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    Música de engorda

    Los dedos índice y anular izquierdos se flexionaron, deslizaron sus puntas por la madera, y presionaron. La otra mano rozó con suavidad las cuerdas del instrumento, y un sonido salió de la guitarra. Estallaron los aplausos.

    Bruno se mordió el labio y cerró los ojos. La luz blanca de un seguidor lo bañó al tiempo que dos reflectores azules iluminaron el resto del escenario. El público, enloquecido, comenzó a silbar. El músico sonrió, acomodó los pies en la tarima, y exhaló.

    Entonces tocó un segundo acorde; luego otro, y enseguida uno más. Las primeras notas provenían del recuerdo: eran tocadas primero en la mente y de ahí se trasladaban por los brazos hasta reproducirse en la guitarra. Pero a medida que Bruno repetía el movimiento, la música dejaba de originarse en su cabeza. Poco a poco dejaba de sentir suyas las manos, y los dedos comenzaban a moverse sin que él tuviera que pensar en ellos. Era como si de la guitarra salieran diminutas pinzas que a su antojo estiraban y movían cada dedo, cargándolo hasta el lugar exacto y acomodándolo para continuar la melodía.

    La audiencia estaba de pie. Cientos de personas, hombres y mujeres de todas las edades, gritaban y aplaudían extasiadas, moviéndose como una al ritmo de la música.

    Frente a ellos estaba Bruno Liévanos, sin duda el mejor guitarrista del siglo. Tres meses antes se había anunciado el concierto, y la euforia por conseguir boletos comenzó. Aquellos que tenían dinero corrieron a gastarlo a la taquilla; los que no, fueron en dirección contraria, a la casa de empeños. En apuestas desesperadas, muchos hombres perdieron casas, autos y alhajas, mientras que en habitaciones ajenas, sus mujeres perdían el cuerpo a la prostitución. Los niños robaron y los ancianos gastaron los ahorros de su vida; ningún precio era demasiado alto, nadie quería quedar fuera. Y todos, boleto en mano, esperaron días formados a la intemperie, pasando frío por haber rematado sus últimas cobijas. Pero valió la pena. Bruno tocaba mejor que nunca.

    En el escenario, el guitarrista no movía más que las manos, ajeno al clamor de la gente. Su memoria, desocupada en esos momentos, se remontó al pasado.

    Nunca había sido un gran aficionado a la música. De hecho, no soportaba escucharla por más de una hora, pues le venía dolor de cabeza. Hubiera preferido pasar su vida en silencio, pero éste le fue robado al cumplir once años. Su padre llegó ese día con una guitarra envuelta en bolsas de papel y adornada con listones verdes, y después de un par de golpizas, convenció al niño de tomar clases.

    Aprendió rápido a usar su talento (un don natural, decía su orgullosa madre), y éste pronto se convirtió en su fuente de alimento. No le agradó la idea, pero tuvo que resignarse. Sobre todo después de enterarse, a los catorce años, que sus padres no eran del todo humanos.

    La pieza que tocaba alcanzaba su clímax. Las manos recorrían con mayor rapidez el brazo del instrumento, y hacían que el cuerpo del músico vibrara al tiempo. Bruno echó la cabeza para atrás y apretó los dientes con fuerza.

    Los tímpanos le dolían como si un par de ratas quisieran salírsele por los oídos, como si una orquesta entera se hubiera metido a su cerebro.

    Siempre pasaba lo mismo. Cada vez que el festín iba comenzar, todo empezaba a doler. Pero eso no detenía a Bruno. Justo cuando parecía que sus músculos iban a estallar, cuando las piernas estaban a punto de doblarse y los hombros de sufrir un calambre, un nuevo acorde les daba fuerza para continuar. Los dedos seguían moviéndose a pesar de que con cada pisada las cuerdas de nylon se encajaban en su piel y cortaban las yemas por la mitad. La sangre pro-ducida escurría por los trastes y mojaba el cuerpo de la guitarra, pintándolo de rojo, barnizando su fina madera. El instrumento tomaba el líquido y lo absorbía con gula, inflándose con cada gota, palpitando como con vida propia. Y Bruno no paraba de tocar. Las uñas de su mano derecha se desprendieron y volaron por el aire para reflejar en su limada superficie las luces que colgaban de la tramoya. Extrañamente, el único sonido que se oyó en el momento en que cayeron, fue su choque con la duela de las tarimas.

    Bruno quedó de rodillas en el escenario, con la mirada fija en el suelo. Sus brazos, meciéndose cansados, escurrían escarlata. La guitarra colgaba quieta de su talí.

    El público miraba en silencio: unos entusiasmados, otros sin poder creer lo que veían; todos en espera de que reanudara el concierto. Sin embargo, cuando éste continuó, los gritos que se escucharon no fueron de emoción.

    En un instante, el hoyo de la guitarra se abrió como si las orillas que lo conformaban fueran de hule. La madera tronó un par de veces y luego, olvidando su rigidez, se hinchó para abrir un enorme boquete en el centro.

    Entonces el instrumento dio a luz. De su vientre comenzaron a salir babeantes látigos amarillos que como hilachos caían al suelo para retorcerse bajo la luz. En su extremo más ancho, presumiendo varias hileras de dientes, mostraban carnosos hocicos negros que abrían y cerraban conforme se movían. De los costados de sus cuneiformes cuerpos se desenrollaron, como serpentinas, series de tentáculos verdosos que ondulaban hasta el piso. Con ayuda de ellos, las criaturas se arrastraron hacia las gradas, atraídas por los alaridos de pavor de la audiencia.

    Desde el momento del parto, el público había iniciado su huida hacia las salidas. Los primeros que llegaban a las puertas, al hallarlas atrancadas, intentaban volver, pero las avalanchas que venían detrás no se paraban. La asustada gente seguía empujando, ciega al paso cerrado.

    Los niños fueron los primeros en morir. Sus pequeños cuerpos eran jalados aventados en medio de la multitud hasta que perdían el paso y caían. Los zapatos aplastaban los frágiles huesos de sus piernas, y sacaban a patadas el aire de sus pulmones. Pero nadie ponía atención a sus gritos; nadie se percataba de que habían caído hasta que otros tropezaban con sus cadáveres, cuando las botas de los jóvenes resbalaban en los charcos de sangre, y los tacones de las señoras se atoraban en los intestinos que se habían exprimido fuera de los cuerpos de sus hijos.

    Ahí atacaron primero los hambrientos gusanos. Arrastraban sus húmedos cuerpos por el suelo, deteniéndose de vez en cuando para aspirar algún charco de sangre, o para recoger alguna víscera sin dueño. Así, engordaban con cada avance. Cuando hallaban en su camino algún cadáver, se adherían a éste como sanguijuelas, y utilizaban su lengua a manera de espátula para raspar la carne del esqueleto. Arrancaban músculo, piel y cabello para dejar como pulidas piezas de marfil los huesos, que finalmente eran masticados y tragados con igual facilidad.

    Entonces las orugas, crecidas al doble de su tamaño original, dirigían su atención a las personas que se azotaban contra las puertas y arrojaban objetos a las ventanas, en desesperada búsqueda de una manera de escape.

    Las criaturas se acercaban, y como resortes brincaban sobre su presa.

    Con increíble elasticidad se enrollaban alrededor de los cuerpos y comenzaban a apretar. La gente no tenía tiempo de pelear: los que no morían de asfixia eran triturados por las asquerosas víboras, que de un mordisco arrancaban la cabeza de su víctima, para luego seguir el mismo procedimiento con brazos y piernas. Por último partían el tronco en dos, y se lo pasaban en un par de bocados.

    En el escenario, Bruno permanecía inmóvil, con el cuello rígido y los dedos fruncidos hacia adentro. Se concentraba para bloquear los gritos y el familiar ruido que hacen los huesos al tronar.

    Quince minutos más tarde, las criaturas terminaron su banquete y satisfechas regresaron a la guitarra. Bruno abrió los ojos. El lugar estaba intacto, sin rastro alguno de la masacre que acababa de ocurrir.

    Todo mantenía un silencioso orden, como si afuera la gente todavía aguardara el momento para entrar. El músico se puso de pie, miró el foro vacío, y suspiró. Caminó al fondo del escenario, y sacó de entre los telones el estuche de su guitarra. Lo abrió, y de su interior sacó un par de vendas, con las cuales envolvió sus ensangrentadas manos.

    Empacaba su instrumento, cuando escuchó la música de violín.

    Sorprendido, levantó la vista. El sonido provenía de la parte más alta del auditorio, a donde llegaban escasos rayos de luz. El guitarrista entrecerró los ojos y trató de distinguir en la oscuridad. El violín se calló de súbito, y una sombra corrió en las graderías. Luego desapareció.

    Con manos temblorosas, Bruno cerró su caja y salió a toda prisa del lugar, sin mirar atrás.

    Afuera, el aire frío de la noche tranquilizó sus nervios. Respiró hondo, sacudió la cabeza, y medio sonrió. Su mente estaba jugándole bromas. No había sonado violín alguno, pues en el teatro nadie había quedado. Todos fueron devorados, borrados del espacio y del tiempo. Los que faltaron al concierto no tendrían más en su memoria a los que sí fueron; aquel suceso no volvería a cruzar por sus mentes. En aquella ciudad nadie se acordaría de Bruno Liévanos, como nadie lo recordaba en los otros cientos de lugares donde había tocado.

    Con aquella anonimidad en mente, se puso en marcha.

    “Los mató a todos, ¿eh?”

    Bruno se detuvo a medio paso, como si aquella extraña voz hubiera congelado su sangre, y con calma volteó a buscar el origen de la acusación. Sus vértebras rechinaron al girar.

    “Quizá no se dé cuenta… “ Desde la entrada de una cantina, bajo la sombra de un arco, lo miraba un anciano de ojos agrandados. Después de escupir ruidosamente a la banqueta, dio un paso al frente, a donde la luz sepia de un farol pudiera jugar con las arrugas de su rostro. “Pero con la cantidad de dinero que tuvieron que pagar por verlo, estarían mejor muertos.”

    Bruno sonrió, aliviado. Aquel hombre no sabía de lo que hablaba.

    El anciano se acercó cojeando y estiró una mano para acariciar el estuche de la guitarra. Bruno la arrebató de un jalón.

    El hombre recogió el brazo de inmediato, y despreocupado miró al guitarrista. “Oh, está bien. Yo también soy músico, ¿sabe?” Movió la cabeza en dirección al arco. Contra una de sus columnas estaba recargado un viejo violín que amenazaba con deshacerse al menor soplido.

    Bruno empalideció al ver el instrumento. “Tengo pri-sa…” Sin poner atención, el viejo continuó. “¿Conoce la historia del Rey Chocolate?” Se paseaba con lentitud de un lado al otro. “En realidad no se llamaba así, claro. El apodo se lo pusieron después de comérselo…” “Está usted loco.” Bruno interrumpió, hastiado.

    Pero dio apenas dos pasos, cuando el viejo de un salto estaba de nuevo frente a él. “¡Déjeme terminar!”

    Hablaba pegado al rostro de Bruno, respirándole encima su alcohólico aliento y escupiéndole después de cada sílaba. “No voy a cobrarle un centavo por lo que voy a contar.”

    Inclinó la cabeza a un lado y miró hacia arriba como si en el polvo que flotaba en el aire estuviera escrito lo que contaba. De pronto, volteó enojado y prosiguió.

    “Era un tirano, el maldito rey. Comía la carne de las ovejas más gordas, y bebía el vino de las mejores uvas, mientras mataba de hambre a sus ganaderos y campesinos.” Calló un segundo para remojarse los labios. “Un día la gente se cansó, y a la fuerza entró al castillo.” Aquí, el viejo hizo una pausa y miró directo a los ojos de Bruno. En voz muy baja, terminó. “Dicen que comer su carne era como comer chocolate, por todas las golosinas que se metía a la boca.” Garraspeó, y escupió la flema a un lado.

    “¡Quítese de mi camino!” De un empujón, Bruno tiró al anciano y comenzó a alejarse.

    “¡Espere!” El viejo clavó su cuerpo hacia adelante y con ambas manos se aferró al estuche de la guitarra, casi tirándolo de las manos de su dueño.

    Bruno jaló con fuerza, pero el otro hombre estaba bien agarrado. “Dígame…” Un hilito de saliva colgaba de la barbilla del anciano.

    “¿Qué sabor irá a tener usted?”

    Desesperado, Bruno pateó el costado del viejo.

    Este gimió, pero no soltó la caja. “¿Qué come alguien como usted, con el dinero que gana?”

    El guitarrista asestó un par de patadas más.

    El anciano rebotó en el piso. Alzó un brazo para cubrirse el rostro, pero no soltó el estuche. “Apuesto a que los gusanos de su tumba van a estar muy contentos.”

    Otro jalón. El instrumento casi estaba libre.

    “Seguro que en su carne van a probar el caviar, y el faisán, y todas esas cosas que comen los ladrones como usted.”

    Un último tirón, y zafó la guitarra de la mano del viejo. Sin dudar un segundo, Bruno echó a correr. Se movió lo más rápido que pudo, pero no logró esquivar las últimas palabras que el anciano gritó.

    “¡Todos somos parte de la cadena alimenticia! ¡Tarde o temprano, alguien nos tiene que comer!”

    Cuando Bruno llegó a la bodega, cuarenta y cinco minutos tarde, su padre lo esperaba afuera.

    “Llegas tarde.”

    No era el tipo de bienvenida al que estaba acostumbrado. Por lo general lo recibían con un abrazo y un beso en la mejilla, y seguían con una ronda de aplausos antes del banquete. Pero hoy su padre estaba muy hambriento, y si había algo que detestaba, era esperar. Con cejas arqueadas, miró a Bruno con desaprobación.

    “Todos están esperándote.”

    “Creo…” Bruno intentaba recuperar el aliento que la corretiza le había quitado. “Creo que…”

    Su padre se rascó la oreja, miró su reloj, y garraspeó.

    Bruno, después de respirar hondo y tragar saliva, continuó. “Tenemos problemas, papá.” El sabría qué hacer con el viejo del violín.

    Pero el señor pareció no escuchar. Se fajó la camisa, y abrió la puerta de la bodega.

    “Todos están esperando.” Esta vez no dejó que su hijo respondiera. Los invitados debían tener hambre.

    Bruno siguió a su padre al interior del edificio. No tenía caso discutir con él cuando tenía el estómago vacío. Tal vez después de la comida…

    Al entrar al bodegón, se encontró bajo el escrutinio de alrededor de seiscientos ojos. Cada vez la familia era más grande. De lugares lejanos aparecían continuamente parientes nuevos: primos segundos abandonados en la infancia, hijos bastardos de algún tío alcohólico, cuatro viudas del mismo abuelo, hermanastros de un nuevo matrimonio, hijos adoptivos, y tías postizas.

    Bruno saludó con un ligero movimiento de cabeza, e intentó copiar la sonrisa que ponía su padre, pero lo que logró fue más bien una mueca burlona. No le agradaba su familia, y mucho menos la idea de tener que alimentarlos a todos. Para Bruno, eran unos vagos que no merecían estar sentados en aquellas mesas adornadas con manteles de encaje, ni comer de platones de cristal cortado, ni llevarse a la boca los cubiertos de plata. Cuando la comida se terminara, la mayoría de ellos se marcharía sin despedirse, tan sólo para aparecerse al día siguiente con rejuvenecido apetito, y quizá un par de bocas nuevas. De seguir así las cosas, dentro de un par de meses iba a tener que organizar un concierto para todo el continente americano.

    En una de las mesas de la izquierda, una de las rémoras comenzó a golpear su tenedor contra la mesa. Otros le siguieron, y en menos de un minuto el lugar entero sonaba con el ruido de metal contra madera.

    Su padre le hizo una seña con la mano, y Bruno se dirigió al fondo del almacén, donde lo esperaban una docena de meseros vestidos de blanco.

    Colocó el estuche de su guitarra sobre un tablón, y sacó con manos adoloridas el instrumento. Subió la pierna izquierda a una de las sillas, y empezó a tocar.

    Casi de inmediato, la guitarra inició la serie de temblores y cambios que la expandirían para permitir la salida de los crecidos gusanos amarillos.

    Cuando salió el primero, ahí estaba uno de los meseros para recibirlo en una enorme charola de plata, y detrás de él, los demás estaban formados con bandejas similares, listos para cachar a las siguientes orugas.

    Uno a uno, los camareros llevaban las charolas a las diferentes mesas.

    Caminaban con lentitud y tambaleándose, pues las criaturas que cargaban se movían desesperadas. Al parecer, podían olfatear el hambre que impregnaba el lugar, y sabían que eran ellos los que ahora tendrían que saciarla. Se revolcaban en los platones buscando caer al suelo, pero sus cuerpos salivosos resbalaban en la pulida superficie y se mantenían en su lugar.

    En las mesas, los animales eran inmovilizados por los tenedores de los comensales, que entonces cortaban pedazos de carne para comenzar a engullir. Los gusanos se retorcían al recibir los pinchazos, y lanzaban aullidos apenas audibles al sentir el filo de los cuchillos atravesar su piel. Después de dos o tres rebanadas profundas, las serpentinas quedaban quietas, y apenas se movían cuando alguno de los invitados, al escarbar con su cuchara para obtener más carne, raspaba alguno de los nervios principales.

    Así, la comilona siguió por dos horas más. En cuanto se terminaba la comida en una mesa, otro gusano fresco era servido, y cuando éste era consumido, uno más se presentaba. Mientras tocaba, Bruno no comía más que los bocados que su abuela materna le ofrecía con insistencia. Los tragaba con trabajos, pues el chillante sonido de las moribundas orugas, y el ruido que producía la gente al masticar, le quitaba el apetito. Cuando su instrumento quedara vacío, Bruno lo guardaría en la caja, y como siempre, asqueado, saldría del lugar, dejando atrás un suspiro de decepción.

    Era justo lo que iba a hacer, cuando la puerta de la bodega se abrió de golpe. Todos los invitados voltearon asustados, y más de veinte se pusieron de pie. Ya una vez, hace algunos meses, la policía llegó de inesperado a uno de los banquetes, y había sido un problema convencerlos de que se trataba de una comida común y corriente, de una fiesta. Pero ahora no era un oficial el que estaba de pie a la entrada del almacén, sino un harapiento anciano que cargaba un destartalado violín.

    Bruno dio un paso atrás, su rostro casi transparente.

    “Oh, no, no, por favor…” El viejo hablaba a las personas que de pie lo miraban con sospecha.

    “Tomen asiento, sigan divirtiéndose.” Dicho esto, el anciano se dirigió a Bruno.

    “Un hombre puede pescar con el gusano que ha comido de un rey, y comerse luego al pez que se nutrió con aquel gusano.

    Así, un rey puede hacer un viaje de gala por las tripas de un pordiosero.”

    “¿Qué…?” El padre de Bruno se había acercado, y miraba con ceño fruncido al extraño.

    “Hamlet.”

    “¿Quién diablos es usted?”

    “Ah…” El violinista sonrió amistosamente para mostrar amarillentos dientes, y luego, con indiferencia, responder. “Soy amigo de su hijo.”

    Los dos voltearon a ver a Bruno, quien escuchaba incrédulo, sin poder hablar. Quería explicarle a su padre, pero el anciano rápido se movió a un lado y de tres pasos llegó al centro de la bodega.

    “¿Quién es?” El señor miraba inquisidor a su hijo.

    “¿Qué les parece algo de música para animar la fiesta?”

    Bruno y su padre giraron en dirección al viejo al momento en que éste empezó a tocar su violín. La música era chirriante y desafinada, pero sus notas, aunque disparejas y chocantes, tuvieron la fuerza para cerrar de un azotón la puerta. Entonces comenzó la confusión.

    La gente que permanecía sentada se puso rápido de pie y comenzó a correr hacia la salida, pero los punzantes sonidos que escapaban del instrumento de cuerdas les hicieron perder el equilibrio. Las piernas se les doblaban, y caían de rodillas al suelo, tapándose los oídos con ambas manos para intentar bloquear el sonido. Sin embargo, el aire sonorizado se escurría por entre sus dedos, atravesaba sin problemas piel y hueso, y entraba hasta los tímpanos para golpear con fuerza su interior. Otras personas, en su intento por tapar el enloquecedor ruido, comenzaron a rellenarse los oídos con pedazos de papel, y luego, en su desesperación, a clavar en sus orejas los tenedores y cuchillos que encontraban a la mano. Pero ni el papel, ni los cubiertos, ni la sangre que éstos producían, lograba sofocar la música.

    Pronto toda la congregación se revolcaba en el suelo, arañándose los rostros o golpeando sus cabezas contra las sillas en busca de silencio.

    Pero el extraño no dejaba de tocar, y alegre llevaba el ritmo con el pie derecho. Hacía mucho tiempo que el alcohol lo había vuelto sordo al horror de su música.

    Cerca de la puerta, Bruno reunió todas sus fuerzas, y mareado, se puso de pie. Su visión estaba borrosa, pero frente a él podía distinguir la silueta del hombre que los torturaba. Temblando, y apoyándose en las mesas, dio tres pasos hacia él. Se detuvo, sacudió aturdido la cabeza, y reanudó la lenta marcha. Estaba a menos de un metro del anciano, cuando éste de pronto dio media vuelta y quedó mirándolo.

    “Vamos a ver a qué sabes.” El violinista se paseó la lengua por el contorno de su boca, y aceleró el ritmo de la música.

    Bruno gimió al recibir en el cerebro la veloz oleada que producían las desgastadas cuerdas, y cayó de bruces hasta el piso. Estuvo tirado con los ojos cerrados por unos minutos, hasta que sintió algo sobre su espalda: como si varias agujas presionaran su piel. Entreabrió los ojos, y vio horrorizado al anciano. Seguía usando el violín, pero ahora de los bolsillos de su saco salían, una tras otra, enormes arañas negras que bajaban por las piernas de su pantalón y caminaban, balanceadas sobre patas amarillas, por el suelo.

    Sintió un mordisco en la pierna, y cerró los ojos. Un arácnido le mordió entonces el estómago, otros dos se pelearon por la carne de sus tobillos, y uno más comenzó a roer su codo. Después de eso, Bruno Liévanos dejó de sentir.

    Media hora más tarde, el viejo salió de la bodega, instrumento en mano.

    Tenía prisa; había muchas bocas que lo esperaban para ser alimentadas.

    Se detuvo un momento, poniendo nerviosa atención a la noche. ¿No era una trompeta aquello que se oía a lo lejos?

    Escrito en June 12, 2021
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