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    EL CUADRO

    En una casa antigua de una calle antigua del casco antiguo de Madrid, vivía una buena anciana. Y un día la anciana murió en el viejo piso de la vieja casa. Y esa anciana era una abuela, abuela de varios nietos que se disputaron la herencia de su abuela. Cuando todo se hubo calmado el piso calló en el olvido y sólo lo usaba Juan.

    Juan era estudiante de medicina y en la época de exámenes se iba a estudiar al piso. Pero no iba solo, por supuesto, allí había muerto su abuela y eso le imponía. Por eso siempre iba a estudiar con su amigo Enrique, estudiante de derecho, y el perro de Enrique, Rufo.

    Y llegó Febrero y con Febrero los exámenes, y los dos amigos se prepararon para pasar una semana encerrados estudiando. En aquella casa sólo había un dormitorio, el de la abuela de Juan. Era una habitación grande con una enorme cama con dosel, un tocador, un armario y un cuadro en la pared. Pero era un cuadro extraño, e trataba del cuadro de una fiesta, pero no era una fiesta normal, porque en ella todos estaban tristes y vestían de muy diversas maneras.

    Juan le cedió la habitación a Enrique, depués de todo allí había muerto su abuela y eso le imponía. Así que Juan dormiría en el sofá. Enrique entró en la habitación y le pareció acogedora, pero Rufo se negó a entrar en ella. Por mucho que lo llamaba siempre se quedaba en la puerta sin pasar. Extraño comportamiento.

    Y así el primer día estudiaron, comieron y durmieron, para descansar. Pero Enrique no descansó, en mitad de la noche se despertó con la molesta sensación de que le estaban llamando. Se calmó un instante y pensó:

    • ¡Qué tontería!, estaban los dos solos en la casa, Juan dormía y nadie podía haberle llamado ¿verdad?. Seguramente sería el viento, las casas viejas tenían montones de grietas por las que pasaba el viento produciendo los más variados gemidos,… Sin embargo el viento estaba en calma. -

    Se volvió a dormir, pero pasó la noche entre sobresaltos ya que siempre se levantaba creyendo que le llamaban. A la mañana siguiente se levantó agotado, pero no le dijo nada a Juan, para no ponerlo nervioso.
    Ese día estudiaron, comieron, y se fueron a dormir, para descansar.
    Pero Enrique se despertó sobresaltado en mitad de la noche, empapado en sudor. Había sentido que lo ataba y lo amordazaban y no podía gritar para pedir socorro. Esa noche Enrique tampoco descansó, pero tampoco le dijo nada a Juan para no ponerlo nervioso.

    Y llegó el día del examen. Juan estaba pletórico y se lo sabía todo. Tenía el examen por la mañana así que se fue pronto. Enrique lo tenía un poco más tarde, así que se quedó repasando los últimos temas y finalmente ¡Paff! Cerró el libro y ya estaba preparado para hacer el examen, cogió sus bolígrafos y salió por la puerta cerrándola. Pero se dio cuenta, se había olvidado de la bufanda, y con el frío que hacía no iba a salir a la calle sin bufanda. Y abrió la puerta, pero Enrique no sabía que no se debe entrar en una casa vieja nada más cerrar la puerta…

    Juan volvió de su examen contento porque le había salido bien. Al llegar llamó a su amigo Enrique, pero no le contestó nadie:

    • Claro, - pensó - deberá estar celebrándolo con los amigos por ahí. - y decidió que sacaría a pasear a Rufo:
    • Rufo, ven que vamos a dar un paseo. - pero no respondió. Eso sí que era raro, porque ¿Para qué se iba a llevar a Rufo a un examen o a celebrarlo?. Aun así buscó al perro por la cocina, por el salón, y aunque sabía que Rufo nunca había entrado en el cuarto de su abuela buscó también allí. Miró por debajo de la cama y nada. Cuando iba a salir se fijó en el cuadro de la pared, lo notó algo cambiado, en mitad de aquella fiesta de personas tristes había dos figuras nuevas, la de un joven y su perro…

    FIN.

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