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    La Consumación

    Por: Laia

    Imaginen una niña encerrada en una gran hacienda, entre prados, olivos y almendros. Olor a vacas, a incienso y a naftalina. Y no mucho más… Clases de piano, de pintura, de costura y muchas oraciones. Flores a la tumba de mi madre. Flores a la tumba de mi padre. Rezos, llantos y misas. Una enorme propiedad para mi sola.

    Nunca veía a nadie. Sólo me hacía compañía mi perro. Una vez a la semana venía un hombre a traerme la compra. Alguna vez bajaba al pueblo en el autobús a comprar telas, o algo que necesitara de la mercería: algún hilo para mis labores, alguna madeja de lana…

    Un día, en vez del hombre de siempre, fue un muchacho quien me trajo la compra. Que el viejo estaba enfermo, dijo.

    Era un joven imponente. Alto, fornido… Traía el pedido al hombro y sudaba. El sudor le empapaba los sobacos y desprendía un fuerte olor. Me miró con ojos de lobo. Le enseñé donde debía dejar la caja. Fue muy amable conmigo, y yo quedé profundamente impresionada por su olor, sus ojos y su voz.

    Durante varias semanas vino a traerme la compra. Siempre conversábamos unos minutos. Yo le contaba cualquier tontería: que si las golondrinas ya habían vuelto, que los almendros habían florecido muy tarde… El no me explicaba gran cosa. Se limitaba a escucharme y sonreír, y yo con eso ya tenía bastante. Empecé a escribir poesías, a dibujarle…

    Incluso empecé a bordar en punto de cruz su nombre: Ismael. La I la adornaban unas fresas. En la S bordé unas estrellas…

    Cuando iba a empezar la M me pidió que me casara con él. Yo le dije que sí antes de empezar la A. No tenía nadie a quien pedirle permiso. Era mayor de edad, mi herencia estaba casi intacta, y amaba ciegamente a Ismael.

    Nos casamos en el pueblo al día siguiente. Dos viejos que estaban en ese momento en la iglesia nos hicieron de testimonios.
    Yo no sabía mucho lo que debía hacer en la noche de bodas, pero sí lo imprescindible: que me debía entregar en cuerpo y alma a mi esposo, y hacer todo lo que me pidiera. Eso era todo lo que me había contado mi madre.

    Cuando salimos de la iglesia, una vez casados, Ismael me dio dinero para el autobús y me dijo que volviera a casa.
    -Yo me quedo aquí- dijo mientras se metía en un bar.
    No entendí que quería decir. Cogí el autobús y me marché a casa. Me quedé mirando el camino desde la puerta de la cocina, esperándole, sin saber que hacer. Cuando anocheció, subí a mi habitación, y me metí en la cama.

    Le oí llegar de madrugada. No venía solo. Le acompañaban dos mujeres. Les oí como subían riendo y cantando, y entraban en la habitación que había sido de mis padres. Me levanté a ver que hacían. Quedé petrificada viendo la escena. Ismael estaba tumbado en la cama con las dos mujeres. Los tres desnudos. Un espectáculo que me pareció infernal, entre velas, sábanas, medias negras, sudor. Un amasijo de piernas, culos y brazos. Risas, jadeos, y palabras asquerosas.

    A la mañana siguiente, se despertó a la hora de comer. Intenté preguntarle que había pasado, porque me había dejado de esa forma y había vuelto de esa otra.

    -Puta gorda -dijo tranquilamente- me repugnas desde el día en que te vi ¿nunca te has mirado al espejo? ¿has visto la cara que tienes? Antes me follaría a tu perro que darte un beso a ti.

    Yo no entendía y lloraba ¿Porque te casaste conmigo?-grité mientras el llanto me afeaba aún más-

    -Calla, zorra -Es lo único que respondió-Ah, y trae ya el segundo plato.

    Me fui corriendo. Cuando calmé mi llanto me miré al espejo… me odié tanto… Pensé en las mujeres que había visto por la puerta entreabierta la noche anterior… en sus culos duros y brillantes, en sus pechos grandes, y la fina cintura que agarraba Ismael. Pensé también en el pene de Ismael, y noté un calor que ya nunca me iba a abandonar.

    Cada día era igual. Ismael se levantaba hacia al mediodía. Comía, me insultaba un rato y se marchaba al pueblo. Nunca me pegó, cosa que yo deseaba ardientemente. A veces volvía muy tarde y solo. Otros días volvía con las mujeres. Un día una, otra día dos… hasta cuatro mujeres había traído a nuestro hogar. Cada noche me levantaba y les espiaba. Observaba sus juegos y sus caricias. Notaba el fuego en mi interior. Entonces aprendí a masturbarme.

    Las primeras veces me masturbé con el dedo. Después empece a utilizar objetos: velas, botes, peines… incluso llegué a subir algunas herramientas viejas del granero, para utilizar sus gordos mangos de madera. Lo que más me gustaba era una oxidada hoz, de mango gordísimo y rugoso. Más de una vez me había hecho sangre con ella, porque no estaba muy bien pulimentada, pero eso me hacía disfrutar más. Tuve mi primer orgasmo justamente cuando se me partió el mango de una escoba dentro del coño. La palabra coño, y pene, y polla, y muchas otras que ahora sé las aprendí escuchando y mirando tras la puerta.

    Una noche, después de mirar un rato, corrí a masturbarme a mi habitación, con una vela de las que solía poner delante de la fotografía de mis padres. Gemí demasiado fuerte, o algo pasó que llamó la atención de los amantes de la habitación de al lado, porque al abrir los ojos me encontré a Ismael y a dos muchachas mirándome y riendo. Por unos momentos pensé que me iban a violar, por lo menos pegar… No me tocaron.

    Riendo cada vez más fuerte, Ismael hizo que una de las prostitutas le masturbara delante mío. Yo veía aquella mano ir y venir, y deseaba que fuera la mía. Deseaba esa polla como nunca había deseado nada en la vida. La deseaba en la mano, en la boca, en el coño, en el culo. Me acabé de masturbar lastimosamente mientras el trío se reía de mi y me vejaban con palabras a las que ya estaba acostumbrada: lo flácido de mis nalgas, lo grande de mi nariz y orejas…

    Cuando Ismael no estaba en casa, siempre entraba en su habitación para oler las sábanas, y los charquitos de flujos que quedaban en las sillas y la mesa. Me aficioné a recoger del suelo los condones usados la noche anterior y los bebía ávidamente, para notar, aunque frío, el sabor de mi amado esposo. Lo amaba, lo deseaba.

    Mi vida se convirtió en una adoración constante de aquella polla que nunca podría besar, pero que noche tras noche veía actuar, batiendo, demoliendo, calentando, machacando, cualquier parte de anatomía femenina que tuviera delante. Ahora, en vez de bordar flores y mariposas, bordaba rosados capullos, penes erectos, pollas chorreando semen. Y coños abiertos, y el nombre de Ismael entrando en ellos. Creo que eso le emocionó, porque un día que se lo enseñe, me dio una bofetada, la primera en la vida, que me hizo sangrar el labio. Fui feliz por aquella demostración de afecto.

    Y así aguanté dos años.

    Le esperé bordando, a que se levantara para comer. Como siempre, pasó por mi lado sin mirarme, sin dirigirme la palabra. Se sentó de espaldas a mi y empezó a comer. Me levanté sigilosamente con la hoz oxidada con la que tan a menudo me masturbaba y le rebané el cuello sin más. Sin pensar. Sólo pudo emitir un ridículo “iggggh” muy poco varonil, pero no se lo tuve en cuenta. Se giró y me miró con una cara de espanto y de desesperación que tampoco era muy varonil. Le perdoné, y le acaricié por fin por primera vez después de dos años. Que cabello tan fino… Le besé en los labios, tan dulces, tan deseados. Le acosté en el suelo mientras su cuerpo hacía los últimos espasmos.

    Le até un pañuelo de seda rojo al cuello para que la sangre no hiciera tan feo efecto y le desabroché amorosamente los pantalones. Por fin la tenía toda para mi, aquella polla que había soñado besar, sin impedimentos, toda mía. Y se levantaba, tiesa y dura como nunca había estado, azulada, inflada. Lo mamé durante horas. Horas y horas de salivas… Y por fin, me desnudé. Me sentía irresistible y bonita, y él también lo sentía, porque aunque no decía nada, su polla continuaba erecta para mi.

    Me senté encima del cuerpo ya frío, y separé con los dedos mis labios.

    Me senté bruscamente, y allí la tuve, mía, entre mis piernas, en mi coño calentísimo, por primera vez. Salté y salté, y tuve orgasmo tras orgasmo. Con mis propios jugos me unté el culo para meterla allí un rato: que insoportable dolor tan fantástico. Ni tan siquiera el mango roto de la escoba podía mejorar aquella sensación. Lo hicimos de todas las maneras que había visto hacerlo entre rendijas y cortinas…Estuve follándome a mi marido muerto varios días, hasta que la polla se le empezó a reblandecer y olió mal. Entonces, satisfecha, le hice enterrar. Ya podía ser considerada una viuda: ya había consumado mi matrimonio.

    FIN.

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