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    Caléndulas para Nines

    Autor: Carmen Morales

    Detesto no ser feliz y no poseo esa capacidad tan femenina que se llama capacidad de sufrimiento. Por eso me divierten las narraciones fantásticas sobre monstruos y apariciones fantasmales, pero tengo mucho cuidado de no poner en peligro mi estabilidad emocional y rechazo esa clase de lecturas que aseguran, con insidiosa morbosidad, que la senda del hombre está mancillada con variedad de execrables crueldades.

    Evocar imágenes de los niños ingleses de cinco o seis años, que durante la primera época de la revolución industrial eran amarrados a una silla durante una jornada laboral de dieciocho horas para evitar que se cayeran rendidos por el sueño o el cansancio, resultaría demasiado sórdido para que su peso abrumador no me paralizara.

    Me niego a creer que en el Franco Condado y la Alta Alsacia los condes de Monjoie o los señores de Mectes abrieran el vientre a sus vasallos durante la caza de invierno para calentarse los pies en sus entrañas humeantes.

    Tampoco es cierto que se hayan llevado a cabo ejecuciones masivas de adolescentes o que, en 1611 un niño de nueve años llamado Juan Serre, natural de Albi, fuera, tras un proceso, quemado vivo ante la puerta de una iglesia.

    Persigo la dicha con infantil tenacidad y procuro extraerla de los acontecimientos más modestos y triviales, pero no he podido evitar que de vez en cuando, la realidad me produzca violentas sacudidas. Los hechos que voy a relatar me rozaron muy de cerca, infringiéndome una herida que el corto tiempo transcurrido no ha logrado cicatrizar.

    Por tanto, advierto al lector, a quien supongo comprensivo y tolerante sobre mi posible, casi segura, falta de objetividad para con alguno de los personajes de esta historia.

    Quizá la decisión, varias veces demorada, de trasladarla al papel, no tenga otra intención que la de buscar una sosegante acción de catarsis sobre mi corazón y mi memoria, cerrada ahora con la más dura intransigencia para quienes no vacilan en arrebatarnos alevosamente la escasa ración de felicidad que la vida nos ofrece.

    He conocido por primera vez el insomnio reflexionando sobre el trágico y espantoso desenlace de un suceso que, por lo cotidiano y la naturalidad con que se practica, suele pasar inadvertido. Aquella pareja, a la que recordé con nostalgia durante el viaje por varias capitales europeas que mi actividad profesional exigía, fue una víctima propiciatoria de la incorregible tenacidad con que una sociedad sumergida en la mediocridad y el hastío destruye todo lo que tiene la osadía de permanecer inmaculado. Anoto que el 17 de agosto de 1973 había sido para mí uno de esos días amables y prometedores que pocas veces se consiguen. Por eso caminaba como en una nube ligera y fresca, sintiéndome atractiva porque acababa de ducharme y todavía notaba el pelo húmedo en la nuca; la suave brisa que ahora bajaba del Guadarrama, agitaba mi reciente adquisición de seda amarilla ciñéndola acariciadora a mis piernas desnudas.

    Le vi en la Gran Vía, cuando declinaba el caluroso atardecer y su imagen, inundada de patetismo y desolación, me persigue desde entonces con la misma persistencia que impone una culpa abominable.

    Estuve a punto de chocar con él, y su presencia ante mí, inesperada, casi irreconocible, fue como una horrible bofetada que cortó las posibilidades de dicha de esa noche y de otras muchas que siguieron.

    Su aspecto me conmovió hasta las lágrimas.

    Estaba sentado en el escalón de un portal, con los codos apoyados en las rodillas y las manos sujetándose la frente, con la actitud del que soporta un pesar inmenso. Llevaba una cazadora mugrienta y renegrida, mal abrochada, con las mangas excesivamente cortas. No tenía camisa, y los pantalones vaqueros, brillantes por le uso y las manchas de grasa, se habían rasgado en las rodillas. Por uno de los bolsillos de la cazadora asomaba el cuello de una botella. Un transeúnte distraído tropezó con sus piernas y le dirigió un comentario despectivo acerca de su estado de embriaguez. La desesperación y la ruina que se adivinaban el el fondo de su posible borrachera impresionaban de forma extraordinaria. Estaba total, irremisiblemente ajeno al bullicioso discurrir de la gente a su alrededor que le miraban extrañados, porque a pesar de las huellas terribles con que la miseria y el abandono lo habían marcado, conservaba todavía la extraordinaria belleza de su rostro y un aire inequívoco de juventud. No llegaría a los treinta años.

    Cuando levantó la cabeza, me llevé la mano a la boca para ahogar una exclamación de congoja; sus ojos enrojecidos y vidriosos, tan cálidos en otro tiempo, estaban ahora espantosamente inertes y helados.

    Fingiendo que miraba un escaparate, estuve observándole de reojo. Durante todo el tiempo no dio ningún indicio de que algo conservara todavía algún interés para él.

    Yo estaba tan apenada y sobrecogida que no supe qué hacer. Tuve la mano extendida para tocarle, pero desistí. Su abrumadora soledad estaba tan lejos de redención, que cualquier gesto de acercamiento o de ayuda, hubiera resultado baladí. Era casi indecoroso que alguien que había admirado su singular encanto fuera ahora testigo de su amargo derrumbamiento.

    Yo los había conocido, a él y a su mujer, tan sólo cuatro años atrás, cuando los dos eran tan jóvenes y tan hermosos y estaban tan enamorados. Tenían delante un porvenir espléndido y lleno de promesas, pero eso fue antes de que, inocentemente, abrieran la puerta de su casa y sentaran a su mesa a un fantasma corpóreo y perfumado que se introdujo en sus vidas para chupar con avidez de su felicidad hasta destrozarlos.

    No tuve ánimos para acudir a mi cita. Quise saber qué clase de suceso espantoso puede segar tan brutalmente la alegría de vivir. Subí hasta mi casa y me precipité hacia el teléfono para llamar a mi amiga Marisa.

    Ella los había traído a nuestra tertulia del café Comercial. Fue vecina suya cuando ellos se instalaron, recién casados, en un piso antiguo de Argüelles, cerca de Rosales. Los tres mantuvieron una entrañable relación amistosa.

    Mientras le describía la sordidez de mi encuentro la oí llorar a través del auricular. Cuando pudo hablar me dijo que era una historia larga y estremecedora y me invitó a cenar en su casa.

    En su cuarto de trabajo, delante de un cóctel con bastantes grados, absolutamente inusual en ella, habló durante dos o tres horas sin poder reprimir, de vez en cuando, los sollozos. No cenamos, y dormimos en la misma habitación. Nos hizo daño el alcohol o la sospecha, inconfesada, de que, al menos aquella noche, no éramos en absoluto felices. *** Miguel y Nines se habían conocido en la facultad de Filosofía y Letras en los apasionantes días precedentes a las manifestaciones estudiantiles del 65, que culminaron con la expulsión de la Universidad de varios profesores de notable prestigio. Ella tenía diecisiete años y acababa de empezar la carrera. Para él, aquel año sería el último en Bellas Artes.

    Se amaron en seguida. Cruzaron miradas largas como caricias. Pasearon por las avenidas de la Complutense turbándose cada vez que sus manos se tocaban.

    Una tarde, sentados en un banco de la explanada que conduce a la facultad de Medicina ella rozó con sus labios la mejilla de Miguel. El giró la cabeza hasta que sus bocas se encontraron con toda la luminosa y tierna entrega que sólo es posible cuando se ama por primera vez. Dos meses después, cuando ella se iba de vacaciones a la ciudad donde residían sus padres, él le entregó un poema conmovedor que hablaba de lo insoportable de la separación y lo incierto de su reencuentro.

    Durante el verano escribieron cartas apasionadas e impacientes y en cierta ocasión que él consiguió ir a verla se besaron el el parque hasta desfallecer.

    Después de mil peripecias, vencieron la oposición familiar, y, con un entusiasmo arrollador y escasísimos medios, comenzaron lo que pensaron que sería un largo camino de amor en libertad. Cuando Marisa los introdujo en nuestro grupo nos quedamos todos embelesados. Sus cuerpos se buscaban continuamente y siempre estaban enlazados de alguna manera.

    Se enfrentaban a al vida con una plenitud y un candor embriagadores.

    Para nosotros, castigados ya por innumerables fracasos amorosos y profesionales, sus juicios siempre generosos y valientes, y su actitud ajena al desánimo, representaban un vigoroso estímulo.

    Miguel prometía grandes cosas, estaba lleno de ideas y trabajaba muchas horas al día. Nines, que había tenido que aplazar sus estudios, estallaba de adoración por Miguel, Mary Quant y el sargento Pipers.

    Proyectaban por entonces su primer hijo.

    No eran conscientes de la atracción que despertaban, y por entonces estaban muy lejos de saber que no todo el mundo iba a respetar el tesoro que ellos tenían. Ignoraban que hay gentes que ya no tienen nada que perder y están al acecho como urracas para apoderarse de cualquier cosa que brille, y soy testigo de que durante aquel año, ellos brillaban.

    Mientras estuvieron solos y juntos todo tuvo un hálito de maravilla. El niño trajo los primeros cambios.

    Soportar la responsabilidad de una vida que empieza era demasiado, sobre todo para Nines que, de un día para otro, tuvo que cambiar todas sus costumbres.

    Nunca había oído hablar de la depresión que suele suceder al parto. A ella le agarró de lleno. Le molestaba la dureza de sus pechos excesivamente crecidos por un caudal de leche que rebozaban manchando los vestidos que los oprimían. Se sentía culpable por no estar, ahora que ya tenían su ansiado bebé, loca de alegría. Los interminables barreños de ropa sucia no se parecían en nada a las aventuras que habían proyectado. Odiaba no tener nada estimulante que contarle a Miguel a su regreso y haber perdido la esbeltez de su cintura que él abarcaba admirado con sus manos. Nunca pensó que aquellas molestias, de las que generosamente evitaba hablar con su marido, pudieran separarlos.

    Yo quisiera someter, por una vez, mi sentimiento de indignación, a un razonamiento benévolo, pero me resulta difícil comprender que, aprovecharse de las dificultades de una pareja para meterse de costado en sus vidas no sea, cuando menos, inmoral. Sucedió lo inevitable:
    apareció otra mujer, que, naturalmente, los estimaba mucho a los dos.

    Nada nuevo.

    Sólo sabemos de ella que se aburría sentada en su lindo salón, mientras su marido trabajaba para pagar, entre otras cosas, una asistenta que sacara un brillo cegador al parquee. Después de pintarse, no tenía nada que hacer, y es justo comprender que necesitase a alguien que la paseara por el deslumbrante mundo de las boites nocturnas. El dinero necesario no era un problema. Las mentiras, tampoco.

    Se además aquellos chicos eran pobres e inexpertos, aquello podría tomarse como una loable labor docente: ella sabía muchas historias entretenidas sobre los mil métodos sutiles y excitantes de cómo corromper a un adolescente.

    Hay abismos que sólo son el preludio de otros abismos más negros y profundos. Miguel se quedó atrapado. No importa en que grado. Bien aprendida la lección, empezó a mentir y eso nunca tiene final. Algo les separaba y las cosas entre ellos ya nunca volverían a ser igual.

    Si él no hubiera sido tan inocente nunca hubiera caído en la trampa perfumada, ni finalmente, le hubiera contado el asunto a Nines con toda la suerte detalles, como se describe un juego divertido que, por eso mismo, no hay ninguna razón para cortar. Estaba tan inflado como un pavo y salía y entraba de la casa abrochándose el chaleco del traje nuevo y dejando tras de sí la estela de un perfume demasiado caro para sus posibilidades.

    La confirmación de las sospechas le produjo a Nines un choque brutal.

    La sordidez del mundo cotidiano se abatió sobre ella sorprendiéndola con su crueldad. Hubiera querido morir. Desconocía a su marido. El triste espectáculo de los adultos mentirosos la abochornaba. Miguel era la única cosa en el mundo de la que ella estaba segura que ningún daño podría venirle. Y ahora estaba allí intentando sentarla en sus rodillas para descubrirle con una crueldad incomprensible detalles torturadores.

    ¿Si el hijo era de los dos, por qué los había relegado a papeles tan diferentes?

    Al principio, lo más insoportable fueron las imágenes. Pensaba en ellos desnudos sobre la cama acariciándose y un dolor lacerante se le atravesaba en el estómago. No pasó por su imaginación impedirlo. Pensó que se trataba de una historia de amor y sabía que eso, cuando nace, es inevitable.

    Fumaba mucho. Le dolía es estómago. Dormía poco y mal. No sabía qué hacer. ¿Dónde ir con un niño y sin trabajo? Le repugnaba la idea de volver a su casa arrastrando un fracaso y no había ninguna razón para dejar a su hijo porque su marido se hubiera enamorado de otra mujer.

    Deambulaba por la casa arrastrando su dolorosa perplejidad, incapaz de superar la rutina de las faenas domésticas, a las que culpaba de todos sus males.

    Cuando el niño se dormía ella se tomaba dos copas de un coñac que aborrecía, pero que le brindaba un agradable estado de somnolencia y se tumbaba en la cama para soñar entre nubes lo felices que habían sido. Las palabras finales de una verso de Poe la martilleaban insoportablemente: nunca más…, nunca mas…, nunca mas…

    Aquel flirt tan divertido duró lo suficiente para hundir a Nines. La estimación que ella tenía de sí misma se basaba en ser una cosa amable, amada por un personaje tan estupendo como Miguel. Cuando creyó que eso había fallado, el mundo falló también.

    La tarde del 8 de junio fue particularmente aciaga. El bebé había tenido un proceso diarreico que la obligó a cambiarle los pañales infinidad de veces y a lavarlos rápidamente para que se secaran. A las once de la noche, se hundió en un sillón agotada, invadida por un desaliento aniquilador. Miguel, que revoloteaba inquieto a su alrededor, le puso el televisor para que se distrajera, puesto que él iba a salir.

    Con el pomo de la puerta en la mano le dirigió las últimas palabras: no me esperes despierta, vendré tarde, a las tres, a las cuatro o a las cinco. La crueldad que implicaba esta observación la dejó anonadada. No pudo contestar, ocupada en retener las lágrimas hasta que él saliera.

    Con los ojos empañados vio en el televisor la conmovedora escena de amor de Picnic. Le hizo un daño insoportable.

    Se levantó trastornada y cogió del botiquín cuatro pastillas de un somnífero para buscar en el sueño un olvido que parecía imposible.

    Sabía que no pasaría nada irreparable. El niño la necesitaba. Así conseguiría dormir profundamente toda la noche.

    Miguel no regresó aquella noche, pero ella no lo supo.

    Amanecía el 9 de junio. Sobre las siete de la mañana el niño inició los gorgojos y ruiditos con los que reclamaba la atención de su madre.

    Nines lo oía lejano pero no podía reaccionar, mareada todavía por el efecto del barbitúrico. Se dio la vuelta en la cama y agarró su manita, intentando retenerlo un poco más. Le tocó. Estaba empapado y frío. Era preciso cambiarlo. Se levantó dormida y, a tientas, abrió el grifo del baño. Volvió a la habitación y se derrumbó sobre la cama. Las piernas apenas si lograban sostenerla. Pasó un largo rato. La bañera tendría ya más agua de la necesaria. Puso al bebé sobre la cama y a ciegas, le desnudó mientras él jugueteaba chupándose los deditos. Ponerle limpio y darle el biberón sería cuestión de veinte minutos. Luego los dos podrían dormir otra vez. No conseguía despejarse. Un sopor agudísimo la invadía. Con el niño en los brazos avanzó por el pasillo con los ojos cerrados, tambaleándose. Los párpados le pesaban como losas. Cuando el agua tocó su cuerpecito desnudo el bebé lloró desconsolado. Estaba fría. Le sostuvo con una mano mientras, precipitada, abría con la otra el grifo de la caliente, del que brotó un chorro ardiente. La bañera estaba casi llena y los baldosines de la pared giraban a su alrededor.

    Al forzar el cuerpo para abrir el grifo, el niño se le escurrió de la mano lo sostenía. El vapor inundó la estancia. No se veía. El agua quemaba. Intentó sujetarle nerviosa y atolondrada mientras cerraba otra vez el grifo rojo. No consiguió ninguna de las dos cosas. Se escurrió en el suelo encharcado. Empezó a gemir. Manoteó frenéticamente buscando el bultito diminuto en aquella inmensidad de agua abrasadora.

    Enloqueció de pánico. Estaba empapada. Lloraba con desesperación.

    Pasaron siglos.

    Le perdió. Cuando consiguió sacarle, el niño estaba inerte. No se movía. No respiraba. La nube de vapor quedó paralizada por un grito desgarrador. Sólo uno. Rodeando el cuerpo desnudo con sus dos brazos, lo apretó contra su corazón, mientras se derrumbaba sobre el suelo musitando dulcemente ternuras interminables: háblame por favor, arbolito, terroncito de azúcar. Tú eres mi bebé y te quiero, te quiero, te quiero… Mi muchachito… Despiértate por favor…, sonríeme por favor…, por favor…, por favor…

    Después llegaron los minutos más aterradores que una mujer puede experimentar. No existe ningún horror parecido a eso. Le arropó con una toalla. Restregó su carita todavía tibia contra la suya. Se levantó.

    Sobre la repisa descansaba la navaja de afeitar que se había traído como recuerdo de su padre y que Miguel usaba algunas veces. El mango de marfil blanco aumentó su tamaño hasta el infinito. La abrió. Se hizo un tajo profundo en el cuello, otro en cada uno de las muñecas, se descubrió el pecho y lo atravesó con una cruz de parte en parte. Su rostro, delante del espejo, estaba intacto. Tan bello como siempre. No pudo soportarlo. Lo mutiló fríamente. Se sentó en el suelo encharcado, recostando la espalda contra la bañera. Cubrió esmeradamente los piececitos del niño con la toalla blanca y tibia… Sobre las losas del pasillo avanzó lentamente un río de sangre…

    Hacia las nueve llegó Miguel. Traía en la mano un ramo de caléndulas para Nines. Conocía su pasión por las flores modestas. Abrió la puerta mientras paladeaba por anticipado la alegría de la reconciliación.

    Aquel juego estúpido había terminado y ahora volvería a tenerla cegadoramente entregada, entre sus brazos.

    Renuncio a describir el pavor de un descubrimiento abominable. Por la tarde Marisa bajó a tomar café con Nines. El tenía el cuerpo empapado de sangre y agua. Nadie volvió a verle sonreír jamás… En el estudio se fueron acumulando bocetos de un cuadro inacabado, siempre el mismo…

    Sobre el pasillo de un piso de Argüelles, cerca de Rosales quedó, pisoteado y marchito, un ramo de caléndulas.

    Fin.

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