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    El Procesador de Palabras de los Dioses

    A primera vista parecía un procesador de palabras Wang… tenía un teclado Wang y un revestimiento Wang. Solamente cuando Richard Hagstrom le miró por segunda vez vio que el revestimiento había sido abierto (y no con cuidado, además; le pareció como si el trabajo se hubiera hecho con una sierra casera) para encajar en él un tubo catódico IBM ligeramente más grueso. Los discos de archivo que habían llegado con ese extraño bastardo no eran nada flexibles; eran tan duros como los disparos que Richard había oído de niño.

    -Por el amor de Dios, ¿qué es esto? -preguntó Lina, cuando él y Mr. Nordhoff lo trasladaron penosamente hasta su despacho. Mr. Nordhoff había sido vecino de la familia del hermano de Richard Hagstrom… Roger, Belinda y su hijo Jonathan.
    -Una cosa que construyó Jon -explicó Richard-. Dice Mr. Nordhoff que quería que yo tuviera. Parece un procesador de palabras.
    -Eso es -dijo Mr. Nordhoff. Tenía más de sesenta años y respiraba con dificultad-. Esto mismo fue lo que dijo que era, pobrecillo… ¿Cree que podríamos descansar un momento, Mr. Hagstrom? Estoy sin aliento.
    -No Faltaba más -respondió Richard y llamó a su hijo, Seth, que estaba fabricando acordes extraños y átonos en su guitarra “Fender”, abajo… la habitación que Richard había destinado como “cuarto de estar” cuando lo había empapelado, se había transformado en “sala de ensayo” de su hijo-. Seth -gritó-. Ven a echarnos una mano.

    Abajo, Seth siguió arrancando acordes a su “Fender”. Richard miró a Mr. Nordoff y se encogió de hombros, avergonzado e incapaz de disimularlo.
    Nordhoff hizo lo mismo como si quisiera decirle: ¡Los chicos! ¿Quién puede esperar nada bueno de ellos hoy en día? Excepto que ambos sabían que Jon, el hijo de su hermano loco… había sido estupendo.
    -Ha sido usted muy amable ayudándome con esto- dijo Richard.
    -¿Qué otra cosa puede hacer un viejo con el tiempo que le sobra? Y creo que es lo menos que puedo hacer por Jonny. Venía a recortarme el césped, gratis, ¿sabe? Quería pagarle, pero el muchacho no lo aceptó nunca. Era un gran chico… -Nordhoff seguía ahogándose-. ¿Podría darme un vaso de agua Mr. Hagstrom?.
    -Claro. -Se lo fue a buscar él mismo cuando su mujer ni se movió de la cocina donde estaba leyendo una novelucha y comiendo galletas-. ¡Seth! -volvió a llamar-. Sube y ayúdanos ¿quieres?
    Pero Seth siguió tocando sus acordes amortiguados y feos en la “Fender” por lo que Richard estaba aún pagando.

    Invitó a Nordhoff a que se quedara a cenar, pero Nordhoff se excusó cortésmente. Richard lo aceptó, de nuevo avergonzado pero disimulándolo mejor esta vez. ¿Qué hace un tipo estupendo como tú con una familia como ésta?, le pregunto un día su amigo Bernie Epstein, y Richard sólo había podido mover la cabeza, sintiendo la misma embarazosa vergüenza que sentía ahora. Era un buen tipo, y ya ven, esto era lo que le había tocado… una mujer gorda y aburrida que se sentía estafada por no tener lo mejor de la vida, que sentía que había apostado por un caballo perdedor (pero que era incapaz de atreverse a decirlo) y un hijo de quince años, nada comunicativo y que trabajaba lo menos posible en la misma escuela donde Richard enseñaba… un hijo que tocaba horripilantes acordes en la guitarra, mañana, tarde y noche (sobre todo por la noche) y que parecía pensar que aquello le bastaría para salir adelante.

    -Bueno, ¿y qué me dice de una cerveza?- preguntó Richard. Se resistía a dejar marchar a Mr. Nordhoff… quería oír más sobre Jon.
    -Una cerveza me encantaría- dijo Nordhoff, y Richard se lo agradeció.
    -Mangnífico- y se fue a buscar un par de “Buds”.

    Su despacho estaba en un pequeño pabellón, más como un cobertizo, separado de la casa y, lo mismo que el cuarto de estar, se lo había arreglado él mismo. Pero, al contrario del cuarto de estar, éste era un lugar que consideraba propio…un lugar donde podía aislarse de la forastera con la que se había casado y del extraño que había concebido.

    -A lina, por supuesto, no le parecía bien que él tuviera un refugio personal, pero no lo había podido evitar… había sido una de las pocas, pequeñas, victorias que él había conseguido obtener. Suponía que, en cierto modo, ella sí había apostado por un perdedor… Cuando se casaron, dieciséis años atrás, ambos creían que él escribiría novelas maravillosas y lucrativas y que no tardarían en circular en sendos “Mercedes-Benz”. Pero la única novela que publicó no había sido lucrativa y los críticos no tardaron en decir que tampoco era buena. Lina había visto las cosas desde el mismo punto de vista que los críticos y esto había sido el principio de su distanciamiento.

    Así que las clases en la escuela superior, que ambos habían creído que no serían más que una escalera hacia la fama, la gloria y la riqueza, eran su principal fuente de ingresos desde hacía quince años… una interminable escalera, se decía a veces. Pero jamás había abandonado su sueño. Escribía cuentos y algún que otro artículo. Era miembro, bien considerado, de la Hermandad de Autores. Ganaba unos 5.000 dólares extra todos los años, con su máquina de escribir, y por mucho que Lina protestara, aquello le daba derecho a su propio estudio… especialmente dado que ella se negaba a trabajar.

    -Un sitio estupendo- dijo Nordhoff, contemplando la pequeña estancia con su abundancia de antiguos grabados en las paredes.
    El procesador bastardo estaba sobre la mesa con el CPU guardado debajo.
    La vieja “Olivetti” eléctrica de Richard había sido colocada, de momento, encima de uno de los ficheros.
    -Es lo que necesito -contestó Richard. Con la cabeza señaló el procesador-. ¿Cree que esto va a funcionar? Jon sólo tenía catorce años.
    -Es un poco raro, ¿verdad?
    -Ya lo creo- asintió Richard.
    -No conoce ni la mitad -rió Nordhoff-. Eché una mirada por detrás del vídeo. Algunos de los cables llevan impreso IBM, y algunos “Radio Shack”. Ahí metido hay gran parte de un teléfono “Western Electric”. Y, créalo o no, hay un pequeño motor procedente de un “Erector Set”.
    -Sorbió la cerveza y dijo, reminiscente-: Quince. Acababa de cumplir quince. Un par de días antes del accidente…- Pasados unos segundos repitió, mirando la botella de cerveza-. Quince -pero lo dijo en voz baja.
    -Eso es. “Erector Set” fabrica un pequeño modelo eléctrico. Jon tenía uno, desde que era… oh, desde los seis años. Se lo regalé un año por Navidad. Ya entonces le volvían loco las cosas mecánicas. Cualquier aparatito le encantaba, así que imagine lo que fue aquella caja de pequeños motores “Erector Set” para él. Le debió encantar. Lo guardó por más de diez años. Pocos niños lo hacen, Mr. Hagstrom.
    -Es verdad -asintió Richard pensando en la cantidad de cajas de juguetes de Seth que había tirado en aquellos años… rotos, olvidados, destrozados por el placer de destrozar. Miró el procesador de palabras-. Entonces seguro que no funciona.
    -No lo diga hasta que lo haya probado -advirtió Nordhoff-. El muchacho era lo más parecido a un genio electrónico.
    -Creo que está exagerando. Sé que era hábil con la mecánica, y que ganó el premio de la Feria Estatal de la Ciencia, cuando estaba en sexto grado…
    -Compitiendo con muchachos mucho mayores que él… alguno de ellos de la Escuela Superior. Por lo menos esto fue lo que dijo su madre.
    -Es cierto. Todos estuvimos muy orgullosos de él. Pero no era exactamente verdad. Richard se había sentido orgulloso, y la madre de Jon también; al padre del muchacho le importaba un bledo.
    -Pero una cosa son los proyectos de la feria de la Ciencia y otra construir tu propia máquina de palabras… -se encogió de hombros.
    Nordhoff dejó su cerveza:
    -Allá por los cincuenta, un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y un equipo eléctrico por valor de cinco dólares. Jon me lo contó. También me dijo que había un chico en alguna ciudad rural de Nuevo México que descubrió los taquiones… partículas negativas que por lo visto pueden viajar hacia atrás a través del tiempo… en 1954.

    Y un niño de Waterbury, Connecticut, de once años, que fabricó una bomba con el plástico de arrancó de las cartas de una baraja. Con ella voló una caseta de perro, vacía. Los chicos raros, a veces. Sobre todo los genios. Le sorprendería.

    -A lo mejor. Puede que me sorprenda.
    -En Todo caso, era un muchacho estupendo.
    -Usted le quería un poco ¿verdad?
    -Le quería mucho, Mr. Hagstrom -confesó Nordhoff-. Era realmente estupendo.

    Y Richard pensó en lo extraño que era… su hermano, que había sido un verdadero desastre desde la niñez, había encontrado una mujer magnífica y un hijo inteligente. El mismo, que siempre había tratado de ser amable y bueno, (lo que podía significar “bueno” en este mundo de locos) se había casado con Lina que se hizo una mujer silencio, desastrada, y con ella había tenido a Seth. Mirando ahora el rostro honrado, sincero y cansado de Nordhoff, se encontró preguntándose cómo había podido ocurrir y cuánto había sido por su culpa, como resultado natural de su propia y callada debilidad.

    -Sí -dijo Richard- realmente lo era.
    -No me sorprendería que esto funcionara -comentó Nordhoff-. No me sorprendería nada.

    Y después de que Nordhoff se fuera, Richard Hagstrom había enchufado el procesador y lo había puesto en marcha. Oyó un zumbido, y esperó a ver si las letras IBM aparecían en la pantalla. No aparecieron. En cambio, misteriosamente, como una voz de la tumba, de la oscuridad subieron unas palabras, fantasmas verdes: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD! JON.

    -¡Cristo! -murmuró Richard cayéndose sentado. El accidente que había matado a su hermano, su esposa y su hijo, había ocurrido dos semanas antes…Regresaban de una excursión, y Roger estaba borracho. Estar borracho era algo perfectamente ordinario en la vida de Roger Hagstrom.

    Pero esta vez la suerte le había vuelto la espalda y había conducido su destartalado y viejo coche hasta el borde de un precipicio. Se estrelló y ardió. Jon tenía catorce años, no, quince. Quince recién cumplidos, dos días antes del accidente, dijo el viejo. Tres años más y se hubiera liberado de aquel pedazo de oso estúpido. Su cumpleaños… y el mío poco después.

    Dentro de una semana. El procesador de palabras había sido el regalo de cumpleaños de Jon. Esto empeoraba la cosa. Richard no sabía bien por qué, o cómo, pero así era. Alargó la mano para apagar la pantalla, pero la retiró al momento.

    Un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y piezas de coche, eléctricas, por valor de cinco dólares.

    Sí, claro, y las cloacas de la ciudad de Nueva York están llenas de cocodrilos y las F.A. de USA guardan el cuerpo congelado de un extraterrestre en alguna parte de Nebraska. Cuéntame algo más. ¡Trolas! Pero quizás es que hay algo que no quiero saber con seguridad.

    Se levantó, pasó por detrás y miró el vídeo a través de las rendijas.

    Sí, tal como había dicho Nordhoff. Cables marcados RADIO SHACK MADE IN TAIWAN. Cables marcados WESTERN ELECTRIC y WETREX y ERECTOR SET, con la “R” de la marca metida en el pequeño círculo y vio algo más también, algo que se le había escapado a Nordhoff, o que no había querido mencionar.

    Había un transformador de tren Lionel, envuelto en alambres como la novia de Frankenstein.

    -¡Cristo! -repitió riendo, pero al borde de las lágrimas-. Cristo, Jonny, ¿qué creíste que estabas haciendo? Pero también conocía esta respuesta. Había soñado y hablado de que llevaba años deseando poseer un procesador de palabras, y cuando la risa de Lina se hizo demasiado sarcástica para poder soportarla, lo había comentado con Jon:
    -Podría escribir más de prisa, repasar y corregir más de prisa, y producir más- recordó habérselo contado a Jon el pasado verano… El muchacho le había mirado gravemente, con sus ojos azul claro, inteligentes, pero siempre cuidadosamente cautos, agrandados por los cristales de sus gafas.
    -Sería estupendo… realmente estupendo.
    -¿Y por qué no te compras uno, tío Rich?
    -No los regalan precisamente -contestó Richard sonriendo-. El modelo “Radio Shack” cuesta cerca de tres mil. De ahí puedes ir subiendo hasta llegar al de dieciocho mil dólares.
    -Bueno, a lo mejor te hago uno algún día- había dicho Jon.
    -A lo mejor- le había contestado Richard dándole una palmada en la espalda. Y hasta que llegó Nordhoff, no había vuelto a pensar en aquello.

    Cables de la tienda para aficionados a los modelos eléctricos. Un transformador de tren Lionel.

    ¡Cristo!

    Volvió a la parte delantera dispuesto a apagarlo, como si intentar escribir algo y fracasar, fuera algo así como mancillar lo que su frágil y delicado (predestinado) sobrino había dispuesto.

    Por el contrario, apretó el botón EXECUTE en el tablero. Un estremecimiento extraño recorrió su espinazo al hacerlo…EXECUTE era una extraña palabra de que servirse, si uno lo pensaba un poco. No era una palabra que pudiera asociarse con la escritura; era una palabra que asociaba con cámaras de gas y sillas eléctricas… y quizás con coches viejos y destartalados saltando fuera de las carreteras.

    EXECUTE

    El aparato zumbaba con más ruido que el que hacían cualquiera de los que había oído cuando los contemplaba en los escaparates, en realidad casi rugía. ¿Qué hay en la sección de memoria, JON? Se preguntó-.

    ¿Muelles? ¿Transformadores Lionel puestos en fila? ¿Latas de sopa? Volvió a recordar los ojos de Jon, su rostro pálido y delicado. ¿No era extraño, quizás incluso morboso, tener celos del hijo de otro hombre?.

    Pero debió haber sido mío. Lo sabía… y creo que él también lo sabía.

    Luego estaba Belinda, la esposa de Roger. Belinda, que llevaba gafas de sol incluso en los días nublados, de las grandes, porque las marcas alrededor de los ojos tienen la mala costumbre de extenderse. Pero, a veces la miraba, sentada quieta y vigilante a la sombra de la risa escandalosa de Roger, y pensaba también casi lo mismo: Debía de haber sido mía.

    Era un pensamiento espantoso, porque ambos hermanos habían conocido a Belinda en la escuela superior y ambos habían salido con ella. ËL y Roger se llevaban dos años de diferencia y Belinda estaba perfectamente entre los dos, un año mayor que Richard y un año más joven que Roger.

    Richard había sido el primero en salir con la muchacha que con el tiempo iba a ser madre de Jon. Luego se había interpuesto Roger, Roger que era mayor que ella, y más fuerte, y que siempre conseguía lo que quería. Roger que era capaz de lastimar si uno trataba de cruzarse en su camino.

    Tuve miedo. Tuve miedo y dejé que se me escapara. ¡Fue tan sencillo! Que Dios me valga, creo que sí. Me gustaría pensar que ocurrió de otro modo, pero tal vez es mejor no mentirse respecto a cosas como la cobardía. Y la vergüenza.

    Y si aquello era verdad… si Lina y Seth hubieran pertenecido al sinvergüenza de su hermano, y si belinda y Jon hubieran sido suyos, ¿qué demostraba? ¿Y cómo una persona bien pensante podía entretenerse con semejantes absurdos, semejantes locuras? ¿Se rió? ¿Gritó? ¿Se pegó un tiro por su cobardía?

    No me sorprendería que esto funcionara. No me sorprendería nada.

    EXECUTE

    Sus dedos se movieron ágiles sobre el teclado. Miró la pantalla y vio esas letras flotando, verdes, sobre la superficie de la pantalla. MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.

    Flotaban allí, delante de él, y Richard recordó de pronto un juguete que había tenido de pequeño. Se llamaba Ocho Bolas Mágicas. Se le formulaba una pregunta que podía contestarse con sí o con no, y entonces se hacía funcionar el Ocho Bolas Mágicas para ver lo que tenía que decir sobre la pregunta… Sus respuestas eran una farsa, pero en cierto modo atractivamente misteriosas, decían cosas como ES CASI SEGURO, YO NO PENSARÍA EN ELLO, y VUELVE A PREGUNTARLO.

    Roger estaba celoso del juguete y por fín, un día, después de obligar a Richard a que se lo regalara, Roger lo había tirado contra la acera con tanta fuerza como pudo y lo rompió. Luego se había reído. Ahora, sentado aquí, escuchando el extraño ruido del interior del aparato que Jon había construido, Richard recordó cómo se había desplomado en la acera, llorado, incapaz de creer que su hermano hubiera podido hacerle tal cosa.

    Nene llorón, nene llorón, mirad al nene llorón -se había burlado Roger-. No era otra cosa que un juguete barato, de mierda, Richie.

    Fíjate no había más que un montón de letras y mucho agua.

    -¡VOY A CONTARLO! -había chillado Richard con todas sus fuerzas. Le dolía la cabeza. Tenía la nariz taponada por tantas lágrimas de desesperación-. ¡CONTARÉ LO QUE HAS HECHO, ROGER! SE LO CONTARÉ A MAMÁ.
    -Si lo cuentas te romperé el brazo- le amenazó Roger, y en su sonrisa glacial Richard vio que lo decía en serio. No lo contó.

    MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.

    Bueno, montado misteriosamente o no, la pantalla quedaba escrita. Si era o no capaz de retener información, quedaba por ver, pero el empalme que había hecho Jon de un tablero Wang a una pantalla IBM, había funcionado. No creía que fuera culpa de Jon el hecho de que, por coincidencia, despertara en él desagradables recuerdos.

    Miró a su alrededor y sus ojos se fijaron en la única fotografía que había allí y que él no había elegido ni le gustaba. Era un retrato de Lina, su regalo de Navidad de dos años atrás. Quiero que la cuelgues en tu despacho, le había dicho y, naturalmente, lo había hecho así.

    Suponía que era una forma de vigilarle cuando ella no estuviera. NO te olvides de mí, Richard. Estoy aquí. Puede que apostara por un caballo perdedor, pero todavía estoy aquí. Y será mejor que no lo olvides.

    El retrato con su colorido artificial no hacía juego con los grabados de Whistler, Homer y N.C. Wyeth. Los ojos de Lina estaban entrecerrados, sus gruesos labios formaban algo que no acababa de ser una sonrisa. Sigo aquí, Richard, le decía aquella boca. Y que no se te olvide.

    Tecleo: LA FOTO DE MI MUJER ESTÁ COLGADA EN LA PARED OESTE DE MI DESPACHO.

    Contempló las palabras y le gustaron tan poco como la propia fotografía. Apretó el botón DELET. Las palabras desaparecieron. Ahora ya no quedaba nada en la pantalla excepto el firme latido del cursor. ;miró hacia la pared y vio que la fotografía de su mujer también había desaparecido.

    Permaneció sentado allí, durante un buen rato… por lo menos así se lo pareció… mirando la pared donde había estado la fotografía. Lo que finalmente le sacó del atontamiento producido por el shock de absoluta incredulidad, fue el olor del CPU… un olor que recordaba las Ocho Bolas Mágicas que Roger le había roto porque no era suyo. El olor era del fluido del transformador del tren eléctrico. Cuando se olía había que desenchufarlo rápidamente para que el aparato pudiera enfriarse.

    Y así lo haría.

    Dentro de un minuto.

    Se levantó y anduvo hasta la pared sobre unas piernas que no sentía.

    Pasó la mano por el revestimiento “Armstrong” de la pared. La fotografía había estado allí, sí, precisamente aquí. Pero ya no estaba, y el clavo en el que estaba colgada también se había ido, y no había rastro de ningún agujero donde él había atornillado el clavo en el revestimiento.

    Ido.

    El mundo se le volvió gris de pronto y dio unos traspiés hacia atrás, creyendo, vagamente, que se iba a desmayar. Se contuvo, sombrío, hasta que todo volvió a enfocarse de nuevo.

    Recorrió con la vista desde el lugar vacío, donde había estado antes la fotografía de Lina, al procesador que su difunto sobrino había logrado componer.

    Le sorprendería, oía mentalmente a Nordhoff diciéndole: Le sorprendería, le parecería sorprendente, oh, sí, enterarse de que un niño, en los años cincuenta, pudiera descubrir partículas que viajaban hacia atrás en el tiempo, le sorprendería lo que el genio de su sobrino era capaz de hacer con un montón de elementos desparejados, unos cables y unas piezas eléctricas. Le sorprendería sentir que se está volviendo loco.

    El olor del transformador era cada vez más intenso, mas acusado y podía ver unas volutas de humo que salían de la envoltura junto a la pantalla. También el ruido del CPU era más fuerte. Iba siendo hora de desconectarlo… Por listo que hubiera sido Jon, aparentemente no había tenido tiempo de solucionar todos los tropiezos de aquel loco aparato.

    Pero ¿sabía acaso que iba a hacer aquello?

    Sintiéndose como un ser quimérico, Richard volvió a sentarse ante la pantalla y escribió:
    LA FOTOGRAFÍA DE MI MUJER ESTÁ EN LA PARED.

    Lo leyó volvió a mirar el teclado, y luego apretó el botón: EXECUTE.

    Miró la pared.

    La fotografía de Lina volvía a estar otra vez donde había estado siempre.

    -Jesús -musitó-. Cristo Jesús.

    Se pasó la mano por la mejilla, miró el teclado (ahora no habia nada excepto el cursor) y escribió:
    EL SUELO ESTÁ VACIÓ.

    Luego, apretó el botón INSERT, y volvió a escribir:
    EXCEPTO POR DOCE MONEDAS DE ORO DE VEINTE DÓLARES EN UNA PEQUEÑA BOLSA DE ALGODÓN.

    Apretó EXECUTE.

    Miró al suelo donde había, ahora, una pequeña bolsa de algodón, blanco, con un cordón que le cerraba. Sobre la bolsa y escrito en tinta negra, algo descolorida, se leía WELLS FARGO.

    -Santo Dios -se oyó decir en una voz que no era suya- Santo Dios, Santo Dios…

    Hubiera podido seguir invocando el nombre del Salvador por unos minutos más, o por una horas, si el procesador de palabras no le hubiera reclamado insistentemente con su bip bip. Escrito en la parte alta de la pantalla se leía la palabra SOBRECARGA.

    Richard lo apagó todo precipitadamente y abandonó el despacho como si le persiguieran todos los demonios del infierno. Pero antes de salir recogió la bolsita de algodón y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

    Cuando llamó a Nordhoff aquella noche, soplaba un helado viento de noviembre que parecía un lamento de gaitas por entre los árboles. El grupo de Seth esta abajo, destrozando una melodía de Bob Seger. Lina había ido a Nuestra señora del Perpetuo Socorro a jugar bingo.

    -¿Funciona el aparato?- preguntó Nordhoff.
    -Funciona perfectamente -contestó Richard. Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda. Era pesada… más pesada que un reloj “Rolex”. En una de las caras había un águila de perfil recortado, en relieve, junto con la fecha 1871-. Funciona de un modo increíble.
    -Lo creo -dijo Nordhoff impasible-. Era un muchacho muy inteligente y le quería a usted mucho, Mr. Hagstrom. Pero tenga cuidado. Un chico no es más que un chico, listo o no, y el amor puede estar mal dirigido.
    ¿Entiende lo que quiero decirle?.

    Richard no entendía nada. Sentía calor y estaba febril. El periódico de aquel día decía que el precio del oro en el mercado era de 514 dólares la onza. Las monedas habían pesado una media de 4.5 onzas cada una, en su balanza postal. Al precio del mercado, aquello sumaba 27.756 dólares. Sospechó que eso era solamente la cuarta parte de lo que podía sacar si vendía las monedas como monedas.

    -Mr. Nordhoff, ¿podría usted venir? ¿Ahora? ¿Esta noche?
    -No. No creo que quiera hacerlo, Mr. Hagstrom. Creo que esto debe quedar entre usted y Jon.
    -Pero…
    -Recuerde solamente lo que le dije. Por Dios, tenga cuidado- se oyó un pequeño clic y Nordhoff se había ido.

    Escrito en November 12, 2021
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