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    Continuación: El hombre que no quería estrechar manos.

    Brower se había ido. Permanecí allí con un puñado de billetes en cada mano, mirando a un lado y a otro, pero no se movía nada. Llame una vez, por si acaso, por si me estuviera esperando en la sombra de algún lugar cercano, pero no obtuve respuesta. Entonces se me ocurrió mirar al suelo. El pobre perro perdido seguía allí, pero sus días de revolver en los cubos de basura habían terminado. Estaba completamente muerto. Las pulgas y garrapatas, abandonaban en fila su cuerpo. Di un paso atrás, asqueado y a la vez lleno de una especie de vago terror. Tuve la premonición de que no había terminado aun con Henry Brower, y así era; pero jamas volví a verle.

    El fuego en la chimenea había muerto y el frío había empezado a salir de entre las sombras, pero nadie se movió, o habló, mientras George volvía a encender su pipa. Suspiro, cruzó de nuevo las piernas, haciendo crujir las articulaciones, y continuo:
    -Inútil decirles que los otros que habían tomado parte en el juego fueron unánimes en su opinión: debíamos encontrar a Brower y entregarle el dinero. Supongo que algunos creerán que estabamos locos, pero aquella era una época más decente. Davidson estaba desesperado cuando se fue: trate de retenerle y decirle unas palabras, pero se limito a sacudir la cabeza y se marcho. Deje que se fuera. Las cosas le parecían distintas después de una noche de sueño y ambos podíamos ir en busca de Brower. Wilden se iba de la ciudad y Baker tenia que “ hacer visitas”.

    Aquel seria un buen día, pense, para que Davidson recobraba su propia estima.

    Pero cuando, a la mañana siguiente, fui a su piso, aun no se había levantado. Pude haberle despertado, pero era joven y decidí dejarle dormir aquella mañana mientras me dedicaba a la busca de algunos datos elementales.

    -Primero vine aquí y hable con el…- se volvió hacia Stevens y levanto una ceja.
    -Mi abuelo, señor- aclaro Stevens
    -Gracias.
    -No hay de que, señor:
    Hable con el abuelo de Stevens. Le hable precisamente el mismo sitio donde ahora se encuentra Stevens.
    Dijo que Raymond Greer, un individuo que conocía vagamente, había recomendado a Brower. Greer pertenecía al gremio de comerciantes de la ciudad, así que me fui directamente a su despacho, en el edificio Flatiron. Lo encontré y hablamos al momento. Cuando le conté lo que había ocurrido la noche anterior, su rostro se lleno de confusión, tristeza, piedad y miedo.
    -¡Pobre Henry !- exclamo- Sabia que terminaría así, pero nunca pense que ocurriría tan pronto.
    -¿El que? - pregunte.
    -Su derrumbamiento- aclaro Greer-. Todo procede de su primer ano de estancia en Bombay, y supongo que nadie excepto el propio Henry llegara jamas a conocer toda la historia. Pero le diré lo que pueda.

    La historia que me contó Greer en su despacho aquel día, acrecentó mi simpatía y comprensión. Al parecer, Henry Brower se había visto desgraciadamente mezclado en una autentica tragedia, Y, como en todas las tragedias clásicas, del teatro, habían surgido de un simple fallo… en el caso de Brower, un olvido.

    Como miembro de la comisión del trabajo en Bombay, y disponía del uso de un automóvil, una relativa rareza allí. Greer explico que Brower disfrutaba como un niño conduciéndolo por las calles estrechas y tortuosas de la ciudad, espantando a las gallinas en bandadas y haciendo que hombres y mujeres se arrodillaran para rezar a sus dioses.

    Iba en él a todas partes, atrayendo la atención de grandes grupos de niños que le seguían a todas horas, pero que se apartaban cuando les ofrecía pasearles en su maquina maravillosa, como hacia con frecuencia.

    El coche era un “Ford A” con carrocería de furgoneta y uno de los primeros coches que podrían ponerse en marcha no solo con la manivela, sino apretando un botón. Les suplico que recuerden esto.

    Un día, Brower llevo el coche a la otra punta de la ciudad para visitar a uno de los otros cargos del lugar sobre posibles partidas de cuerda de yute. Atrajo la atención, como le era habitual, cuando su “Ford” rugió y petardeo las calles, como si fuera un despliegue de artillería en marcha…Y, naturalmente, seguido por los niños.

    Brower iba a cenar con el fabricante de yute, un acto de gran formalidad y ceremonia, y se encontraban a mitad del segundo plato, sentados en una terraza a cielo abierto, por encima de la populosa calle, cuando el petardeo familiar, el rugido del motor se oyó allá abajo, acompañado de gritos y chillidos.

    Uno de los muchachos mas atrevidos, hijo de un oscuro santón, había subido al coche convencido dijo que cualquier dragón que durmiera bajo el capote de hierro no podía ser despertado sin que el hombre blanco se sentara al volante. Y Brower, obsesionado por las próximas negociaciones, no había apagado el encendido.

    Uno no puede imaginarse al muchacho, cada vez mas atrevido ante los ojos de sus compañeros, tocando el retrovisor, el volante, e imitando el ruido de la bocina. Cada vez que sacaba la lengua al dragón que dormía bajo el capote, crecía el pavor en el rostro de su publico.

    Su pie debió de haber encontrado el embargue, quizás se apoyo en él, cuando apretó el estarter. El motor estaba caliente: se puso en marcha al momento. El muchacho, presa de gran terror, hubiera debido reaccionar apartando el pie del embrague inmediatamente, antes de saltar fuera del coche. Si el coche hubiera sido mas viejo o estado en peores condiciones, se habría calado. Pero Brower lo cuidaba escrupulosamente, y por ello salto hacia delante en medio de una serie de ruidosas sacudidas: Brower pudo darse cuenta antes de salir corriendo de la casa de fabricante de yute.

    El tropiezo fatal del muchacho fue poco más que un accidente. Quizás en sus esfuerzos por salir, su codo tropezó accidentalmente con la palanca de marchas. Quizá tiro de ella con la angustiada esperanza de que así era como el hombre blanco hacia dormirse al dragón. No obstante, ocurrió… ocurrió. El auto alcanzo una velocidad suicida y cargo contra la multitud en aquella calle abarrotada de gente, saltando sobre bultos y aplastando las jaulas de mimbre del vendedor de aves, reduciendo a astillas la carreta de l vendedor de flores. Bajo rugiendo, colina abajo, en dirección a la esquina de la calle, salto la acera, se estrelló contra un muro de piedra y estallo en una bola de fuego.

    George paso su pipa de un lado a otro de la boca.

    Esto fue lo único que pudo contarme Greer, porque era lo único que tenia sentido de todo lo que dijo Brower. Lo demás era como una arenga desatinada sobre la locura de que dos culturas tan dispares llegaran a mezclarse. El padre del muchacho muerto se enfrento evidentemente con Brower antes de que se lo llevaran y le lanzo una gallina muerta.

    Hubo una maldición. En este punto. Greer me dirigió una sonrisa que era como decirme que ambos éramos hombres del mundo, encendió un cigarrillo y comento;
    -Cuando ocurre una cosa así hay siempre una maldición. Esos miserables paganos tienen que plantar cara a toda costa. Es su pan y mantequilla.
    -¿Cuál fue la maldición?- quise saber.
    -Supuse que la habría adivinado. El santón le dijo que un hombre que practicaba su brujería sobre un muchacho tan joven debería volverse un paria, un proscrito. A continuación dijo a Brower que cualquier ser vidente al que tocara con sus manos, moriría. Para siempre jamas, amen…
    -Y Greer soltó una risita.
    -Y Brower lo creyó?
    Greer creía que sí.
    -Hay que tener en cuenta que el hombre había sufrido una impresión espantosa. Y ahora por lo que usted me dice, su obsesión se esta grabando en lugar de curarse.
    -¿Puede darme su dirección?
    Greer busco en sus ficheros y al fin apareció con unos datos. Me dijo;
    -No le garantizo que le encuentre ahí. La gente se ha mostrado reacia a emplearle, y me parece que no dispone de mucho dinero. Sentí un remalazo de culpabilidad al oírle, pero no dije nada. Greer me pareció demasiado pomposo, demasiado creído, para merecer la poca información que yo tenia sobre Henry Brower. Preo al levantarme, algo me empujo a decirle.
    -Vi a Brower estrecharle la pata a un perro sarnoso, anoche. Quince minutos después el perro estaba muerto.
    -¿Deveras? ¡Que interesante!- Levanto las cejas como si el comentario no tuviera que ver con nada de lo que habíamos estado hablando.
    Me levante para despedirme y me disponía a estrechar la mano de Greer, cuando la secretaria abrió la puertta del despacho;
    -Perdóneme, pero, ¿es usted Mr. Gregson?
    Le dije que efectivamente lo era entonces añadió:
    -Un tal Baker acaba de llamar. Le ruega que vaya inmediatamente al numero veintitrés de la calle 19.

    Me dio un vuelco el corazón, porque ya había estado allí una vez aquel día… era la dirección de Jason Davidson. Cuando abandone el despacho de Greer, le deje ocupado con su pipa y el Wall Street Journal. Jamas volví a verle, pero no ha sido una gran perdida. Me sentía embargado por un temor especifico, el tipo que nunca cristalizara del todo en temor real por un objeto determinado, porque es demasiado espantoso, demasiado increíble para ser tenido seriamente en cuenta.

    En este punto interrumpí su narración:
    -¡Santo dios George! ¿No ira a decirnos que estaba muerto?
    -Completamente muerto - asintió George-. Llegue casi al mismo tiempo que el forense. Su muerte se califico de trombosis coronaria. Hacia unos dieciséis días que había cumplido veintitrés anos.

    En los días siguientes, trate de decirme que todo aquello era una desgracia coincidencia, y que mejor olvidarlo. No dormía bien incluso con la ayuda de mi buen amigo “Cutty Sark”. Me dije que lo que había que hacer era repartir el pozo de la noche anterior entre nosotros tres y olvidar que Henry Brower había irrumpido alguna vez en nuestras vidas. Pero no pude. Prepare en cambio un cheque de caja por aquella cantidad y fui a la dirección que Greer me había dado, en Harlem.

    No estaba. La dirección que había dejado era un lugar en el East End, un vecindario ligeramente menos acomodado pero, de todas formas, decente. Había abandonado también esa dirección un mes antes de la partida de póquer, y su nueva dirección estaba en East Village, un barrio pobre.

    El encargado del edificio, un hombre flaco acompañado de un enorme mastín negro que no dejaba de gruñir, me dijo que Brower se había marchado el tres de abril… el día siguiente al de la partida. Le pregunté si había dejado alguna dirección y echo la cabeza hacia atrás y emitió un graznido que aparentemente le servia de risa: La única dirección que dejan cuando se van de aquí es el infierno jefe. Pero aveces se paran en el Bowery en su camino.

    El Browery era lo que entonces los forasteros creen que es ahora: el hogar de los sin hogar, la ultima parada para los hombres sin rostro que solamente desean otra botella de vino barato u otra inyección del polvo blanco que proporciona sueños sin fin. Me dirigí allá. En aquellos días había docenas de casas de mala muerte, algunas misiones caritativas que recogían a los borrachos por la noche y centenares de callejones donde un hombre podía esconder un colchón viejo cocido de chinches. Vi docenas de hombres, todos ellos pocos mas que esqueletos comidos por las bebidas y las drogas. Ni se conocían nombres, ni se usaban. Cuando, un hombre llega al nivel mas bajo, con el hígado desecho por el alcohol, con la nariz hecha llaga abierta de tanto aspirar cocaína y potasa, con los dedos congelados y los dientes podridos… un hombre ya no necesita el nombre para nada.

    Pero yo describía a Henry Brower a todos los que veía, sin conseguir nada. Los dueños de los bares movían la cabeza y seguían caminando.

    No le encontré aquel día, ni el otro, ni el otro. Transcurrieron dos semanas y de pronto hable con un hombre que me dijo que alguien parecido había dormido tres noches atrás en la pensión de Devarney.

    Fui allí: estaba a solo un par de manzanas del área que yo había estado recorriendo. El hombre del mostrador era un viejo áspero, con una calva escamosa y unos ojos legañosos y brillantes. En la ventana cargada de moscas se anunciaban habitaciones con vista a la calle por diez centavos la noche. Mientras duro la descripción de Brower el viejo fue moviendo afirmativamente la cabeza y cuando hube terminado, me dijo: Le conozco señorito. Le conozco muy bien. Pero no puedo recordar exactamente… creo que me ayudaría ver un dólar delante de mí.

    Saque un dólar y lo hice desaparecer al instante, pese a la artritis.

    Estuvo ahí, señorito, pero se ha ido.

    -¿Sabe a donde?
    -No recuerdo bien, pero quizá podría con un dólar delante de mí.
    Saque otro billete, que hizo desaparecer tan rápidamente como el primero. Algo, entonces, debió parecerle deliciosamente cómico, y de su pecho salió una tos rasposa de tuberculoso.
    -Bien, ya se ha divertido- le dije- y además le he pagado bien por ello. Dígame ahora, ¿sabe donde esta ese hombre?
    El viejo volvió a reírse divertido:
    -Si….Potter’s Field es su nueva residencia: tiene un contrato para la eternidad y al diablo por compañero. Que le parece la noticia señorito? Debió morir ayer, durante la mañana, porque cuando le encontré, a mediodía, todavía estaba caliente y de buen ver. Sentado junto a la ventana estaba. Yo había subido a cobrarle o decirle que si no me pagaba que se fuera. Así que resulto ser huésped, de un metro ochenta de tierra, de la ciudad. Esto le produjo otro desagradable ataque de risa senil.
    -¿No observo nada raro?- pregunté, sin atreverme a analizar el alcance de mi pregunta-. ¿Algo fuera de lo habitual?
    -Me parece recordar algo… espere

    Le enseñe un dólar para ayudarle a recordar, pero esta vez no provoco risa, aunque desapareció con la misma rapidez que las otras veces. -Si, había algo mas que raro- dijo el viejo-. He llamado al forense infinidad de veces, lo bastante para ver cosas. ¡Que no habré visto yo, buen Dios! Los he encontrado colgados de un clavo en la puerta, muertos en la cama, les he visto en la escalera de incendios con una botella entre las piernas y congelados, tan azules como el Atlántico. Incluso encontré a uno ahogado en la palangana del lavabo, aunque de esto hace mas de treinta anos. Pero ese hombre… sentado, erguido, con su traje marrón, como si fuera un elegante de ciudad, y el cabello bien peinado.

    Tenia la muñeca derecha agarrada por su mano izquierda, sí, señor. He visto de todo, pero nunca he visto ha un muerto estrechando su propia mano.

    Marche me fui andando todo el camino hasta llegar a los muelles, y las ultimas palabras del viejo se repetían una y otra vez en mi cerebro como un disco de gramófono que se atasca en un surco. Es el único que he visto que haya muerto estrechando su propia mano.

    Anduve hasta el final de uno de los muelles, hasta donde el agua sucia y gris batía contra los pilares costrosos. Entonces rasgue el cheque en mil pedazos y los tire al agua.

    George Gregson se movió y se aclaro la garganta. El fuego había quedado en brasas y el frío se adueñaba del salón desierto. Las mesas y las sillas parecían espectrales e irreales, como visitas en un sueno donde se mezclan el pasado y el presente. El resplandor tenia las palabras de la piedra de la chimenea de un color naranja apagado: LO QUE VALE ES LA HISTORIA, NO EL QUE LA CUENTA.

    Solo le vi una vez, y una vez fue bastante; no se me ha olvidado jamas.

    Pero sirvió para sacarme de mi propio duelo, porque cualquier hombre que pueda moverse entre sus semejantes, no esta completamente solo.

    -Si me trae el abrigo, Stevens, creo que me iré hacia la casa… me he quedado mucho mas tarde que de costumbre.
    Y cuando Stevens se lo trajo. George sonrío y señalo un pequeño lunar debajo de la comisura izquierda de Stevens.

    • Realmente el parecido es asombroso, sabe… su abuelo tenia un lunar exactamente en el mismo sitio. Stevens sonrío, pero no comento nada.
      George se fue, y nosotros fuimos desfilando poco después.
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