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    Llamas

    Es bellísima, esos ojos inocentes me maravillan. Su piel suave y tostada me excita a cada momento.

    El ambiente es perfecto, oscuridad suficientemente clara como para percibir sus contornos, y la situación envuelta por una sensual y dulce música. Toco su cuerpo lentamente, sintiendo cada rincón de aquel escultural monumento a la belleza. Ella ha dejado de resistirse, ahora grita, gime y me dice algo, pero no me interesa escucharla. Sé que poseo un increíble sentido del ritmo, sigo moviéndome de acuerdo a los compases del placer, acelerando poco a poco hasta sumergirme en el éxtasis más profundo para luego despertar de nuevo y volver a gozarla hasta exprimir mis últimas fuerzas y caer agotado. Pienso en cuanto debe gustarle este juego. El que esté amarrada a la cama le da un toque especial, realmente especial y más que inusual.

    Despierto.

    El sol parece tener más fuerza en el campo, ya que atraviesa la débil cortina con su luz, finalizando en la puerta. Me levanto, me dirijo hacia ella y la abro. Voy a la cocina y preparo desayuno para ambos. Me pregunto qué pasaría si tomara mi auto y me fuera De seguro ella moriría, decido no hacerlo. Tomo una bandeja y le llevo el desayuno a la cama, ni siquiera me da las gracias. Le levanto la almohada y la siento, le masajeo los senos, ella llora. Me aburre la misma historia, así que salgo a caminar.

    ¿Qué voy a hacer con ella? No la puedo dejar ir, pero tampoco puede permanecer en esta casa para siempre. Estas son las ocasiones en que me gustaría ser alguien creativo para encontrar una solución a mis dilemas. Tal vez, debiera esperar un par de días. Tal vez pueda convencerla de que se quede conmigo y sea mi juguete para siempre.

    Tres días han pasado, mas el placer no ha logrado callar mi dolor. Es tiempo de decidirse, es decir, ya lleva una semana atada a esa cama y ya no aguanto sus llantos ni sus gritos. Sin embargo, no la puedo dejar ir porque me delataría. Sólo hay una forma de acabar con esta fuente de mi pasión. Toda pasión arde y esta no debe ser la excepción.

    Todo está listo, la droga ha surtido su efecto y ya está inconsciente, me deleito con ella por última vez para luego llevarla al patio. La rocío con aquel perfume urbano que se vende de a litros y la acuesto sobre un colchón de paja y tablas. Rezo una oración por ella y le arrojo un fósforo encendido.

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