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    Muerte bajo el arco

    Autor: Daniel Tubau

    Franz Moerl repasó con parsimoniosa lentitud la gran estantería; sorprendidamente, sus ojos brillaron satisfechos, extendió la mano y extrajo dos volúmenes de aquella larga hilera. Sin duda eran más de quinientos los libros reunidos en aquella biblioteca, miles de páginas con un objetivo común, el estudio de lo oculto, el acercamiento a las misteriosas fuerzas que pueblan éste mundo, el acceso a los más innombrables horrores a los que se pueda ver sometido el ser humano.

    Veinte años de constante búsqueda, de averiguaciones, de días enteros en antiguas bibliotecas los habían reunido; aquellos volúmenes eran tan sólo una escueta representación de los miles que Franz tenía almacenados en su mansión de Jana. Los de su apartamento eran quizá los más selectos de cuantos poseía y constituían el alimento de su inquisitivo espíritu, ¿cuántas horas habría leído la introducción de «Los ocho anillos», de Cagliostro?; ¿en cuántas ocasiones se había sumergido en los oscuros parajes de «Camino al Más Allá», del demente tibetano Mara, el tentador?; ¿y cuántas habían sido las horas perdidas en incomprensibles reflexiones acerca de tal o cual afirmación hecha por Masters en su «Crónica de lo Oculto»?

    «Crónica de lo Oculto», leyó nuevamente Franz Moerl en el lomo de uno de los dos libros que sostenía en sus manos. Después, sus dedos recorrieron suavemente, deleitándose en sus curvas, en sus márgenes, en la tipografía ahuecada en sus letras, el otro volumen, «Chantellier de l’horreur e l’casualitè», de August Chaix. Despejó la acristalada superficie de la mesa de todo objeto accesorio, permitiendo, únicamente, la permanencia de un grueso paquete de formas similares a un cofre o pequeño arconcillo. Franz, influido por un severo carácter germano, intentaba esconderse a sí mismo la inquietud que lo carcomía desde que aquel paquete fue depositado en sus manos. Su inclinación hacia cualquier tema prohibida u oculto se debía precisamente a la firme severidad de sus padres. Había crecido en un ambiente de total aislamiento respecto a otros niños y la única salida a su forzada introversión la constituían aquellos libros que describían mundos desconocidos repletos de horribles criaturas sumergidas en el caos y que, sin embargo, poseían férreos estamentos, los Grandes Dioses, los Subterráneos, los seres del Claroscuro…

    Se había integrado en aquellos mundos; su imaginación viajaba por ellos aunque su cuerpo no lo delatara. Al morir sus padres, tan sólo le quedaron los libros como refugio y, a pesar de su aparente humildad, se sentía superior a cuantos le rodeaban; creíase partícipe de un conocimiento al que pocos seres humanos podían acceder y su única relación con el exterior se cifraba en las misivas intercambiadas con otros iniciados y las breves conversaciones mantenidas con los libreros a los que compraba los volúmenes que fueran de su interés.

    Franz Moerl pasó rápidamente las páginas de «Crónica de lo Oculto» hasta encontrar el pasaje que buscaba y lo leyó con énfasis:
    «Al morir el brujo, maldijo a todos aquellos que se apropiaran de cualquiera de sus espeluznantes volúmenes. La maldición no fue desoída por sus ejecutores que a la mañana siguiente reunieron las pertenencias del difunto, haciendo con ellas una gran pira purificadora. En aquella hoguera ardieron inapreciables volúmenes, algunos únicos y de los que sólo nos han quedado incompletas referencias. Hay quien asegura que entre ellos se hallaba el «Necronomicon», de Abdul Alfharez, en su segunda traducción al latín por el monje templario Magnus.

    Después tomó en sus manos el otro volumen y repitió idéntica operación.

    «Tan sólo un libro de los que habían pertenecido al brujo sobrevivió a la quema, se trataba del «Omnius sacramentii», de autor desconocido y del que nadie posee copia alguna. Al parecer alterna en sus páginas el latín con signos criptográficos de carácter cuneiforme. Un monje lo salvó ignorando su auténtica naturaleza. Dos semanas más tarde moría súbitamente y de forma inexplicable cuando realizaba su cotidiano paseo por el monasterio. El paradero del misterioso volumen es desconocido, aunque se asegura que todos sus propietarios han muerto en extrañas e inexplicables circunstancias cumpliénndose así la maldición del brujo».

    Una leve sonrisa marcó los labios de Franz Moerl. Por fin había llegado el momento que tanto esperaba, hasta entonces todo había sido un juego a solas con su férreo carácter.

    En su mente ya se habían reunido todos los datos que podían engrandecer aún más la contemplación de su preciada adquisición. Rasgó con un cortaplumas el envoltorio y ante su vista apareció un libro de gran tamaño cubierto por tapas metálicas fuertemente cerradas con dos broches de plata. No pudo evitar pensar en el librero que se lo vendiera; el desdichado, tan sólo reparó en el aspecto exterior del volumen; en vez de un libro vendió una joya, ignorando que el contenido de aquella valía cien veces más de lo que él ingenuamente había exigido.

    Tras complicadas operaciones y diversas manipulaciones, las gruesas tapas del volumen se abrieron ante la inquieta mirada de su actual propietario que pudo leer en la cubierta de rústica : «Omnius sacramentii». Cuando se disponía a descifrar los caracteres que servían de introducción a la obra, sus manos tropezaron con un amarillento pergamino. Allí, en un latín imperfecto y vulgar, pudo leer la siguiente misiva:
    «Monseñor: En el mes de octubre del presente año y ante las acusaciones de numerosos vecinos del lugar, las autoridades eclesiásticas que se hallan bajo mi jurisdicción arrestaron a Elías Asarath bajo la acusación de brujería. Pese a la reticencia mostrada por el acusado, la posterior investigación concluyó que aquel mantenía pactos con seres infernales, por lo que fue condenado a la hoguera. Repetidamente se le dio la oportunidad de arrepentirse de sus culpas con el misericordioso fin de que (tras las llamas purificadoras) su alma pudiera ascender al reino de los justos. Su férrea negativa no hizo más que demostrar la absoluta putrefacción de su alma, sus últimas palabras fueron una maldición, ‘yo os maldigo por siempre dijo, todo aquel que se apropie de mis pequeños templos del saber oculto morirá bajo el arco’. La irreverente maldición no hizo efecto alguno en nuestras almas educadas en el temor a Dios, no obstante, al amanecer, nos presentamos en la que había sido mansión del brujo en busca de todo aquello que delatase la presencia del señor del mal. Pronto reunimos gran cantidad de repulsivos volúmenes que señalaban claramente la relación que el brujo mantenía con las potencias demoníacas. Aquellos horribles libros constituían sin duda lo que él había llamado ‘pequeños templos del saber oculto’, más no encontramos nada que pudiera revelarnos el significado de las últimas palabras de su maldición. Sacamos de aquel lugar todas las pertenencias del brujo; la que fuera su casa ahora pertenece a Jonathan Leiber, hombre de buena fe y probada cristiandad, quién denunciara la satánica naturaleza de Elías Asarath, e hicimos con ellas una gran hoguera. Todos los malignos textos ardieron excepto uno.

    Yo lo tomé creyendo que se trataba de un cofre, pues sus tapas eran de metal grabado y poseía dos cierres de plata, lo que confería a todo el volumen el aspecto de una joya. Cuando me percaté de verdadera naturaleza del objeto por mí rescatado, pensé en entregarlo al fuego.

    Lo intenté en tres ocasiones y atónito fui testigo de su incombustibilidad. Presintiendo en tal extraño suceso la intervención de fuerzas malignas, pido a su ilustrísima consejo y ayuda.

    Deseoso de recibir sus instrucciones,

    Abate de Neinhart.
    En el año de 1776.

    Habían pasado diez días desde que Franz Moerl adquiriera el «Omnius sacramentii»; en aquellos diez días apenas había leído algunas frases del volumen, pues todo su ser se hallaba inmerso en el único objetivo de averiguar cual había sido el fin de todos aquellos que algún día poseyeron el libro que ahora obraba en su poder. Visitó el monasterio en que muriera abate y allí le indicaron el lugar exacto en que la muerte le sobrevino: bajo los arcos del claustro. Preguntó también acerca de la suerte que corrió el volumen, pero nadie supo contestarle:
    en los archivos no aparecía referencia alguna al «Omnius sacramentii».

    Revisando nuevamente el volumen encontró un ex-libris perteneciente a una noble familia de origen húngaro que cincuenta años atrás se había establecido en Alemania. Curiosamente la villa en que se asentaron no distaba mucho de la que fuera la mansión del brujo. Parecía como si el misterioso volumen quisiera estar cerca del lugar donde fue ejecutado su propietario original. El Conde de L…, murió tres semanas después de haber adquirido el volumen, de aquello hacía diez años. Tras las primeras reticencias, consiguió averiguar las circunstancias que rodearon la muerte del Conde. Éste, se hallaba en el campanario de la iglesia del pueblo. Estaba solo. Acostumbraba a visitar el campanario todos los días, quizá por su afición a las arquitecturas románicas tan frecuentes en aquella región.

    Todo se desarrollaba con normalidad hasta que de pronto todas las personas cercanas al lugar fueron sacudidas por un horrible alarido procedente del campanario. En el mismo momento pudieron distinguir algo que cayó sobre la plaza circular en que se hallaba la iglesia. Era la cabeza del conde. En el campanario encontraron el cuerpo del que aún manaba la sangre. En vano buscaron una explicación razonable al singular suceso, pero no encontraron nada ni a nadie. Sin embargo, la cabeza había sido limpiamente separada del cuerpo y las facciones del muerto revelaban, en una mueca disforme, un horror imposible de imaginar. Franz no pudo averiguar nada más, pero sí fue partícipe de un detalle que le sobrecogió: las paredes del campanario formaban arcos en sus cuatro puntos cardinales.

    Tampoco en ésta ocasión pudo saber que había sido del «Omnius sacramentii», pero era obvio que no podían ser más de tres los posteriores poseedores, hasta que él mismo lo adquirió. Repasando los archivos necrológicos, descubrió que diez años antes había fallecido un tal Eisner Grossemberg en las ruinas de un templo pagano. Causa de la defunción: desconocida. Dos años más tarde otro vecino del lugar perdió la vida mientras paseaba en una noche de noviembre por el barrio antiguo de la ciudad; el informe policial señalaba que había sido asesinado por persona o personas desconocida. En ambos casos la muerte les sobrevino bajo la figura de un arco. Otra persona había muerto en circunstancias misteriosas apenas un mes y medio antes. Aquel hombre debió ser el último poseedor del libro pensó Franz sin darse cuenta de que paulatinamente se había convencido de la realidad de la maldición, así que decidió visitar de nuevo al librero que le vendió el volumen que tan profundas raíces había echado en su existencia, para requerir de él la información que anhelaba.

    Buenos días, Klaus dijo al entrar en la vieja y destartalada librería. ¿Qué le trae por aquí, señor Moerl?; no creo que hoy encuentre nada de interés. Hay pocas novedades…

    El motivo de mi visita es otro se excusó Franz. Vengo a hablarle del libro que me vendió hace dos semanas. Bueno, más que del libro, quisiera saber algo de su anterior propietario.

    Verá se excusó el usurero, no suelo hablar con mis clientes acerca de la procedencia de mis volúmenes. Claro que siendo usted… Añadió aferrando el billete que le tendía su interlocutor.

    Bien, sabía que llegaríamos a entendernos. Si no me equivoco, el propietario del volumen ya no vive.

    En efecto…

    Joseph Liebenz era su nombre según creo. Falleció hace un mes, ¿es así?…

    Exactamente contestó Klaus y prosiguió mirando burlonamente a su interlocutor-, no sé que es lo que desea saber, pues según deduzco por sus palabras, no le falta información.

    Cómo llegó el libro a sus manos. Eso es lo que quisiera saber. Verá, ya conoce usted mi gran tolerancia para con mis clientes. Joseph Liebenz, que en paz descanse, era uno de ellos. Él, sentía un gran interés por los mismos temas a los que usted inclina sus apetencias. No era hombre de mucho dinero, pero poseía una gran biblioteca que cuidaba con esmero, se diría que para él era lo único que importaba. Por ésta razón, contrajo elevadas deudas que difícilmente podía pagar. Yo mismo le fié en varias ocasiones, aunque de antemano sabía que era improbable que recibiera el dinero que me adeudaba.

    No comprendo qué relación guarda la situación económica de ese hombre con el libro.

    Es muy sencillo. Cuando él murió, me acerqué a la que había sido su casa por ver su me podía satisfacer la deuda por algún familiar. ¿No cree usted que me hallaba en mi derecho? El pobre hombre, sin embargo, no tenía pariente alguno, pero me fue permitida la entrada a sus alojamientos. La biblioteca estaba cerrada bajo llave y, según supe después, todos sus libros los legó en su testamento a un amigo, el único que tenía. Tan sólo encontré sobre su mesa de estudio el volumen que usted adquirió, la verdad es que no pensé que fuera un libro, más bien pensé …

    Pensó -interrumpió Franz Moerl- que era un cofrecillo repleto de joyas, y no se le ocurrió otra idea que la de apropiarse de él para satisfacer, de este modo, la deuda que había quedado pendiente. Yo no lo diría así, pero la idea es la misma. Cuando descubrí que no era lo que yo esperaba, decidí devolverlo…

    Pero finalmente decidió venderlo por ver si así sacaba algún dinero, y, naturalmente, me lo vendió a mí casi en secreto, pues no convenía que el amigo se enterara de que usted se había apropiado de algo que, según legítimo testamento, le pertenecía a él.

    La verdad es que ese pobre diablo ya no necesita ningún libro, ha perdido la razón y está internado en espera del juicio, pues es el principal sospechoso.

    Franz salió satisfecho de la tienda. Había averiguado todo cuanto deseaba saber, tenía en su poder la dirección en que podía encontrar al que fuera amigo de Joseph Liebenz y estaba ansioso por conocer los detalles de la muerte del segundo por boca del primero.

    Yo estuve con él la noche en que murió, incluso fui testigo de su horrible muerte -masculló Heinrich Briendfast-; habíamos pasado la tarde en unas ruinas cercanas. Anochecía. Regresábamos a nuestras casas siguiendo el cauce seco del río. Aquella noche Joseph estaba muy animado-algo raro en él- y entre bromas y risas habíamos recorrido ya buen trecho del camino, por lo que me extrañó la extraña actitud que adoptó de repente.

    ¿No has notado ese ruido?- me musitó nervioso.

    No contesté, pues todo a nuestro alrededor era silencio, no he oído nada.

    ¿Nada? dijo agarrándome crispadamente del brazo. He ahí lo extraño. No se oye nada, ni el viento ni el lamento de los grillos… ¿No te resulta extraño?

    Es cierto contesté reparando en el absoluto silencio que nos envolvía, pero no creo que haya razón para atemorizarse.

    Caminamos otro trecho atentos al menor ruido, pero solo se percibía el rumor de nuestros propios pasos sobre el verdoso limo de las márgenes del inexistente riachuelo cuando, súbitamente, exclamó:
    Alguien nos vigila! He visto una sombra tras nosotros y ese extraño gorgojeo…, ¿no lo oyes?

    En absoluto respondí, no he visto ninguna sombra ni sé a qué gorgojeo te refieres. Me parece que tu imaginación te está jugando una mala pasada.

    El no prestó atención a mis palabras y, tras mirar absorto a su alrededor, me pidió que acelerara el paso. Así lo hice, pues en verdad me sentía inquieto; además, no crea que estoy loco, he de confesar que sentí algo frío que rozaba mi espalda. Imbuidos de un inexplicable terror corrimos despavoridos. Estábamos solos en aquel lugar, pero ya quedaba poco para llegar al pueblo… (Heinrich tragó saliva y continuó): y entonces, sobre los arcos del puente, apareció una sombra más oscura que la noche y se abalanzó sobre mi amigo. Al borde de la locura contemplé el vano intento de mi compañero por librarse del mortal abrazo de aquel ser. No pudo. Sus últimas palabras fueron: «la maldición, la maldición…» La sombra desapareció en la noche y mi amigo cayó al suelo con el cuello partido. Al tocar sus manos las encontré heladas. Estaba muerto. Lo demás ya lo sabe; la policía no dio crédito a mis explicaciones y me calificó de loco. Aunque me hayan encerrado en este lugar , yo sé que aquello sucedió. Mis noches ya no son noches, me es imposible conciliar el sueno después de haber visto aquello y espero la muerte como salvación.

    «Los arcos del puente», «los arcos del puente», se repitió Franz mientras regresaba a su mansión. Pero al atravesar las calles del pueblo su atención fue desviada violentamente de tales pensamientos para sumergirse en otros más terribles. Por todas partes reinaba un gran alboroto y cuando supo la causa del mismo su rostro empalideció.

    Klaus, el librero, había muerto de un infarto en la puerta de su tienda. Y aquella puerta, aquella puerta, formaba un arco en su cúspide.

    Atenazado por el miedo corrió a refugiarse en su casa. Una vez a salvo, con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, se planteo fríamente la situación en que se encontraba. Él era ahora poseedor del libro; si la maldición era cierta, de nada le serviría desprenderse de el, pues el librero también lo había hecho y no por eso se salvo de la muerte. Finalmente, en la seguridad de su hogar, la tranquilidad volvió a su mente. Todo habían sido meras casualidades del destino -se dijo intentando convencerse-, y si no era así, le bastaba con evitar hallarse bajo la figura de un arco, tendría que estar alerta en todo momento, mas tampoco seria un gran problema teniendo en cuenta que lo que estaba en juego era su vida. Miro a su alrededor y comprobó satisfecho que las puertas y ventanas eran rectangulares y que el techo se extendía liso y uniforme sobre su cabeza. No había nada que temer.

    Abrió de nuevo el volumen decidido a enfrascarse en sus paginas, pues hasta aquel momento no había tenido ocasión de hacerlo.

    Al leer determinado fragmento que describía las fuerzas ocultas que pueblan el mundo, no pudo evitar que un escalofrío recorriera su cuerpo; queriendo atribuirlo al frío, avivo las brasas de la chimenea…

    Franz Moerl apenas tuvo tiempo para contemplar sobre si la forma arqueada de la chimenea… días después, su cuerpo descompuesto, fue encontrada bajo aquel arco sembrando de incógnitas su espantosa muerte.

    Fin.

    Escrito en November 1, 2021
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