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    La Caída de Lucifer

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    El rey de una nación vecina ¿invitado al jardín de Elohim? ¡Naturalmente! Tal era la prerrogativa de los dioses-reyes. Y entre ellos no podía faltar el faraón de Egipto, «creme. de la creme», quien —según Yahvé— destacaba sobre todos los demás como el más grande y hermoso cedro de su jardín: «Ningún árbol, en el jardín de Elohim, le igualaba en belleza». Pero, víctima plecisamente de su propio orgullo, se hizo merecedor del castigo divino: «Por haber exagerado su talla, levantando su copa hasta las nubes, y haberse engreído su corazón de su altura —continuaba Yahvé—, yo le he entregado en manos del conductor de las naciones, para que le trate conforme a su maldad; ¡le he desechado!» (Ez. 31).

    Preparándose para la batalla

    Vistas así las cosas, no es de extrañar que cayera también Lucifer, el rey de Babilonia. Pero aquí hay algo que no encaja: ¿por qué no era admitido en la asamblea de los dioses?, ¿acaso era diferente de los demás? Parece ser que sí. La mayoría de las dinastías reales de la antigüedad proclamaban ser descendientes de los dioses procedentes de los cielos. Así lo afirmaban, por ejemplo, los primeros faraones, los reyes babilónicos o los emperadores chinos. Pero no así los reyes asirios. Y ese parece ser el caso de Lucifer. Cuando Isaías escribió su poema, Babilonia se encontraba precisamente gobernada por reyes asirios. Y éstos, a diferencia de sus predecesores babilónicos, nunca pretendieron que su estirpe fuera de origen divino.

    Sin embargo, tras la muerte de Salmanasar le sucede un rey de oscuros orígenes llamado Sargón II. No era hijo de su predecesor. Presumía de un linaje mucho más noble. Se jactaba de contar entre sus antepasados con 350 reyes, entre los que incluía al asirio Elu-bani (? - 69l a.C.), hijo del mítico rey conquistador Adasi. Con este abolengo no es de extrañar que reclamase el mismo trato que recibían los otros reyes-dioses, pero sus exigencias nunca fueron aceptadas. Tal vez por eso juró odio eterno a Yahvé y apoyado por la fuerza de «sus señores los grandes dioses» —reza un texto desenterrado en Nínive— Sargón II arrasó la ciudad de Samaría, venciendo así a Yahvé y a los dioses que le apoyaban. Todo el reino del norte (las diez tribus de Israel) cayó bajo su dominio. Y si el Reino del sur (Judá) sobrevivió otros cien años más fue gracias a una misteriosa pero oportuna intervención del Ángel de Yahvé, que logró exterminar en una sola noche a 185.000 asirios (2 R. 19, 35). La acción, sin embargo, llegó demasiado tarde para los 27.290 habitantes de Samaría que, junto con el resto de los israelitas capturados ya habían sido desterrados y dispersados entre otros pueblos. Estas fueron las famosas tribus perdidas de Israel.

    En cuanto a Sargón II, sufrió —¡cómo no!— la muerte que se merecía. Nada mencionan las crónicas asirias, salvo que «no fue enterrado en su casa». Pero el dato indica una muerte poco heroica en batalla, hecho que encajaría perfectamente con la descripción de la Biblia: «Todos los reyes de las naciones reposan con honor, cada uno en su morada -precisaba Yahvé al final de su sátira, pero tú eres arrojado lejos de tu sepulcro, como un vástago despreciable, como un cadáver pisoteado» (ls. 14, 18-19).

    Ese fue, con toda probabilidad, el fin de Lucifer, el rey despechado que conquistó todo en su vida menos el título de Hijo del Cielo. Sólo tuvo la gloria de arrebatar a Yahvé uno de sus reinos y poder demostrar así ante todos la vulnerabilidad del «dios de los dioses». Pero, ¿quién era ese tal Yahvé cuyo poder fue puesto en entredicho por un simple mortal?

    Se trataba de un «dios de raza», ligado a un territorio y a un pueblo. Uno de los muchos que «controlaban», para bien o para mal, el destino de los países. Ostentaba el cargo de «dios supremo» en las asambleas que los dioses realizaban periódicamente para tratar asuntos de estado. Y su estatus fue cuestionado. Primero fue su propio hijo 8aal quien le usurpó el trono. Y luego sería el rey dé Babilonia quien pretendería desplazarle de su lugar. He ahí el Lucifer histórico, aquél a quien el tiempo y la leyenda transformarían en el «ángel que quiso ser Dios». Pero ni Yahvé ni «sus hijos» eran realmente dioses.

    Los Nefilim

    De entrada, la más que confusa historia de Sargón sólo parece cobrar sentido a la luz de la antigua creencia sumeria se gún la cual ciertas «personalidades» sobrevivían a la muerte física y era posible identificarlas después de que habían tomado un nuevo cuerpo recuperando entonces la misma posición social que tenían anteriormente. Según la teoría que podría derivarse de esto, los dioses caídos del cielo que dominaron la tierra en un pasado remoto —y que la tradición judeo-cristiana recuerda como Nefilim, Hijos de Dios o Ángeles Caídos— no sólo tuvieron descendientes sino que probablemente acabaron reencarnándose en esta estirpe celeste, dotada de cualidades especiales, y establecieron las monarquías hereditarias de origen divino como una forma de perpetuar su poder terrestre. [Para más detalles sobre este mito, referirse al Libro de Enoc].

    Algunas escuelas esotéricas difieren de esta visión refiriendose a los espíritus Luciferinos como angeles que se rebelaron conttra el dios creador de nuestro sistema solar o de nuestro zona del Universo, siendo precipitados por ello a un nivel inferior, en el que “trajeron la luz” al hombre, enseñándole al hombre cómo podía dejar de ser un esclavo de los dioses y convirtiéndose en su propio dueño y señor. Dichos seres incorpóreos representados en diversas tradiciones coo serpientes, hicieron esto con el propósito de utilizar el cerebro del hombre para adquirir conocimiento, despertando en en él individualidad y la conciencia, pero arrojándole al tiempo en brazos del sufrimiento y la enfermedad.

    Para las más diversas comentes metafisicas y esotéricas, el nombre de Lucifer personifica una poderosa realidad invisible que trasciende su estricto significado etimológico y encarna el espíritu de rebelión. Otras corrientes van más allá, afirmando que estos seres estaban dotados —por lo menos temporalmente— de cuerpo físico, capaces al mismo tiempo de actuar en otros plano más sutiles actualmente vetados al hombre. Aesto último le agregan que desde la famosa expulsión del Paraíso, el acceso a tales planos está limitado tan sólo a unos pocos seres llamados «iniciados», y que el día en que la raza humana tenga plena conciencia de esos planos, el poder de los «dioses» sobre nosotros habrá terminado. Una idea bastante intrigante, aunque no deja de ser un mito.

    Escrito en November 16, 2021
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