos, miles de cucarachas en la cama y encima de nosotros! ¡Fue horrible! Mientras lo decía me recorría por la espalda un escalofrío como repugnantes patas de insectos.
    Marta vino a mi encuentro y me abrazó.
    -Bueno, quedate tranquilo. Vení, vamos a mi casa.
    Mientras nos conducían a su casa, alcancé a ver a algunos de nuestros otros vecinos asomados en sus respectivas ventanas observándonos; Adrián les hacía señas de que estaba todo bien.
    Una vez adentro, nos hicieron sentar en los mullidos sillones del living y Marta se dispuso a servir unos whiskys.
    -Dejá. Yo me encargo de eso. Vos llevala a Amelia y ponele un camisón.
    Solícita, Marta tomó a mi mujer por los hombros y la condujo al dormitorio. En cuanto salieron del living Adrián se acercó y, al tiempo que me ofrecía el vaso con whisky, me preguntó:
    -Ahora que están un poco más tranquilos ¿me querés explicar que carajo pasó?

    IV

    Mientras trataba de explicarle a Adrián volvimos a oír los gritos desesperados de Amelia. Subimos como rayos la escalera en dirección al dormitorio y al entrar veo a Marta tirada sobre mi esposa, asiéndole las muñecas y pidiéndole que se tranquilizara. ¡Pero cómo iba a hacerlo si del camisón recién puesto le brotaban miles de inmundas cucarachas! Venciendo el miedo y la repugnancia, y por segunda vez en el día, corrí hacía la cama y me abalancé sobre Marta liberando a Amelia. Caímos sobre el placard sacando las puertas corredizas de sus guías, por cuanto se nos cayeron encima. Cuando logré salir de debajo de la puerta, lo último que alcancé a ver fue el puño de Adrián en dirección a mi cara. Luego todo fue oscuridad.

    Epílogo

    Atrapado en este cuarto el día transcurre con desesperante lentitud. Al principio creí que no lo iba a poder soportar, pero las visitas sabatinas de Adrián y Marta me ayudaron mucho. Sobre todo porque me traen noticias y cartas de Amelia.

    No puedo dejar de pensar en ella y, semana tras semana, se lo repito en las interminables esquelas que le escribo con encendido amor. Hace ya seis meses que nos encerraron en institutos para enfermos mentales diferentes pero no nos quejamos. Naturalmente que nos extrañamos a morir. Y por supuesto que nos molesta que nos tomen por locos; pero en algo tienen razón. Si nos dejan sueltos no tardaríamos ni un minuto en reencontrarnos porque, como ya dije antes, nos amamos apasionadamente.

    Pero entonces sobrevendría inevitablemente la espantosa pesadilla de millones de cucarachas tratando de devorarnos mientras intentamos huir o hasta que el corazón nos estalle de pánico. Y tenemos tal certeza de que esto ocurriría como de que la maldición sólo ocurre cuando estamos juntos.

    Buenos Aires, Mayo de 1997

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