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    El arte mortífero

    Robert Bloch

    Era una noche muy calurosa, incluso en los trópicos. Vickery se estaba preparando un combinado de ginebra cuando oyó el discreto golpe en la puerta de la habitación del hotel.

    -¿Eres tú, Sarah? -murmuró.

    Entró un hombre, rápida y silenciosamente, corriendo el pestillo de la puerta tras él.

    -Soy Fenner -dijo-. El marido de Sarah. -Hizo una mueca a Vickery-. ¿Sorprendido, verdad? Sarah también lo estuvo.
    -Realmente, yo…
    Vickery trató de levantarse.
    -No se moleste -le dijo Fenner-. No se mueva de donde está. Sin dejar de sonreír, sacó una enorme “Webley” del bolsillo de su chaqueta y apuntó al estómago de Vickery.
    -Un blanco inmóvil -observó Vickery-. No resulta muy deportivo, amigo mío.
    -Miren quién habla de deportividad, después de lo que ha hecho con mi mujer. ¿El gran cazador blanco, eh? Habitaciones contiguas en el hotel y todo… Habrá sido un interesante safari.
    Vickery suspiró.
    -Supongo que no servirá de nada que lo niegue. Dispare, pues, y que lo ahorquen después.
    -Esto sí que no. No deseo que me ahorquen. Por consiguiente, no dispararé.

    Sin dejar de apuntarle con la pistola, Fenner buscó algo en el bolsillo de la chaqueta y extrajo de él una pequeña bolsa de cuero. La abrió con precaución y dejó caer un objeto movedizo y de vivos colores a los pies de Vickery. Parecía un diminuto brazalete de coral, pero estaba vivo.

    -Será mejor que no se mueva -murmuró Fenner-. Sí, es una krait. La serpiente más pequeña y mortífera que existe en el mundo, según me han contado.
    -¡Espere, Fenner! Escúcheme…

    El diminuto brazalete de coral se desenroscó de repente. Antes de que Vickery pudiera apartarse, se lanzó contra él como un relámpago escarlata. Una y otra vez, la krait hundió sus colmillos en la pierna derecha de Vickery, a través de la delgada tela de sus pantalones.

    Vickery profirió un gemido y cerró los ojos, sin intentar aplastar a la serpiente. De pronto, ésta cesó en su ataque y volvió a enrollarse en el centro de la alfombra.

    Fenner tragó saliva, se enjugó la frente y depositó la pistola sobre la mesa.

    -Le dejo esto -dijo-. Tal vez quiera usarla. Me han dicho que en menos de diez minutos…
    Vickery se echó a reír.
    -Fenner, ¡es usted un crédulo!
    -¿Qué quiere decir?
    -El nativo de un bazar le vende una inofensiva culebra cristal, y usted acepta su palabra de que se trata de una krait. Como aceptó las explicaciones de una mujer celosa cuando ésta le contó que ella y yo nos entendíamos. En realidad, amigo mío, estaba enojada porque yo no quise saber nada de ella. -Vickery volvió a reírse-. Admito que mis palabras no resultaban muy galantes, pero tiene usted derecho a saber la verdad.
    -¿No esperará que me trague esto, verdad?
    -Como usted guste. -Vickery agitó una mano-. ¡Oh, no se marche!
    Siéntese y charle un rato conmigo. No va a ocurrir nada, como usted mismo podrá comprobar.

    Y no ocurrió nada, exceptuando que Fenner tomó una copa y una breve charla le convenció de que Vickery era tan inocente e inofensivo como la minúscula serpiente enroscada sobre la alfombra.

    Cuando se marchó, presentó rendidas excusas a Vickery por todo lo ocurrido. Enviaría el equipaje de Sarah en el primer avión que saliese para Londres, y él pensaba seguirla allí a la mañana siguiente.

    Vickery le deseó un buen viaje.

    -Llévese su pistola -dijo-. Y también la serpiente. No se moleste en meterla en la bolsa, póngala en su bolsillo. A las serpientes les gusta el calor y el contacto con el cuerpo humano.

    Cuando Fenner salió para dirigirse a la habitación antes ocupada por su esposa, Vickery siguió haciendo sus preparativos para acostarse. Su mente estaba llena de cálculos matemáticos. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo se precisaba para que Sarah llegase a Londres y él pudiese llamarla por teléfono? ¿Cuánto dinero había dicho ella que poseía su esposo? Y cuánto tiempo necesitaría la krait para rebullir encolerizada en el bolsillo de Fenner y morder sus carnes grasientas a través de la ropa? La respuesta a esta última pregunta no tardó en llegar.

    Vickery oyó los gritos del hombre a través del delgado tabique de la habitación contigua, en el preciso instante en que él se sentaba en la cama y aflojaba las correas de su pierna artificial.

    2

    Gordy estaba trabajando en Chicago y todo marchaba pasablemente hasta que conoció a Tío Louie.

    Ya era hora, de todas formas, porque la cosa apremiaba. Le pasó la información Phil, uno de los muchachos de la orquesta en la que Gordy trabajaba como batería.

    -Tú tienes un vicio gordo -diijo Phil-. Ve a ver a ese hombre. Tío Louie es el mejor amigo para ti.
    Gordy fue a verle inmediatamente porque tenía el más gordo de todos los vicios, con una “H” mayúscula.
    Tío Louie resultó ser un gato viejo que tenía una tienda de cambalache como fachada, allá por el South State. Tenía la mercancía, ésta era de buena calidad, y facilitó a Gordy la solución inmediata.
    Por tanto, todo se arregló excepto en lo que se refiere a la cuestión de cartera. Sus ganancias no bastaban para pagarse las inyecciones.
    Cuando pidió crédito, Tío Louie se comportó como si fuese la banca federal. Gordy empeñó su reloj, sus gemelos y los botones de la pechera. Pero el hábito era más fuerte que sus recursos y Gordy no tardó en ser hombre al agua. Empezó a perder ritmo y sus compases dejaban mucho que desear.

    -¿Quiere una dosis? -le dijo Tío Louie-. Empeñe sus tambores.
    -¿Empeñar mis tambores? ¡Hombre, es que sin ellos no puedo trabajar!
    -Tiembla usted de tal modo que tampoco puede trabajar con ellos -le explicó Tío Louie, y no mentía-. Mire, le daré una semana. Toda una semana.
    Aquello le sonó a Gordy como música celestial. Una semana de provisiones le repondría hasta el punto de permitirle recuperarse otra vez.
    -Está bien -dijo-. Es lo último que me queda.
    Pero pasó la semana, y otros días más, y Gordy trepaba por las paredes.
    Todavía no le habían acometido los temblores, pero oía ya voces en alta fidelidad.
    Primero, cuando Phil fue a verle y le habló de lo del crucero por el lago, no creyó que pudiera ser verdad. Pero Phil disipó todas sus dudas.
    -Es un contrato para todo el verano, empezando mañana por la noche. De modo que puedes arreglar tus cosas y nos largamos.

    Gordy fue a casa de Tío Louie aquella noche, con la intención de explicarle lo del contrato de modo que el gato viejo le concediese un respiro. Le devolvería sus tambores y tal vez le facilitase también un poco de droga.

    Pero Tío Louie no se dejó convencer.

    -Si no hay dinero, no hay tambores -dijo una y otra vez-. No trabajo por amor al arte.

    No era manera de hablar con un hombre que se mesaba los cabellos pensando en la inyección. Gordy lo agarró por el cuello de la chaqueta y le manifestó sin dejar lugar a dudas su firme decisión de conseguir la droga y también sus tambores.

    Tío Louie trató de sacarlo de la tienda, en vista de lo cual Gordy pasó al otro lado del mostrador y se apoderó de sus tambores. Hubo un forcejeo y fue entonces cuando los tambores cayeron al suelo y Tío Louie los pisoteó, rompiendo los parches.

    Tal como oyen; reventó los parches ante el propio Gordy, y con ello dio al traste con el contrato de éste. Después Gordy descubrió que estaba golpeando a Tío Louie con el hacha que había encontrado debajo del mostrador, golpeándole sin cesar y chillando con una voz aguda y estentórea.

    O sea que Gordy consiguió finalmente su dosis, pero parecía como si Tío Louie hubiese ido al Banco poco antes, pues aquella noche no había dinero en la casa. No había más que los trastos propios de su comercio.

    Y sin dinero, no había tambores. Y al día siguiente, Gordy necesitaría los tambores. Pero los parches estaban tan estropeados como la cabeza de Tío Louie. El gato viejo había muerto.

    Miró los tambores y a Tío Louie, y después contempló el hacha que aún tenía en la mano. Entonces advirtió que había una caja llena de instrumentos quirúrgicos debajo del mostrador…

    Al llegar la noche siguiente, instaló sus tambores en la pasarela del barco de excursiones. Estaba excitadísimo, pero dispuesto a tocar, y vaya si tocó. Los parches nunca habían sonado mejor.

    -¿De modo que pudiste recuperarlos? -dijo Phil-. ¿Cómo te las arreglaste, muchacho? Tío Louie no es hombre que se ande con contemplaciones.
    Gordy ejecutó un rápido redoble en los flamantes parches de su batería. Después sonrió.
    -Ya conoces el viejo proverbio -explicó-. Hay muchas maneras de despellejar un gato.

    3

    Mitch Flanagan saludó a los visitantes de la “barbacoa” que había instalado en el gran prado de su hacienda. Llevaba un alto gorro de cocinero y un largo delantal con inscripciones humorísticas.

    El teniente Crocker le estrechó la mano.

    -¿Dónde está su socio en actividades delictivas? -le preguntó-. ¿Dónde está Chester?
    Mitch se encogió de hombros y levantó sus brazos velludos y cubiertos de pecas.

    -Ha emprendido un breve viaje -respondió-. Es usted la décima persona que me lo pregunta. Estoy empezando a sospechar de ustedes, muchachos, sólo vienen aquí para ver a mi socio.
    -Nada de esto. -Crocker encendió un cigarro-. Estos picnics anuales suyos se han convertido ya en institución en nuestro Departamento. Ya sabe que nosotros, los policías, nos pirramos por recibir invitaciones.
    -Lo sé. -Mitch le dio un metido en las costillas-. Y también bebidas gratis. ¿Qué me contesta a eso?
    Acompañó al teniente Crocker hasta el bar montado al aire libre. La mitad de las fuerzas de la policía local se habían congregado allí. Bebieron varias copas antes de que Crocker se alejase del bar. Mitch se quedó allí durante largo tiempo. La mayoría de los visitantes habían comido su ración de carne a la parrilla y se habían retirado, y casi oscurecía cuando Cracker se acercó al bar y vio otra vez a su anfitrión.

    -¿Lo está pasando bien? -preguntó Mitch, reprimiendo un eructo.
    -Magnífico. Lástima que Chester no esté aquí. -Crocker masticó la colilla de su cigarro-. ¿Ustedes dos se pelearon, verdad?
    -¿Quién le ha hablado de esto?
    -Esta tarde he oído varias cosas. Los rumores corren.
    Mitch se sirvió otra bebida y se alejó del bar con Crocker.
    -Está bien. Puesto que la gente empieza a hablar, admito que tuvimos una discusión. Le pagué al contado su mitad en el negocio y él se largó.
    -¿Tal como me lo cuenta, verdad?
    -Claro. ¿Por qué no iba a ser así?
    -Es que ustedes dos regentaban un bufete de abogados. Se necesita algún tiempo para dividir una sociedad tan bien montada. Parece como si usted hubiese tenido que tomar sus medidas para reemplazarlo…
    -¿Para qué? Chester no era más que un peso muerto, sépalo usted. Un peso muerto. Lo había estado arrastrando durante años. Al final me cansé de la situación y le dije que se largase con viento fresco.
    -No es esto lo que he oído decir -repuso Crocker amablemente-. Chester era un buen hombre. En los tribunales gozaba de una excelente reputación. Yo siempre había creído que era usted el lastre para la sociedad; un charlatán que trataba de jugar a la política y sustituír la inteligencia por el soborno.
    -¿Está tratando de insultarme?
    -No, me limito a repetir lo que he oído comentar. Esta tarde he obtenido mucha información. Por ejemplo, me he enterado de que ustedes dos se pelearon, pero que Chester se negó a abandonar la sociedad o a vendérsela a usted.
    -¿Acaso no se ha marchado?
    -Sí, se ha marchado. Me gustaría saber a dónde.

    Bajo la luz crepuscular, Mitch miró iracundo al teniente Crocker.
    -O sea que cree que yo lo maté -dijo-. No me importa admitirlo. Su declaración no serviría de nada ante un tribunal. Y conozco lo suficiente las leyes para decirle que no hay modo de probar que yo lo haya matado. Porque me he desembarazado de todo, incluso del corpus deliciosus.
    -Corpus delicti -corrigióle Crocker.
    -Llámelo como quiera -Mitch eructó-. He dicho que era delicioso. Todos están de acuerdo conmigo. Todos ustedes son cómplices, ¿me entiende? Todos me han ayudado a desembarazarme de la prueba esta tarde, aquí, en la barbacoa. ¿Divertido, verdad? Avisar a todos los policías de la localidad para que me librasen del viejo Chester. ¿Un buen hombre, eh? Pues bien, yo soy mucho mejor.
    Pero Crocker no le escuchaba ya. Estaba muy ocupado vomitando entre los matorrales.
    Posteriormente, un análisis químico de los restos bastó para poder acusar a Mitch Flanagan y juzgarlo por el asesinato de su socio según el método ya descrito, de modo que Crocker tuvo por lo menos la pequeña compensación de saber que había estado en lo cierto en un aspecto de la cuestión. Había descrito a Chester como un buen hombre. Y todos sabemos que a un buen hombre no se le puede tener atravesado en el estómago.

    Escrito en November 1, 2021
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