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    Harry

    Un poco después llegó el padre a casa.
    -Papá, ¿sabes alguna historia de miedo? -le preguntó Florián.
    -¿Qué es lo que dices que si sé? -La voz del padre no mostraba un tono de entusiasmo precisamente.
    -Una historia de miedo -repitió Florián -. ¿No te ha ocurrido nunca ninguna?
    -Me pasa una cada día -contestó el padre-. Es la historia de un hombre que llega molido a casa y le obligan a contar historias.
    -¡Eres malo! Piensas que me divierte estar todo el día aquí en la cama.
    -No, eso no lo pienso. -El padre examinó la pierna de Florián-. ¿Va mejorando?
    -Sí -dijo Florián -. Pero el aburrimiento va cada vez peor.
    -Quizá después de cenar te cuente una historia.
    -¿Una historia de miedo?
    -Si quieres pasar miedo… bueno, entonces te gustará la historia de Harry.

    Terminada la cena, el padre de Florián se sentó en la cama y empezó:
    «En aquella época estaba yo en primero de B.U.P. Era tan malo en matemáticas que no me iban a dejar pasar a segundo. Un día llegó un alumno nuevo a nuestro curso. Se llamaba Harry Ackermann. Era completamente distinto a nosotros y nadie le quería.

    -¿Cómo distinto? -preguntó Florián.
    -A Harry no parecía importarle nada su aspecto exterior. Llevaba siempre la misma camisa negra y el mismo pantalón negro. Los pelos le colgaban hasta los hombros y tenía pinta de no habérselos lavado nunca.

    Y el color de su cara era de una palidez enfermiza. Además, olía de un modo tan raro que nadie quería sentarse a su lado… Bueno, menos cuando teníamos un examen de matemáticas. Porque, en matemáticas, Harry era el primero. Hacía unas preguntas que hasta ponían en apuros al profesor.

    Pronto se dio cuenta, naturalmente, de que yo no tenía ni idea de matemáticas. Por eso se ofreció varias veces a darme clases particulares. Y sin que yo le pagase nada a cambio. Yo me negaba siempre, por una repugnancia interior que no me podía explicar. Pero al acercarse el siguiente examen me dejé convencer para hacer los problemas juntos.

    -No te arrepentirás -dijo Harry con voz áspera.
    -¿Dónde nos reunimos? -pregunté-. ¿En tu casa?
    -No -respondió precipitadamente- . En mi casa no puede ser. ¿Qué tal en la tuya? ¿Tienes un cuarto para ti?
    Dije que sí con la cabeza.
    -¿Y estás algún rato solo en casa?
    -Sí. Mi madre va por las tardes a limpiar. Pero, ¿por qué quieres que estemos solos?
    -¿Por qué? -lanzó una risa ronca-. Para que nadie nos distraiga.

    Me pareció una razón convincente… A pesar de que no me seducía mucho la idea de estar en casa con Harry a solas.

    Dije que Harry era un compañero de clase, un muchacho de mi edad, y quedé con él para la tarde. A las cuatro se marchó mi madre y en seguida sonó el timbre. Era Harry, con media hora de adelanto. Supuse que había estado espiando en la escalera la salida de mi madre, pero no dije nada.

    Fuimos a mi habitación. Me pareció que el desagradable olor que despedía Harry era entonces más fuerte.

    Sentí de pronto que no podía respirar y abrí la ventana de par en par.

    Harry me observaba.

    -¿Te ocurre algo? preguntó.
    -No, no -respondí de prisa y me senté.

    Abrimos nuestros libros y cuadernos y Harry comenzó a explicarme los problemas. Después de una hora de trabajo, Harry dijo que ya era bastante por hoy. Y tenía razón: yo estaba tan agotado que me quedé dormido encima de los cuadernos.

    Cuando abrí los ojos Harry había desaparecido. Miré el reloj. Eran algo más de las seis. En seguida oí a mi madre volver del trabajo.

    A la mañana siguiente en la escuela me sentía cansado aún, pero fui capaz de resolver correctamente en el encerado los problemas que me había explicado Harry.

    Por la tarde volvimos a reunirnos para estudiar. Nos sentábamos el uno junto al otro en la mesa grande de mi cuarto. El segundo día apenas advertí el olor extraño de Harry, y también me había acostumbrado ya a su voz baja y adormecedora.

    Harry era un profesor particular fantástico. Por primera vez tuve la impresión de que las matemáticas no iban a ser siempre para mí un libro cerrado con siete sellos.

    Avanzamos mucho más de prisa que el día anterior, pero al terminar me dormí otra vez. Cuando desperté fijé los ojos en el cuaderno de cálculo. Debajo del último problema había dos pequeñas manchas de sangre. Me busqué en las manos, pero no encontré ninguna herida.

    Al día siguiente tuvimos el examen y yo conseguí resolver más de la mitad de los ejercicios. Saqué un seis. El primero desde hacía muchos meses.

    Harry me felicitó, pero, a la vez, insistió en que no debíamos dejar de ningún modo las clases de repaso, que si no olvidaría todo.

    Así que seguimos reuniéndonos todas las tardes en mi cuarto. Al terminar los deberes yo me dormía siempre. Me resultaba desagradable, pero a Harry no parecía importarle nada, porque jamás me habló de ello.

    En cálculo iba cada día mejor. El profesor de matemáticas, que casi me había dejado por imposible, pensó que era un milagro. No podía saber que Harry me daba clases particulares. Tampoco tenían ni idea los demás compañeros de clase, porque no se lo contaba a nadie. Ni siquiera mi madre sabía que tenía visita todas las tardes. Sólo advirtió que de repente sacaba buenas notas en matemáticas… y que siempre estaba cansado.

    Pronto empecé a dormirme también durante la cena. Se me caía la cabeza hacia adelante, sin remedio, y mi madre me despertaba sacudiéndome en el hombro, y me preguntaba si es que me sentía enfermo. Al final, se empeñó en llevarme al médico. El doctor me diagnosticó una anemia aguda y me recetó unas pastillas. Tres cápsulas tenía que tragarme cada día.

    A pesar de todo, seguía siempre cansado. Tan mal me encontraba que tuve que quedarme una semana entera en la cama. Esos días Harry no vino.

    Quizá se imaginó que mi madre no iría a trabajar para quedarse conmigo en casa.

    Mejoré tanto en esa semana que hasta el médico se sorprendió.

    Cuando ya pude volver al colegio me enteré de que Harry también había faltado los dos últimos días. Nadie sabía si estaba enfermo. Así que me propuse ir a verle aquella tarde. Nuestro profesor me dio la dirección de su casa.

    Harry vivía en una calle situada en el extremo opuesto de la ciudad.

    Durante la larga caminata iba pensando por qué Harry no había buscado otro colegio más cerca.

    Por fin llegué a la calle que me había dicho el profesor. Era estrecha y oscura. A los dos lados se alzaban los bloques grandes y grises de las viviendas. Me produjo tanto agobio que de buena gana me hubiese dado media vuelta.

    Harry vivía en el penúltimo edificio. Era una casa como las demás, con muchos desconchados en el revoque de la pared y en la pintura de los marcos de las ventanas. La puerta tenía el aspecto de ser muy vieja y estar ya podrida. La tablilla donde se alineaban los timbres estaba llena de agujeritos de carcoma. Intenté descifrar los nombres de aquellos letreros descoloridos.

    No encontré Ackermann. Bueno, dos de los rótulos eran ilegibles. No me quedaba otro remedio que buscar piso por piso la vivienda de Harry.

    Abrí la puerta y entré en un pasillo largo y oscuro. Con la sombría luz que penetraba por los cristales sucios de la puerta descubrí un bulto grande y negro. Pulsé el interruptor de la luz y vi con alivio que era una motocicleta. Alguien la había dejado junto a la puerta del sótano.

    El corazón me palpitaba con fuerza, pero seguí adelante. No encontré el nombre de Ackermann en la planta baja. Tampoco en el primer piso. Por aquellos escalones viejos y desvencijados, que chirriaban y crujían a cada paso que daba, subí hasta el último piso. En la puerta izquierda ponía Wieland y en la derecha F. Stein. Tras un pequeño titubeo apreté el timbre de Stein. Me abrió una mujer joven con un bebé en los brazos.

    Me miró de arriba abajo con recelo.
    -Yo quería visitar a un compañero del colegio -dije con timidez.
    -Sí…¿y? -me cortó fríamente.
    -Se llama Harry. Harry Ackermann.
    -No le conozco.
    -Pero, tiene que vivir en esta casa -me apresuré a decir.
    Ella se encogió de hombros:
    -Pregunta en los Wieland, que viven aquí desde hace treinta años.
    Nosotros nos mudamos a esta casa hace seis meses -y sin decir una palabra más cerró la puerta.
    Llamé a la puerta de los Wieland.
    Al rato, oí pasos. Alguien se acercaba arrastrando los pies.
    -¿Quién está ahí? -preguntó una voz detrás de la puerta.
    -Busco a un compañero de clase -contesté-, Harry Ackermann.
    Entonces se abrió la puerta y apareció un hombre viejo. Un gato enorme, negro como el carbón, rondaba en torno a sus piernas.
    -¡Ya no viven aquí! -explicó.
    -Pero nuestro profesor me ha dado esta dirección -respondí.
    -Harry Ackermann…-dijo, arrastrando la voz. Sonó como si tuviese mala opinión de Harry. Su pobre madre.
    Su pobre hermana pequeña…
    Se me puso la carne de gallina.
    -¿Qué les ha pasado? -pregunté.
    -Perdido -dijo sin entonación, -todo perdido.
    -¿Qué quiere decir?
    -Se pusieron enfermas… clorosis.
    -¿Clorosis? -repetí yo sin comprender.
    -Primero la tuvo la madre. Cada vez más débil, hasta que ya no hubo remedio. Luego le entró a la hija, y en menos de dos semanas estaba muerta.
    -¿Muerta?
    -Sí.
    Por primera vez sentí lástima de Harry. No tenía ni idea de sus desgracias familiares.
    -¿Cogió Harry también la enfermedad?
    El viejo se rió con amargura.
    -¡Él no, qué va! Al contrario, él cada día más fuerte. Se le veía florecer. Algunos de la casa llegaron a pensar… -se interrumpió y siguió luego en voz baja- que había tenido algo que ver con la enfermedad de su madre y de su hermana…
    -¿Por qué?
    -De cualquier modo, él desapareció el mismo día que murió su hermana.
    -¿Desapareció? -pregunté sorprendido.
    -Sí. Desde entonces no he vuelto a ver a Harry.
    -¡Pero…él va a mi clase!
    El viejo me observó fijamente y sonrió con ironía.
    -¿Cuántos años tienes tú?
    -Quince.
    -Bueno, bueno. Harry debería tener cuarenta por lo menos. De aquello hace ya veinticinco.
    -No puede ser -grité.

    Enmudecí de golpe, pues igual que las piezas de un puzzle encajan para crear un todo, así se formó ante mí, de repente, una imagen absolutamente increíble: el vestir anticuado de Harry, su desagradable olor, mi antipatía hacia él, el sueño profundo en que siempre caía después de hacer juntos los deberes, mi cansancio permanente, las manchas de sangre en el cuaderno, el diagnóstico del médico…

    -¿Qué es clorosis? -balbucí.
    -Es lo mismo que anemia contestó.

    Vi al viejo como a través de la niebla. Me preguntó algo, pero no le entendí. Me zumbaban los oídos y tuve la sensación de que iba a caerme sin sentido. Me volví y bajé las escaleras con las piernas temblorosas.

    Cuando llegué a casa, mi madre me metió en seguida en la cama y se reprochó a sí misma con severidad el haberme dejado salir a la calle.

    No volví a ver nunca a Harry… y tampoco volví a tener anemia concluyó el padre de Florián.»

    -¿Te ha gustado la historia? -preguntó.
    -Sí -dijo Florián. Pero, ¿te ha pasado de verdad?
    Su padre sonrió.
    -Tú querías oír una historia de miedo y yo te la he contado.
    Florián pensaba cómo podría sacarle la verdad.
    -¿Es cierto que ibas a repetir curso? Mamá dice siempre que haces bien las cuentas.
    -¡Claro! Harry me enseñó.
    -Entonces, ¿existió Harry en realidad?
    -Naturalmente.
    -Y… ¿era un vampiro?
    -Quizá…En todo caso, yo logré pasar de clase, que para mí era lo importante -contestó el padre, y se levantó.
    -Cuéntame otra historia de miedo -pidió Florián-, sólo una.
    -Imagínate una tú mismo.
    -¡Jo!, como si eso fuera tan fácil…

    Escrito en September 16, 2021
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