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    Continuación: DESEO DE NAVIDAD

    IV

    -Ricardito despierta- la voz de Carla era susurrante, apenas audible -despierta gafito que tengo algo muy importante que enseñarte.

    La recámara de los niños era un tanto insuficiente, respecto a espacio físico, pero para el año entrante ya Angela y Alvaro habían acordado eliminar el pequeño estudio, que en realidad albergaba un sin fin de extraños artefactos destinados a complacer los ratos de ociosidad de Alvaro el despilfarrador de dinero (apodo preferido de Angela), y convertirlo en el cuarto de Ricardito.

    Una serie de gruñidos somnolientos precedieron el despertar de sus párpados, acompañados de las interrogantes ¿Qué?, ¿Como?, ¿Que pasa?, ¿Que hora es?, ¿Ya llego el niño Jesús?.
    -Bobo, despierta!!- el susurro se había convertido en fuertes palabras.
    Ricardito ya había cambiado su cara de morfeo por la de un búho enojado. Detestaba que lo llamaran bobo, y eso era algo que Carla tenía muy claro.
    -Que pasa- su tono neutral lo hacía parecer treinta años mayor.
    -Voy a mostrarte algo que te va a dejar loco, y que te convencerá de una vez por todas que yo, por ser la mayor, soy la que más sabe, la única que manda y la que puede volverte un puñito de mierda cuando me de la perra gana- Su sucia verborrea no asombraba a Ricardito en lo absoluto, estaba acostumbrado.
    El, sin mediar palabra alguna le dio la espalda en su cama y se acostó tapándose completamente con su cobija, evidenciando así toda la negativa de su respuesta.
    -¿Tendrá el idiota de Ricardito la puta idea de quien es el niño Jesús?, no creo, es demasiado imbécil, su retardo mental me convence cada día más que no es mi hermano, sino un recogido o quizás un adoptado.
    -No vas a lograr nada con eso, yo sé que el niño Jesús no es sino el niño Jesús, y eso que me han estado diciendo en el colegio, y tu misma, de que es Papá y Mamá son puras mentiras- continuaba de espaldas y sus palabras sonaban algo ahogadas a causa de estar él totalmente cubierto por su cobija.
    -Hay que ver que tu ingenuidad es algo incomprensible- dijo, y luego añadió -bueno, allá tu, si quieres seguir siendo el mismo mariquito, pero si cambias de parecer, solo tienes que ir al salón, esconderte un rato y verás la verdad, sabrás de una vez por todas que Papá y Mamá te han estado engañando todo este tiempo.

    Concluida la conversación Carla regresó a su cama y se dispuso a dormir, ella estaba tranquila, sabia que Ricardito no podría dormir con la duda; y así fue, en menos de cinco minutos estaba escondido detrás de uno de los muebles de la sala montando guardia.

    La sala era una mezcla de lo práctico y moderno con lo ortodoxo y clásico, era un gusto un poco extraño aquel de mezclar muebles estilo Luis XV y costosas alfombras persas con abstractas litografías de artistas post modernistas. Este extraño escenario, bañado por las parpadearles y multicolores luces del árbol de Navidad, generaba una sensación de deja-vu decembrina, melancólica y aterradoramete fría; sensación esta que por poco desbarata la pequeña incursión del pequeño Ricardito, aunque sí le hubiera dado un vistazo al salón de entrada que se encontraba adyacente a este, seguro que hubiera corrido y gritado como nunca en su vida, o quizás se hubiera paralizado de terror al ver a su padre tumbado boca abajo, sobre un charco de oscura sangre, con el mango del famoso cuchillo sobresaliendo, cual iceberg en las Antárticas aguas del sur, de su fría y blanca nuca.

    La espera no se prolongó demasiado, aunque a él le parecieron horas; la incertidumbre enreda y anula, a veces, las delicadas y continuas cuerdas del tiempo. El ansía había desplazado de manera contundente al sueño y su cara, ligeramente rociada con algunas gotas de sudor frío y nervioso, denotaban claramente atención y concentración, cualidades dignas de su curiosa personalidad.

    Aquel fenómeno, inesperado y sin ninguna explicación lógica para cualquier adulto, pero anhelado por todos los infantes, fue algo realmente fantástico. Ni el mismo Walt Disney, en sus buenos tiempos, hubiera creado algo con tanta magia y misticismo corno lo fue aquella aparición. Había entrado por una de las ventanas del salón, y desde donde estaba Ricardito se podía ver a la perfección todo aquel acontecimiento. El pestillo de la ventana se había corrido con la sola mirada del pequeño niño, cual Huri Geller en una de sus representaciones telequinéticas. El chirriante sonido emitido por la enorme ventana fue suficiente carnada para atraer la sigilosa mirada de Ricardito. El pudo verlo, o por lo menos su pequeña silueta, con mucha claridad a pesar de que las condiciones de iluminación no eran del todo óptimas; ya que el pequeño niño emitía una luz blanquecina y fluorescente que lo hacia clara y evidentemente visible, y que le daba a él y a su entorno un aire de paz y tranquilidad que hasta la misma madre Teresa de Calcuta hubiera envidiado.

    A simple vista podría decirse que era un bebe recién nacido, ataviado únicamente con una especie de túnica que como un pequeño faldón le cubría sus pequeñas partes púdicas. Su rostro estaba serio pero apacible y sus ojos escrutaban, como si se tratase de la mirada de una persona adulta, cada rincón de aquel recinto. Quizás buscando la oscuridad para llenarla con la dicha espiritual que parecía irradiar.

    Aquella hermosa criatura atravesó flotando el pequeño salón como llevada por sutiles hilos de seda, hasta posarse con sus pequeños y tiernos piecesitos cerca de la base del árbol de Navidad, Sus manos retacas y gorditas pasaban suavemente, y de un lado a otro sobre el par de sobres que yacían al pie del árbol; dichas manipulaciones dejaban entender claramente que estaba oscultando su contenido como si de un vidente se tratase, pero con una aventajada y agraciada facilidad.

    El observaba atento y callado, pero aquella parálisis emocional fue quebrantada por un intento de grito que se resbalo y se ahogó por la babosa y sucia garganta de su fraternal compañera de cuarto. Ricardito viró violentamente hacia ella, y con un iracundo y rápido ademán le inquirió que guardase silencio. El presentía que si eran descubiertos por aquella mágica criatura, todo se acabaría, y sus deseos, expresados con infantil prosa en aquella carta, no llegarían a ser satisfechos.

    Carla estaba anonadada, no lo podía creer, pero tenía que hacerlo ya que lo estaba viendo, era el niño Jesús, aunque ilógico e irracional, era él.
    -Es él, el Niñ…- Su asombrada voz se corto violentamente tan pronto se dio cuenta que los había descubierto.
    -Lo echaste a perder todo Carla, nos vio.

    En ese momento la pequeña figura fluorescente en forma de niño, gíró su rostro hacia el escondite de los niños y comenzó a levitarse en esa dirección. A pesar de su luminosidad, las facciones de su cara y los detalles de su fisionomía no eran muy claros, pero a medida que se acercaba empezaban estos a vislumbrarse, creciendo paralelamente el terror en ambos hermanos. Lo que parecían regordetas y pequeñas manitos, estaban acompañadas de largas y afiladas uñas, cual garras de Freddy Kruger. Los piecesitos no eran tales, sino un par de grotescas patas, parecidas a la de las cabras, calzadas de oscuras y sucias pezuñas. Su cabello que antes parecía el tierno cabello de un ángel, ahora se vela como una gran maraña de negras y grasosas greñas, por sobre las cuales emergían dos pequeños y blancos cuernos.

    Sus ojos eran rojos y tenía la cejas muy pobladas y enredadas, las cuales estaban muy unidas por sobre su pequeña nariz. Las orejas eran ligeramente puntiagudas y su boca que parecía muy normal, pero exageradamente sonreida, comenzó a abrirse para soltar una grotesca carcajada, dejando entrever hileras de afilados dientes, muy parecidos a los de un tiburón blanco. La Inocencia se convertía en perversión, lo sano en insano, la vida en muerte, que fácil se transmutaba, ante los ojos imparciales de dos infantes, lo blanco en negro.

    La perplejidad de Carla duro muy poco. El ahora amenazante ente tomó una pequeña hachita que tenía muy oculta en su espalda, y cuyos filosos y largos bordes la hacían ver algo anormal, ya que estos superaban cuatro veces en tamaño al mango del pequeño instrumento.

    Con un rápido y certero movimiento, que le descubría parte de lo que parecía prolongación del coxis convertido en cola, cercenó la cabeza de Carla, dejando escapar un pulsante chorro de la arteria yugular que manchó de roja sangre gran parte de las paredes del salón.

    Ricardito observó, paralizado de miedo lo que estaba sucediendo, no era el niño Jesús, no era un ángel, era el diablo. Fue un error poner en el encabezado de la carta “a quien le corresponda, y no querido Niño Jesús. Quizás si no lo hubieran fastidiado tanto, si no hubiera dudado, pero lo había hecho, y ese era el resultado más evidente de su desconfianza. Le habla faltado al Niño Jesús y por eso lo había abandonado a él.

    La cabeza de Carla con sus ojos abiertos, vidriosos y vacíos de cualquier expresión yacía en el piso cual pelota de fútbol abandonada a sus pies, y la sangre que manaba del tocón de su cuello ya formaba una gran laguna roja bajo de sí.

    El pequeño engendro se acercó a Ricardito (el cual estaba paralizado totalmente por el terror), ladeó su pequeña cabeza de un lado a otro expresando negación y compasión, y lanzó un hondo suspiro, como si aquella sangrienta escena que el mismo había creado lo hubiera conmovido.

    De pronto, el asustado niño entró en razón de lo que estaba sucediendo, y cuando trato de escapar resbaló en el charco de sangre, cayendo aparatosamente de boca, para bañarse de rojo y romperse el labio superior con el húmedo Impacto. El pequeño monstruo se le acerco tanto que Ricardito pudo ver que sus dientes eran amarillos y su aliento olía a camión del aseo. Le paso su garra por la cabeza para acariciarlo y le dio un cariñoso beso en la mejilla. Ocurrido esto se levitó de nuevo pero en dirección al pequeño salón de entrada, donde se encontraba el cuerpo sin vida de Alvaro. Allí realizó de nuevo extrañas y metódicas manipulaciones con sus garras, pero esta vez sobre la frente del difunto padre, cuyos ojos se abrieron súbita y espasmódicamente, como si le hubieran aplicado electricidad a sus centros nerviosos. Los pulmones del muerto empezaron a ensancharse y contraerse de forma desordenada, como movido por un gato hidráulico en manos de un atolondrado niño.

    Acto seguido de la mágica reanimación, el demoníaco querubín se elevo otra vez, y como si fuera un pequeño y agraciado colibrí desapareció rápida y furtivamente por la misma ventana por donde momentos antes había entrado de forma tan misteriosa. Mientras el prospecto de ser humano que antes era llamado padre por los hermanitos Parra, se dirigía con paso lento pero atemorizante hacia la recámara principal, con el cuchillo, causa de su desgracia, sujetado fuertemente por la empuñadura con su mano derecha, y dejando tras de si ensangrentadas pisadas, las cuales iban marcando el camino que ciegamente tomaba la muerte para satisfacer sus exigentes apetencias.

    V

    Aquella escalofriante escena era levemente atenuada por los flácidos y débiles rayos emitidos por el expectante e indiferente Sol matutino.

    “Noche sangrienta” era un calificativo demasiado benévolo para lo que había acontecido dentro del hogar de los Parra Fernández.

    El interior de la casa estaba tan desordenado como teñido de rojo y lo único que se encontraba en pie era el árbol de Navidad, y a un lado de este, los cuatro cuerpos sin vida, sentados y apilados contra sus espaldas como troncos de hoguera en espera de un hereje confeso. Carla con su cabeza en sus manos descansando sobre su regazo; Alvaro con sus ojos aún abiertos pero sin vida; Angela con sendas marcas moradas al rededor de su frágil cuello; y Ricardito con el cuchillo de su padre sosteniendo un pedazo de papel manchado de sangre contra su corazón, el cual decía:

    A quien le corresponda:
    Ya que siempre pido muchos juguetes esta vez te voy a pedir una sola cosa. Deseo que Papá, Mamá Carla y Yo estemos siempre unidos.

    Ricardo Parra Fernández

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