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    El Gato

    Autor: Sir Ahradox

    ¿Loco yo?. ¿Loco cuando fui protagonista del relato que vais a leer?. Ahora estoy más tranquilo, y estoy seguro de que me daréis la razón. Reaccioné de forma normal, como cualquier persona corriente, ante una situación como la que me tocó vivir.

    Era mi primer día en mi nuevo y flamante trabajo. Un sol espléndido de primera hora de la mañana me saludaba con tibieza de primavera, mientras el jolgorio de los pajarillos daba a mi entrada en el patio de las oficinas un aire casi bucólico. Antes de llegar al patio empedrado sólo había recibido sonrisas de mis futuros compañeros, aún desconocidos.

    El primero en recibirme nada más pasar la puerta de la oficina fue un pequeño gato, al que apenas presté atención mientras se frotaba contra el bajo de mis pantalones. Sin duda, éste era un cálido recibimiento. Tras presentarme a la secretaria y al resto del personal, me acomodé en mi nueva silla de brazos sintiéndome el amo del mundo. Todo iba a salir perfecto.

    El primer día de trabajo había pasado rápido, y ya en casa empecé a cambiarme de ropa cuando algo me llamó la atención. El bajo de mis pantalones estaba lleno de pelos. Sin duda de aquel gato.

    Tomé un cepillo y di una pasada por encima. Ni un solo pelo salió del pantalón, simplemente se corrieron y apelotonaron unos con otros en una fina capa. Mi sorpresa fue justo antes de volver a pasar el cepillo. ¡Los pelos habían formando claramente letras, y se leía perfectamente la palabra ocnic! No podía creerlo, pero sin duda era una casualidad. La siguiente pasada del cepillo destruyó la palabra y se llevó casi todos los juguetones pelos del gato de mi pantalón.

    Al día siguiente, durante el trabajo, comencé a sentir una inquietante sensación de ser observado. Estaba sólo en la oficina, luego no tenía sentido. O eso creía yo. La sensación aumentó hasta el punto de volverse agobiante. Giré la cabeza rápidamente. Allí estaba el gato, mirándome fijo. Me sentí incómodo, pero quise ser cariñoso con el animal cuyos pelos “hacían magia” y le ofrecí la mano. Él vino en silencio sobre los papeles de la mesa y se pegó a mí. Comencé a rascarle la cabeza a medida que le prestaba atención. Estaba muy delgado, casi famélico, y tenía pequeñas ronchas en la piel, justo donde le estaba acariciando. De repente me transmitió una enorme sensación de asco y le aparté de mi lado al tiempo que me frotaba la mano.

    Me dejó mala impresión, por lo que pregunté a la secretaria de quién era el gato. Nadie lo sabía, aparecía al abrir las oficinas, estaba por allí, y se le echaba fuera antes de cerrar.

    Esa noche soñé con liendres, chinches y gusanos que poco a poco taladraban mi mano mientras el gato me miraba con esos ojos amarillos, fríos y vacíos.

    Día tras día, hacía mi trabajo procurando esquivar al gato, que cada vez me molestaba más con sólo su presencia. Siempre le descubría mirándome, y entonces se acercaba a mí.

    No habían pasado ni tres días cuando una mañana, al entrar en la oficina, me encontré con un gran alboroto. El chico del despacho de al lado, un joven administrativo muy simpático, había tenido esa misma noche un accidente con el coche. Él había muerto en el hospital, y su novia, una chica rubia muy mona que venía a buscarle había perdido una pierna, y estaba completamente desfigurada. Al parecer, algo se cruzó en la carretera, y al intentar esquivarlo se salieron y chocaron.

    Ese día el gato no vino.

    Al día siguiente sí que apareció. Arrastraba una pata de atrás y tenía un lado de la cara completamente hinchado. El ojo de ese lado estaba cerrado y supuraba pus. En cuanto lo vio la secretaria lo cogió y empezó a curarlo. Más tarde me confesó que a ella también le daba un poco de repelús el estado de su piel, y más ahora, después de lo que sabía Dios le habría pasado, con ese aspecto, pero le podía la pena de verlo abandonado.

    En casa, aparecieron pelos en la espalda de mi chaqueta. No sé cómo fueron a parar allí. Cogí el cepillo y lo pasé con fuerza. No podía creerlo. Era demasiada casualidad. Ahora se leía perfectamente la palabra ortauc. Froté frenéticamente y los pelos desaparecieron. Al contrario que mi tranquilidad.

    El gato fue mejorando rápidamente. A los pocos días no cojeaba y empezó abrir el ojo, el cual dejaba ver una película blanquecina que supuraba un pus amarillento sin cesar, y algunas de cuyas gotas aparecían en los lugares más insospechados. Finalmente, con el paso de los días, el animal se recuperó, y cuando parecía que se quedaría tuerto, el ojo apareció limpio y cristalino.

    Dos días después hubo una gran tormenta. Salí tarde de la oficina y ya era de noche. Me despedía de los compañeros al tiempo que luchaba contra la lluvia y el aire para llegar al coche. El viento aullaba como un poseso, y yo fui el último en salir del parking al descubierto, de hecho, no quedaba nadie allí. Apenas había salido del recinto cuando las luces del coche iluminaron una silueta sobre el camino de tierra mojada. Era el gato.

    Estaba en mitad del paso. Sentado. Desafiando la marcha del vehículo con sus ojos como candelas. Cualquiera hubiera parado para no atropellarle, pero yo sin embargo sentí un impulso incontrolable, y pisé el acelerador hasta el fondo.

    Un golpe seco, un chasquido y un grito agudo, casi humano, penetrante, sobreponiéndose a los truenos y a la tormenta, junto con la sensación de pasar un bache fue todo lo que recuerdo antes de que un rayo cayera sobre uno de los gigantescos árboles del borde del camino y se precipitara entre relámpagos sobre la carretera,… justo en el lugar en que debería haber parado para no atropellar al gato.

    Salí del coche. Estaba muy excitado y confuso a la vez. A la luz de los relámpagos se apreciaba sangre, ya diluyéndose con la lluvia, y algo viscoso, de olor nauseabundo. Eran tripas sanguinolentas. Me quedé absorto y corrí a la parte delantera del coche. Había restos de piel y pelo en uno de los neumáticos.

    Al día siguiente el gato no apareció, ni al otro. Ni al otro. Pero sí al final de la semana.

    Estaba muy delgado y apoyaba las patas traseras con dificultad. La secretaria le recibió como al hijo pródigo, preguntándole dónde se había metido. Sin duda no se dio cuenta de que supuraba una especie de moco verde por el ano, el cual le resbalaba por la manga de la chaqueta. Yo no quise saber nada. Para mí, ese animal era mi enemigo. Cuando al final de la jornada fui a coger el jersey, era evidente que algo peludo se había frotado en él. Yo me hice el loco delante de los compañeros, pero deseaba llegar a casa.

    Como un loco (que ironía, ¿verdad?) tomé el cepillo. Esta vez la palabra era sert, y no la borré. La dejé ahí y me quedé mirándola como hipnotizado. De repente algo me sacó de mi abstracción. No sé cuanto tiempo había transcurrido, tomé la prenda y la coloqué frente al espejo. Ahora se leía perfectamente tres.

    Una vez más, la mejoría del gato fue sorprendente, y yo ya no podía soportar más que éste buscara mi compañía constantemente. Me gané fama de cruel e insensible con los animales en la oficina (es cierto que en una ocasión le pegué una patada y lo estampé contra la fotocopiadora delante de todos). Con la excusa de encontrarme mal aproveché la salida del personal para almorzar y me quedé a solas con el gato. Él sabía mis intenciones. Me puse unos guantes y le agarré por el pescuezo, sin que, para mi sorpresa, opusiera resistencia. Rápidamente lo llevé al coche y lo tiré dentro del maletero. Dejé una nota en la oficina y me puse en la autopista, rumbo desconocido.

    A unos seiscientos kilómetros, más o menos, paré sobre un puente y abrí detrás. Ahí estaba el gato, con la misma expresión que aquella noche de tormenta. Lo cogí por la nuca y me acerqué a la barandilla. El animal me empezó a pesar como el plomo, apenas podía sostenerlo, y me tuve que ayudar con el otro brazo antes de dejarlo caer al vacío. Esa noche no dormí, aunque tampoco hubiera podido. Llegué el primero a la oficina. Aún era algo pronto. A los quince minutos entró la secretaria, después el jefe, el hombre de abajo, los del despacho de al lado y detrás de ellos,… el gato, jadeante y mojado.

    No sé que es lo que ocurrió. Mis recuerdos están confusos, como enturbiados por una niebla espesa. Creo recordar que me levanté, rompí el cristal anti-incendios y agarré el hacha de emergencia. El gato sabía que esta vez iba en serio, salió huyendo para refugiarse en los brazos de la secretaria que no paraba de chillar. El gato era muy rápido y consiguió saltar a tiempo de esquivar el hachazo. Yo sólo quería acabar con esa bestia infernal, pero la gente se ponía en medio. Di muchos hachazos, muchos, pero él ya no estaba para cuando la hoja de acero caía una y otra vez. Salió de la oficina y no dejaba de saltar y correr, subiéndose encima de la gente, que gritaba horrorizada, pidiendo, suplicando, - No, por favor, no, a mí no. - Yo sólo quería quitárselo de encima, librarles de él como ellos decían… Di muchos hachazos, sí, muchos. Pero los fallé todos. Supongo que por eso me han detenido y me han encerrado en esta habitación donde nunca viene nadie. Por no librar a la gente de ese demonio. Pero ahora estoy mejor, deseando salir de aquí para intentarlo de nuevo.

    Aquí estoy tan solo!. Aunque no siempre. A veces, cuando todo está en silencio, viene un hamster y me mira fijamente.

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