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    Doble vista

    RAMSEY CAMPBELL

    Conocí a Ramsey Campbell en la World Fantasy Convention. Hasta aquel momento, sólo habíamos intercambiado un par de cartas, de manera que durante nuestro encuentro sonreímos mucho, carraspeamos otro tanto, y el silencio actuó como una densa cortina de niebla. A menudo, cuando me pongo nervioso, me comporto de manera impetuosa al hablar, y eso mismo hice aquella noche en Tucson. «Ramsey, me gustaría publicar uno de tus tour de force en mi próxima antología», dije. Enarcó una ceja, luego las dos. Demasiado tarde para echarme atrás, añadí:

    «Nada confuso, algo que me asuste, contenido en unas dos mil palabras».

    Sólo su interés en las buenas relaciones anglo norte americanas le hizo mostrarse comedido.

    Al cabo de seis semanas, lo que me llegó de Merseyside fue esta joya de relato corto que ahora ofrezco al lector. Su trama es asombrosamente clara y me pasé temblando durante todo el tour de force, expresado… ¡en dos mil palabras! Mi nuevo ejemplo de escritor profesional es el autor de Incarnate, The Face That Must Die, y The Nameless. En «Doble vista», el lector encontrará a Campbell, el maestro, en la cumbre de sus poderes.

    Key esperaba a Hester la primera vez que su piso comenzó a tener aquel aire hogareño. La pareja que vivía en el de arriba había salido un rato, y se habían acordado de apagar la televisión. El recorrió las habitaciones de su casa en medio de aquel placentero silencio, haciendo sonar bajo sus pies los listones del suelo de madera, y cuando la puerta de la cocina se cerró tras él, reconoció el sonido. Por primera vez, el piso le pareció cálido de verdad, y no sólo debido a la calefacción central. Se encontraba en plena tarea de preparar café cuando se preguntó a qué hogar se parecía su piso.

    El timbre sonó con suavidad; él había amortiguado el tono de la caja de resonancia. Retrocedió, cruzó la sala dejando atrás la estantería de libros y discos y. tras recorrer el breve vestíbulo, le abrió la puerta a Hester. Ésta le rozó la mejilla con sus carnosos labios; sus largas pestañas le tocaron el párpado como la promesa de otro beso.

    Lamento llegar tarde. Tuve que grabar al alcalde murmuró ella. ¿Listo para empezar?
    Acabo de preparar café repuso queriendo decir que sí.
    Traeré la bandeja.
    Puedo hacerlo yo solo protestó, aunque lamentó en el acto su petulancia.
    O sea, que el hecho de envejecer traía consigo volverse así de quisquilloso. Se sintió azorado y divertido a la vez por haber contestado a Hester de mal modo, después que ella se hubiera tomado el trabajo de ir hasta allí para grabarle.
    No me hagas caso, soy un viejo gruñón masculló. Pero se vio recompensado por una caricia en los labios de aquellos dedos largos y frescos.
    Se sentó a la luz del sol de marzo que, entre nube y nube, penetraba por la ventana, y repasó los discos que había escuchado ese mes; despotricó contra la acústica de las grabaciones de Brahms, elogió la claridad de Tallis. Una vez en la emisora de aquella radio. Hester ilustraría las críticas de Key con fragmentos de aquellas composiciones musicales.

    Otro monólogo impecable y sin guión comentó ella. ¿Iremos al cine esta semana?
    Si quieres… Desde luego, no faltaría más. Perdóname por no mostrarme más sociable se disculpó. Será que me ha asaltado la segunda infancia. Con tal que te mantenga joven…

    Key se echó a reír ante ese comentario y le dio unas palmaditas en la mano; sin embargo, de repente, la ansiedad de que se marchara, para poder pensar, lo asaltó. ¿No habría dicho la verdad, acaso sin pretender hacerlo? Sin duda, aquello debería alegrarle: había tenido una infancia feliz, no hacía falta que pensara en las consecuencias negativas de aquella casa. En cuanto el coche de Heste se hubo alejado, se apresuró a volver a la cocina y cerró la puerta, una y otra vez, mientras escuchaba con atención. Cada segundo que pasaba le hacía sentirse menos seguro de cuánto se parecía el ruido producido por la puerta al de otra que había en la casa donde transcurrió su niñez.

    Cruzó la cocina, que había fregado a fondo aquella mañana, y se dirigió hacia la puerta trasera. Al quitarle el cerrojo, creyó oír los arañazos de un perro en ella; pero afuera no encontró ningún animal. Pasado el breve jardín, el viento soplaba sobre los campos enfangados, a través de los árboles rechinantes, y le llevó aromas de la incipiente primavera y una ráfaga de lluvia que le empapó el rostro. Desde la puerta trasera de la casa de su infancia se alcanzaba a ver el cementerio, pero aquello no le había molestado en aquel entonces: incluso llegó a inventar historias para asustar a sus amigos. Sin embargo, en ese momento, los campos abiertos le infundieron valor. El olor a madera húmeda que penetró en la cocina sería producto del tiempo. Cerró la puerta con llave y, durante un rato, se dedicó a leer las aventuras de Sherlock Holmes, hasta que las manos comenzaron a temblarle. «El cansancio», se dijo.

    La pareja del piso de arriba no tardó en regresar. Key les oyó dejar las bolsas de las compras en el suelo de la cocina, y. después, sus pasos apresurados hasta el televisor. Al cabo de un momento, comenzaron a charlar, a voz en cuello, sobre el trasfondo de un tiroteo en Abilene o Dodge City o algún corral, como si no se hubiesen enterado de que los espectadores debían mantenerse silenciosos o. al menos, no levantar demasiado la voz. A la hora de la cena, en el piso de arriba, los vecinos se sentaron a la mesa casi al mismo tiempo que Key, y la doble imagen del sonido de cubiertos le hizo sentir como si se encontrara en la cocina de arriba y en la suya propia al mismo tiempo. Aunque tal vez la de ellos no despediría aquel leve olor a madera húmeda debajo del linóleo.

    Después de la cena, se colocó los auriculares y puso una sinfonía de Bruckner en el compact disc. En la oscuridad, la música se elevó con sus montañosas formas. Cuando la sintonía concluyó, estaba más que dispuesto a irse a la cama, pero, una vez acostado, no pudo conciliar el sueño. De repente, el ruido producido por la puerta de su habitación le había sonado mucho más familiar que de costumbre. ¿Y qué había de malo si le recordaba la puerta de su antiguo dormitorio? Envejecer consistía en revivir antiguos recuerdos. Pero sus ojos se abrieron de mala gana y miraron fijamente en la oscuridad, porque había descubierto que la disposición de las habitaciones era la misma que la de la planta baja de la casa de su infancia.

    Hubiera sido mucho más extraño si la disposición fuese diferente. No había por qué asombrarse: de joven se había pasado años sintiéndose vulnerable después de haber estado tan cerca de la muerte. De todos modos, descubrió que aguzaba el oído para ver si le llegaban sonidos que prefería no sentir, de manera que cuando por fin se durmió, soñó con el día en que la guerra apareció en su vida.

    Ocurrió al comienzo de uno de aquellos ataques aéreos que a punto estuvieron de lograr que aquel pueblo pasara al olvido. Él se sentía impaciente de tanto ocultarse debajo de la escalera cada vez que las sirenas aullaban, de esperar a que sus papeles de reclutamiento llegaran para poder ir a combatir contra los nazis. Aquel día había salido del refugio en cuanto la señal de «ha pasado el peligro» empezó a sonar. Se había dirigido hacia la parte trasera de la casa y mirando fijamente el cielo, azul y transparente; aquella pacífica claridad consiguió ensimismarle. Entonces, un bombardero extraviado sobrevoló el lugar y dejó caer una bomba que debía de estar destinada al astillero del río.

    Hasta que la sirena no aulló, ya tarde, fue incapaz de moverse. En el último instante, se había arrojado al suelo, aplastando el parterre de flores de su padre, y lo lamentó mucho, a pesar del pánico. La bomba cayó en el cementerio. Key vio cómo las tumbas saltaban por los aires y, a su espalda, oyó hacerse añicos la ventana de la cocina. Una onda expansiva que arrastraba tierra, lápidas, fragmentos de un ataúd y todo aquello que la explosión había levantado cayó sobre él y ennegreció el cielo, la luz brillante. Tuvo que luchar durante largo rato para despertarse en su piso, y mucho más para convencerse de que no seguía sumergido en el sueño.

    Se pasó el día haciendo su valoración de algunos discos y esperando a Hester. No dejaba de creer que oía arañazos en la puerta trasera, pero quizá fueran las descargas de estática del televisor de los vecinos, que aquel día sonaba mucho más lejano. Hester le dijo que no había visto animales cerca de los apartamentos, pero olfateó con fuerza cuando Key se puso el abrigo.

    Tendré que hablar con el propietario de tu casa sobre esto de la humedad.

    En el cine, un almacén situado cerca del astillero y convertido en sala cinematográfica, proyectaban Ciudadano Kane. La habían filmado el mismo año de la bomba, y en aquel entonces había esperado verla ansiosamente. Ahora, por primera vez en su vida, sintió que las películas tenían demasiado diálogo. No cesaba de recordar el levantamiento del cementerio, que pareció deseoso de tragárselo.

    Y entonces siguieron las desastrosas consecuencias. Mientras sus padres lo llevaban al hospital, un vecino había cubierto con madera la ventana destrozada. Al regresar a casa, Key había oído a sus padres discutir por lo de la ventana. Tumbado, casi indefenso, en la cama, se había dado cuenta de que sus padres no estaban seguros de dónde había salido la madera que estaba clavada de un extremo al otro del marco.

    El vecino había jurado que era madera que le había sobrado de unas obras que hiciera en su casa. Y la madera tenía aspecto de estar bastante nueva: el ligero olor podía emanar del cementerio. De todos modos, Key había dado un recital de piano, en cuanto se encontró bien, para poder reponer el cristal. Pero incluso después de que lo cambiaran, la ventana había conservado aquel asqueroso olor a madera podrida.

    Quizá estuviera relacionado con el levantamiento del cementerio, aunque, para entonces, ya lo habían limpiado todo, pero ¿acaso no eran demasiados? La locuacidad de Ciudadano Kane cedió por fin paso a la música. Key estuvo bebiendo con Hester en el bar hasta la hora de cerrar, y fue entonces cuando advirtió que no deseaba quedarse solo con sus crecientes recuerdos. Al invitar a Hester a su piso para tomar café no hizo más que posponer esos recuerdos, pero, a su edad, era lo único que podía esperar de la chica.

    Cuídate recomendó ella al despedirse en la puerta, mientras le sujetaba el rostro entre sus frescas manos y lo miraba con fijeza.

    Cuando Hester se alejó en su coche, aún le quedaba el sabor de los juveniles labios. No le apetecía irse a la cama hasta no sentirse más tranquilo. Se sirvió una generosa copa de escocés.

    Los preludios de Debussy pudieron haberle calmado, pero los auriculares no lograron cubrir el ruido que le llegaba de arriba. Los aviones pasaban en vuelo rasante, las armas disparaban de manera acompasada… y, entonces, alguien lanzó una bomba. La explosión estremeció a Key. Se quitó los auriculares, apartó de un empellón el pequeño piano y se disponía a subir la escalera como una tromba para quejarse cuando oyó otro sonido. La puerta de la cocina se abrió.

    «Quizá el impacto de la bomba la ha entreabierto», pensó distraído. Se dirigió veloz hacia la puerta. Se disponía a aferrar el pomo cuando el olor a madera podrida le dio de lleno, ¡y vio la cocina! La cocina de sus padres, el cristal viejo sobre el antiguo fregadero de piedra, la puerta trasera cuarteada en la que creyó oír unos arañazos. Cerró de un portazo. Aquel sonido le resultó ineludiblemente familiar; se dejó caer sobre la cama, su único refugio posible.

    Permaneció tumbado e intentó que tanto él como su sentido de la realidad dejaran de estremecerse. Ahora que la televisión podía haberle ayudado a convencerse del lugar en que se encontraba, alguien de arriba la había apagado. Se dijo que no podía haber visto lo que creyó ver. Tal vez el olor y los arañazos fueran ciertos, pero ¿qué significaba eso? ¿Iba a dejarse arrastrar de nuevo por las sensaciones que experimentara después de salir del hospital, por el miedo de aventurarse en las habitaciones de su propia casa, por el terror de no saber qué podía estar esperándolo allí? No era preciso que se levantara para probarse a sí mismo que eso no iba a ocurrir, siempre y cuando tuviera la certeza de que podría levantarse. Nada le ocurriría mientras siguiera tumbado. Y fue esa creciente convicción la que, a la larga, le permitió quedarse dormido.

    El sonido de los arañazos lo despertó. Medio adormilado, recordó que no había cerrado la puerta del dormitorio, y. seguramente, la puerta de la cocina habría vuelto a abrirse, de lo contrario, hubiera sido imposible que oyese los impacientes zarpazos. Se sentó en la cama con un gesto de rabia, como si esa rabia lograra impulsarle a cerrar las dos puertas antes de tener la ocasión de sentirse incómodo. En ese momento, sus párpados se abrieron, pegajosos, y se quedó helado; el aliento se le cortó en la garganta. Se encontraba en su dormitorio, en el dormitorio que llevaba sin ver desde hacía casi cincuenta años.

    Lo miró con los párpados entornados: miró el techo, bajo e inclinado; las floreadas cortinas, de desiguales medidas; el rincón en el que el nuevo papel pintado no tapaba del todo el antiguo… Todo lo vio con una especie de pavor paralizante, como si temiera que su solo aliento lo hiciese desaparecer. El jadeante silencio fue roto por los arañazos cada vez más fuertes, más urgentes. De sólo pensar que tenía que buscar la causa de aquel sonido, el pánico lo invadió, y tendió la mano hacia el teléfono que había junto a su cama. Si alguien lo acompañaba. Hester, por ejemplo, seguramente desaparecería el panorama de aquel cuarto que no era. Pero en el dormitorio de su infancia no había teléfono, y en ese momento, allí, tampoco.

    Se acurrucó contra la almohada, aterrorizado: después, se levantó. En aquella otra ocasión, tantos años atrás, se había negado a dejarse intimidar y juró por Dios que tampoco se dejaría asustar en ese momento. Cruzó la habitación a grandes zancadas y se dirigió hacia el cuarto principal.

    Seguía en la casa de sus padres. Unas sillas desvencijadas se acurrucaban alrededor del hogar. Los rescoldos crepitantes ardían con fuerza y, de reojo, vio su reflejo en el espejo que había encima de la chimenea. Nunca se había visto tan envejecido.

    Al viejo todavía le queda vida gruñó.

    Abrió la puerta de la cocina de par en par y avanzó a paso largo, dejando atrás el hornillo ennegrecido y el fregadero de piedra para enfrentarse a los arañazos.

    La llave que siempre había estado en la puerta trasera le quemó la palma de la mano con su frialdad. La hizo girar en la cerradura y. entonces, los dedos se le agarrotaron, el miedo los volvió torpes. El pavor le había borrado la memoria, pero ahora recordaba lo que había tenido que olvidar hasta que él y sus padres se mudaron después de la guerra. Los arañazos no provenían de la puerta…, se producían a su espalda, debajo del suelo.

    Giró la llave con tal violencia que la partió. Estaba atrapado. En aquella otra ocasión, tantos años atrás, sólo había oído los arañazos, pero ahora vería de qué se trataba. Los urgentes zarpazos cedieron para dar paso al sonido de madera astillada. Se obligó a volverse con piernas temblorosas, para que, al menos, no lo cogieran por la espalda. El gastado linóleo se había partido como una fruta podrida; la abertura tendría su misma altura, y por ella asomaban los listones partidos. El hedor a tierra y a podredumbre se elevó hacia él; y hacia él también se irguió una forma borrosa…. una mano, o una parte suficiente de una mano como para hacerle una seña temblorosa.

    Ven con nosotros susurró una voz desde una boca que parecía taponada de barro. Te esperábamos.

    Key avanzó, tambaleante, atrapado en el trance que lo tenía prisionero desde que despertara. Luego se echó a un lado para apartarse del profundo abismo. Si tenía que morir, no sería así. A la carrera cruzó el cuarto principal, y estuvo a punto de caer cuando tropezó con una novela en Braille. Corrió hacia la puerta principal y se lanzó a la calle, al aire nocturno, que se estrelló contra su rostro como si fuera hielo fino. Un sonido agudo le llenó los oídos y avanzó hacia él a toda velocidad. Creyó que se trataba de la sirena, de la señal indicadora de que el bombardeo había pasado. Pero estaba ciego, como lo había estado desde que la bomba cayera. No comprendió que era un camión hasta que se encontró en su camino. Poco antes de que el vehículo lo embistiera, deseó haber podido ver, una vez al menos, el rostro de Hester en el fugaz instante en que recuperó la vista.

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