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    El último orgasmo

    La mujer lanzó hacía atrás su largo cabello y soltó un suspiro que parecía un gemido; su cuerpo era torneado, tostado por el sol, y el sudor brillaba sobre su piel debido al esfuerzo, pero no se detenía.

    -Más, más - susurraba el hombre que estaba debajo de ella - ¡más, más! -y afincaba firmemente sus manos en sus caderas, empujándola a una penetración inimaginable. Al final, ella se arqueó bruscamente, emitió un grito largo y profundo y cayó sobre él en un último balanceo.

    El aspiró con fuerza el aire, llenando sus pulmones y mente de aquel momento, se quedó unos segundos absorbiendo el ágape y después la quitó suavemente de encima, levantándose de inmediato; observó por un instante sus bellos labios, entreabiertos todavía, rojos y abundantes, y cerró sus párpados ante la mirada negra y vacía.

    Como siempre no había llegado, no tenía que ver su miembro erecto y palpitante para saberlo. Como siempre ella estaba muerta, no tenía que tocarle el pulso para saberlo.

    Caminó con desgano hacía el baño y se dio lentamente una ducha fuerte y fría, con el chorro a todo lo que daba, después se secó parsimoniosamente, se vistió y salió sin recoger el llamativo llavero de la habitación.

    Sintió que serían como las cuatro de la mañana y aunque sabía que posiblemente no habría nadie en la recepción de aquel hotelucho, decidió salir por detrás. No había puerta, pero no tuvo ninguna dificultad para saltar ampliamente el muro de dos metros; ya en la calle, caminó unas tres cuadras antes de tomar un taxi que lo llevaría al centro de la ciudad y ahí, bajó al estacionamiento subterráneo donde tenía guardado el vehículo. El Ferrari estaba tal y como lo había dejado y tocando el pequeño control remoto que llevaba en su chaqueta, se subió a él.

    Le gustaba sentir el tacto y el olor del cuero de aquel auto, sobretodo después de un contacto; se había decidido por aquella marca hacía años, casi cuando el viejo Enzo comenzaba en su pequeña fabrica artesanal, y era una de las cosas que más admiraba de aquel siglo rápido e insípido. Bueno, también estaba un remoto sentimiento a esa moderna Italia, de donde Venecia era ahora una parte.

    -La vieja Repúplica - se dijo para sí mismo mientras escuchaba el rugido del motor al encenderse - Pensar que todo comenzó ahí. Tan lejos y tan cerca, cuando creí que el amor era algo sencillo. Tan sencillo y hermoso como Patricia.

    Patricia había pertenecido a aquellas familias poderosas y burguesas que había florecido gracias al comercio y la astucia.

    -Eran tan blanca, tan rubia y brillante y sus ojos brillaban de tal manera al verme, que siempre supe lo que sentía por mí. Y yo era tan joven y entusiasta, tan irreverente…

    Sus ojos miraron el tablero sin verlo.

    -Ah, me pregunto si hubiera sido diferente.

    Pero aquella fatal noche no había sido diferente. Habían tenido una boda enorme y llamativa, digna de los Medicis, y habían huido en góndola a la luz de la Luna. Aquella noche simplemente había sido el comienzo de una noche interminable y eterna, de una noche maldita; ella había caído rendida en sus brazos en su lecho de amor y su cuerpo hermoso no había vuelto a la vida. Y sin embargo, el se había extasiado en sus partes húmedas, en sus gemidos finales, en su piel de nácar; se había llenado de ella hasta que nada tuvo que dar y después la había dejado irse.

    El deportivo partió como una saeta roja rumbo a la autopista.

    -Será mejor que salga de esta ciudad - pensó - tres mujeres en menos de dos meses es demasiado.

    Partía, continuamente en movimiento, siempre partía. Como había partido de su Venecia querida en aquella ruta incierta y exótica hacía Oriente, llevándose la desgracia y la vergüenza de dos familias y el remordimiento de su alma. Recordaba la larga caravana, los camellos, la arena del desierto; y los brazos cálidos de las mujeres oscuras que habían caído ante él.

    Fue entonces cuando descubrió la terrible maldición que su cuerpo entrañaba, porque a pesar del dolor de la amada muerta, su sangre había vuelto a vibrar ante el cruce de una mirada ambarina y durante la noche había vuelto a buscar las partes íntimas y húmedas de esas mujeres; había vuelto a poseerlas una y otra vez, y una y otra vez ellas habían suspirado y desaparecido.

    ¿Cuántas había dejado en aquel largo camino hacía la corte del Gran Khan?. No lo sabía, no quería saberlo, y por eso cada mañana levantaban el campamento pronto y partían, siempre en movimiento, siempre en busca de la próxima parada, de la próxima víctima.

    La autopista apenas tenía tres canales y no tenía luz, pero los potentes alógenos del auto alumbraban firmemente el camino. Había escogido esta vez una nación del Tercer Mundo por que sus controles eran mucho menos estrictos y la corrupción permitía comprarlo todo; ahí era prácticamente inmune. Claro que tenía sus inconvenientes, sobretodo teniendo en cuenta que él había vivido en las grandes capitales del mundo, Roma, París, New York, Madrid, Pekín, Boston, y encontraba estas naciones atrasadas y sus ciudades aburridas.

    -Aunque el material es de primera - admitió - Llevaba dos horas conduciendo cuando unas luces en el espejo retrovisor lo sacaron de sus meditaciones.
    -Vaya, vaya, alguien me pide paso - se dijo pensando que apenas iba en tercera.

    Un Mitsubishi lo emparejo, era una auto deportivo de color azul eléctrico y apenas tuvo que atisbar por la ventana para darse cuenta de que una mujer lo manejaba.

    -Esta bien, veremos de que eres capaz - y recortó para colocarse detrás de él.

    El otro auto aceleró y por unos segundos pareció que iba a perderse, pero el Ferrari lo alcanzó casi sin esfuerzo y entonces sus luces altas se encendieron.

    Como respuesta, el Mitsubishi siguió acelerando, cada vez más, solo para darse cuenta que todas las veces era alcanzado con demasiada facilidad, y que su bien ajustada maquina japonesa no podía competir con la potencia de su contrincante.

    Sin embargo, el Ferrari no lo rebasó en ningún momento, siempre manteniendo una peligrosa distancia entre sus parachoques.

    Llegando al peaje, él la emparejo, y poniéndose a su lado le hizo señas de que se detuviera adelante, después de la estación de gasolina.

    -A una dama que conduce como usted - dijo él con su mejor español - lo menos que puedo hacer es invitarla a beber algo.

    Ella fue toda sonrisas. Era trigueña y su pelo negro y corto relucía con brillo sobre su frente. Detuvieron ambos autos frente a la fuente de soda y se bajaron casi al unísono, y entonces él pudo observar sin pudor, sus largas y torneadas piernas y su cintura de avispa. El no era muy alto, pero sabía cual era exactamente la impresión que daba a las mujeres, con su porte europeo, su ropa deportiva y de marca, su look bronceado y de hombre de mundo. Ella tendría veinte años, él no aparentaba más de treinta.

    Treinta era la edad cronológica en la que se había quedado su cuerpo inhumano y cruel. Ochenta, los años que se había quedado varado en aquella enorme nación que es China, de pueblo en pueblo.; probando aquellas damas que eran como niñas pero que amaban como mujeres. Solo recordaba a una: So Lee, la recordaba por que durante un tiempo la amo sin poseerla, sabiendo lo que finalmente pasaría, e increíblemente por que había durado más que ninguna otra, quizás debido a su entrenamiento taoísta, por el cual no esperaba que el hombre llegara y ella misma retenía su orgasmo.

    Había hecho el amor sobre las piedras de la milenaria muralla, sobre briosos corceles, en medio de estanques de tulipanes. La había penetrado por lugares que nunca había sospechado pero su semen jamás se había derramado.

    -Tú debes ser como nuestro Buda - dijo ella una vez - que tuvo más de quinientas mujeres y siempre mantuvo su Yan.

    El la había acariciado, observando sus pequeños labios rojos y sus ojos sesgados, pensando que no sabía lo lejos que estaba de la verdad. El no era como el Bienamado, él era más bien como los demonios que poblaban las estepas, como el diablo que arranca las almas. El tenía vida quitándola a otros.

    Ni siquiera su última noche, cuando finalmente él la forzó al límite, y ella sostuvo sus piernas abiertas, sospechó que con el éxtasis llegaría la muerte. Solo fue entonces una muñeca de porcelana rota.

    -Nunca había visto un modelo como ese aquí - dijo la trigueña señalando las rojas líneas - Creo que es el único - contesto el hombre Entraron sin presentarse y él la tomó por el codo y la hizo sentarse a su derecha, en una mesa del fondo; a pesar de lo temprano ya atendían y pidieron jugo, café con leche y tostadas. Nada de primera.

    Comieron en silencio, intercambiando miradas cómplices y sonriéndose.

    El acarició su rodilla debajo de la mesa, muy suavemente y ella se quedó quieta y sumisa, como hipnotizada.

    -Mejor salimos - dijo él al pagar la cuenta - Vamos en tu carro.

    Ella le entregó las llaves del Mitsubishi sin decir palabra y se sentó de copiloto; él salió del estacionamiento lentamente y no se dirigió a la autopista si no que se introdujo por una vereda de tierra. Estaba comenzando a amanecer y aparcó el auto en medio de una foresta verde; la luz del sol apenas les llegaba y en medio del diminuto habitáculo del auto comenzaron a besarse y manosearse, la falda era corta y los senos grandes, la angustia mayor. El le arrancó las pantaletas y tocó el suave bello de su pubis y eso pareció volver loca a la mujer que comenzó a gemir con más fuerza. No tuvo ningún problema para montarla encima pues era menuda y ágil y cuando la penetró fue como si la hubiera desgarrado; sin embargo ella no se detuvo, moviéndose rítmicamente arriba y abajo mientras él le estrujaba con fuerza los pechos. Entonces abrió exageradamente sus negros ojos, lanzó un ronquido y quedo inerte.

    Un instante después él salió del auto, se acomodo un poco el cabello y la ropa y caminó fuera de la vereda en dirección al estacionamiento, no sin antes tirar las llaves a un riachuelo cercano. Se subió de nuevo al Ferrari y arranco hacía la autopista.

    Después de salir de China, había decidido regresar a Europa, pero sabía que no podía hacerlo a su ciudad natal, puesto que lo menos que lo considerarían sería un brujo. Había descubierto que su longevidad y fuerza se debía a la energía que sacaba, de alguna manera desconocida para él, de sus víctimas, pero sabía que no era inmortal; sangraba igual que todo el mundo y no era inmune a la hoguera. Lo que también descubrió una mañana, es que podía transformar el color de sus ojos y pelo a voluntad, e inclusive la densidad de este último. Así que cambió sus ojos esmeraldas y su pelo castaño a un negro intenso, tanto que no se veía sus pupilas y encamino una caravana hacía el Este. Recordaba haber llegado a un oscuro valle en Transilvania, a un arruinado castillo, a un noble viejo y que hablaba una lengua que desconocía.

    Estaba cansado después de casi un siglo de correrías y deseaba poder radicarse en algún lado; había amasado una inmensa fortuna al cabo de todos esos años, así que compró el viejo castillo al noble, incluyendo sus títulos. Había sido Giovanni el principe, Ku Honk el demonio blanco y ahora sería Wladimir Draculae el Conde. ¿Quién lo reconocería con un nombre como ese?.

    El Ferrari se comió el asfalto como un dragón hambriento; casi llegando a la capital había una enorme recta y pisó a fondo el acelerador, llegando a quinta. Esquivaba los demás autos y los camiones con una audacia casi suicida, pero como siempre, se sentía excitado después de la relación.

    Llegó alrededor de las nueve y fue directamente al Hilton; ya lo conocía puesto que la primera vez que había llegado al país se había alojado en el; sabía que tenía suits acordes a sus lujos y un estacionamiento subterráneo acorde al deportivo. Se registro, con otro de sus tantos nombres, y pasó por el CityBank local para retirar algunos miles de dólares en efectivo. Uno de los problemas que tenía con la modernidad era que el dinero plástico era fácil de seguir así que siempre saldaba sus pagos en efectivo; afortunadamente la globalización había hecho del dólar la moneda universal por excelencia.

    Se sentó en la barra de un sushi bar y pidió una botella de sake.

    En Transilvania había estado poco tiempo tranquilo; bastaron tres meses sin hembras para darse cuenta que su piel mostraba más arrugas y que sobre sus sienes aparecían hilos blancos. Comenzó con las jovencitas locales, adolescentes sin ton ni son que solo sirvieron para enterrar su miembro un par de veces, eran vírgenes con muy poca experiencia que casi tenían un orgasmo al tocarlas y besarlas. Además, pronto en los pueblos de los alrededores se corrió el rumor de que un terrible monstruo asolaba de noche a las mujeres jóvenes y bellas, y la rutina comenzó a molestarlo. Fue entonces, cuando su exceso de energía halló una afortunada salida: el Islam.

    Rumania estaba comenzando a ser asolada por los otomanos y la cristiandad necesitaba toda la ayuda posible para detenerlos; así que él decidió usar su fortuna para contratar mercenarios y atacar sus fronteras. Además tenía una razón muy personal para ello: los árabes habían también prosperado en un curioso negocio, la esclavitud.

    No es que la desconociera de antes, pero ésta era una diferente forma de esclavitud, una más directa y más brutal: comerciaban con seres humanos como si fuesen cosas, sin otorgarles los mas elementales derechos.

    Así comenzó un círculo vicioso que duraría mas de dos siglos: atacaba a los otomanos en busca de nuevas víctimas y la energía que obtenía de ellas volvía a drenarla en el campo de batalla. Una noche llegó a atender hasta ocho jovencitas, provenientes de un harén tomado, y eso le produjo tal euforia, que al día siguiente comandó sus tropas contra el grueso del ejército enemigo y regresó con miles de cautivos. Como no le interesaban los hombres y si el temor, mandó empalarlos a todos; las noches que siguieron, los gemidos de las doncellas tomadas se mezclaron con los gritos desesperados de quienes sentían como las afiladas estacas los desgarraba desde el ano hasta la garganta.

    Una mujer se le acercó en el bar; llevaba un vestido rojo muy ceñido que delataba sus abundantes curvas, especialmente su trasero y su rostro era llamativo sin ser bello. A él le vasto una mirada para saber que era una profesional.

    Ella pidió un trago y él le señaló al barman que corría por su cuenta.

    -Gracias, mi amor - dijo ella melodiosamente.

    El únicamente le sonrió y le pasó una tarjeta con un número de teléfono, después salió del local bajo la mirada lujuriosa de ella; caminó por la piscina y espero.

    Pronto comenzaron a temerle amigos y enemigos, moros y cristianos y una leyenda mórbida se fue tejiendo por todo el valle. Las generaciones se sucedieron y las mujeres que sus cómplices le traían empezaron a menguar, pues hasta el más fiel de sus súbditos se daba cuenta de que algo horrible ocurría en las alcobas del castillo, donde entraban vivas y salían blancas como si hubieran sacado la sangre de sus cuerpos.

    Cuando Constantinopla cayó en poder de los turcos supo que tenía que volver a emigrar.

    No tuvo que esperar mucho; su celular vibró antes de que el sol llegara a su cenit.

    -¿Sí? - contesto - Realmente prefiero otro sitio, ¿la cafetería del bulevar?, si, la conozco, ¿te parece bien a las siete?. Ok, ahí estaré.

    Subió a cambiarse a la habitación y después fue a almorzar langosta en uno de los restaurantes del hotel. Tenía muchas horas por delante pero nunca le había gustado hacerlo en pleno día, no por aquella ridiculez que habían inventando de que la luz del sol hacía daño a los tipos como él, si no más bien por que la noche siempre era más propicia para el amor y la muerte.

    -Tipos como yo - se dijo a sí mismo - ¿cuales tipos?, ¿dónde están los que son como yo?, en ochocientos años no he encontrado a ninguno.

    Sus conquistas lo habían hecho todavía más rico que cuando había llegado a Transilvania, así que enterró el enorme tesoro en los oscuros sótanos del castillo, tomó un arca llena de joyas y oro, y volvió a partir una mañana gris y lluviosa. Había escuchado que en España los castellanos habían finalmente tomado Granada y que sus barcos se adentraban en el Mar Océano donde habían descubierto tierras de grandes riquezas. Y llenas de una extraña y nueva raza.

    No le fue muy difícil comprar un galeón y contratar tripulación; en ese momento todos querían ir a las Américas, quizás lo único que pareció fuera de lo común fue el cargamento de esclavas que el nuevo dueño llevaba en las bodegas. Pero decían que el viaje podía durar hasta tres meses y dudaba mucho que los marineros estuvieran tan dispuestos como ellas.

    La mujer llegó retrasada y azorada.

    -Ay, discúlpame mi amor, pero es que el transito está terrible, fíjate que…

    El le puso un dedo en la boca para que no terminara, ella entendió y pasó su lengua lentamente por el, para después chuparlo.

    -Quizás deberíamos ir a otro lado - insinuó él.
    -Claro, ¡a donde tu digas!, pero conozco un sitió bien bonito y discreto, si quieres…
    Tomó su mano como respuesta y dejó que ella lo llevara. Apenas caminaron una cuadra antes de entrar a una quinta con un pequeño letrero fuera que decía “La Moncloa”; un viejo sin dientes les dijo el precio y a ella se le iluminaron más los ojos cuando él depositó un billete verde y no esperó el vuelto.

    -Caramba - exclamó ella - con jacuzzi y todo, podríamos hacerlo ahí ¿verdad?.

    El le dijo que si con la mirada y la mujer se desnudó en un santiamén, mostrando un cuerpo goloso y algo pasado de kilos; calentó el agua, puso a funcionar la bomba de las burbujas y se sumergió hasta los senos. El se desvistió mucho más lentamente y dejó que ella estudiara su cuerpo, firme sin ser musculoso, y observó con atención su expresión cuando vio su masculinidad erecta y vibrante.

    Apenas se había sumergido en el caliente líquido y ella ya tenía su miembro agarrado con toda la fuerza de ambas manos. El la beso profundamente, sabiendo el efecto afrodisíaco que producía su saliva y comenzó a acariciarla los pezones, que se pusieron duros al contacto; estuvo largo rato en esas caricias puesto que los recientes contactos le habían hecho perder ansiedad, hasta que ella se volteó y colocó su pene entre sus nalgas, moviéndolas con gran habilidad. El le apretó un pecho más duramente y con la mano derecha le metió el índice por el ano, pero enseguida supo que ella quería algo más grande que un dedo; ella alzó su trasero hasta que casi salió fuera del agua, y entonces él la llenó de jabón, apuntó la cabeza y tomándola con fuerza de las caderas se lo fue introduciendo en toda su extensión.

    Ella comenzó a gemir y luego a gritar, sin dejar de moverse rítmicamente, y él se dio cuenta que no era la primera vez que lo hacía de aquella manera; aunque desde luego si sería la última. Finalmente ella soltó un estertor que él tuvo que ahogar sumergiéndole la cabeza bajo el agua y se quedó quieta. Solo se escuchó el sonido de las burbujas entonces.

    En las Indias, un nuevo y desconocido tipo de mujer abrió sus horizontes. Había vuelto a cambiar su apariencia por unos ojos más claros y un cabello más liso y esa combinación le hizo terriblemente exótico a los ojos de los locales; las morenas indias se entregaban con tanta facilidad que por un momento pensó que quizás en estas nuevas tierras habría seres como él. Muchas de sus leyendas relataban casos de sacrificios humanos y el personalmente había visto los huesos en los cenotes reales, decían incluso que las víctimas eran voluntarias. Se unió a las expediciones de muchos españoles en busca de su propio Dorado pero a su pesar, nunca encontró nada.

    Salió de la casa-hotel casi a media noche y nadie lo vio salir; sabía que a la mañana siguiente la policía únicamente encontraría a una puta ahogada con el culo destrozado y eso era más bien un delito común. Además, se había cuidado de retirarle la tarjeta con el teléfono de su celular y sabía que el viejo encargado apenas había reparado en él. La noche era joven, quizás debería aprovecharla más.

    Fue entonces cuando decidió dedicarse a la piratería. Podía armar un galeón y hombres sanguinarios sobraban en el Caribe; las nuevas potencias marítimas le querían disputar las riquezas a España y sabía el fin que tenían las mujeres que caían bajo la bandera de la calavera. Los últimos cincuenta años se había aburrido de ir de aldea en aldea en busca de víctimas, de pelear en la selva, de no tener comodidades.

    Tenía ganas otra vez de mujeres blancas y perfumadas.

    Compró su primer barco, un bergantín armado hasta los dientes, en Kingtown y salió a la mar conociendo muchas de las rutas. Su bravura fue muy pronto conocida entre los filibusteros, y sobretodo su fama de hombre insaciable, a la que ninguna mujer le duraba una noche. Aunque acumulaba riquezas de las rapiñas, su recompensa era siempre la hembra más bella y nadie pareció nunca dudar de ello, a nadie tampoco le importaba que después de su complaciente uso, arrojara sus cuerpos por la borda.

    Aquella aventura por las cálidas isla terminó un día en Port of Spain cuando un viejo esbirro lo reconoció en una taberna.

    -¡Coño!, ¡pero si no has cambiando nada! - le dijo - estás igual que aquella vez que asaltamos Maracaibo. Y eso fue hace muchos, muchos años…
    -Pura apariencia - contesto - por dentro estoy mucho más viejo que tú.
    -¡Ah! Bribón, esas son las golfas que te han mantenido así.
    El le sonrió pensando que no sabía lo cerca que estaba de la verdad.

    Regresó al Hiltón después de merodear un par de discotecas y no conseguir nada de su gusto en medio de la fauna local, mucho ruido y poca conversación. Pero a la mañana siguiente salió a pasear en el Ferrari, tranquilo y pensando que quizás debería tomar un avión y darse un paseo por las islas del Caribe, a las cuales no había vuelto desde que había dejado su carrera de pirata. Estaba recordando la hacienda que compró en el Norte, llena de resistentes esclavas negras, cuando la vio.

    Bajó las escaleras de una edificación de piedra, un colegio Católico, y se volteó a ambos lados de la calle como buscando a alguien; llevaba un uniforme que consistía en una falta plisada de cuadros y una camisa blanca, con un delicado lazo rojo. Tenía como doce años y el rostro más bello que había visto, con su pelo rubio recogido en un moño, ojos azules y pecas en la nariz. Un segundo después la vio subir a una limosina negra, con placas diplomáticas, y partir a mediana velocidad.

    Sin saber por que, la siguió, hasta llegar a una casa grande y victoriana, donde una reja eléctrica le cerró el paso.

    Había sido dueño de numerosas haciendas en la floreciente Unión, hasta que en 1864 estalló la guerra civil norteamericana y su constante flujo del Africa se interrumpió. Después a algún imbécil se le ocurrió abolir la esclavitud y cayó en cuenta de que a partir de ese momento tendría que recurrir a medios más rebuscados para conseguir sus presas. El siglo veinte lo tomo de sorpresa en una sorprendente New York y supo entonces que con la modernidad también vendría el anonimato. Las cosas comenzaron a ir más rápidamente, primero la Gran Guerra, donde todas las potencias europeas se pelearon entre sí y los viejos valores desaparecieron, junto con la mitad de la aristocracia, y después el Tercer Reich.

    Había algo en aquella niña que lo excitaba, y era algo más que su corta edad, puesto que ya antes había seducido jóvenes cuyo mayor encanto estaba en su candidez y que su primera relación sería la última. Quizás era el recuerdo imborrable de Patricia, o el hecho de ya estar aburrido de mujeres con experiencia o de esclavas.

    Sus mejores esclavas fueron las que los nazis le proveyeron. Camiones y camiones de judías sin derechos, de las cuales escogía las que quería y mandaba a las demás a los hornos crematorios. Su comprado rango en la SS le permitió satisfacerse noche tras noche con una lujuria como no la había conocido desde los tiempos en que era el Conde Draculae.

    Inclusive hubo una época en donde creyó poder encontrar en la tan cacareada raza aria otros seres como él; el derrumbe que vino le demostró que lo único que tenían de superior era la publicidad. Tuvo que escapar de la Alemania ocupada vistiendo un vulgar uniforme de sargento del ejército, y cambiar nuevamente su apariencia para cruzar la frontera suiza, aparentando ser un hombre de negocios, pues había depositado gran parte de su oro ahí. Partió nuevamente hacia Estados Unidos y buscó radicarse en Boston, donde tenía inversiones; después de la guerra en Europa, solo esa nación era lo suficientemente grande como para cometer sus fechorías de estado en estado, sin que lo atraparan.

    Probablemente la niña salía del colegio siempre a la misma hora, así que de alguna manera tenía que deshacerse de la limosina. Eso sería fácil; subirla a su auto ya era otra cosa, puesto que seguramente estaba entrenada para no hablar con extraños, así que tendría que confiar en sus encantos y en llegar justo en el momento preciso.

    Las décadas pasaban rápidamente en este siglo; había visto la llegada de la locomotora, el avión y el automóvil, pero nada lo sorprendió más que las computadoras: esas máquinas capaces de almacenar y procesar más información que lo que había aprendido la humanidad en el último milenio. En los 80´s ya poseía una de las IBM más avanzadas y todos los artilugios posibles; fue entonces cuando decidió analizarse científicamente, fue entonces cuando confirmó lo que ya había intuido:
    que no era humano.

    A la mañana siguiente, cuando la limosina salió de la mansión, él la estaba esperando; no tuvo ningún problema. En uno de los semáforos, emparejó su vehículo al otro, sacó su automática con silenciador, y disparó varias veces a las llantas. Por el retrovisor pudo ver como el enorme auto se detenía y su chofer salía con cara de sorpresa.

    Cuando llegó al colegió, ella estaba sentada en las escaleras, con cara más bien aburrida y él supo que la suerte lo había favorecido.

    Estacionó el deportivo casi frente a ella y se bajó parsimoniosamente.

    -Vaya - dijo en voz alta - parece que llegue tarde, ya todo el mundo se ha ido.
    Ella lo miró de arriba a abajo antes de preguntarle.
    -¿Buscaba a alguien, señor?.
    -A una sobrina, se llama Mercedes, quizás la conozcas, está en el primero B.
    -No lo creo, esas son mayores.
    -Ah bueno, de todas maneras entraré a preguntar, gracias - y empujó la puerta, únicamente para quedarse en el recibo. Pasados unos largos minutos, volvió a salir.
    -No, no está, parece que sus padres vinieron ya a buscarla.

    Se subió al auto sin mirarla y lo encendió. Entonces la niña se le acercó justo cuando iba a salir.

    -Discúlpeme señor, ¿por casualidad va hacía el Este?, vivo en Santa Mónica y se han demorado mucho en venir a buscarme, si usted pudiera… -y diciendo esto apoyó su delicada mano en su hombro.
    -Como no, no sería ninguna molestia llevarte.

    Ella agarró su morral, dio la vuelta y subió alegremente al auto.

    El no salía de su asombro ante lo espontáneo de la niña, por otro lado, al observar sus rodillas descubiertas sintió una punzada de deseo entre las piernas.

    -Hace calor ¿No? - dijo ella con una vocecita melodiosa
    -Es verdad, ¿querrías beber algo refrescante?
    -Oh, me encantaría, pero a esta hora todas esas heladerías y cafeterías están tan llenas…
    -Si quieres, antes de llevarte por tu casa, podemos pasar por mi hotel. - dijo él tomándole gentilmente la mano - Estoy hospedado en el Hilton. Ahí podrás beber lo que quieras.
    -¿De verdad?, ¿haría eso usted por mi?.

    El observó su rostro angelical y casi tuvo pena por ella, pero condujo rápidamente; llegaron al hotel y estaciono el Ferrari en el sótano, sabiendo que podía subir por el ascensor sin pasar por la recepción.

    Había leido sobre la muerte, en extrañas circunstancias, de un niño como de su edad, un tal David Thamberton, y sabía que la prensa local haría los paralelismos necesarios; sería fácil que le achacaran esta muerte también.

    Ya en la suit, ella se hecho sobre el enorme sofá mientras él sacaba de la pequeña nevera una Coca-Cola y un vaso con hielo; sin que ella lo advirtiera dejo caer un poco de su saliva en el burbujeánte líquido.

    Una de las cosas que había averiguado en los análisis posteriores era que su organismo era diferente de muchas maneras; poseía un tipo de RH desconocido y su sangre coagulaba cincuenta veces más rápido que la de un ser humano, su sistema inmunológico era tan increíble que nunca se había enfermado ni de la común gripe, su corazón también latía más rápidamente y sus músculos poseían la fuerza de un mulo, su visión nocturna era notable y escuchaba sonidos indetectables para el oído normal; por último, producía enzimas afrodisiacas en abundancia y estas estaban en su saliva, su sudor y su aliento. Era la combinación de todo eso lo que lo convertía en un cazador sexual formidable, y además ya no tenía escrúpulos para no usarlo. Pensaba en todo eso mientras veía como la ingenua niña bebía su refresco.

    -Ah!!. Está bien fría - dijo ella mostrando unos dientes perfectos - ¿quieres sentarte a mi lado?.

    El se sentó sabiendo que el efecto sería casi instantáneo; apoyó su mano sobre su suave rodilla y esperó. Ella abrió sus hermosos ojos azules y puso su mano sobre la suya, acariciándola; de inmediato se encaramó sobre él, moviéndose sensualmente con sus piernas muy abiertas y buscando sus labios con fiereza. Su boca era pequeña y se besaron largamente, explorando con sus lenguas cada rincón; únicamente cuando él bajó sus manos hacía sus caderas, levantándole la falda, fue que se dio cuenta que no llevaba nada debajo, y eso le extraño.

    -Coño - pensó - esta mocosa si es precoz.
    Se tiraron sobre el mullido sofá, ella siempre encima de él y comenzaron a desvestirse apresuradamente, rompiendo costuras y botones.

    Pronto, ella dejó ver un pecho apenas sobresaliente y un pubis rubio y suave, y eso lo saco de sus casillas.

    Entonces la mujer-niña agarró su miembro desde la base y se quedó un instante observándolo, para después colocarse a horcajadas sobre el e introducírselo lentamente. Aquello fue la apoteosis; fue como si un potente aparato succionador hubiera jalado de él y al mismo tiempo se enroscara; intentó levantarse para llevar el control, pero ella lo sujetaba por los brazos con una increíble fuerza. Empezó a sentir algo que nunca antes había sentido, al principio tenuemente, pero después con la fuerza de un huracán; un dolor que venía de muy adentro, que se mezclaba con un placer intenso: empezó a sentir que llegaba.

    Y con esa sensación, también llegó el temor. Temor al ver los ojos desorbitados de ella y su boca jadeante gritando - más, más - Miedo a no poder detenerse mientras ella subía y bajaba y le hacía sentir un placer extremo y perverso. Fue entonces, en ese último segundo donde se siente la llegada del semen, donde el orgasmo ya es indetenible como la lava de un volcán en erupción, cuando lo comprendió.

    Y con la comprensión llegó la paz; la paz que había estado buscando desde la noche que había dejado a Patricia en su lecho de novia, la paz que no había tenido en ochocientos años. La paz que indicaba que su búsqueda había al fin terminado.

    Ella se levantó y observó sus ojos verdosos y fijos antes de ir al baño a lavarse. Se sentía tan increíblemente bien que no le importó que él estuviera muerto; aquella si había sido una verdadera tirada y valía todo lo del mundo, había sido mucho mejor que con David, aunque no sabía porque ambas habían terminado igual. No importaba, nada importaba si no esta basta sensación de poder y fuerza.

    Se dio una fuerte ducha fría, se volvió a poner su uniforme y sin voltear hacía atrás, salió de la habitación, pensando que la semana apenas estaba comenzando.

    Escrito en September 16, 2021
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