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    LA POLILLA EN LA VENTANA

    La primera vez que apareció en su ventana, se asustó. No era extraño: una polilla tan enorme, golpeando de ese modo el cristal, en mitad del insondable silencio nocturno, podría haber asustado a cualquiera. Pero Suso no era cualquiera: le tenía un horror natural a los insectos. A los insectos, y a cualquier cosa que se les pareciese.

    Frrrrrrrrrrr…

    Y aquella polilla era verdaderamente repugnante: debía medir unos 7 u 8 centímetros de largo. Su cuerpo marrón se agitaba en nerviosas curvas, buscando la fuente de luz que la había atraído, intentando entrar de algún modo, mientras hacía zumbar sus alas membranosas, golpeando con insistencia el cristal, y a veces deteniéndose junto al marco.

    • Sí que es listo, ese bicharraco - pensó Suso en voz alta - Está buscando la entrada. Si llegase a entrar, no sé lo que me daría.
      Y no había modo de librarse de ella. La ventana no tenía cortinas, y para cerrar las contras, habría que abrir antes el cristal. Y eso nunca. Quizá apagando la luz un rato, a ver si se cansaba y se marchaba…

    Suso Laxeiro estudiaba hasta tarde. No era un alumno muy brillante, en la Facultad de Antropología, pero durante el día estaba muy ocupado.

    Durmiendo, por supuesto. Y eso le obligaba a estudiar de noche, si es que no quería quedarse totalmente desfasado con el resto de sus compañeros. A veces incluso veía amanecer desde su ventana, que daba a la zona portuaria de la ciudad, en una triste y lóbrega pensión. Por encima de los tejados no había más paisaje que el cielo abierto, pero ya es bastante. Otros no tienen ni eso.

    Ftrrrrrrrr…

    Y la maldita polilla no se marchaba. Llevaba casi cinco minutos con la luz apagada, y aún seguía ahí. Suso no podía perder más tiempo sin luz.
    Comenzaba a olvidarse de todo lo estudiado. Tuvo que encender la desnuda bombilla de nuevo.
    “Quizá capta de algún modo el calor. No sé dónde leí algo de eso, tienen unos ojos muy raros. Puede que sea una especie de infrarrojos, qué sé yo.”

    Suso decidió ignorarla. Mejor, intentar ignorarla. Pero era imposible.
    Ese bicho asqueroso seguía ahí, era insistente.
    “Me pregunto si hay alguna abertura en la ventana. Quizás un hueco muy pequeño. Ese insecto podría descubrirlo, y entonces…”
    Pero Suso prefería no pensar en ese entonces. Era demasiado repugnante, y los pelos de su nuca se erizaban con solo pensarlo.
    “Dios mío, si me empieza a picar todo el cuerpo sólo con imaginarlo…”
    Lo peor era el ruido que hacía. No dejaba de zumbar, golpeando el cristal con su cuerpo membranoso, y eso le obligaba a mirarla. Y sólo mirar esa porquería era asqueroso. Casi parecía como si ese insecto diabólico estuviese enfadado, por no poder entrar. No. Imposible. Los insectos no se enfadan. Es un pensamiento demasiado complejo para ellos. Pero, ¿acaso las teorías valen de algo cuando tienes delante la realidad? Quien no se podía enfadar era Suso: el miedo a que esa bestia entrase se lo impedía.

    Frrrrrrrrrrrrrr…

    Los folios que tenía delante eran los mismos desde hacía más de media hora. No podía avanzar. No con eso ahí. Recordó haber leído algunas leyendas celtas que decían que estos insectos eran portadores de las almas de los muertos, por lo que no se les debía matar. Quien creyera esa tontería no debía haber visto una polilla en su vida.

    Quizá un poco de insecticida arreglaría el problema… No, tampoco. Las polillas son increíblemente resistentes a ese tipo de cosas. Puedes golpearlas decenas de veces, y parece que ni se inmutan. Recordaba una historia de Arthur Machen sobre esto… Dios, es repugnante. Ese cuerpo peludo, como una siniestra mota de algodón, esos ojos negros, casi podía ver cada uno de los microojillos que los componen. El abdomen bamboleante, las alas que vibran a velocidad supersónica, las infectas patas, que se retuercen de forma antinatural, ese par de antenas peludas que se agitan… Dios, ¨y si entrara? Sus nervios estaban a punto de estallar. Sentía latir muy fuerte sus sienes. Ese asqueroso ser lo había conseguido: le había desquiciado.
    Suso apagó la luz. No más estudio esta noche.

    Al día siguiente, Suso se despertó con los golpes de la puerta. Se había dormido vestido, sobre la cama. No se había atrevido a desnudarse, pensando en el contacto de esa cosa sobre su cuerpo…

    • ¡Laxeiro! - Los golpes en la puerta eran insistentes - ¿Qué te pasa? ¿Es que no vas a abrir en todo el día?

    Era el viejo señor Franco, ese miserable huraño que le había alquilado la habitación a un precio astronómico, aprovechándose de la demanda. Y ahora tenía el descaro de despertarlo. ¿Qué hora era? ¿Cómo se atrevía? Suso se acercó el reloj a la cara con gestos cansados, frunciendo el ceño… ¡Oh, Señor! ¡Las cuatro de la tarde! ¿Cómo era posible? ¿Qué le había pasado? Entonces, recordó. Sí, esa noche se había acostado, pero no había llegado a dormirse hasta mucho después de que saliera el sol, con los nervios en tensión. ¿Estaría aún ahí ese insecto? Quizás estaba aún esperando. Miró hacia la ventana, pero no vio nada especial. Sólo un cielo gris plomizo sobre el que se recortaban los tejados de las casas más cercanas al triste puerto de Vigo. Deprimente, pero no había bichos. Menos mal.

    • ¡Laxeiro! Abra de una vez!
      Suso se levantó pesadamente y se acercó hacia la puerta. Abrió sin pensarlo mucho.
    • ¡Por Dios, Laxeiro! ¿Qué diablos estaba haciendo? ¡Sus vecinos han venido a quejarse de los ruidos de esta noche! ¿Es que no sabe dormir como las personas normales? ¿Y sabe qué pinta tiene? ¿Se ha mirado al espejo?

    Ante aquella avalancha, Suso sólo pudo quedar en silencio y tratar de mirar hacia otro lado. Musitó unas disculpas, adormilado, pero acabó casi cerrando la puerta en las narices a aquel pelmazo. ¿De qué estaba hablando? Seguramente alguno de sus estúpidos vecinos había estado jugando hasta altas horas de la noche, pero el muerto le había caído a él. Qué injusto, Suso jamás había dado motivos de queja a nadie. Pero no era momento para pensar en eso. Ya le ajustaría las cuentas al responsable en otra ocasión.

    Al día siguiente debería levantarse antes, mucho más temprano. Se fijó las ocho y media para ir a la biblioteca y encontrar alguno de los últimos sitios. Allí podría estudiar como era debido. Sí, esta vez pondría el despertador.

    Por el momento, decidió salir de aquel cuartucho. Empezaba a ponerle nervioso.

    Eran más de las doce y media cuando Suso regresó a su habitación. Se había pasado la tarde bebiendo con los amigos y estaba un poco mareado, pero era aún consciente para recordar el examen de dentro de dos días.

    El viejo profesor Bastiagueiro era el peor hueso de la Facultad de Antropología y sólo pensar en él le hacía subir el corazón hasta la garganta. Se preparó mentalmente para pasar una nueva noche en vela, aunque sabía que eso iba a suceder de todas formas, bien delante de sus escasos apuntes tratando de estudiar, o bien tumbado sobre la cama, asustado ante la triste expectativa de un nuevo fracaso.

    Pronto estuvo enfrascado en los libros, dejando que su mente volara sobre la historia natural del hombre. Habrían transcurrido apenas diez o quince minutos, cuando un fuerte golpe en la ventana le hizo volverse, pensando en qué clase de gamberro habría tirado una piedra con riesgo de romper el cristal. Pero el susto fue mayúsculo: el corazón le dio un vuelco cuando vio que de nuevo, “aquello” estaba allí. La polilla.

    Frrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…

    Ahora ya no sabía qué hacer. Se alejó levemente de la ventana, pero era inútil: la mesa era demasiado estrecha como para permitirse trabajar en un ángulo tan alejado. La sensación de asco comenzó a apoderarse de él.
    Parecía como si aquel insecto estuviese ya caminando sobre su piel.
    Aquellos espantosos meneos de su abdomen parecían una siniestra danza ritual, golpeando el cristal, cada vez más furiosa por no poder alcanzar su objetivo, la potente luz de la lámpara que Suso tenía sobre la mesa.

    Cortinas. Eso es. La solución serían unas cortinas, pero no esta noche. A la mañana siguiente compraría unas bien gruesas con las que evitaría aquel repugnante espectáculo. Con ese pensamiento de alivio trató de nuevo de poner la vista sobre los apuntes, pero no pudo. El zumbido le llamaba, le atraía de la misma misteriosa manera en que la polilla era atraída por la luz. No podía evitar mirarla, a pesar de su abyecta asquerosidad.

    No, Suso era demasiado racional como para aceptar aquello. Un insecto no podía vencer a un humano. Claro que eso implicaba aceptar algo que Suso no tenía del todo asegurado en el fondo de su mente… ¿es un insecto?

    Desde la primera vez había pensado en ello, pero no podía hacerlo claramente. Sin embargo, la idea se había abierto paso desde lo profundo de su subconsciente hasta aflorar como un ácido veneno que corrompiera todo lo demás. No era un insecto. Era un demonio. ¿Qué otra cosa podía ser? Dios, no existen insectos tan grandes. No en esta parte del mundo, al menos. No existen… salvo que alguien lo haya creado así expresamente. Jesús. ¿Con qué se habrá alimentado esta putrefacción volante? ¿Qué comen las polillas? Ni siquiera estaba seguro de que fuera realmente una polilla, pero de algún modo lo apuntó mentalmente, debía enterarse de qué comían. Sólo para asegurarse de que los seres humanos no estaban incluidos en su dieta.

    Frrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…

    Suso se fue alejando cada vez más de la ventana. Sí, así era más soportable. Si se sentaba en la cama, desde el otro lado de la habitación, podía ver aquella asquerosidad revolotear y zumbar rabiosamente desde el otro lado del cristal, sin peligro. Como en un zoológico. Claro que eso le alejaba de sus apuntes. Trató de acercarse a la mesa, para coger los folios y esparcirlos sobre la cama, pero el solo hecho de estar cerca de la ventana ya le hacía sentir mal.

    El delirio se iba apoderando de él, y sus ideas eran cada vez menos racionales. Se imaginó a la polilla caminando ya sobre los folios, tal vez agazapada bajo ellos, esperando la oportunidad de que Suso los levantara para saltar sobre su mano y comenzar a… ¿morder? ¿chupar? ¿sólo pasear por encima? cualquiera de las opciones era asquerosa. Trató de eliminar aquella idea de la mente. No, la polilla no podía estar bajo los folios, porque estaba todavía en el cristal…
    ¿Qué?
    Suso miró hacia el cristal, y el terror se apoderó por completo de su mente cuando se dio cuenta de que la polilla ya no estaba allí.

    Respirando nerviosamente, comenzó a mirar con espanto los resquicios de la ventana. No, demasiado cerrados. Demasiado pequeños. Suso sabía que algo de aire pasaba, porque cuando uno estaba cerca de la ventana podía sentir el frío en el cogote. Pero sabía que de existir, esos resquicios eran demasiado pequeños. Y de ser grandes, eran aún demasiado pequeños para aquel monstruo gigantesco. Y de ser lo bastante grandes para él, eran demasiado estrechos, con lo que pasaría rozándolos. En algún lugar Suso había escuchado que esta clase de bichos tenían algo sobre las alas, que si se tocaba, les impedía seguir volando.
    Pero ninguna de esas ideas racionales era lo bastante tranquilizadora.

    Suso miró de nuevo los folios. ¿Estaban como los había dejado antes de sentarse en la cama? No podía recordarlo. Sí, tal vez sí… o tal vez no. El insecto podía haber penetrado y estar ya bajo ellos.
    ¡Cristo! Ni siquiera lo había pensado hasta aquel instante, pero la idea le golpeó con fuerza de repente: ¿y si no estaba bajo los folios?
    ¿Y si estaba en otro sitio? Detrás de Suso?

    El terror le paralizó por completo. Se quedó en absoluto silencio, tratando de escuchar el zumbido, tratando de que aquel ruido vomitivo le tranquilizase, le hiciese saber que aún estaba detrás, sí, detrás del cristal, donde no pudiera hacer daño. Pero no se escuchaba nada. El silencio era aplastante. Comenzó a escuchar el latir de sus venas contra las sienes. Podía estar ahí mismo, en cualquier parte, a aquel insecto demoníaco le bastaba con no usar las alas para lograr un silencio completo, total, demoledor.

    Suso escuchó un crujido, y por un instante creyó que se iba a desmayar, pero se dio cuenta en seguida: eran sus pesadas botas, que hacían crujir el suelo de madera. Y de todas formas, aquella era una casa vieja. Crujía por todas partes. No había que preocuparse. O sí. Por supuesto que había que preocuparse. El demonio estaba tras cada ruido, esperando que llegase el momento de…

    Poco a poco fue de nuevo retrocediendo hacia la cama, se apretujó bajo las mantas y se acurrucó de tal modo que nada pudiera atravesar sus Últimas defensas.

    • ¡¡Laxeiro!! ¡¡Abra de una vez!! ¡¡Sé que está ahí!!

    Los golpes eran atronadores. Suso se preguntó cómo era posible que no le hubieran despertado antes, y en su medio consciencia pensó que debía estar enfermo. Pero esto duró poco. Había que abrir la puerta, y ya sabía quién la estaba aporreando. Suso se levantó, aún envuelto en la manta.
    Franco entró como una tromba:

    • ¡Laxeiro! Esta es mi última advertencia! Ayer le dejé muy claro que no admitiría más quejas por ruidos. Toda la casa ha venido a protestar, y yo no he tenido más remedio que callarme, pero esto ha llegado demasiado lejos. Si no deja de organizarse fiestas aquí arriba, se marcha. Así de claro.

    Suso no sabía qué decir. De nuevo le había pillado en fuera de juego, no tenía nada que decirle a aquel viejo asqueroso, que echaba espuma babosa al hablar y que olía como si no se hubiese duchado en años.
    Balbuceó algunas palabras inconexas y esperó a que Franco se marchase.

    • ¡Ya lo sabe! Se lo he advertido, Laxeiro! ¡Y ahora, deje pasar a la limpieza, que esta habitación hiede como una jaula! ¡Como si no fuera bastante lo del jaleo por la noche, el señorito no se levanta hasta las dos y media!
      Suso miró el despertador. Mierda. No había sonado. ¿Por qué? Ese jodido reloj le había dejado tirado una vez más y la preparación para su examen se había ido a tomar por el culo. Pero el reloj no había tenido la culpa. La alarma no había sonado porque ni siquiera la había conectado. Nebulosamente, recordó cómo se había dormido la noche anterior y se sintió avergonzado, pero ahora ya no podía hacer nada. El examen era mañana y tenía que quedarse toda la noche en vela. A Suso no le gustaba la idea de no dormir la noche previa al examen, pero ya no había remedio. No podía dejar de presentarse a la prueba, era demasiado importante. Aquella nota eran seis puntos sobre diez para la nota final de la asignatura, el profesor Bastiagueiro lo había dejado muy claro.

    Cabizbajo, Suso salió de su cuarto, dejando entrar a aquel trozo de carne grasienta con harapos malolientes a la que Franco llamaba “señora de la limpieza”, que penetró en su sanctasanctórum haciendo sonar los baldes de plástico y rozándole con una bayeta sucia al pasar.

    Suso se pasó la tarde de bar en bar, riendo con los pocos amigos que aún se permitían el lujo de salir teniendo un examen al día siguiente, y charlando con las chicas de otras Facultades, siempre tan distintas a las dos “bibliotecarias” que había en su propia clase.

    Cuando regresó, eran las doce y cuarto. Suso pensó que hasta las nueve tenía aproximadamente unas siete horas de “tiempo real” de estudio forzado, hasta estar ante la puerta del aula 18, donde siempre quedaba con Mari Sánchez.

    Con una pesada bola de plomo en su estómago, se sentó ante los papeles, que estaban todos agrupados. Se preguntó por qué, pero pronto se dio cuenta de que la bruja de la limpieza le había revuelto sus apuntes.

    Sintió ganas de partirle los morros a aquella gorda grasienta, pero sabía que de todas formas, poco importaba lo revueltos que estuviesen.

    Ni siquiera los había llegado a leer del todo, por lo que su orden era nulo ya antes del estropicio. Lo peor es que aquella mesa de madera agrietada sobre la que estudiaba apestaba ahora a bayeta sucia. Bueno, al menos así no tendría la tentación de dormirse sobre ella.

    Observó con detenimiento todo cuanto había sobre la mesa. Unos doscientos folios de escritura aún sin descifrar (gran parte de los cuales eran fotocopias de desconocidos), y seis tomos de aspecto plúmbeo que apenas si había empezado a leer hacía tres meses, cuando dieron comienzo las clases. Suso pensó que si lograba leerlo todo, ya tendría al menos una buena base para fantasear en el resto y no dejar en blanco demasiadas respuestas. Con un poco de suerte, lograría acertar más del 60% de preguntas necesario para que el Sr. Bastiagueiro se dignase a considerar puntuar el resto del test.

    Respiró profundamente y cogió los folios. Comenzó a leerlos, pero como estaban desordenados, se daba cuenta de que muchos de ellos ya los había leído antes, poniéndose nervioso.

    Frrrrrrrrrr…

    Al principio, ni la sintió, y cuando lo hizo, trató de ignorarla. Pero no podía. Maldición. Había olvidado las cortinas por completo. Dos días desperdiciados por culpa de aquella cosa infecta. Sí, tendría que ir junto al Sr. Bastiagueiro y decirle “lo siento, profesor, pero no pude estudiar porque una polilla me lo impidió”. Ni siquiera pudo sonreir ante su propio chiste. La bola de su estómago comenzaba a crecer. El miedo era ahora doble: el examen y el diablo alado que se debatía por entrar. Tres días. Y este era el tercero. ¨No viven las polillas sólo un día? Sí, lo había escuchado en algún sitio. Mierda. También había escuchado que Hitler era inocente.

    Giró la cabeza para verla, y en efecto, allí estaba. Parecía algo más tranquila que otras veces, movía menos esas asquerosidades membranosas de su espalda. Y también parecía más grande. Más gorda. Debía haber comido bien. Vigo da bien de comer a estas cosas. Tal vez se alimentaba de los peces que venían del puerto. Tal vez… alguna de ellas había logrado entrar en un pescado y algún ama de casa la había descubierto dentro, mientras lo desescamaba.

    Sintió un escalofrío al pensar que su propia madre podría haber vivido una escena así, y de nuevo giró la cabeza para fijarse en aquello. Era mejor tenerlo a la vista… aunque ya había perdido casi diez minutos. Ja. El “tiempo real” de estudio se había ido al carajo. Y tal vez la noche, y el examen…

    Y la polilla.

    Ya no estaba allí. Suso no sabía qué pensar. Su cerebro rapidamente tejió una teoría: “se ha marchado, como la otra noche. Se fue, y ya puedes seguir estudiando”. Pero la teoría no le convenció. Preferiría haber visto cómo se iba. Sólo así podría estar seguro de que realmente se había ido volando, y no creer que por ejemplo…

    ¡¡Joder!!

    Suso saltó literalmente de la silla, tirándola al suelo con estrépito, junto a un buen montón de folios y un par de lápices.
    La polilla estaba allí, en el cristal.
    Pero dentro.
    Suso lo sabía. Ahora estaba seguro. La polilla le estaba mirando. Le estaba mirando tan fijamente como Suso a ella. Sólo que ella no tenía el rostro rígido, paralizado en un rictus de espanto. Y seguro que su corazón no bombeaba la sangre tan deprisa. Ahora estaba a su merced. La puerta estaba demasiado lejos, a casi tres pasos. Lo suficiente como para que la huida fuese imposible.

    Poco a poco Suso fue tomando conciencia de la realidad. El horror parecía ser insensibilizador, y la situación era tan espantosa que no tenía más remedio que aceptar que algunos de sus principios podrían quebrarse.
    Por ejemplo, tendría que luchar.

    Claro que antes sería conveniente moverse, aunque sólo fuera un poco.
    Suso no podía dejar de mirarla, sabedor de que en cuanto apartase la vista por un solo instante, el diablo escaparía de allí y se ocultaría de inmediato. En realidad, Suso pensó que había tenido suerte de haberla podido ver.

    “Sí, no te lo esperabas, ¿eh bicharraco? Te he visto, ahora no me vas a pillar por sorpresa…”

    Suso trató de recordar qué había en su cuarto para usar como arma, pero cuando se dio cuenta de que sólo podría usar algún libro (y llenarlo de asquerosa sangre de insecto), provocando una pesada náusea en lo profundo de su est¢mago, la polilla se movió y salió volando furiosamente, hacia él.

    FFRRrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…

    De nuevo Suso sintió que el terror más arcano se apoderaba de él.
    Levantó los brazos y los puso sobre su cabeza, cubriéndosela y cerrando los ojos, mientras se tiraba al suelo lleno de miedo. Algo se aflojó en su vejiga y un líquido caliente comenzó a resbalar por ambas perneras del pantalón, pero Suso no pareció notarlo. La polilla ahora estaba sobre él, sólo pendiente de atacar en cualquier momento…
    Acurrucado en el suelo, en el centro de la habitación, y bajo la desnuda bombilla que iluminaba la estancia, pasó los siguientes dos minutos, hasta que timidamente abrió los ojos. Ya no podía ver la polilla. Había perdido por completo el control de la situación. Ahora era ella quien tenía el factor sorpresa, y Suso tembló con un espasmo cuando se dio cuenta de eso. Desesperado, giró la cabeza para tratar de localizar a la pesadilla, pero no la veía. Finalmente, se fijó en las extrañas sombras que se producían en las paredes. Justo cuando estaba a punto de convencerse de que eran imaginaciones, supo que la polilla había alcanzado su objetivo: estaba sobre la bombilla. Grande, gigantesco. La luz la hacía parecer mucho más grande de lo que era… o tal vez ese era su tamaño real.

    Ahora que la tenía enfocada, no la soltaría. Suso se arrastró de espaldas hacia la puerta, y cuando su cabeza chocó contra la madera, supo que tendría que ponerse de pie para llegar al pomo. “Demasiado arriesgado”, pensó Suso.

    FFFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR…

    ¡¡Ahhhhhh!! - Suso no pudo evitar soltar un chillido cuando la polilla pasó rugiendo junto a su oreja. Se acurrucó de nuevo, junto al marco de la puerta, con los ojos cerrados y temblando. Había algo viscoso en su estómago que pugnaba por salir.

    FFFFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR…

    De nuevo pasó. La polilla parecía disfrutar con aquello. Suso pudo sentir esta vez el aire que levantaban las alas al pasar junto a su oreja, y las lágrimas comenzaron a resbalar por su rostro cuando pensó lo que podría sentir si aquel insecto se posaba sobre su cara.

    FFFFFFFFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRSSSSSSS…

    Esta vez no sólo había pasado rozando, sino que por un momento se había quedado volando estática junto a la oreja. Era el infierno. Suso lo supo. Esto era el infierno, y por arte de magia algo le hizo sentirse más relajado ante esa idea. “Es el infierno, y más vale que te acostumbres”. Pero el relajo duró poco.

    FFFFFFFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRSSSSRRRRRRRRRRRRSSS…

    No, uno no se puede acostumbrar a…

    FFFFFFFFFFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRSSSSRRRRSSSS…

    Suso sentía c¢mo los nervios estaban a punto de estallar. “Así es como deben sentirse los criminales con un hacha en la mano y ante una chica”. Podía pasar cualquier cosa.

    FFFFFRRRRRRRRRRR…SSSSSSSSSSUUUUUUSSSSSSSSSSSSO…

    Una arcada hizo convulsionarse a Suso Laxeiro. ¿No había escuchado su nombre en el zumbido?

    FFFFFFRRRRRRRRRRRRRRRRGGGAMOSSSSSSSUNTRRRRRRRRRATO…

    ¿Pero qué es lo que…? - Suso no podía creerlo. No esta vez. Era demasiado irreal. Irreal. IRRRRRRRRREAAAL. La polilla estaba…
    ¿hablando?

    RRRRRRRRRRATOSSSSSSSSSSSSSSSSUUUUSSSSSSSSSSSSSSSO…

    A Suso le comenzó a dar vueltas la habitación. Era como estar borracho. El suelo de tablas debajo suyo pareció de pronto comenzar a girar. Las paredes se hicieron de goma. Una súbita arcada le hizo estremecerse. No puede ser. Imposible. La polilla no podía estar ahí, junto a la oreja, hablando. No podía, no podía. Pero estaba.

    SSSSSSSSSSUSSSSSSSSSSSOQUIERRRRRRRRRUNCUEERRRRRRRRRPO…

    El zumbido era hipnótico. Era… vibrante… cosquilleante. ¿Cómo pudo pensar Suso que podía ser asqueroso? La polilla… el.. Ser que estaba hablando con él era… poderoso…

    TUQUIERRRRRRRRRRESSSSSSSAPRRRRRRRRRROBARRRRRRRRRRRRRR…

    … era digno, era superior. Sí, superior a Suso. Suso no debía temerle, si podía lograr ser… su amigo. Podía sacar algo bueno de todo esto…

    DEJJJJJJAMMMMMMEEENTRRRRRRRRAARRRRRRRRRRRRRRRRRRR…

    … podía beneficiarse. Sí, Suso había encontrado un ser que le iba a proteger, todo a cambio de una minucia, su propio cuerpo. El alma estaba atrapada en la polilla… y ahora necesitaba un cuerpo. Suso debía alegrarse de ser el elegido. Debía amar al insecto. Ahora él era su Señor.

    Suso abrió lentamente la boca. Le costó, porque su rostro estaba aún paralizado con el terror y los músculos estaban agarrotados. Sintió las peludas patas del (monstruo)

    Señor caminando sobre sus mejillas, en dirección a la boca, para consumar una macabra comunión. Trató de no sentir asco, trató de no ofender al Señor con sus pensamientos. El sabía muy bien lo que pensaba Suso. El sabía muy bien quién era Suso. Le había elegido.

    La polilla comenzó a entrar en la boca. Suso pensó que lo haría pasando sobre la lengua, pero no fue así la polilla penetró caminando pesadamente sobre el interior de la mejilla, en dirección a la garganta. Suso rezó para que la polilla no tuviese en cuenta todos los insultos que le había dirigido hasta entonces y hasta trató de no respirar fuerte para no ofender a Dios. Era consciente de que su aliento era fétido, y eso podría (cabrearle) disgustarle. Podría incluso (hacerle daño) cambiar de idea y salir.

    Pero no fue así. Las alas membranosas vibrando dentro de su garganta fueron lo último que Suso supo sobre la polilla, que se perdió con un último zumbido hueco.

    (Frrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…)

    -¡¡¡LAXEIRO!!! ¡¡¡ABRE, MALDITO BASTARDO!!! - El señor Franco golpeaba la puerta con tanta furia que Conceilao, la mujer que había contratado hacía ocho años para que le fregase los pasillos del edificio, pensó que la iba a echar abajo.

    -Escoite, senhor Franco - dijo Conceilao, observando cómo un par de estudiantes rezagados salían de sus habitaciones, curiosos ante la escena - ¿no sería mejor abrir con la llave?

    -¡Y una mierda! Eso quisiera ese cabrón, que abriese con mi llave para poder decir que he allanado su habitación! Ese hijo de puta va a abrir porque si no llamaré a la Policía. - Y diciendo esto, volvió a golpear la puerta, aunque ya sin tanto entusiasmo.

    -¿Me deja a mí? - Preguntó adelantándose Mari Sánchez, la amiga de Suso, quien había venido a verle, extrañada porque no se había presentado al examen.

    -¿Qué…? - el viejo Franco iba a decir algo, pero antes de que pudiera continuar, Mari ya había abierto la puerta, que nunca estuvo cerrada con llave. - Venga, déjeme a mí.

    El señor Franco entró, envalentonado. Ya que la jovencita había abierto la puerta, él sólo se habría limitado a mirar un poco lo que había dentro, nadie podría reprocharle haberse metido en la intimidad de la habitación de un inquilino. Pero su ímpetu pareció decrecer cuando se dio cuenta de que algo parecía bloquear la puerta, y que Suso no se veía por ningún lado.

    -Ese imbécil se ha marchado y ha dejado la ropa tirada ahí delante, obstruyendo la puerta… - gruñ¢ el señor Franco, pero antes de poder impedirlo, de nuevo Mari se le había adelantado, colándose en la habitación por la rendija abierta.

    Franco no llegó a oir ningún chillido en boca de Mari, sólo unas palabras aspiradas y balbuceantes:
    -Oh, Dios mío…
    -¡Jesús! - exclamó Conceilao Queiroz santiguándose.
    -¡Mierda! - dijo Román Franco meneando la cabeza.

    El señor Franco había sido el más exacto, porque en el suelo, y entre un gran montón de excrementos de aspecto poco humano, se encontraba el cadáver de Suso Laxeiro, con los ojos abiertos como platos y una extraña pero nauseabunda sonrisa dibujada en un último rictus de patetismo desgarrador. El olor a putrefacción se hizo de pronto demasiado evidente y Mari salió a trompicones del cuarto, vomitando milagrosamente en el cubo sucio de la señora Conceilao, quien se acercó a la ventana para despejar el hedor. En ese instante, una asquerosa polilla sali¢ de la boca de Suso, escapando por la ventana abierta.

    Todos quedaron impresionados.

    Pero ninguno de ellos llegó a saber jamás que según la autopsia, Suso Laxeiro llevaba tres días muerto.

    Escrito en November 12, 2021
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