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    CUESTIÓN MATEMÁTICA

    Acaba de atardecer y salí cautelosamente de mi ataúd como era costumbre. Suelo despertarme más tarde que mis congéneres, pero mi joven naturaleza tampoco me permite, el ver los añorados atardeceres con los que algunos de mis compañeros pueden deleitarse. No muy buena se me presentaba la noche. Mi maestro Braham, siempre ha tenido el deseo de instruirme en la mayor exactitud posible. “Un vampiro viaja a través de los siglos y como tal, debe aprender de ellos” suele decir.

    Así como cualquier humano estudio las ciencias de la vida. Hoy por desgracia, o por suerte con lo que verán a continuación, mi maestra de matemáticas debía entregarme la nota de mi último examen. Odiaba a esa profesora, con todo lo que mi naturaleza vampírica podía permitirme.

    Sabía lo que me diría: “Zillah, no te has aplicado lo suficiente, sigue así y no superarás este nivel”. Estaba harta de oir siempre las mismas palabras brotar de su boca atropelladamente al ver mi semblante pálido en la poca luz que le permitía tener durante las clases. En esos momentos mi rabia se reflejaba con mayor intensidad, y ella parecía percibir con horror mis cambios. Esta noche, se me presentaba el mismo plan. “¿Por qué tu padre no permite que te de las clases durante el día?, ¿por qué no podemos encender las luces?” Tonterías. Sus palabras pasaban a través de mi mente si causar ninguna reacción en mí.

    Me vestí como era de costumbre, con mis tejanos negros y un jersey del mismo color a juego, y me dirigí con tranquilidad a la sala de estudios. Allí me esperaba ella, impaciente como cada noche. La mire con impasibilidad y me senté a la mesa entre las sombras que producía una pequeña lampara en la otra esquina de la habitación. Prosiguió con su discurso tan oído todas las noches. Y tal y como me lo esperaba, no superé la nota mínima exigida en el examen. No me atraían las matemáticas en absoluto, y más desde que tenía que aprenderlas de ella.

    Mi furia, esta vez, sobrepasó todos los límites inimaginables, cuando cambió su tono poniéndose brusco y burlón ante mi ignorancia en esos temas matemáticos. Me puse despacio de pie y la amenacé tal y como ella hacía en suspenderme. Ella se asustó ligeramente ante mi respuesta, pero mantuvo una firmeza que nunca había visto en ella. Siguió profiriendo amenazas que brotaban entre sus labios con increíble dureza y sin aguantarlo más me lancé sobre ella. Asustada retrocedió, y tras chocar con el mullido sillón barroco, fue a caer en mi abrazo infinito.

    Con fuerza sobrenatural, la agarré hasta hacerla tanto daño que comenzó a gritar desesperadamente.

    Mis colmillos brillaron ante la luz de la luna que se filtraba por el resquicio de las cortinas de tersa seda. Giré su cuello y mi corazón se sobresaltó a ver aquella deliciosa arteria, donde la sangre corría embravecida por el terror.

    Hinqué mis jóvenes colmillos en aquella carne arrugada ligeramente por los años, pero a su vez perfumada con delicadeza.

    Su sangre corrió por mis venas más rica que la vida misma. Y cuando su corazón empezaba a debilitarse, noté como entre sollozos pronunciaba unas palabras de súplica. “Demasiado tarde mi querida profesora, las matemáticas me esperan y debo estudiarlas con mayor esmero” comenté en voz baja, casi inaudible. La dejé caer sobre el sillón con desprecio, y me dirigí a mi mesa en el rincón. Ella aún seguía viva, pero sin más tiempo que unos cuantos minutos de delirio, mientras yo abría uno de mis libros. “La derivada del logaritmo de X es…..”

    A los pocos minutos exhalaba su último suspiro, mientras yo estaba centrada en el libro que nunca me había parecido tan interesante hasta aquella noche cuando mis problemas habían dejado de respirar.

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