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EL CONJURO

Unos repentinos ladridos, me asustaron tras golpear la puerta del apartamento de Sara, a la cual, no veía desde que terminamos los estudios en la universidad, tres años atrás.

La puerta se abrió de súbito, y fui recibido por un gran perro guardián de mirada asesina. Me enseñó sus afilados colmillos con un gesto de fiereza. Ante él, di un grito de espanto, y al instante se presentó mi amiga. Ella, tan esbelta como siempre, llevaba su rubia melena despeinada. Vestía una falda verde que le llegaba hasta los tobillos, y una ceñida camisa blanca. Enfadada, regañó al animal:
-¡Vete fuera de casa!
Su único compañero, obediente, agachó la cabeza, y se marchó escaleras abajo.
Luego, Sara se dirigió a mí con una amplia sonrisa, y me dijo:
-¡Qué sorpresa Rafael! ¿ Cómo tu por aquí ? Pasa, nos tomamos un café y charlamos de los viejos tiempos.

Entramos hacia el salón; él cuál contenía cuatro sillones antiguos, cubría el suelo una alfombra con dibujos abstractos, en medio, relucía una mesa de mármol negro. Al fondo del cuarto, se veía un mueble extraño llena de libros y un largo reloj de madera. Marcaba las seis de la tarde.

Nos sentamos en el suelo, uno frente al otro, y comenzamos una animada conversación que se alargó por más de una hora.
La velada se interrumpió cuando Sara se puso en pie de un brinco, e intranquila me preguntó:
-¿Quieres esperar unos minutos? Voy a buscar un viejo pergamino del verdadero conjuro, “Para poseer la vida eterna”.
-¡De acuerdo!. Todavía recuerdas que me entusiasman esos viejos escritos. ¡Tráelo pronto! - le contesté con impaciencia.

Tumbado en un cómodo sillón, volví a mirar el vistoso reloj, ahora eran las ocho de una oscura y húmeda tarde otoñal. Estaba aburrido de esperar, pasaron unos diez minutos, hasta que por fin llegó. Me pidió perdón por la tardanza, y me empezó a hablar del misterioso pergamino:
-Yo había guardado el conjuro en mi cuarto y…¿sabes en que lugar estaba ahora?
-¡Pues, no! - le respondí al instante.
-Encima de la mesilla, en la habitación de mi abuela - contestó Sara extrañada.
-No puede ser, me has dicho que la mujer murió hace un mes - contesté pensando que era una broma de mí amiga.
-Sí, ¡pero el escrito era suyo!.
-Mejor lee lo que dice, antes que desaparezca de tus manos - le dije riendo. Sara se acomodó en un asiento, ajustó un cojín a la espalda, e inició lentamente la lectura.

Yo escuchaba como invocaba a todos los espíritus del mal; Satanás, Belcebú, brujas, sectas diabólicas…, entre otros.

La segunda parte del exorcismo, se trataba de un pacto maléfico, que exigía a las tinieblas y a la luz poderosa del Universo, un intercambio de dos vidas. El retorno de la vieja abuela, por la de una alma inocente.

A pesar de que no comprendí lo que estaba escuchando; sentí miedo y un escalofrío recorrió mis venas. Mí amiga no se detenía y leía cada vez más absorta. Mantenía los ojos completamente abiertos, tanto, que parecía que se le iban a salir de las órbitas, y comenzaba a ascender el tono de su voz. Todo ello, consiguió asustarme y le dije nervioso:
-Bueno. ¡Ya puedes abandonar esa inquietante lectura del hechizo!, ¡te está distorsionando!

Sin gesticular ni una palabra, Sara se levantó, dejó caer al suelo el papiro y continuó andando como una sonámbula. La seguí a pasos cortos para averiguar a donde se encaminaba.
Después de cruzar el pasillo entró en la cocina; se agachó en frente de un pequeño armario blanco, situado al lado del fregadero, y de uno de sus cajones extrajo…, un largo y afilado cuchillo. Fuertemente agarró el arma asesina con la intención de clavármela; entonces comprendí que llevaría a cabo el malvado convenio, influenciada por los poderes mentales de su abuela, desde el limbo.
Eché a correr aterrorizado hacia la salida. La puerta me resultaba difícil de abrir. El temblor de los brazos y de las manos iba en aumento. Pero al fin, logré deslizar el pestillo con la velocidad que me fue posible. El feroz perro que esperaba en las escaleras, se me lanzó encima, y a mordiscos me destrozó la camisa de seda. Empujé el animal con todas mis fuerzas. Conmocionado, dudaba si bajar las escaleras a gatas, para no perder tiempo, o bajarlas de pie.
Al incorporarme, tropecé con la inexorable Sara, y enfurecida preguntó:
-Rafael. ¿Por qué te vas sin despedirte?
-Es… que. ¡Tengo mucha prisa! ya es de noche - contesté con voz trémula.
-¡Pero no te puedes ir aún…! Tenemos que tomar un café.

Sin esperar contestación, me agarró por un brazo para trasladarme, sin llegar a pisar el suelo, dentro del apartamento. No me soltó hasta la cocina, en ella, el violento perro me arrinconó contra la pared. La mujer exorcizada, me traspasó con su mirada congelada, alzó una segunda vez el cuchillo puntiagudo y arremetió hacia mi pecho con una desenfrenada concentración de ira.

Yo, completamente aturdido luché por defenderme de aquel amargo desenlace, utilizando las pocas resistencias que me quedaban. Con un agotador forcejeo alejé de mí, la mano armada, la cuál cayó a plomo sobre el costado del animal. El can lanzó un tremebundo aullido y comenzó a derramar sangre a raudales.

En muy poco tiempo, el liquido rojo cubrió los pies descalzos de Sara.

Viendo cómo se extendía la sangre por el suelo del cuarto, su rostro torno a un color pálido intenso y abandonó el trance, desplomándose de rodillas llorando, delante de su fiel compañero sin vida. A mi me faltó tiempo para escapar; arrastrándome por los azulejos del resbaladizo suelo teñido de rojo. Sin mirar hacia atrás, sólo con la firme idea de huir lo antes posible, de aquel endiablado lugar y, nunca más volver.

Escrito en December 15, 2020
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