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    La Bestia

    Autor: Alejandro Ramos 1996

    Solía pasear por los interminables pasadizos que formaban las callejuelas de la parte más pobre de Kli-Sabhet, pasaba horas y horas perdido por la maraña interminable de pasadizos, callejones y plazoletas divagando sobre una idea que me rondaba desde hacía mucho tiempo. Más exactamente desde que cumplí los catorce años, es decir hacía más o menos dos años.

    La vida de un muchacho de Kli-Sabjet a los catorce años es muy dura si no pertenece a la parte digna de la población; a aquellos que gobiernan y que dictan leyes, juzgando y condenando, rigiendo el progreso de la Gran Ciudad. Yo no pertenecía a esta clase, aunque más bien lo desconocía, pues fui hallado, con tan solo dos meses de edad abandonado en una colina al pie de una gran pedernal con extraños grabados, por un monje. Éste me recogió y me llevó a su zona de retiro y me instruyó en las ciencias de la alquimia y la quiromancia. Gracias a ésta educación y forma de vida dedicada a la meditación y el estudio, era considerado una especie de monje y por lo tanto no tenía que cumplir con las obligaciones impuestas a todos los que hubiesen cumplido los catorce años. Así evité tener que trabajar durante dos años en las minas de Yahn o en las maravillosas minas de diamantes de Kuhob y Vely.

    Pues bien, fue justo a la edad de catorce años cuando me ocurrió este hecho que me perturbaría durante mucho tiempo. Había conocido a una niña en el mercado, ésta estaba postrada en una yacija porque sus piernas eran muy débiles y no podía caminar. Hablé con ella y al darme cuenta de lo necesitada de afecto que estaba, empecé a visitarla en su casa a las afueras de la ciudad.

    Un día de camino a casa de Soira, así se llamaba la jovencita, al pasar por una zona de vegetación frondosa que se encontraba fuera de la carretera de adoquines, y que yo tomaba como atajo, sentí un especial hormigueo en mi interior y me puse a mirar en todas direcciones.

    No había nada ni nada parecía ocurrir, pero al girarme para continuar mi camino, tropecé con el cuerpo de una mujer que se alzaba junto a mi. Mi rostro se hundió entre sus pechos que llevaba medios descubiertos, y con sus manos me oprimìa contra ellos moviéndome de un lado hacia otro a la vez que se reía con extraordinaria insania.

    Logré safarme torpemente y salí corriendo de sus brazos, tropezando con los arbustos y ramas conseguí alejarme aunque por un instante me giré y pude verla. La vi en el mismo sitio donde me había asaltado, y estaba agazapada como si de una fiera se tratase, medio desnuda y desmelenada, mirándome y aunque no estoy seguro, me pareció que aullándome.

    Estuve durante varias semanas aislado en mi boardilla, preso de una terrible angustia y sumido en los mas bárbaros pensamientos. Sufría brutales pesadillas en las cuales aquella mujer-bestia me devoraba, me torturaba, me hacía sentir los mas horrendos dolores y siempre al final me mataba, momento en el cual me despertaba sobresaltado y bañado en un pegajoso y pestilente sudor.

    Pero ahora, paseando por las calles de Kli-Shabett, me sentía de nuevo presa del pánico y la angustia. Al día siguiente ejecutarían a una mujer en el templo común de Kli-Shabett, a una mujer-bestia como decían, que habían capturado a las afueras de la ciudad en un pequeño bosque. La acusaban de la desaparición de algunos niños y de mantener contacto con algún ser de la oscuridad. El miedo a que esa mujer fuese la misma que me encontré hacía dos años cara a cara, me tenía alterado y excitado.

    Decidí dirigirme a las mazmorras de la prisión, donde se encontraba esa extraña mujer. Uno de los guardianes me dejó entrar a cambio de un par de monedas. La tenían en el segundo nivel, este estaba formado por cuatro corredores paralelos que separaban celdas individuales. Estas celdas estaban forjadas en acero y parecían jaulas.

    En uno de los extremos se encontraba la mujer ; me dirigí hacia su celda despacio y pude apreciar su silueta gracias a la tenue luz de una vieja lámpara que colgaba en el centro del corredor. Estaba sentada en la cama y cuando aún no podía distinguir su rostro se levantó y acercó hacia mi. La suave luz de la lámpara de repente se tornó en fuego vivo e iluminó por completo la cara de la mujer, esta gruñía mirándome fijamente, por su boca emanaba espuma blanquecina, y sus ojos inyectados en sangre me penetraban llegando hasta lo más profundo de mi alma.

    Retrocedí involuntariamente en el momento justo que ella lanzaba uno de sus brazos con brutal fuerza hacia mi. Me alcanzó en el pecho con sus garras y caí al suelo. Había clavado sus uñas en mi cuerpo y de las heridas brotaba mi sangre mezclada con un viscoso líquido gris.

    Salí despavorido de aquel aquelarre y mientras huía desesperado pude oír sus gritos, era como si estuviese poseída y no paraba de chillar y reír.

    No fui a su ejecución, mi cuerpo, mi mente, mi alma, todo mi ser se oponía a acudir. La mujer bestia fue decapitada, quemada y sus cenizas selladas bajo tierra, todo había acabado para ella, pero no para mi pues aún hoy conservo aquella herida producida por sus envenenadas uñas, y cuando se me cierra no pasan muchos días hasta que se me vuelve a abrir y brota de ella aquel viscoso líquido gris.

    Extraído del libro “Cofesiones de Abath”

    Fin.

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