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    LA PALOMA

    La luz del sol penetraba por la ventana entreabierta. Mi cuerpo relajado y sentado ante el escritorio, recibía con dicha el calor veraniego. Inspiré profundamente el olor de la brisa marina y disfruté de la placidez de la tarde. En mi cuarto estudio gozaba como cada día del recogimiento y de la paz que gratuitamente la vida me brindaba. Con la mirada recorría mis amados objetos que la luminosidad de la estancia transformaba en bellos amuletos de felicidad. Mi pensamiento juguetón volaba de un lugar a otro, de una persona a otra, hasta detenerse en mi madre. ¿Cuanto tiempo había transcurrido desde la última vez que habíamos mantenido una conversación? ¡Una eternidad! Sentí la imperiosa necesidad de su presencia, de su cariño, de sus atenciones.

    Con pausa y deleite para no desbaratar la mágica atmósfera, me armé de papel y pluma, dispuesta a trasladar a un sobre hasta el más recóndito de mis sentimientos.

    El molesto comienzo importunó mi dicha.

    “Querida mamá: Estoy bien”

    “Hola mamá: ¿Cómo te encuentras?”

    Una sonrisa asomó a mis labios devolviéndome el sosiego perdido. Con un lento movimiento fijé los ojos en el carillón de la estancia.

    ¡Las cinco de la tarde!

    Contemplé con absoluta claridad la escena que se desarrollaba a muchos kilómetros de distancia, en un casita solariega. Mi madre calcetaba sin parar ante el televisor mudo, con el sonido de la radio de fondo. Un punto de la costura se le escapa, un golpe con las zapatillas en el suelo. A la izquierda la mesita del teléfono.

    Imaginé su rostro risueño atendiendo a mi llamada. ¡Era tan sencillo hacerla feliz!

    A mis espaldas se hallaba el simple artefacto que desencadenaría el alborozo de la anciana de cabellos plateados.

    Obligué a las ruedas de la silla a que se deslizaran sigilosamente sobre la alfombra, separándome del escritorio. Una encantadora paloma blanca se posó en aquel preciso instante en el alféizar de la ventana entreabierta. La finas y delicadas plumas blancas del ave de la paz, recogían toda la luz de la tarde, reflejándola hacia mi cuerpo que sentía el ardor de sus rayos en la piel. ¡Un espectáculo fascinante! El excelso animal aleteaba majestuoso, exhibiendo con orgullo el esplendor de su inmaculado plumaje. Abandoné por un instante la contemplación de la cautivadora danza mágica de la paloma blanca y recordé de nuevo la imagen de mi madre, laboriosa y volcada sobre la costura. El teléfono permanecía silencioso a su lado.

    Retomé el camino, montada en la silla y me alejé aún más del escritorio. Me detuve.

    La hermosa ave atrajo una vez más mi atención. Con su pico rosado golpeó insistentemente la ventana. Sus ojos seductores se clavaron en mi suplicantes. Quise entender que era el hambre lo que le azoraba. Una galleta olvidada en un platillo fue lo primero que encontré para saciar su apetito. Suavemente deposité la reseca vianda a pocos centímetros del famélico animal. Su alegría constituyó un nuevo placer que añadir a aquella espléndida tarde veraniega. Las piruetas aladas con las que me agasajó, no eran comparables con nada visto con anterioridad. Mas que volar danzaba y el baile estaba dedicado por entero a mi, en exclusiva para mi.

    Ignoro si la angelical melodía que mis oídos escuchaban, estaba producida por el constante rozarse de las alas o bien era fruto de mi arrebatada imaginación que ebria de belleza, ansiaba magnificar todavía más, si esto fuera posible, la sublime escena de la que estaba siendo testigo.

    Rematado el ballet, la paloma giró su cabeza en direccion a la silla donde me encontraba.

    El encanto se quebró, estalló en mil pedazos. La luz desapareció, de la tarde, del cielo y de la casa y hasta el profundo aroma del verano se disipó en la oscuridad. Frío, hielo, horror y espanto inundaron el cuarto estudio. La paloma sonreía socarrona. Sí. ¡La bestia sonreía como un ser humano con entendimiento y maldad!

    Miré el reloj de pared con premura.

    ¡Las seis! Un antiguo butacón había sido abandonado, un teléfono callado se hallaba a su siniestra.

    De un brinco me levanté de la silla. El maldito aparato permanecía tranquilo a mi espalda. Fueron segundos o fueron siglos lo que tardé en alcanzarlo. Mi mano temblorosa intentó atraparlo pero antes de descolgar sonó estridentemente hasta casi reventarme los tímpanos. Las palabras que escuché no sabría repetirlas.

    Una sima infinita se abrió a mis pies engulléndome en su negrura. Horas más tarde desperté de mi pesadilla. Juan, mi esposo, me devolvió a la realidad espantando los oscuros sueños que me acosaban.

    Mi madre había fallecido. Ese era el único hecho. Aproximadamente a las cinco y media, cansada de la labor, había decidido tomar un baño fatal. Un traicionero resbalón la separó de esta vida y de mi para siempre.

    ¡Cómo olvidar aquellos tenebrosos días en los que la visión de un paloma blanca no me abandonaba nunca mis noches! Juan, cariñoso y atento como de costumbre, intentaba consolar mi pena y soportó con amor lo que supuso mera histeria.

    Mi hermana, medio médico, medio misionera, se encontraba en algún rincón desconocido del planeta. Fue imposible localizarla a tiempo para los funerales de mi madre. Por este motivo traté de sobreponerme con todas mis fuerzas del enigmático episodio, para afrontar con valor los requisitos sociales de un deceso. Juan fue mi sostén en todo momento.

    Al fin dimos sepultura a mi madre, pero no a mis inquietudes ni a mi congoja.

    Tras el relato inconexo que después de recuperarme del desmayo, había explicado a mi esposo, no tuve agallas para volver sobre el mismo y él haciendo alardes de su habitual tacto, no mencionó en ningún momento a la paloma.

    Fueron tiempos de dolor. Encerrada entre las cuatro paredes de mi casa, rememoraba una y otra vez la visión fantasmal y paseaba de un lado a otro, temblando en cada rincón, suspirando y gimiendo a cada instante y creando un verdadero infierno en el refugio de paz y quietud que había sido el cuarto estudio.

    Juan temeroso de un desenlace trágico, recurrió a los miembros de mi familia esperando alguna ayuda. Sabía de la sana influencia que mi hermana ejercía sobre mi y revolvió el mundo en su busca. Telegramas, cartas, conferencias interminables, todo para que alguien le hiciese llegar la noticia de que aunque era tarde para asistir al entierro de su madre, su hermana necesitaba urgentemente su compañía.

    Sentada ante mi escritorio ya no sentía placer ni gozaba de mis objetos queridos, solo observaba el ventanal intentado dilucidar la verdad de lo vivido. Pensaba en la llegada de mi hermana ¿Qué le explicaría? ¿Tendría valor para comentarle el motivo de mi angustia? Decirle que una inocente paloma blanca no me dejaba vivir era demasiado pueril, aunque no dudaba de que ella comprendería. Siempre comprendía. Era igual que mi madre, fuerte, recia y a la vez tan dulce…. deliciosamente dulce. Su ternura curaba como la miel, con suavidad y constancia. ¡Cuanto deseaba tenerla cerca! Solo el hecho de pensar en ella aliviaba el peso que asfixiaba mi corazón. Una sonrisa acudió a suavizar mis labios. El recuerdo de mi hermana animó los latidos de mi maltrecho corazón. Pero estos se detuvieron en seco. Mi sonrisa se heló en mi rostro. Mis ojos se extraviaron de dolor.

    Una paloma blanca, grande y brillante, se había posado en el derrame de la ventana. Unos manchones del rojo de la sangre, adornaban su lustroso plumaje.

    El pánico se apoderó de mi cuerpo y de mi mente. Todo mi ser se estremeció. Unas terribles convulsiones me recorrían insistentemente y aunque luchaba por controlarme, no acertaba a detener el terremoto de espanto que me vapuleaba. El calor del fuego del infierno se combinó con el hielo de la muerte y juntos acuchillaban mis carnes en presencia de la sarcástica risotada de la paloma. La oscuridad ganaba la batalla, me arrastraba en frenética espiral hacia el fin, hacia el negro y terrible abismo de la locura. El zumbido que sufrían mis tímpanos se acrecentó con el bramido del teléfono. Ansiaba incorporarme, alejarme del demoníaco espectáculo y descolgar para suplicar ayuda a quien estuviese al otro lado del aparato. Mi denodada lucha fue en vano. Era incapaz de dominar el terror que me atería. La carcajada maléfica retumbaba en mi cerebro en compañía del rugido del teléfono.

    La llamada cesó, el silencio pintó el mundo de negro averno y rojo sangre y de nuevo me encontré sola y fría ante un destino en forma de paloma de la paz. Pero antes de perderme en la siniestra sima, escuché las palabras lejanas de mi marido. Las comprendí. ¡LAS COMPRENDÍ! Quise gritar, quise rechazarlas, revolverme contra ellas.

    -Tu hermana llega en el último vuelo de la tarde.

    ¡NO!

    Juan aún no había colgado el teléfono ¡Aun estaba a tiempo de impedirlo! ¡Debía evitar a toda costa que mi hermana subiese a ese avión! ¡Tenía que detenerla!

    Reuní todas mis fuerzas, todo mi valor, toda mi alma y con un esfuerzo sobrehumano me incorporé. Milagrosamente conseguí controlar las convulsiones que me atacaban. ¡Era urgente! ¡Era necesario! Tragué saliva, azucé mi corazón y la ira que contra aquel nauseabundo animal sentía, me ayudó a vencer el terror. Por fin logré dar un paso. ¡El primero! ¡Lo conseguiría!

    Una daga envenenada se clavó con furia en mis débiles piernas. Un pico sonrosado había penetrado en la estancia para que el destino se cumpliese. Un torrente de sangre comenzó a correr por mis rodillas. Me derrumbé de dolor, retorciéndome sobre la alfombra pero no pensaba abandonar, ¡lucharía hasta el final! Me arrastré por el suelo; un río rojo nacía a mi paso. Hinqué mis uñas en la alfombra y avancé, lentamente, centímetro a centímetro. Y la paloma se indigno. Y el ave se abalanzó iracunda sobre mi. Acuchilló mi cuello, desgarró los músculos, arrancó los tejidos. Y yo me arrastraba. Un chorro de sangre que procedía de la nuca me inundaba la boca, yo escupía y seguía y seguía sin apartar los ojos del teléfono. Alcé la mano hacia el auricular, ignorando el dolor, el miedo, ignorando al mismísimo demonio blanco y descolgué.

    Al otro lado un clic, cómplice de mi verdugo, me recibió con alegría. Habían colgado. ¡Todo estaba perdido!

    Grité y grité, de rabia, de impotencia más que de dolor. Lanzando manotazos histéricos intentaba librarme de la bestia asesina clavada en mi cabeza…

    Juan irrumpió en la sala

    -No hay nadie, no hay nadie- decía.

    ¡Sí! ¡Está aquí!- grité antes de perder la consciencia.

    Nunca conseguí recuperarme por completo de las graves heridas que en mi cuerpo y en mi alma había infringido el demonio blanco.

    Cuando salí del hospital, débil como nunca y con extrañas lagunas en mi cerebro, pasaba las horas muertas en mi cuarto estudio, con los ojos en blanco pero muy atenta, ¡expectante! Juan nunca se atrevió a darme la mala noticia que yo ya conocía. El vuelo en el que viajaba mi hermana se había estrellado, no había habido supervivientes.

    Una tarde mi leal y sufrido esposo, decidió dejarme por una vez sola.

    Tenía que recoger unas cosas en casa de mi madre y pensó que y ya me encontraba suficientemente repuesta para permanecer durante unas horas sin compañía.

    -No te preocupes, llamaré en cuando llegue.

    Y el silencio y la soledad reinó de nuevo en mi cuarto estudio.

    Yo aguardaba pacientemente. Había llegado mi momento. Lo sabía El tiempo que transcurrió no tiene importancia. Lo único importante es que al fin sucedió.

    El teléfono sonó. Juan llamaba desde la casa de mi madre y el monstruo se presentó.

    No temblé, no lloré, no sudé, no me alteré ni siquiera intenté descolgar el teléfono. Me incorporé con la agilidad perdida hacía casi un mes y con paso firme, me planté ante el ave, conteste con una carcajada estremecedora a su irónica sonrisa y sin dudar un instante me abalancé sobre ella. Aterrorizaba aleteaba entre mis manos. Su bello plumaje blanco deslumbraba mis ojos pero nada desviaría en aquella ocasión mi atención. Con un placer morboso que jamás había sentido, agarré con una mano la cabeza del animal y con la otra el cuerpo y le retorcí el cuello con una fuerza inusitada. El crujir de sus huesos me animó más en mi empresa y con un gocé infinito, separé con mis propios dedos la cabeza del tronco. La sangre roja cubrió por completo sus blancas plumas y me salpicó la boca y los ojos abiertos. El líquido de la vida me quemó las pupilas y su sabor que mi paladar cató por sorpresa, era amargo y ponzoñoso. Mi corazón no pudo soportar la intensidad del gusto de la hiel y se detuvo para siempre.

    Cuando echaron tierra sobre mi ataúd, todos los asistentes advirtieron emocionados como una brillante y hermosa paloma blanca se posaba sobre mi tumba y depositaba una ramita de olivo. Todos comentaron el prodigio sin saber como explicarlo. Tampoco yo acertaba a vislumbrar el significado de aquel signo. Después de todo, la maldita paloma no había podido dañar a mi amado Juan, que ahora lloraba amargamente ante mi.

    Yo me había liberado al fin de tanto sufrimiento, no sentir es el más sublime placer, ahora lo sé, ni siquiera comparable al goce que experimentaba en el cuarto estudio en las tardes de verano. Mi única preocupación era saber que el bueno de mi marido fuese capaz de rehacer su vida y olvidar el drama vivido. Y lo conseguirá. ¡Estoy segura! Sé que ha conocido a una joven encantadora que lo hará muy feliz. La muchacha que cuidaba las palomas blancas del parque.

    Escrito en November 14, 2021
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