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    FANTASMAS EN EL MAR

    Fondeó su barca y comenzó a preparar los aparejos. Una noche más tendría que pasar incontables horas pescando para poder llevar el pan a su casa. Estaba asqueado de la vida y lo único que le interesaba era poder echar una cabezadita mientras vigilaba el sedal. Se arropó en su capa y se frotó las manos para descongelarlas a fin de proseguir con la operación.

    Aquella niebla era lo que peor le sentaba. El reuma le estaría molestando por lo menos, durante los tres días siguientes. En toda su vida como pescador no había visto nunca una niebla tan densa como aquella, ni siquiera podía ver el otro extremo de su barca.

    A pesar de lo adormilado que estaba no dejó de escuchar el ruido de una proa cortando el agua. Por la intensidad del sonido se podría decir que se trataba de un barco grande ¿Qué loco saldría al mar con aquella niebla? De cualquier manera encendió el farol de señales para que pudiesen verlo y volvió a concentrarse en sus anzuelos.

    El timonel vio cómo se encendía una luz justo en mitad de su trayectoria, pero no se desvió ni un milímetro. El capitán le mataría si hacia algo así, además quedaría en entredicho su reputación como experto en huidas si le atrapaban por evitar un insignificante esquife.

    Reconoció el tipo de embarcación cuando escuchó el grito y el ruido de la madera rompiéndose contra la proa de acero. La experiencia de hundir decenas de barcos a topetazos le había dado la habilidad de reconocer de qué tipo era por el ruido que hacían al romperse.

    -¡Rayo Infernal! - escuchó a su espalda - O haces que el barco vaya más rápido o cuando termine esto te haré pedacitos y te utilizaré como alimento para peces. -

    Rayo Infernal era el mote que le habían puesto sus compañeros. Se debía a que era el más hábil y rápido timonel del mundo.

    Pero a pesar de su valía sabía que el capitán cumpliría su amenaza si no hacía que aquello fuese más rápido.

    -¡Pedro el Mirón! - le gritó al vigía - ¿Cómo está el camino? -
    -Todo despejado a ambos lados. - contestó Mirón - Los tenemos a tiro.
    -Los tengo en la mira - dijo Bala de Cañón.

    Bala de Cañón era el jefe de artilleros. Confiaba plenamente en la capacidad de Mirón para calcular distancias “¡Por cien mil demonios!,” pensó “ ese chico ese capaz de ver un corcho flotando en mitad del océano a kilómetros de distancia y decirte cual es la distancia exacta.” Pero él tampoco se quedaba corto, el capitán le había felicitado varias veces por su pericia para desmantelar los buques enemigos a cañonazos y dejarlos sólo con lo necesario para que floten.

    -Arriad todas la velas - gritó Rayo - Que todo el que no esté haciendo algo vaya a los remos - y volviéndose al capitán añadió - En un momento ya no nos verán capitán. -
    El capitán Caronte asintió y de giró para observar a Bala de Cañón. El artillero terminó de hacer los cálculos y disparó. La bala fue a incrustrarse justo en la línea de flotación de uno de los buques perseguidores que se fue a pique inmediatamente. Bala de Cañón no tuvo tiempo de efectuar un segundo disparo porque cuando llegó al otro cañón, el enemigo ya no estaba a su alcance Tal era la pericia de Rayo Infernal.

    Un barco más hundido por el capitán Caronte y su nave Sombra. Estos dos nombres eran conocidos y temidos a lo largo y ancho de los siete mares.

    A Caronte no se le podía dar la calificación de pirata porque había superado ampliamente a los que practicaban tal oficio. Él había llevado los adjetivos sanguinario, cruel y depravado a su máxima expresión. No era necesario que se ofrecieran recompensas por su captura porque todos deseaban su desaparición de la misma manera que todos desean que desaparezca el diablo.

    A pesar de los miles de crímenes que había cometido, sus riquezas tan solo ascendían a lo que llevaban en el barco. Todo el dinero que conseguían era automáticamente dilapidado por él y sus hombres.

    En cuanto a la tripulación sólo se puede decir que eran hombres dignos de su capitán. Todos buscados por todos y cada uno de los delitos cometibles, y algunos que no estaban tipificados en las leyes de ningún país. Le había costado años encontrar a semejantes bestias pero estaba orgulloso de ellos. Aunque, pesar de su orgullo, no dudaba ni un instante en matarlos y suplantarlos por otros a la más mínima señal de ineptitud o desobediencia.

    En aquellos momentos estaba escapando de su última fechoría Tras robar a las monjas de un convento del interior, él y sus hombres habían prendido fuego al claustro y a todas las aldeas que había en su camino hacia la costa.

    En cuanto al Sombra, lo único que se puede decir es que no existía otro navío igual en el mundo. No era posible clasificarlo según los modelos de los astilleros. Lo cierto es que era el producto de innumerables reformas y reparaciones en los más diversos puertos y con los más diversos materiales. Tenía cincuenta metros de eslora y diez de manga.

    Todo el casco había sido recubierto con planchas de acero. Era imposible contar las bocas de cañón que asomaban por cada uno de los costados, sin tener en cuenta las baterías instaladas en plataformas giratorias que había en la cubierta.

    Seis mástiles con sus correspondientes velas le daban la mayor velocidad alcanzable y una capa de grasa de ballenas que capturaban ellos mismos hacían que el rozamiento del casco con el agua fuera mínimo. La tripulación estaba formada por una dotación de setenta hombres, todos ellos como ya hemos dicho, escogidos entre los peores criminales.

    Rayo Infernal no tenía tanta confianza en la vista de Mirón como Bala de Cañón. No le gustaba ir a tanta velocidad con aquella niebla. En caso de que hubiese alguna roca no tendrían tiempo de evitarla.

    -Señor, demos la vuelta y acabemos con el barco que queda. Así podríamos navegar con más tranquilidad porque si aparece un arrecife iremos todos al infierno antes de lo que se tarda en escupir. - sugirió Rayo Infernal.
    -¿Estas insinuando que no sé lo que hago?- dijo Caronte cogiendo a Rayo Infernal por las solapas y echándole el aliento en la cara. Rayo tuvo la oportunidad de apreciar en detalle el temible rostro de su capitán.

    El ojo de cristal rojo le miraba como si estuviese vivo La arreglada barba le pinchaba de lo cerca que el capitán estaba. La cicatriz que abarcaba de arriba a abajo la parte derecha de su cara se hizo mas profunda al hablar - ¿Sabes lo que le pasó al último que estuvo en desacuerdo conmigo?.

    -Y soltándolo, su huesudo dedo se extendió para señalar el timón.

    Un año atrás un marinero se había atrevido a decirle que el reparto del botín era injusto. Entonces el capitán ordenó que le fueran arrancando los miembros uno a uno y que con los huesos fueran construyendo el nuevo timón que ahora él tenia en sus manos. De alguna manera el capitán se las arregló para mantenerlo con vida hasta la colocación de la última pieza: la cabeza en el centro de la rueda. Finalmente Caronte lanzó sobre él un sortilegio para que el insolente marinero pudiera contemplar mediante un espejo cómo había quedado todo. Que el capitán tenia frecuentes tratos con las fuerzas de la oscuridad era no era un secreto para los miembros de la tripulación. Pero fue con aquella demostración de su poder y su crueldad con lo terminó de ganarse su reputación de demonio.

    A pesar de haber soltado el timón este no se movía. Esto no era normal que sucediera porque todo timón abandonado a su suerte comienza a girar, pero esto era porque Caronte había aprisionado el espíritu de aquel desdichado marinero en el timón y su única misión era la de mantener el gobierno de la nave. En realidad cada clavo de aquel navío estaba habitado por un espíritu que respondía a las órdenes del capitán Caronte. Podía manejar el barco él solo, sin necesidad de tripulación Pero necesitaba compartir sus fechorías con otros de su misma condición.

    Rayo Infernal volvió a coger el timón y se limitó a mantener el rumbo De repente Mirón gritó aterrorizado - ¡Cuidado! - Pero era demasiado tarde, cuando la mole de piedra que constituía el borde del arrecife apareció, Rayo Infernal no tuvo tiempo ni de girar el timón. Debido a la velocidad del barco las planchas de acero se rajaron como si se tratasen de papel de fumar. Dos segundos después desaparecía la punta del mástil bajo las aguas. Nadie tuvo tiempo de salvarse, y los que saltaron se vieron irremisiblemente absorbidos por las turbulencias que ocasionaba el barco al hundirse.

    Cuando el galeón Inglés que lo había estado persiguiendo pasó por allí no había nada que indicase que allí se había hundido el Sombra. Así que pasaron de largo creyendo que se les habían escapado. Cuando se dejó de oír hablar de Caronte y su barco nadie se preocupó de averiguar dónde se había metido. Si había desaparecido, tanto mejor, lo mejor era olvidarlo todo lo antes posible.

    Y todo se olvidó hasta que algunos siglos después dos investigadores, uno de ellos una parasicóloga, decidieron seguirle la pista al más vil de los hombres que había existido jamás.

    Lilia, la parasicóloga, deseaba encontrar el escondite de Caronte o al menos el lugar donde se hundió su nave, porque podría usar sus poderes psíquicos para averiguar qué había de cierto en las leyendas que había oído sobre el capitán y su barco.

    El otro era Juan, recién licenciado en arqueología, quería preparar su doctorado sobre los hundimientos de barcos. Era una pieza clave de su trabajo el encontrar un naufragio de cierta importancia que nadie hubiera descrito antes para poder poner en práctica todas sus teorías.

    Y nada mejor para ello que encontrar el Sombra, barco que era mencionado frecuentemente en las historias que se contaban a los niños para que se portaran bien. Lo cierto es que era casi corno ir a buscar la Atlántida.

    Ambos se conocían desde hacía años. A pesar de los diferentes caminos que los dos habían tomado en su vida, se podía decir que cada uno era la versión del otro en el sexo opuesto. Tan parecidos eran en carácter y personalidad que en ocasiones para saber lo que había hecho el otro o dónde estaba algo sólo les había bastado con pensar en qué habrían hecho ellos o dónde habrían dejado tal cosa.

    Ese parecido había sido distorsionado por sus carreras que le habían hecho creer en cosas muy diferentes, Juan creía en la materia, Lilia en el espíritu.

    Esta afinidad y los estudios de Lilia les permitían comunicarse telepáticamente, el día que lo descubrieron fue uno de los más emocionantes de su vida. De repente se habían encontrado pensando el uno en el otro y Lilia medio en broma medio en serio decidió poner en práctica lo que ese día había aprendido en la universidad sobre comunicación extrasensorial. El resultado los dejé paralizados. Podían sentir el espíritu del otro, sus sensaciones, sus pensamientos. Lilia detectó enseguida que Juan estaba aterrorizado por ello, él no sabía que era todo aquello. Sólo que había estado pensando en una antigua amiga y que de repente ahora era como su estuviese hablando con ella.

    Lilia le calmó explicándoselo todo y a partir de ahí estuvieron horas hablando sobre las posibilidades que aquel nuevo descubrimiento. Pasaron meses hasta que se vieron en persona pero cuando se vieron no fue necesario que se dijeran nada porque todo ese tiempo habían estado estableciendo contactos telepáticos regulares en los que se habían contado todo lo que se tenían que contar.

    Con este poder se convinieron en el equipo de trabajo mejor compenetrado de toda la historia, no sólo eso sino que durante sus estudios habían desarrollado ambos un gusto por lo desconocido y la aventura que había creado entre ellos lazos insolubles.

    Ambos podían encajar, en el aspecto físico, dentro del prototipo mediterráneo. Pelo y ojos oscuros, negros y grandes ella y marrones y estrechos él, no demasiado altos pero tampoco bajos. Ligeramente corpulento él y voluptuosa ella. Ninguno de los dos era excepcionalmente guapo pero tenían un rostro afable, simpático, quizá un poco pálido debido a las largas horas de estudio. Ambos se enrojecían con facilidad. La nariz de los dos era redondeada y unos dientes un poco grandes les daba el aspecto de ratones. Si bien los de Juan estaban algo mas estropeados por las largas horas de inmersión- Juan usó una mano a modo de parasol, el sol del mediodía irradiaba una luminosidad que apenas podía soportar después de pasar una hora en la penumbra del camarote estudiando cartas de navegación. Una vez se acostumbró y pudo mantener los ojos abiertos sin que le dolieran se entretuvo en observar los alrededores con un gesto pensativo.

    -No le des más vueltas.- escuchó a su espalda - El informe del capitán del barco persecutor cuenta que la última vez que se le vio fue en esta zona.

    Juan se dio la vuelta y le dijo a Lilia: - Pero aquí no hay ningún arrecife en veinte kilómetros a la redonda. No es posible que se hundiera aquí.

    -Está esa roca. - dijo Lilia señalando a la mole de piedra que se alzaba a lo lejos. Juan miró el peñón y respondió: - No es posible, si Caronte y su tripulación eran tan buenos como se cuenta es imposible que chocaran con eso sin verlo.
    -Había niebla según el informe - alegó Lilia.
    -Aun con niebla la gente de Caronte lo hubiese visto - dijo Juan sin querer dar su brazo a torcer.
    -Escucha, - dijo Lilia pacientemente - era noche cerrada, había niebla, estaban siendo perseguidos y el Sombra podía alcanzar unas velocidades que ni siquiera tú con tu barco a motor podrías superar.
    -Mira, nadie podía navegar tan rápido por aquel entonces ni orientarse en una noche como la que tú has descrito - contesto Juan.
    -¡Caronte tenía poderes que ni te puedes imaginar! Todo su barco estaba configurado por almas aprisionadas en él - dijo Lilia enfadada.

    Había tenido que luchar con la incredulidad de Juan durante meses, decidió pasar a la modalidad de conversación telepática.

    “Es que acaso no crees en lo sobrenatural después de haber descubierto nuestra capacidad de comunicación?” Preguntó Lilia” Sabes perfectamente que una cosa es comunicarse mentalmente y otra muy diferente es que Caronte fuese algo así como un esclavizador de almas” respondió Juan.

    “Está bien, haremos un trato” dijo Lilia para acabar con la discusión “Iremos allí y yo haré un barrido sensorial. Si Caronte murió ahí, tiene que haber una actividad psíquica enorme en la zona. Si la hay yo tendré razón en los dos aspectos. Sino la hay, puede que tú tengas razón” “De acuerdo.” accedió Juan “Supongo que no pasará nada si echamos un vistazo. Además tengo ganas de bucear un rato.”

    Pusieron rumbo al peñón. Lilia se sentó y se concentró para iniciar un barrido psíquico en busca de actividad paranormal. En un principio el rostro de la muchacha estaba sereno pero a medida que se acercaban se dibujaba en ella una expresión de terror que comenzó a preocupar a Juan. Cuando estaban a escasos metros de la roca, Lilia comenzó a gritar presa del pánico. Juan bajó rápidamente del puente de mando y trató de hacerla salir del trance pero fue imposible. Fuese lo que fuese lo que la había llevado a ese estado no la liberaba. Decidió alejarse de allí lo más rápido posible porque parecía que cuando más cerca estaba del lugar, peor se ponía Lilia. Cuando estuvieron a una respetable distancia Lilia se calmó y Juan pudo despertarla.

    -¿Qué te ha pasado?- preguntó Juan asustado. El miedo y el horror se reflejaban en los ojos de la pobre muchacha. Se lanzó a los brazos de Juan llorando al tiempo que gemía: - ¡Ha sido horrible, horrible! Todas esas almas sufriendo, atrapadas para siempre y él vigilando ¡Quería atraparme a mí también! No puedo aguantarlo más, quiero irme de aquí.
    -Cálmate. - le dijo Juan suavemente - Cuéntamelo todo paso a paso. Lilia se secó las lágrimas. Intentó hablar pero no podía, así que no le quedó más remedio que establecer un enlace mental para poder hablar con su amigo. Cuando ambas mentes entraron en contacto Juan no pudo evitar que un escalofrío recorriera todo su cuerpo. Se preguntó qué podía ocasionar tanto terror en una persona.

    “Entré en trance para detectar actividad paranormal.” comenzó Lilia “En un principio no había nada anormal salvo algunos naufragios esporádicos. Siguiendo el rastro de las almas de los que murieron en esos accidentes pude comprobar que habían conseguido pasar al más allá.

    Pero según nos acercábamos a la roca el número de naufragios aumentó, sobre todo naufragios recientes con gran cantidad de muertes. Pensé que esta zona debía ser terrible para navegar, incluso estuve a punto de despertarme para advertírtelo. Por desgracia no lo hice.” Hubo un momento de silencio en el cual Lilia estaba tratando de ordenar sus impresiones.

    “El motivo por el que no me desperté fue que descubrí algo terrible.” prosiguió “Las almas ya no pasaban al más allá sino que se dirigían a la roca de donde, según parece, no regresaban. Al tiempo empecé a notar una presencia maligna que aumentaba a medida que nos acercábamos. Quise volver para decirte que lo había encontrado pero no pude, me estaba atrapando. Según su espíritu se iba perfilando ante mí, el terror se iba apoderando de mi alma. Finalmente pude verlo con claridad y entonces grité”

    “Se me presentó como una forma transparente, a través de sus ropas podía ver su esqueleto. Su barba se agitaba con un viento procedente del mismo infierno. Tras él las almas de cientos de hombres atrapadas en su barco, un barco fantasma que a fuerza de acumular espíritus había adquirido consistencia física. Junto a él estaban los espíritus de su tripulación. Todos eran esqueletos con ropas y trozos de carne seca colgando de unos huesos fluorescentes. En las cuencas vacías de sus ojos podían verse dos luces rojas, como si fuesen ventanas al infierno.”

    “Afortunadamente conseguiste sacarme de allí.”

    -Ahora descansa - dijo Juan llevándola al camarote. - Mañana discutiremos qué hacer.- Lilia se tumbó y cayó en un profundo sueño.

    Estaba atardeciendo y antes de iniciar los preparativos para la noche, Juan se apoyó en la borda mirando hacia el peñón. Le pareció ver que se formaba la imagen de un gigantesco barco de vela. Pero sólo fue algo pasajero, de manera que supuso que había sido un efecto óptico provocado por el cercano faro y la historia de Lilia.

    Una vez que todo estuvo preparado para la cena Juan fue a despertar a Lilia pero no pudo. Primero con voz suave y pequeños empujones para al final, desesperado, llamarla a grandes voces y zarandeándola todo lo posible. Con temor, Juan comprobó su pulso. Estaba bien, no había nada anormal en su estado físico, al menos a simple vista. Otro pensamiento peor le asaltó, quizá el esfuerzo mental de aquella tarde hubiese repercutido sobre su cerebro.

    Rápidamente levó anclas y llevó a Lilia a un hospital. En urgencias le hicieron vanas pruebas pero todo estaba correctamente, el encefalograma mostraba actividad mental como si estuviese teniendo una pesadilla.

    Fuese lo que fuese lo que estuviese pasando por su mente, exteriormente no se reflejaba. Los médicos no consiguieron saber de qué se trataba.

    Juan se sentó a su lado y trató de establecer comunicación telepática.

    Al entrar en la mente de Lilia la habitación del hospital se desvaneció con un fundido en negro. Una vez dentro recibió la imagen de Lilia como si estuviese viendo una televisión. No estaba sola, estaba junto con decenas de personas y todos al igual que ella, parecían estar aterrorizados. Trató de reconocer lo que les rodeaba y le pareció que era la bodega de un barco cuyas paredes eran transparentes y a través de ellas se podía ver tanto el mar como el aire.

    De repente, de la imagen salió un inmenso rostro. Un rostro descarnado pero que conservaba toda su crueldad en sus ojos rojos. Habló sin mover los labios - Escucha estúpido, ahora es mía. Os estoy muy agradecido por liberarme y por eso he decidido dejarte con vida. Pero si te atreves a cruzarte en mí camino, me comeré tu alma para cenar. - Una bola de fuego surgió de su boca y sintió como le abrasaba. Luego despertó, tres enfermeros le estaban sujetando. Al parecer había estado unas cuatro horas gritando y retorciéndose. Le trataron de despertar, pero fue inútil. Los calmantes tampoco habían surtido ningún efecto.

    A la mañana siguiente Juan dejó a Lilia en el hospital y, en su barco, se dirigió hacia la roca. Allí se sumergió con su equipo de submarinismo para buscar el Sombra. Pero para su desilusión no encontró nada, la base de la roca estaba constituida por un montón de rocas desprendidas debido a las olas. Tras agotar el aire de sus bombonas en una búsqueda inútil decidió regresar al hospital.

    Durante el tiempo de descompresión comenzó a pensar que todo aquello era producto de su imaginación y que Lilia tenía algo bastante más mundano que una pérdida del alma. De regreso al hospital preguntó al médico qué tal estaba su amiga.

    -Sigue igual - dijo el médico - Lo cierto es que todos los casos que se han presentado son iguales.-
    -¿Qué otros casos? - preguntó Juan sorprendido - Ayer dijo que nunca había visto nada parecido.-
    -¿No ha leído el periódico? - preguntó el médico - se han estado produciendo desde ayer por la noche casos como este en todo el mundo.

    Hemos puesto a Lilia en cuarentena y hasta que no estemos seguros de que no es contagioso no podemos arriesgamos a nada.-
    -Gracias - se despidió Juan. Se fue a comprar el periódico. El rastro de afectados se extendía por toda la costa Oeste de África, hacia el Sur. Varios barcos habían quedado a la deriva cuando todos los ocupantes se desvanecieron y quedaron inconscientes con idénticos síntomas que los de Lilia.

    -Entonces no eran imaginaciones mías - murmuró Juan para sí.
    -Pues claro que no lo eran - dijo un hombre a su espalda. Juan se dio la vuelta y se encontró con un hombre alto, delgado, de pelo oscuro y tez pálida.
    -¿Le conozco? - preguntó Juan intrigado por aquel personaje.
    -No - respondió el hombre con toda tranquilidad - Pero Lilia si, estudiamos juntos, mi nombre es Carlos Román.

    Así que aquel era el famoso Carlos Román. Lilia siempre lo acababa mencionando cada vez que hablaba de esoterismo. Al parecer había destacado por sus teorías poco ortodoxas. Pero habían sido esas teorías poco ortodoxas las que habían impulsado a Lilia a que probase a establecer comunicación telepática con alguien.

    -Si, - asintió Juan - Lilia me ha hablado de usted.
    -Tuteémonos sino le importa. - pidió Carlos - Vamos a tener que trabajar juntos y así será más cómodo. -
    -¿Trabajar juntos? - balbuceó Juan que empezaba a no entender nada.
    -Para rescatar a Lilia, por supuesto- - respondió Carlos como si la respuesta fuese lo más obvio del mundo. - Estoy al corriente de todo, Lilia me lo contó todo antes de entrar en trance. -
    -Entonces, ¿sabe lo que le pasa a Lilia? - preguntó Juan.
    -Claro, y tú también - dijo Carlos pacientemente y adoptando ese tono de voz que uno usa ara explicarle un concepto abstracto a una ostra - Lilia, o por lo menos su alma, ha sido raptada por el pirata fantasma Caronte. Y ahora sela lleva a su guarida secreta situada en algún lugar del Pacífico.-
    -¿Y qué haremos para evitarlo? - dijo Juan con tono suspicaz, aquella historia no le empezaba a gustar.
    -Todavía no lo sé. - confesó Carlos - Pero sea como sea hay que pararle los pies a Caronte. Parece haber hecho un trato con alguien del Infierno y ahora se dedica a ejercer la profesión de pirata esclavizador de almas.-
    -Ya - dijo Juan divertido - ¿Y cuando viene la parte en la que se anuncia el fin del mundo? -
    -Veo que no me crees - dijo Carlos decepcionado. - Lilia tenia razón.
    Eres un incrédulo recalcitrante -
    -Oiga, - comenzó a gritar Juan muy irritado - está usted mal de la cabeza. Si cree que me voy a tragar toda esta historia se ha equivocado usted de medio a medio. Así que ya se está largando de aquí, y deje que los médicos hagan su trabajo. -

    “No quería tener que recurrir a esto pero no me queda más remedio” dijo Carlos telepáticamente “ Como ves no soy ningún impostor, y no eres el único que puede comunicarse con Lilia telepáticamente.”

    Juan se quedó con la boca abierta ¿Por qué Lilia nunca le había hablado de aquello? Sus sentimientos hacia aquel hombre habían cambiado. Había pasado del escepticismo a los celos.

    -Vamos a un lugar privado para hablar. - sugirió Juan.
    -De acuerdo. - dijo Carlos con la voz - Y, por favor vuelve a tutearme
    -Fueron al barco de Juan, el Explorador, una vez en el camarote Juan preparó un poco de café y se lo sirvió a su invitado. En todo el proceso ninguno de los dos dijo ni una sola palabra. Estuvieron los dos mirándose a través del humo del café hasta que Juan rompió el silencio.
    -¿Cuál es el plan? - preguntó Juan.
    -Es bastante sencillo. - contestó Carlos agitando una mano - Por el momento hemos de seguir el rastro de Caronte y encontrar su guarida.

    Luego nos pondremos en contacto con Lilia y le pediremos que nos diga cómo podemos liberarla y acabar con Caronte. - -¿Pero para qué quiere Caronte todas esas almas y dónde las tiene? - preguntó Juan.
    -Veras, - comenzó a explicar Carlos - seguramente Caronte está usando esas almas para darle consistencia a su barco. Luego supongo que pasará a esclavizar a todos los seres del mundo. De esta manera se convertirá en el amo del mundo, de un mundo de fantasmas.-
    -¿Y qué tiene que ver Lilia en todo esto? - preguntó Juan - ¿Cómo pudo ella desencadenar todo esto? -
    -No creo que ella sea la responsable de todo - respondió Carlos - Lo más probable es que ella sea el alma que le faltaba para liberarse, podría haber sido cualquier otro. -
    -Demonios, - maldijo Juan - ya intuía yo que esto no llevaría a nada bueno -
    -No podías saber lo que iba a ocurrir. - replicó Carlos - Ahora si estás de acuerdo conmigo en lo de ir a buscar a Caronte, necesito que me cuentes todo lo que sepas sobre el asunto. Luego dame un par de día para reunir el material necesario y podremos partir. -
    -De acuerdo - contestó Juan

    Esa noche Juan se quedó en el hospital junto a la cama de Lilia. En cierto modo se sentía culpable. Creía que si le hubiese prestado un poco más de apoyo Lilia podría haberse resistido a Caronte. Pero él, cabezota como siempre, se había encerrado en su conclusión.

    Se acercó a la cama y le dio un beso en la inexpresiva mejilla.

    • Lo siento - susurró Juan aunque sabia que Lilia no podía oírle - Tendría que haber estado a tu lado en ese momento. Te prometo que perseguiré a ese hijo del infierno y lo devolveré a su lugar de origen de una patada. Por favor, resiste hasta que llegue porque no podría vivir sin ti. -

    Suavemente le dio un beso en los labios y con una lágrima en los ojos abandonó la habitación del hospital donde se encontraba la mujer de sus sueños.

    El día siguiente fue una pesadilla No había ni rastro de Carlos, de manera que Juan comenzaba a preguntarse si no había sido víctima de un engaño. A pesar de todo consiguió provisiones y preparó el Explorador para una larga travesía. Compró algunos explosivos y decidió que aunque Carlos fuese un impostor iría siguiendo la pista que, fuese lo que fuese, aquello iba dejando por todos los océanos. No le importaba lo que pudiese encontrarse siguiendo aquel rastro, sólo sabia que aquella era la única pista que tenia para seguir a su amada y que la seguiría hasta el fin del mundo.

    Contra todo pronóstico Carlos apareció a la mañana siguiente. Juan tuvo que reprimirse para no caerse al suelo retorciéndose de risa. Carlos estaba realmente ridículo en bañador, tan delgado y pálido estaba que desentonaba atrozmente con el ambiente marinero del muelle. Iba cargado con dos maletas. Se acercó al barco y se las pasó a Juan.

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