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    La cruz de plata

    Clemente era un muchacho que a sus dieciocho años se sentía realizado en todos los aspectos de la vida, sentía que el mundo era suyo, todo lo que quería estaba al alcance de sus manos, solo era cuestión de saber como obtenerlo; y él lo sabía. Su madre, una señora fuerte, muy religiosa, demasiado religiosa según él; desde la muerte del padre de Clemente, solo se la pasaba de su casa al trabajo y del trabajo a la iglesia de la localidad y de la iglesia a su casa, esa era su mísera vida, si a eso se le puede llamar vida. -¡Eres un holgazán! Le recriminaba su madre-. ¡Siempre te la pasas con tus amigotes buenos para nada, deberías de ponerte a trabajar, ya que eres un bruto, un burro! Que por más esfuerzos que hicimos tu padre y yo, nunca estudiaste, ¡qué es lo que piensas, ingrato! ¿Cómo piensas mantener a tu esposa cuando te cases?. Deberías tener compasión de mí y ayudarme con los gastos, ¡pero eres un ingrato, un mal hijo!, pero algún día Dios te castigará, por tu desobediencia, por tu falta de fe. Clemente solo guardaba silencio, un silencio inmutable que a su madre desesperaba más. -¡Vamos, contéstame!, Sabes que tengo razón… ¡Holgazán!, ¡Sí, eres un maldito holgazán!, Si no es porque te vi cuando te parí, diría que no eres hijo mío, deberías ir a la iglesia, escuchar misa, para que se te salga ese demonio que llevas dentro, ¡maldito engendro del mal, deja a mi hijo!. Clemente seguía imperturbable; para que contestar, al principio lo hacía y de nada valía, su madre no lo entendía, el pequeño cerebro de su madre no era capaz de comprender que él todo lo podía, que el mundo era de él… Sus pensamientos se vieron bruscamente interrumpidos por una tremenda bofetada que le dejo ardiendo y hormigueando toda la parte izquierda de la cara, incluyendo la oreja, no escuchaba los gritos de su madre, cuando sintió otro impacto, esta vez en el lado derecho. -¡Déjalo maldito demonio!, ¡Deja el cuerpo de mi hijo, tu no eres mi hijo, eres un maldito demonio!… Clemente estaba azorado por la actitud de su madre, pero una vez repuesto, sujeto las manos de su madre, justo a tiempo pues ya venía el tercer golpe y éste con la mano cerrada. Sujeto sus manos y la aventó contra el suelo. -¡Estas loca madre! ¿¿Qué te pasa?? ¡Ahora si te volvieron loca los malditos sacerdotes! ¡Eso te pasa por estar metida todo el día en la iglesia!. Clemente estaba muy agitado, sentía como fluía su sangre con fuerza hacía su cerebro, sentía la cara muy caliente, no sabía si era por las bofetadas que le dio su madre o por el odio que se apodero de él en un instante, era un odio maligno, creyó oír claramente una voz, un susurro, gutural, pero muy bien entendido: Mátala… Mata a la maldita perra. Clemente sacudió su cabeza, alejando fuera de sí esos susurros, esas voces… Le dio miedo… ¡No era posible que quisiera matar a su madre!, ¡Era su madre!, La que le dio la vida, la que lo alimentó con cariño cuando estaba indefenso, la que lo cuido y curó cuando estaba enfermo, la que se sentía orgullosa de tener un niño tan inteligente, tan despierto, tan apto para realizar cosas que otros niños de su edad no podrían, ¿Porqué quería matar a su madre? ¿Porqué matarla, si él la amaba?… Fue entonces que sintió el frío metal de la cruz en la bolsa de su pantalón… ¡La cruz! -Pensó él-. ¿Será por la cruz?. Vio a su madre tendida en el suelo llorando, lloraba como nunca la había visto llorar… Sí, una vez la vio llorar así… ¡Claro!… Las imágenes vinieron a su mente; fue aquella vez, cuando todo se derrumbó, cuando la paz y convivencia familiar terminó, cuando se hizo nada el ser que más admiraba, cuando se fue su mayor ídolo, cuando se hizo alimento de gusanos el ser que más lo comprendía; ese día lloraba igual su madre, igual que ahora, lloraba igual que cuando murió su padre. -Perdone madre, no sé lo que pasó, es que… -¡Eres un ingrato, un animal! Solo esto te faltaba, pegarme a mí, a tu madre Dijo llorando-. Clemente escuchó claramente esta vez: ¡Mátala… Mata a la maldita… Que ya se calle… Mátala! Era un susurro, era una voz sacada de ultratumba, grave, pero claramente audible… Su madre seguía hablando. -Si tu padre te viera, el sí te pondría en tu lugar, mal hijo. Al oír la referencia de su padre volvió en sí. Pero… ¿Qué me esta pasando? ¿Qué es esto? ¿Porqué escucho esto?. Volvió a sentir la cruz en su bolsillo, fría… Pedro le había dicho que tuviera cuidado al quitar la cruz… ¡No! ¡Yo no creo en nada, no soy supersticioso!. -No sé que es lo nos esta pasando hijo, deberías tener más consideración de mí, ya no puedo con los gastos, ya no asistes en casa, solo vienes a dormir, no sé que haces, con que te alimentas… -¿Qué nos esta pasando? ¡Que es lo que te pasa a ti! Actúas como una histérica. -¡No me hables así! Soy tu madre, aunque te duela… No sé lo que me pasó, de pronto sentí mucho coraje, mucho… Pero es porque ando muy tensionada, el trabajo, los gastos, y las actividades de la iglesia… -¡Dígale a Dios! ¡A su inexistente Dios, que le pague todos los gastos que tiene!… -¡No blasfemes!… ¿¿No temes el castigo divino?? ¡Eres un ateo! Igual… Igual a tu padre que Dios lo tenga en su santa gloria… -¡Es por demás con usted, no entiende nada! O no quiere entender… Ya me voy a mi cuarto. En su cuarto, Clemente contemplaba embelesado la hermosa cruz de plata, esa cruz que se encontró junto con el pergamino, ese viejo pergamino de piel con extraños símbolos. Y si Pedro tuviera razón, que en esa cueva se encuentra algo horrible, maligno; y el pergamino de piel lo decía, sí, lo decía en un lenguaje desconocido. Si que se habían asustado los demás, sobre todo José Luis, era un supersticioso de primera, era un miedoso… Pero él no, no señor, él era fuerte, el mundo era de él, y esa cruz de plata valía una plata, sí, un buen billete. Él era igual a su padre, ateo decían, Será el sereno pero yo no creo en nada ni en nadie solía decir su padre, y él pensaba igual. ¿Porqué asustarse con supercherías?… Pero estaba raro que su madre se comportara así, nunca lo había hecho… Si lo regañaba, pero golpearlo nunca, ¿Porqué lo haría?… Y esa voz, esa que le susurraba, que le ordenaba; y el odio, ese odio asesino, maligno, que le asustaba; si que estaba raro todo… ¿Sería la cruz?… No, la cruz no era… ¿Sería el mal que estaba en la cueva, y ahora lo persigue, lo sigue, para hacerlo pagar, pagar su osadía?… ¡No! Él era fuerte, era el líder de la pandilla; bueno, muy pronto sería el líder, y un líder nunca tiene miedo a nada y el no tenía miedo… ¡No debía tener miedo!. Clemente contempló el techo de lamina de su cuarto, la luz que proyectaba el foco de 60 wats, daba un aspecto lúgubre a la habitación, miró con embeleso la cruz de plata, y los recuerdos afloraron a la mente, sí, lo recordaba todo, las imágenes llegaron, una tras otra, era como si estuviera viendo una película… Todo se oscureció… Solo él era el espectador, todo era negro al derredor; y en una pantalla gigante, las imágenes… Clemente vio a su padre, luego a su madre y ahí estaba él también. Su padre, fuerte como un toro, siempre sonriendo; solía decirle: Hijo en esta vida hay que luchar para salir adelante, hay que sobresalir de los demás, no esperes la ayuda divina para hacer las cosas, Dios nunca va a realizar lo que tu debes hacer, nunca te atengas a la suerte, la suerte la hacemos nosotros. Su padre era trailero, y cuando llegaba a casa, Clemente lo contemplaba embelesado, viendo como maniobraba esa mole de hierro, como obedecía las ordenes de su padre… Se le veía tan fuerte, que las demás personas, con sus miserables autitos, se hacían a un lado cada vez que su padre accionaba el potente silbato, gritando alegremente: A un lado, tlacuaches colas pelonas. Su madre en aquel tiempo era muy amorosa, muy hacendosa, muy delicada, y muy religiosa; contrastaba en todo a su padre; pero su padre la amaba, y él también la amaba. La única obligación de su madre era el mantener limpia la casa y cuidarlo a él. Pero las imágenes que veía, le decían otra cosa; la veía barrer, trapear, planchar, hacer la comida, lavar los trastes, tender las camas, lo llevaba al médico cuando enfermaba, le daba la medicina a la hora que le indicaba el médico, hacía maravillas con el dinero que le daba su padre, y le inculcaba su fe, su fe católica, lo llevaba a confesar, tener que decirle a un señor desconocido todo lo mal que se portaba, y siempre lo regañaba, cosa que ni su padre hacía, lo llevaba a recibir el cuerpo de Cristo, una ruedita de papel duro que al introducirlo en su boca se desasía. Todo esto hacía su madre y lo hacía con tal amor que parecía que era poco, siempre estaba contenta, nunca se quejaba, siempre cantando. ¡Que bellos tiempos aquellos! -Pensó Clemente-. Las imágenes pasaban y pasaban, en aquella sala imaginaria de cine. Las imágenes mostraban hechos importantes en sus dieciocho años de vida, hechos que ya había olvidado su mente. Su nacimiento, ¡no lo podía creer, estaba viendo su nacimiento!, se veía tan indefenso, su madre lloraba de alegría al verlo, después vio a su padre, borracho, presumiendo orgulloso el nacimiento del primogénito… Y sería el único, su madre tuvo problemas en el embarazo y después de su nacimiento tuvieron que extirparle la matriz, con lo cual, su capacidad de creación de nuevas vidas, terminó. Las imágenes, inacabables, incansables, seguían pasando ante los ojos de Clemente que estaba paralizado ante ellas. Vio su primera caída, cuando siendo un bebe daba sus primeros pasos; se vio en la escuela, en la secundaria; vio cuando compraron la casa y su padre dijo a su madre: Vamos a comprarla, nos veremos apurados un tiempo y ya después que nos emparejemos, te compraré una más bonita. Después se vio llorando en su cuarto, estaba oscuro y tenía miedo, mucho miedo, veía demonios, monstruos, escuchaba ruidos, sabía que estaba en peligro y por eso gritó, y gritó fuerte: ¡Ayúdame papá! ¡Por favor ayúdame! ¡Mamá ayúdame, tengo miedo!. Vio a su padre aparecer en la puerta, se le veía agitado, sudoroso, su padre encendió la luz… ¡no había nada, ningún demonio, ningún monstruo!… Su padre estaba enojado, muy enojado y le gritó, era la primera vez que le gritaba: ¡Qué te pasa! ¡Porqué gritas! -Le dijo-. Tengo miedo Contestó-. Las sombras, los monstruos, los demonios… Su respuesta fue interrumpida por los gritos de su padre: ¡Que demonios, ni que la chingada! ¡Tienes 10 años maricón! ¡10 años! Ya estas lo suficientemente grandecito como para creer en esas pendejadas, ¡Mírame a los ojos cuando te hablo! ¡No existen los monstruos, no existen los demonios! Tenle miedo al ser humano, a los hombres, esos si que te harían daño… Pero los fantasmas, demonios o lo que sea, no te pueden hacer nada, porque están en tu mente, en tu cabeza de maricón, ¡qué sea la última vez que tienes miedo a nada! ¡No existe lo sobrenatural, ni siquiera Dios existe! ¡Lo oíste! ¡Grábatelo en esa cabezota de marica que tienes, no existe Dios, no existe el diablo, nada existe! Y a ver si te pones a hacer ejercicio, para que estés fuerte, para que tampoco le tengas miedo al hombre. Estando fuerte, no le temes a nada, ¡me oyes, a nada! ¡Hay que ser fuerte, me escuchas!… ¡Ya duérmete! Y nada de mieditos porque si no… Te las veras conmigo, y no sabes de lo que soy capaz… ¡Entendiste!. Vaya que si lo entendí Pensó Clemente-. Después de ese día, todo el temor desapareció, su padre se lo había dicho ¡no hay que temer a nadie! Y el solo le temía a una cosa… A su padre. Después de ese día, se preparó, fortaleció su cuerpo, peleaba constantemente; a veces perdía, pero seguía fortaleciéndose, aprendiendo técnicas, no de artes marciales, sino del arte de la calle, de la ciudad, de la vida… Y aprendió, y ganó… Siempre ganaba, se hizo fuerte, y el temor desapareció, y con ello la fe, la fe es de débiles y el era fuerte, el mejor. Las imágenes seguían… Vio cuando llegó por primera vez a la colonia Esmeralda, le habían dicho que tenía la mejor pandilla de la ciudad, y él quería estar con la mejor, él sabía que si quería estar con ellos debería enfrentarse a los mejores peleadores, muchos querían entrar pero eran pocos lo que lo lograban, y él lo logró, fue el mejor, el mejor peleador… Pero eso no bastaba para ser líder de una pandilla como esa, no señor, había otras cosas y otras personas idóneas para eso. Por ejemplo Pedro, era un estratega; el mejor, para estructurar la defensa y escoger los caminos para huir en caso necesario, cuando el número de contrincantes era muy superior. José Luis, el también era un estratega, pero él para atacar, para que no se escapara nadie; y Gerardo era el especialista en robo; y así, un sinnúmero de actividades diferentes que hacían casi imposible que alguien reuniera todas las cualidades como para proclamarse líder, el jefe… Esa pandilla no tenía un jefe, o tenía muchos dependiendo de la situación; ataque, defensa, robo, etc. Pero él seguía aprendiendo y algún día sería el líder. Las imágenes mostraban las batallas con su nueva pandilla, una tras otra, dominando territorios, y a cada batalla, se sentía más unido con ellos, ellos eran como él, fuertes, sin temor al enemigo, implacables; y la amistad surgió. Las imágenes mostraban su fortaleza en la lucha, pero también mostraba la agilidad y la astucia de Pedro y el arrojo y coraje de José Luis; eran sus mejores amigos, los había escogido bien; valientes, ágiles, inteligentes, fuertes… Tanto como él. Las imágenes continuaban sin cesar en la pantalla mental de Clemente. Las imágenes mostraban a Pedro, a José Luis y a él. Venían bajando del cerro de la silla, todos los días iban en las mañanas para mantenerse en condición, era muy buen ejercicio, y la vista era maravillosa, se contemplaba toda la ciudad de Monterrey, y el aire, puro, sano; no la contaminación que respiraban a diario en la ciudad. Al llegar a la falda del cerro, Pedro mostró una loma al lado derecho del camino. ******** -Dicen que ahí se aparece el fantasma de un monje calvo con túnica y toda la cosa, ¿Vamos a ver si se nos aparece? ¿O tienen miedo? Dijo Pedro-. -¡A mí me hace los mandados ese monje loco! Dijo José Luis-. -Vamos pues contestó Pedro-. Para que crea este ateo Señalando a Clemente-. Se dirigieron los tres al lugar que indicaba Pedro, se veía que no era frecuentado, porque no había camino y la hierba era muy alta, Clemente tenía miedo, pero no al dichoso monje, tenía miedo que le picara una víbora o alguna otra alimaña. Siguieron caminado hasta que llegaron a un bosquecillo con muchos nogales llenos de nueces, recolectaron algunas nueces y siguieron su camino en busca del monje. Se adentraron en el bosquecillo; la vista era espectacular; serían las nueve de la mañana y el sol ya derrochaba benigno su luz sobre la ciudad, pero en este bosque, parecía que era de noche, estaba muy tupido el follaje, los arboles muy juntos, solo unos cuantos rayos se filtraban por entre sus ramas, dando la impresión de figuras sobrenaturales, brillantes, danzando en la oscuridad; el canto de los pajarillos era hermoso, se sentían en el paraíso o como se imaginan el paraíso los creyentes en una vida posterior a la muerte; era bello el lugar. Siguieron avanzando, maravillándose de todo lo que veían; llegaron a un claro en el bosque, la luz solar lastimó sus ojos, sintieron en su cuerpo las envestidas del astro rey, ahora sin la protección del follaje el calor era abrazador. Pedro se veía inquieto, alarmado, hizo la señal de detenerse. -¿Qué te pasa, porqué nos detenemos? Dijo Clemente-. -Escucha Contestó Pedro, bajando la voz-. -No escucho nada Dijo Clemente extrañado-. -¿Qué pasa, porqué se detienen? Preguntó José Luis-. -¡Ssshhuiit! Dijo Pedro haciendo la señal de que callasen-. Escuchen. -¡No se oye nada! Dijeron al unísono Clemente y José Luis-. -¡Eso precisamente! Dijo Pedro intrigado-. ¡No se escucha nada! Ni el viento, ni los pájaros, ¡nada!. Se quedaron quietos, tratando escuchar cualquier sonido, y efectivamente no se escuchaba ninguno, solo el respirar acelerado de sus cuerpos. Era un claro donde no había arboles, pero había mucha yerba y créanme la yerba hace un ruido muy peculiar, pero en esta ocasión, nada. Veían los arboles más cercanos a doscientos metros de distancia, deberían oír el sonido de las ramas al chocar por causa del viento, sentían el viento en la cara, en sus cuerpos, pero sin ruido alguno, es como si hubieran perdido el sentido del oído, con la salvedad de que escuchaban sus voces y su respiración… Era extraño, pensaban… ¡nada de ruido!… Solo escuchaban silencio y su respiración… De pronto una voz metálica, fría los sobresalto. -¡Largo de Aquí! ¡Si no quieren que la maldición caiga sobre ustedes, Váyanse! ¡Este lugar debe permanecer puro para siempre! ¡ ¡Largo de aquí mocosos! La voz provenía de un monje que estaba en lo alto de un risco; tenia la vestimenta de un moje tibetano; calvo, tez blanca, larga barba, una extraña luminosidad lo rodeaba dándole un toque sobrenatural. José Luis por poco se cae del susto. Pedro estaba fascinado con la aparición, tenía miedo pero no quería perder la oportunidad de ver un fantasma. Clemente se sobresalto por lo repentino de la situación pero una vez repuesto lo miraba con recelo queriendo descubrir donde estaba el truco de aquel resplandor que despedía. -¡Si valoran en algo su vida y la de sus semejantes, largo de aquí! Volvió a decir el extraño monje-. Pedro notó que el monje no movía los labios pero el sonido era claro y retumbaba en sus cerebros, produciéndoles escalofríos. -¡Vámonos de aquí! Gritó José Luis-. ¡No me gusta esto! -¡Espérate! Le gritó Clemente-. ¡Ese monje es puro cuento, no es fantasma! Es un cabrón asusta-niños ¡Vamos por él y le pondremos una golpiza que ni su madre lo reconocerá! -¡Miren, desapareció! Gritó Pedro-. -¡Mira Clemente, se desapareció ante nuestros ojos! Le gritó José Luis tratando de convencerlo-. Ni aún así crees que es un fantasma ¡ya ni chingas! ¡Vámonos de aquí, antes que nos pase algo malo! Clemente no alcanzó a ver como desapareció el monje y no lo podía creer, camino hasta el risco donde se encontraba el monje y aun lado del risco en la parte baja se encontraba la entrada de una cueva. -¡Aquí hay una cueva! ¡No desapreció! Salto hacia acá y se metió en la cueva, ¡vamos tras él, no tengan miedo! -¡No, yo no voy! ¡Vayan ustedes si quieren, pero yo aquí me quedo! Dijo José Luis-. -¿Tu también tienes miedo, Pedro? Le dijo Clemente-. -Esperanos aquí, no te vayas a ir -Le dijo Pedro a José Luis y se dirigió hacía donde estaba Clemente-. Pedro y Clemente entraron a la cueva, era ancha, cupieron muy bien los dos, estaba muy oscuro casi no veían nada, llegaron hasta donde estaban unos escalones y bajaron a un segundo nivel, Clemente encendió su encendedor para romper la oscuridad que los envolvía y volvieron a escuchar la voz del monje, fría, metálica y con el eco que proporcionaba la cueva le daba un toque tenebroso: Váyanse o les pesará, no saben en lo que se meten ignorantes… ¡Váyanse inmediatamente! ¡Aun es tiempo… !. -¡Déjate ver, maldito monje, para darte tu merecido! Gritó Clemente-. -¡Será mejor irnos, aquí esta muy oscuro! Suponiendo que no sea un fantasma, puede no estar solo, o puede estar armado… Mejor vámonos dijo Pedro-… Clemente quería seguir y darle una paliza al estúpido monje, pero las palabras de Pedro tenían mucho sentido. Cuando estaban a punto de regresar, Clemente tropezó con un objeto incrustado en el suelo. -¡Espera, aquí hay algo! Clemente dirigió la luz del encendedor hacía abajo y ahí estaba la cruz, una hermosa cruz de plata, y entre la cruz y el suelo un pergamino de piel. Clemente trató de quitar la cruz con la mano derecha pero no pudo. -¡Toma el encendedor! Voy a quitarla Dijo Clemente-. -¡Mira ahí hay otra entrada pero está tapada con esa piedra! Dijo Pedro-. Clemente se volvió hacía donde señalaba Pedro. -¡Esta muy grande para quitarla!…! ¡Déjame sacar esta cruz y luego nos vamos! Ya tendremos otra ocasión de toparnos con el monjecito ese. -¡Ignorante! Gritó la voz del monje-. ¡No quites la cruz!… ¡No sabes lo que haces!… ¡Se escapará!… Clemente utilizó esta vez las dos manos para sacar la cruz, iba cediendo, en eso se volvió a escuchar la voz. -¡Malditos se arrepentirán de haber entrado! ¡Se les avisó! ¡Ustedes son los culpables! ¡Malditos sean todos ustedes!. La cruz por fin cedió. -¡Vámonos Pedro! Dijo Clemente, con una sonrisa en la boca-. Si el monje lo que cuidaba era esta cruz, ya se chingó. -Clemente, deja esa cruz… Que tal si el monje si es un fantasma… Qué tal si es cierto y nos esta advirtiendo… Tú no viste como desapareció… Mejor déjala donde estaba. -¡Estas loco! Esta cruz yo me la encontré, por lo tanto es mía, yo no creo en esas pendejadas… Mejor Vámonos. -Me voy a llevar el pergamino, después averiguo que es lo que dice… dijo Pedro-. Vámonos. José Luis estaba impaciente, tenía miedo su cerebro era un caos de pensamientos. Aquí hay algo malo… Clemente no vio como el monje desapareció de pronto… y esto… es muy extraño… El cielo se cubrió de tinieblas de un instante a otro y amenazaba con llover. José Luis pensaba dejar todo y largarse de allí lo más rápido posible, cuando los vio aparecer. -¿Qué tanto hacían?… ¿Encontraron al monje?… ¿Qué es eso Pedro? -Es como un pergamino o algo así, tiene algo escrito pero no entiendo ni madres contestó Pedro-. -¿Encontraron al monje? Volvió a preguntar José Luis-. -Esta muy profunda esa cueva. Nada mas vociferaba el cabrón del monje, jajjajajaja. Contestó Clemente-. -Este Guey, quito una cruz Le dijo Pedro a José Luis, señalando a Clemente-. Que estaba junto con este pergamino… Y a mi se me hace que en la cueva hay algo muy malo oculto… Y el monje nos estaba advirtiendo… Y por la culpa de éste cabrón, ya nos llevó la chingada. ******** Las imágenes cambiaron de pronto, estaban mostrando algo en el cual él no estaba, iba su padre manejando su camión, se veía cansado, horas y horas de camino, los ojos le pesaban, el pie del acelerador hasta el fondo, llevaba prisa… Un pestañeo, una curva y el accidente fatal. Vio a su padre entre los hierros retorcidos, cuanto sufría, y el dolor, un dolor insoportable. Clemente vio como un señor desconocido se acerco hacía él. Hijo mío soy sacerdote, ya avisamos a la cruz roja, mientras viene ¿quieres confesarte?. Clemente no podía creer lo que veía y oía en la pantalla. Si padre -Contestó el padre de Clemente-. Acusome padre, de que soy un pecador; ¡Aahhh! He mentido padre; soy infiel; no asisto a misa; he renegado de Dios, padre; y he inculcado a mi familia, a mi hijo, la inexistencia de Dios ¡Ahhhh! Pero… ¡Ahhhh! Siempre he creído padre, Creo en Dios todo poderoso, creador del cielo… ¡Ahhhh! ¡Perdóname Hijo, te amo! ¡María, esposa querida… ¡Ahhh! ¡Te amo! ¡Perdónenme!… Clemente no lo podía creer, su padre, ¡Creía en Dios! Y tenía miedo de morir, contemplaba paralizado la escena… Hijo mío, arrepiéntete y todos tus pecados serán perdonados… arrepiéntete hijo mío Insistía el Padre-. Sí, padre… ¡Ahhhhh!… me arrepiento… ¡Perdóname hijo, perdóname María!… ¡Ahhh! … ¡Perdóname Dios!. Clemente estaba confundido, no era posible, su padre no le temía a nada… ¡Lo había engañado! ¡Lo había engañado siempre!… Él creía en Dios… Y si creía en Dios debió haber creído en su contraparte… En Lucifer, en el diablo, en la maldad, en lo sobrenatural… ¡Lo había engañado!… ¡Su padre era débil!… Todo creyente es débil… ¿Porqué? ¿Porqué engañarlo? … Era tanta su ofuscación, su coraje, su odio… -¡Noooooooo! ¿¿Porqué padre?? ¿¿Porqué me engañaste?? Gritó llorando-. La pantalla desapareció. Se encontraba solo en su cuarto. Miró el techo de lamina y buscó al derredor buscando cualquier cosa, pero no encontró nada, solo las sombras que proyectaba la insípida luz del foco de 60 wats. ¿Qué me esta pasando, Dios mío? Penso Clemente-… Se sorprendió de haber invocado a Dios… ¿Qué es esto? Primero el odio hacía mi madre y después estas imágenes… ¡Es mi imaginación!… Nada de esto existe… Dicen que cuando uno va a morir recuerda toda su vida en unos instantes… ¿Voy a morir?… ¿Y lo de mi padre?… ¿Será mi imaginación?…¿Y si existe Dios?… No he sido malo… Solo he renegado de él, de su existencia… Por si las moscas voy a hacerle caso a mi madre y voy a acercarme más a la iglesia, a Dios… Perdóname Dios mío.. Clemente contempló la cruz de plata y un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Y si lo de la cruz es cierto? ¿Si lo del monje es cierto?…¡Dios mío!… Mañana mismo la regreso… Pero ¿si todo es imaginación mía?…. Clemente se durmió pensando en todas estas interrogantes. Las pesadillas afloraron en su subconsciente, se veía rodeado de demonios, todos querían destruirlo, veía al monje riendo a carcajadas, Clemente corría y corría, los pies le pesaban como plomo, cada vez corría más lento, entre callejuelas extrañas, en un instante se encontró en un callejón sin salida, tres demonios a su espalda y el monje se transformo en su madre, era su madre la que ahora reía a carcajadas diciéndole: Eso te mereces por ser un hijo malcriado. Vio a su padre y escuchó que le decía: Hijo, Dios existe… Pero también Lucifer… Teme hijo, que el horror te invada, ¡jajajaja!, En ese momento era alcanzado por tres demonios, y atrás de ellos, venían cientos. Clemente despertó sudoroso, agitado… Tenía mucho miedo. Cuando abrió los ojos, se encontraba en su cuarto. Vio los ojos llorosos de su madre. -Hijo, despierta… ¡A pasado algo terrible! ¡Encontraron a José Luis y a Pedro muertos! ¡Mutilados! Me acaba de hablar la madre de Pedro… Quiere hablar contigo… Antes de que te interrogue la policía… Que vayas a su casa… Hijo, ¿tu sabes lo que pasó? Clemente no podía dar crédito a las palabras de su madre, todavía temblaba a causa de la pesadilla, esas malditas pesadillas, hace mucho tiempo que no las tenía, y ahora, justo ahora volvían. Palpó con sus manos la hermosa cruz de plata y en su cerebro se formó una idea clara de todo lo sucedido, Esto era a causa del maldito monje, y de la cruz; la cruz que él estúpidamente había ultrajado de aquella cueva. Y sus amigos, ¡muertos! ¡No lo podía creer!. -Hijo, contéstame, ¿tú sabes lo que pasó? -No. No sé nada, madre. ¡Madre perdóneme por lo de anoche, le juro por Dios, que voy a trabajar y le voy a ayudar en todo y saldremos adelante!… ¡ Madre… Mamá te quiero mucho!. -¡Hijo de mi alma! ¡Gracias Dios mío, por hacer el milagro! Yo también te quiero mucho… Anda… Ve a la casa de la madre de tu amigo… Pobre señora, me imagino como se ha de sentir… Después hablamos sobre esto. Clemente salió de su casa, serían las cinco de la mañana, sus ojos llorosos apenas vislumbraban el camino, las sombras de la noche empezaban a ceder. No podía creer todo el remolino de acontecimientos que estaba pasando… ¡Sus amigos, sus mejores amigos… ¡Muertos! ¡Y él era el culpable!… ¡Por haber quitado esa maldita cruz!. Clemente sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo, sus sentidos lo pusieron alerta, se sentía inquieto… Era un presentimiento… Ya había tenido varios así, era cuando estaba en peligro… los cabellos de la nuca se le erizaron, todavía no sabía por qué… las piernas le empezaron a temblar y percibió un olor nauseabundo, tuvo que hacer un esfuerzo por no vomitar… Un crujido al lado derecho… y al voltear se encontró frente a frente con él. Era el ser más horrendo que se puedan imaginar, un ente de dos metros de altura, piel gruesa y escamosa, dos luces rojas tenía como ojos, dos grandes orificios eran su nariz, por donde salía un baho putrefacto, dos enormes y gruesos labios y entre ellos una gran cantidad de filosos y apilados colmillos, sus largos brazos le llegaban a la rodilla o donde debía estar la rodilla, sus dedos largos y sus garras, eran como cinco filosos cuchillos en cada mano. -¡Hola, Clemente! ¡He venido por ti! Dijo el ser infernal, con una voz sacada de ultratumba-. Clemente estaba paralizado ante la visión, ni en sus más terribles pesadillas se hubiera imaginado un demonio como el que tenía ante sus ojos, su corazón latía fuertemente bombeando con fuerza toda su juvenil sangre hacia su cerebro, tratando de reaccionar… ¡Debía reaccionar! -¡Pooo… Poorqué! ¿¿Poorqué yo?? -¡Tú eres uno de los elegidos! ¡Jajaja, jajaja! ¡De los afortunados! Serán mi primer alimento… Y después de ustedes, su familia… Y después el mundo entero ¡jajajaja!. Tus amigos, sabían bien… Pero tú eres el mejor, el más sabroso, Clemente estaba inmovilizado, no podía mover ningún músculo, estaba aterrado, la cabeza parecía estallarle de lo fuerte del fluir de su sangre, su corazón parecía salirse de su pecho y su respiración, su jadeo… -¿Qué pasa Clemente? ¿Tienes miedo? Dijo el ente demoniaco con su lúgubre voz-. ¡Maldito! Gritó Clemente-. ¿¿Porqué nos hace esto??. Tu quitaste la cruz… Gracias Clemente… Gracias… Esa maldita no me dejaba salir… Pero ahora el mundo es mío y en esta época no hay ser que se me enfrente. ¡Yo te liberé, maldito! ¿¿Porqué quieres matarme?? Gritó Clemente-. -Porque soy malo, Clemente… Muy malo. Yo soy el amo de este mundo, desde la creación me he alimentado de seres humanos, Ningún estúpido mortal era lo suficientemente fuerte para derrotarme, invocará a quien invocará… Como me divertían esos ignorantes sacerdotes que confiaban en su Dios, eran los más deliciosos… Hasta que llegue a estas tierras, de atrasados indígenas… Eran los más limpios, su carne exquisita… Hasta que llegó el maldito Quetzalcoatl y mandó a otro estúpido extraterrestre a eliminarme… ¡Malditos! ¡Creen que pueden eliminar tan fácilmente a la esencia del mal!… Lograron detenerme en esa pocilga y con la aleación de esa cruz crearon un campo de fuerza invisible… Pero logre matar al maldito calvo extraterrestre… Su espíritu y la fuente de energía de la cruz mantenían activo el campo de fuerza, pero gracias a ti ya soy libre… Prometí al maldito calvo que si alguien quitaba la cruz, serían ellos los elegidos de ser mi primer alimento de mi segunda venida, después serían sus familias y después el mundo. Clemente concentró su pensamiento en Dios. Dios mío ayúdame por favor… Ayúdame a vencer a este demonio. Su cuerpo empezó a ser presa de un temblor y descubrió con alegría que ya lo podía mover. ¡Gracias Dios mío!… Clemente sujeto con fuerza la cruz de plata que tantas desgracias le había traído y pensó que ahora podría ser su salvación. -¡Llegó tu hora! Es tiempo de alimentarme ¡jajajajjaja! Dijo el demonio, avalanzándose sobre Clemente-. -¡Toma maldito engendro! Gritó Clemente al tiempo que golpeaba con una patada en medio de las piernas del ente-. El terror que sentía se transformó en odio. Golpeó con todas sus fuerzas, con puños y pies y logró clavarle la cruz en uno de los orificios de los ojos. Clemente retrocedió… Esperaba que con eso todo terminara. -¡Jajaja, jajaja! Como me diviertes, lastima que tenga que destruirte Dijo el ente, sacándose la hermosa cruz-… Si hubieras matado a tu madre, cuando te lo ordené… Tal vez te hubiera perdonado la vida y serías mi súbdito… Pero flaqueaste… Lastima Clemente retrocedió asustado… ¡no lo podía creer! Sus mejores golpes y el maldito demonio ni se inmutó. El demonio de un salto sujeto el cuello del asustado Clemente que solo se atrevió a balbucear ¡Piedad… Piedad por favor! El demonio hizo hacía atrás la cabeza quedando el cuello muy cerca de la boca del demonio y de una certera mordida le arranco la traquea y empezó a beber la sangre que brotaba a raudales… Clemente sentía el fluir de su vital sangre hacia la boca del demonio… En un inesperado movimiento, arrancó la cabeza y la botó hacia un lado, el cuerpo de Clemente empezó a tener una fuerte vibración al verse desprendido de la fuente de instrucciones nerviosas… Clemente, o la cabeza de Clemente todavía alcanzó a ver antes de morir, como el demonio seguía tragando toda la sangre que brotaba de su cuerpo. ************** ______________________ En el funeral todo era dolor y llanto, todas las personas pasaban con la madre de Clemente dándole sus condolencias. El encargado de la funeraria dijo las ultimas palabras en nombre de la familia Era un buen muchacho, que tenia toda una vida por delante… No comprendemos los designios de Dios, pero hay que aceptarlos y resignarnos… En nombre de la familia…. Ya de regreso del funeral venían los amigos de Clemente comentando la extraña forma de su muerte. -Era una persona muy fuerte, muy sano, ¿cómo pudo pasar esto?. -Dicen que murió de un ataque al corazón, que tuvo una pesadilla y fue tanto su temor que murió. -Pero que pudo asustar a Clemente… El no le tenía miedo a nada… Que cosas ¿no?… Ya habíamos decidido que él fuera el jefe de la pandilla… Ni modo. -Pedro, Mañana vamos al cerro. -¡Órale! Y sabes, en la falda del cerro a un lado, hay una loma donde dicen se aparece el fantasma de un monje, con túnica y toda la cosa… ¿Vamos a ver si se nos aparece? ¿O tienes miedo, José Luis?… FIN. Autor: NINO.

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