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    Historia del laberinto sin fin

    Autor: Raul Bonilla.

    *“…¿Para qué dar la vida a un hombre que no encontrará su camino,
    ya que Dios lo tiene encerrado?
    Son los suspiros mi alimento,
    y se derraman como el agua mis lamentos,
    porque si algo temo, eso ocurre,
    y lo que me atemoriza me sucede.

    No hay para mí tranquilidad ni calma, mis tormentos no me dejan descansar…”
    Libro de Job, capítulo 3, versículos 23 al 26
    La nueva biblia latinoamericana*

    Cinco días sin poder salir. Llevaba cinco días perdido en su propia casa, yendo de cuarto en cuarto, buscando cómo salir, y lo que había logrado era perderse más. Si tan solo hubiera salido corriendo por la puerta en cuanto vio la primera señal de que algo andaba mal, si tan sólo se hubiera percatado que se trataba de una señal.

    La mujer que había pasado la noche con él estaba caliente y húmeda cuando se despertó. De eso sí se acordaba. Cómo se llamaba esa mujer o cómo habían terminado en la cama, de eso no. ¿Cómo se habían conocido?

    ¿Desde cuándo? ¿Qué importancia tiene eso ahora?

    Había soñado que lo llevaban a una sala de operaciones a altas horas de la noche. Uno de los doctores llevaba un piloto marcador en la mano y tachaba con una equis distintas partes del cuerpo en una radiografía mientras discutía con los otros cómo iban a operar. A él lo amarraron a la mesa de operaciones y le trazaron una línea punteada desde el esternón al bajo vientre. “Doctor, se le olvida la anestesia”, le dijo, pero nadie podía escucharlo. “Doctor, se le olvida la anestesia”, repitió, en vano. “La anestesia, doctor, la anestesia”, le dijo mientras la enfermera le pasaba el bisturí. “¡Doctor, la anestesia! ¡Doctor! ¡¡Doctor!!”. La sangre se regó por su pecho abierto y empapó las sábanas verdes que envolvían la mesa, y, gota a gota, llegó al suelo y formó charcos resbaladizos. El corte reveló un mundo de órganos carnosos y oscuros, e intestinos fétidos que se salían de sus cavidades al verse libres de la opresión de la piel. El se despertó creyendo que aún estaba gritando.

    Entonces sintió el cuerpo pegajoso y caliente de la mujer a su lado y creyó que a ella le había dado fiebre. Sintió que toda la cama estaba mojada del sudor de la mujer, que él estaba impregnado de ese sudor hasta los huesos, que toda la casa estaba remojada en ese sudor. Pero había algo raro con ese sudor. No olía a sudor. No se sentía como sudor. No era sudor. Más él no lo sabía. La tocó por el hombro para despertarla. “¿Quién eres tú?”, debió preguntarle. “¿Por qué estás muerta? ¿Cómo salgo de aquí?” La mujer no respondió. El recordó que el botiquín estaba vacío y que todavía había cajas llenas de bultos por desempacar. Ya iban a cumplir un mes de haberse mudado y no terminaban de instalarse.

    Se vistió sin prender la luz y se disponía a salir a comprar algo en la farmacia cuando le gruñó el estómago. Puso a calentar aceite y sacó un huevo del refrigerador, lo partió contra el borde de la estufa y vertió su contenido en la sartén. El feto completamente formado de un pollo empezó a freírse en el aceite burbujeante. El feto completamente formado de un pollo.

    ¿Acaso no era ese un presagio? A todos nos explican cuando estamos en el colegio y llevamos pantaloncillos cortos y una maleta llena útiles, que en las fábricas donde empaquetan los huevos hay gente encargada de revisar si los huevos presentan a contraluz una pequeña corona en la punta, porque los huevos con una pequeña corona en la punta son huevos fértiles y de ahí saldrá un pollito que van a dejar crecer para matarlo cuando esté grande y lleno de carne. Los huevos que no tienen corona son los que empacan para que la gente pueda hacer el desayuno y los que tienen corona son puestos en una incubadora. Es imposible que el feto completamente formado de un pollo salga de la cáscara de un huevo y empiece a freirse en tu sartén a menos que sea un presagio. Cualquiera lo sabe. El se llevó una mano a la boca y la otra al estómago.

    Se arqueó, los jugos gástricos se revolvieron, pero no vomitó. Botó el feto con todo y sartén en el bote de la basura, pero no vomitó. ¿Qué pensaría la mujer? ¿No estaba embarazada? ¿No iba a tener un hijo? El aún estaba medio dormido. Eso explicaba por qué no se había percatado de las señales. Cuando cerró el bote de la basura vio en su brazo la respuesta a la pregunta que no se había formulado. Se volteo para que le diera de frente la luz del foco sobre la estufa y vio que su cuerpo también le decía lo mismo. Corrió al cuarto y prendió la luz, y las sábanas no hicieron más que confirmarlo: sangre. Eso era en lo que estaba empapado: en sangre de la mujer que estaba en la cama.

    Las sábanas estaban llenas de sangre, el piso estaba lleno de sangre, las cortinas estaban llenas de sangre, el mundo estaba lleno de sangre. Sangre de la mujer que no sabía quíen era. Entonces sí corrió.

    Salió huyendo por la puerta del cuarto, ¿a buscar qué? ¿A quíen le iba a explicar que él no la había matado? Era domingo por la mañana. La gente dormía. Hay que respetar el sueño del trabajador cansado. Pero tenía que decírselo a alguien. El no lo había hecho. Verá usted, señor, ella estaba embarazada, ¿sabe? Iba a tener un hijo de… de… de alguien, señor. El no podía haberle hecho eso a una mujer en ese estado. El no era esa clase de persona. Pero la puerta de la entrada se puso en su contra. No lo llevó a la calle. Lo condujo a otro cuarto. Un cuarto distinto, grande, un cuarto en el que no había estado nunca, que la puerta imaginó en un segundo y fabricó exclusivamente para que él no saliera a la calle a aclararle a alguien que él no la había matado. Ella se había muerto sola. La sangre está dentro de uno y de repente brota y no para de brotar hasta que sale toda. Eso le pasa a la gente.

    Hay quienes sangran por sí solos. Mi tío tiene un amigo en Singapur que echa el humo del cigarrillo por los oídos. Mi tío es marino, sabe usted, señor. Viaja por todos lados y ve cosas muy extrañas, como ese señor que echa el humo del cigarrillo por los oídos. Si la mujer hubiera amanecido echando humo de cigarrillo por los oídos, eso no hubiera sido mi culpa, ¿verdad que no? Es lo mismo. Ella amaneció envuelta en sangre. Ella solita. Yo no tuve nada que ver con eso. Hay quienes sangran por sí solos.

    A lo mejor fue el Hada de las Puertas o el Hada de los Cuartos las que movieron la calle para poner ese cuarto. El siempre había querido vivir en una casa grande. En una mansión de pilastras blancas y extensos jardines. Esas casuchas que arrendaba el Estado eran muy pobres. Todas lucían igual por delante y por detrás. El techo era muy bajo y uno se moría de calor todo el día. Siempre que llovía había goteras, y siempre que había goteras, había menos cubos que goteras. Los pisos se encharcaban y ella no podía trapearlos porque la barriga le estaba creciendo y no podía hacer mucho esfuerzo. Hay que pensar en el niño, José. Las mansiones son muy caras y con una boca más que alimentar los sueños de pilastras blancas y extensos jardines se vuelven inalcanzables. Ya deja de soñar, José, que la cosa está dura. Los pobres no nacimos para soñar. No tenemos tiempo. Tenemos que trabajar para que alguien más se lleve nuestro sustento. Si no son los impuestos son los niños que le crecen en la barriga a las señoras, pero nos lo quitan y nos quedamos sin sueños y nos quedamos sin vida. Por eso el Hada de las Puertas o el Hada de los Cuartos movieron la calle para poner ese cuarto. Ahora tendría para él solito una casa interminable sin impuestos ni ventanas en las que los cuartos se mueven a medida que uno avanza, de modo que cuando se pasa de uno a otro, al regresar, uno no se encuentra en el mismo cuarto. Eso fue lo que le pasó a él. Entró a un cuarto en vez de salir a la calle, y cuando quiso volver, pasó a otro cuarto y no a la sala llena de sangre.

    Cruzo otra vez la puerta y se lanzó a la siguiente puerta, esperando salir a la calle antes de que alguien la moviera y pusiera otro cuarto, pero no fue lo suficientemente rápido. Lo intentó varias veces, probando distintas combinaciones. Entraba y salía, luego volvía a entrar. O salía y entraba, luego escogía otra puerta. Pero no alcanzó a llegar a la calle antes que se movieran los cuartos.

    Llegó la noche. El no lo podía saber, puesto que no había ventanas por las que entrara el sol o brillaran las estrellas, sólo puertas y más puertas. Pero después de correr y correr para salir a la calle, dio un gran bostezo y se acurrucó en una esquina y se quedó dormido. Uno duerme cuando es de noche. Uno está despierto cuando es de día y uno duerme cuando es de noche, a menos que uno sea una lechuza o algo por el estilo. Y él sabía que no era una lechuza o algo por el estilo. El nada más había amanecido al lado de la mujer ensangrentada y estaba tratando de salir a la calle para decirle a la gente que él no la había matado, así no pensaran mal de él.

    Amaneció. Amaneció porque él se despertó y uno sólo se despierta cuando amanece. Cuando anochece uno se duerme y cuando amanece uno se despierta. Ese es el orden de las cosas. Los niños que le crecen en la barriga a las señoras no tienen que nacer obligatoriamente, ¿quíen ha dicho eso? Uno infla un globo y al rato el globo se desinfla. El globo no se queda inflado. ¿Acaso alguien le echa eso en cara? ¿Acaso los niños dicen: “No voy a jugar con este globo porque no se va a quedar inflado”? Y cuando se revienta, ¿qué es lo que hace uno? Infla otro globo. Ese es el orden de las cosas.

    La mujer decía que no, que no iba a hacer eso que él le decía. Bajaba la cabeza, se tapaba los oídos y se negaba a escuchar lo que él le decía. A veces la oía sollozar en la noche, pero ella lo negaba. Se veía la barriga todos los días frente al espejo. Se pasaba la mano por el bulto en su vientre y sonreía. El aferraba sus sueños lo más que podía contra su pecho, pero la mansión de pilastras blancas se esfumaba día con día. Si la mujer no tuviera ese bulto lo entendería. Se había encariñado con ese estorbo y se rehusaba a devolvérselo a la cigüeña.

    Se rehusaba a aceptar que la cigüeña se había equivocado. Ese bulto no era para ellos, era para alguien más que vivía entre extensos jardines y no tenía por qué preocuparse del precio de la carne. La cigüeña es tan estúpida.

    Tenía hambre. Por eso, al segundo día, cuando se despertó acurrucado en una esquina, lo que fue a buscar no fue la salida, sino el camino de vuelta a la cocina. Pero los cuartos se negaban a quedarse quietos y dejarlo volver, y él no sabía cómo explicarles que no quería escaparse, tan sólo quería comer. Los cuartos no lo escucharon. Siguieron moviéndose y confundiéndolo más de lo que estaba. Soñó que tenía una bragueta en el estómago y dentro estaba la cabeza decapitada de su padre. A la siguiente noche soñó que tenía huecos en los ojos, y que estos se estaban pudriendo, y una pus verde y espesa manaba de los huecos y lo dejaba ciego, pero no encontró el camino de vuelta a la cocina.

    El hambre se volvió atroz. Le dolía la cabeza todo el tiempo, sentía náuseas y a veces no podía caminar en línea recta. Lo curioso del caso era que cuando se metía una cucaracha en la boca, se sentía lleno y no se la comía. Luego volvía y le daba hambre, y ya no quería comerse la cucaracha que había escupido en el suelo. Quería una que estuviese entera. Al cuarto día se olvidó de la calle y se olvidó de la cocina y fue a buscar a la mujer, para que se callara y lo sacase de ahí. Desde que había soñado con la cabeza decapitada de su padre, una voz le susurraba al oído “Tenías que venderle tu alma al Diablo”, y no había callado. El estaba seguro que era la mujer, que inventaba esas cosas porque había amanecido envuelta en sangre y la cigüeña había recuperado el bulto para poder entregarselo a la persona correcta.

    Tener a alguien que te anda repitiendo la misma cosa al oído es desesperante. El la mandaba a callar en un arranque de rabia y entonces se tapaba la boca y veía a todos lados, esperando que el Hada de las Puertas o el Hada de los Cuartos no lo hubiesen escuchado, no vaya a ser que creyeran que estaba loco y no lo dejaran volver a la mujer para decirle que ya había aprendido la lección y que lo sacara de ahí. Que llamara a la cigüeña para que le devolviera el bulto y ella pudiera pasarse la mano por el vientre y sonreír, pero que por favor lo sacara de ahí. Había cumplido cinco días en el laberinto. Iba a cumplir seis, porque tenía sueño y se iba a dormir, pero entonces llegó a un cuarto que no tenía más puertas, sólo una pequeña ventana del tamaño de su cabeza y él corrió y pegó su cara al cristal, tratando de distinguir algo entre la luz cegadora. “Hola, ¿hay alguien ahí?”, gritó. “¿Alguien me escucha? Sáquenme de aquí. Quiero salir”. Todo lo que tuvo como respuesta fue la voz en su cabeza que le decía: “Tenías que venderle tu alma al Diablo”.

    Golpeó el cristal hasta romperlo y sacó su cabeza. Una corriente de aire frío le dio de lleno en la cara. El intentó meter el hombro para salir, pero la ventana era muy pequeña. Clavó sus dedos en el marcó y se puso a escarbar en la madera. Las uñas se desprendieron de sus dedos y se quedaron clavadas en el marco, pero él siguió escarbando. La madera se acabó y llegó al cemento. La piel se desprendió también de sus dedos, y le siguió la carne, pero él siguió escarbando. Sacó un brazo, luego el otro. Apoyó las manos contra la pared y sacó el cuerpo.

    Cayó al vacío infinito. O era el barranco detrás de su casa, que la gente del gobierno prometió rellenar de tierra cuando empezó el proyecto residencial y luego lo dejaron así.

    Se despertó en el hospital. Estaba vuelto un desastre, sus manos eran muñones sin dedos, tenía una pierna rota. Nadie le preguntó por la mujer. Lo llevaban de emergencia a la sala de operaciones. Atravesaban una puerta tras otras, y los cuartos se quedaban quietos para que pudieran operarlo y sacarle lo malo que tenía dentro.

    Aunque no podía mover ni un dedo, lo amarraron a la mesa de operaciones y uno de los doctores que llevaba un piloto marcador en la mano, tachaba con una equis distintas partes de su cuerpo en una radiografía que le habían sacado antes que recuperara el conocimiento, mientras discutía con los otros cómo iban a operar. “Doctor, se le olvida la anestesia”, le dijo mientras le trazaban una línea punteada desde el esternón al bajo vientre. Nadie podía escucharlo. “Doctor, se le olvida la anestesia”, repitió.

    La enfermera le pasó el bisturí al doctor. “La anestesia, doctor, la anestesia”. Entonces recordó el nombre de la mujer: María. Así se llamaba, María. Como en la pareja Bíblica: José y María, sólo que aquel José se olvidó de sus sueños de pilastras blancas y extensos jardines, y él le devolvió el bulto a la cigüeña. El doctor se dispuso a hacer la insición. El decidió ahorrar fuerzas para cuando se despertara. Porque en esta ocasión sí se despertarían gritando y sus gritos despertarían a la mujer, y la mujer tendría el bulto en el vientre y no habría ni una gota de sangre en las sábanas. El se despertaría gritando, acaso de pavor o de alegría, pero se despertaría, seguro que se despertaría.

    FIN

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