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    AQUELARRE

    Mediados del siglo XVI, en un caserío vasco toda la familia se preparaba para la fiesta de Zumarramundi, donde se comía y se bebía abundantemente, además de reír toda la noche. En noches como aquellas las familias de los caseríos se reunían en la plaza de aldea, que era una especie de “etxekoandre” en el centro de un pequeño núcleo de caseríos. Caída la noche todos se preparan para la fiesta: la madre y la abuela preparaban la cena, el padre cortaba la leña mientras la hija pequeña jugaba con los trozos de madera que iban cayendo. Urko no dejaba de dar vueltas por la “etxekoandre”, cosa que no agradaba a la abuela.

    -Sal a jugar fuera, Urko - le gruñía la abuela.
    -Pero todavía no han venido los demás.
    -Tranquilo - dijo la madre - pasarán por aquí más tarde para bajar a la aldea, y podréis ir a jugar todos juntos.

    El abuelo, un tanto aislado, miraba fijamente el fuego de la chimenea, ensimismado en sus recuerdos. Urko se sentó junto a los pies del viejo y se lo quedó mirando. El abuelo al sentirse observado miró a Urko y le sonrió.

    -Abuelo ¿qué hay detrás de las montañas?
    -¿Detrás de las montañas? Pues hace muchos años oí decir que vivían extrañas criaturas, parecidas a los zorros, que echaban fuego por la boca.
    -¿Y esas extrañas criaturas se comen a las personas?
    -Claro, allí no viven personas ni ningún animal porque esas feroces criaturas les matarían. Además allí no crecen los arboles, porque los queman con el fuego que escupen.

    Después de la charla de Urko con su abuelo se sentó toda la familia en la mesa para cenar, el principio de aquella noche festiva.

    Urko no se creía mucho la historia de las extrañas criaturas que escupían fuego, pero si que se creía una historia que había escuchado contar a los mayores en noches de fiesta, en la que hablaban de un océano donde viven animales tan enormes que no cabrían en el valle.

    Después de la cena salieron todos fuera, hacía un viento que helaba y el padre de Urko encendió una antorcha. Pronto llegó el gentío cantando colina abajo. La familia bajó a la aldea con el resto de peregrinos. Las mujeres cantaban, los hombres llevaban las antorchas y los niños corrían de un lado a otro.

    Una vez llegaron a la aldea los mayores empezaron a beber, a bailar, a cantar y pronto se olvidaron de los más pequeños. Estos empezaron a correr, a esconderse detrás de grandes árboles y caseríos. Urko y tres amigos más se cansaron de ese juego y se sentaron junto a un gran olmo.

    -¿Que hay niños, no jugáis? - les preguntó un viejo, conocido como el loco de las colinas, al que todos los mayores le tenían mucho miedo y prohibían que los niños se acerquen a él. Era por eso que estaba apartado del grupo de adultos y no canta ni baila con los demás.

    • No sabemos a que jugar.
    • Cuando yo tenía vuestra edad iba a los montes. Pero un consejo, si vais no os acerquéis a las cuevas…

    Al decir esto se quedó pensativo y se fue sin decir más. Los niños aprovecharon el despiste de los mayores, y salieron hacia los montes. Estuvieron jugando mucho tiempo en las colinas bajo la oscuridad de la noche. De pronto Txindoki, uno de los amigos de Urko, observó algo en el horizonte que le llamó la atención.

    -¿Que es eso? - preguntó Txindoki.

    Lo que veían es una hilera de luces acercándose hacia las cuevas.

    • Venga, vamos - dice Txindoki.

    A pocos metros de la comitiva, protegidos por la oscuridad, veían como personas cubiertas con mantos negros cabalgando en machos cabríos se dirigían al interior de la cueva. Una vez desaparecidas en el interior de la oquedad, Txindoki propuso entrar también.

    -Será mejor que nos vayamos, ¿ No oísteis al viejo de la colina ? - dijo Urko.

    -Eres un cobarde, Urko. Yo si que voy a entrar.

    Txindoki se fue corriendo hacia la cueva y los dos chicos le siguieron dejando solo a Urko.

    -No vayáis - gritó.

    Al encontrarse solo empiezó a vagar en la oscuridad de la noche y al verse abandonado por sus amigos se escondió en el hueco de un viejo árbol, sin saber que encima de sus ramas estaba un ángel que le protegía. Y sin saber como, desde esa posición podía ver y oír lo que ocurre en la profundidad de la cueva. Urko veía a sus amigos en el interior de la cueva, se encontranban atados con grandes cuerdas junto a una hoguera, en el centro de una tenebrosa reunión.

    -¿ Habéis pactado vuestra alma con el diablo ? - les preguntó una bruja con el rostro deformado.

    -No, no - gritaron los niños.

    Urko vió como la bruja se acercó torpemente a los muchachos, era como si le costara caminar, cogió a Jaizkíbel, el más joven de los cuatro amigos que subieron al monte.

    -Tú ¿Nunca has estado en un aquelarre? - le gritó la bruja a Jaizkíbel. -¿Que es eso ?- preguntó asustado.
    -Esto - respondió la bruja mientras le cogía del brazo y lo introducía en la hoguera.
    -¿Has pactado con el diablo?

    Jaizkíbel, en medio de los dolores del tormento no tuvo más remedio que afirmar, sin saber que es eso, que ha pactado con el diablo.

    Urko estaba horrorizado presenciando esa orgía tenebrosa.

    Las brujas, olvidándose de los chicos, empiezaron a entonar extraños cantos, adorando a un macho cabrío que lo observaba todo desde la zona más alta de la cueva, era como si ese animal tuviese mente humana, sin duda era el líder de la reunión. El macho cabrío entonaba versos capaces de ejercer una influencia oculta entre los presentes.

    Terminados estos macabros ritos, el macho cabrío escoltado por las brujas se dirige hacia en grupo de chicos.

    -Como bien sabéis, en estas reuniones se sacrifican animales para comernos sus cuerpos, de esta manera adquirimos sus virtudes, como la fuerza o la astucia. Pero también sacrificamos a los intrusos, que intentan escudriñar nuestras reuniones.

    -Pero nosotros no tenemos ninguna virtud - dijo con impotencia Txindoki.

    -Claro que tenéis una virtud - respondió el líder - tenéis la virtud de la juventud.

    Y sacando un largo cuchillo apuñaló el corazón de cada uno de los niños, bajo los cantos satánicos de las brujas, mientras comienzaba una orgía cada vez más salvaje, en la que las horribles brujas danzaban torpemente. Y a medida que arrancaban trozos de los cuerpos de los muchachos y se los comían iban bailando con más agilidad, como si se volviesen jóvenes.

    Urko no pudo soportar el horrible conciliábulo y acabó desmayándose al presenciar estas horribles imágenes.

    Al despertar se encontró durmiendo en el diván del caserío, pero Urko estaba convencido que aquello no había sido un sueño y aún asustado, salió del caserío para buscar a sus amigos. Estos estaban sentados bajo el olmo, donde el viejo de la colina les habló de la cueva la noche anterior.

    -¿Cómo salisteis de allí ? - les preguntó Urko.
    -¿De donde ? - le responde Txindoki con una malévola sonrisa en su cara.

    Tanto Txindoki como los otros intentaban quitarle esas ideas y persuadirle de que nada de eso pasó, pero Urko estaba convencido que aquello ocurrió realmente. Al ver a sus amigos formando un coro alrededor de una débil hoguera, sentía como si volviese a presenciar aquel horrible Aquelarre.

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