Etiquetas

relato dzulum lovecraft bloomerfield poe bloch sicker blog violacion video tech ouija muerta king campbell audio
E-mail
Facebook
Github
RSS
Twitter

El Ahorcado

Dedicado a Mónica Remacha en el día de su cumpleaños

-El acusado queda condenado a la horca.

Esas palabras, que tan importantes resultarían para el resto de su vida, rebotaron en las paredes de la sala donde se había realizado el juicio, llegando a sus oídos poco a poco, una a una. Al principio fueron eso, solo palabras, pero al cabo de un rato consiguió juntarlas para que formaran una frase, que súbitamente cobró sentido para él: estaba condenado a muerte.

Todo se había vuelto muy confuso para él desde el momento en que lo habían sacado de su carromato, donde recorría los pueblos vendiendo utensilios para la cocina. Unos guardias armados con lanzas lo habían encadenado, y se lo habían llevado hasta un calabozo, donde estuvo tres días sin recibir ninguna explicación.

Así le tuvieron, alimentándole a pan y agua, hasta que un día el que abrió la puerta no fue un carcelero sino un hombre vestido con unos bombachos negros y una amplia blusa. Éste desplegó ante él un rollo de papel y leyó así:

“Guillermo Bacho, vendedor y buhonero, es acusado por el pueblo de Vivar de haber cometido asesinato en la persona de la viuda de Rúbez, y por tanto queda emplazado al juicio que se celebrará en una semana a partir de fecha de hoy, donde se trataran los hechos relatados anteriormente, y en nombre del pueblo de Vivar el fiscal Antonio González “

Y así fue como al cabo de una semana se encontró sentado en el banquillo de los acusados, por causa de un crimen que no había cometido, sabiendo además que no podría demostrarlo.

Durante el juicio pudo darse cuenta de que no era mas que el acusado perfecto que necesitaba la conciencia del pueblo para quedarse tranquila. La única, y absurda, prueba que había contra él era un cuchillo como los que el vendía al lado de la víctima. Cuando en el juicio le preguntaron si ese cuchillo era suyo, y afirmó que sí, que el vendía esos cuchillos, un murmullo recorrió la sala, como si eso probara de forma determinante su culpabilidad. Además, él no podía responder a la pregunta de a quién se lo había vendido, puesto que la tarde anterior le habían comprado muchos de ese tipo en la plaza del pueblo.

El resto de pruebas no eran mas que suposiciones de gente que decía haberle visto merodeando por la casa de la viuda, o que se habían fijado en que mientras vendía desde su carromato lanzaba constantes miradas hacia donde ésta se encontraba. Él, por contra, solo podía alegar en su defensa que había estado toda la tarde en la plaza del pueblo, y por la noche, haciendo collares que vender a la mañana siguiente, ensartando piedras de colores y maderas en hilo de cobre. Le parecía tan absurdo que le acusaran de haber matado a alguien que ni siquiera contestó cuando le preguntaron si era culpable o inocente, cosa que hizo pensar a todo el público que se había dado cita en la sala que realmente había sido él.

Por eso, cuando oyó la sentencia a la horca, y supo que no le quedaba mucho tiempo de vida, sintió una gran tristeza, y una gran rabia por haber sido la solución mas fácil para que el nombre del pueblo no quedara manchado. La agonía de la espera se prolongaría durante cerca de un año, ya que en el pueblo era costumbre realizar los ajusticiamientos antes de las fiestas. Esto le hizo cobrar nuevas esperanzas sobre el dictamen del juicio, pero sus carceleros pronto le hicieron ver que la espera no era mas que un aplazamiento de una sentencia firme: la horca.

Guillermo Bacho, vendedor de utensilios de cocina, hundió la cara entre sus manos y sentado en el suelo del calabozo lloró, y así estuvo siete días y siete noches, sin comer ni beber. Cuando se le acabaron las lágrimas ya había tomado una decisión : no podía morir, no se lo merecía.

Comenzó entrenándose todas las mañanas. Unas semanas después lo hacía por la mañana y por la tarde, y al mes no hacía otra cosa que no fuera lo ejercicios, comer y dormir.

Su mente no podía aceptar la muerte, así que se había propuesto combatirla.

Estaba condenado a la horca, que llevaba a la muerte por asfixia. Si conseguía hacer su cuello mas fuerte que la cuerda lograría mantenerse con vida después de ahorcado. Así que todos los días, ajeno a las miradas de los carceleros, comenzaba la mañana con estiramientos de cuello y con respiraciones largas y profundas. Luego, colocándose boca abajo subía y bajaba el cuerpo con la única ayuda de su cuello, y pronto puedo levantar su cama metálica con la cabeza colocándose bajo ella. Evitaba los ejercicios de brazos y piernas, y comía poco, de forma que estos se convirtieran en meros apéndices de un cuello poderoso.

A los seis meses había logrado doblar el volumen de su cuello, y era capaz de respirar únicamente cada tres minutos, sin dejar de mantener el cuello en tensión. La clave estaba en lograr mantener la fuerza del cuello constantemente, de forma que el nudo corredizo no se moviera, ya que una vez cerrado el lazo no habría forma de volver a abrirlo, con las manos atadas y los pies colgando como estaría.

A los ocho meses ya no podía andar, debido a la debilidad de sus piernas, pero esto no impidió que siguiera levantando su cama diariamente y moviéndose por el suelo con la única ayuda de su cabeza.

Un mes antes de la fecha fijada para el ahorcamiento los brazos dejaron de responderle, pero su cuello había adquirido tal fortaleza que no le importó, y sus pulmones y estómago estaban tan entrenados que respiraba en intervalos de diez minutos y comía cada tres días.

Así fue como el día que abrieron la puerta para llevarlo a la muerte no gritó ni lloro pidiendo clemencia, sino que se concentró en como derrotar a la horca. El momento mas peligroso sería en el instante en que se abrieran las compuertas bajo sus pies y cayera al foso, puesto que su cuello sería el encargado de amortiguar la caída. Si conseguía mantener el nudo abierto luego sería capaz de respirar mientras su cuello sostenía su cuerpo, que ahora no era mas pesado que el de un niño.

La plaza del pueblo estaba llena. Un acontecimiento así no era algo que se pudiera ver todos los días. Lo niños se habían subido a los tejados de las casas para ver mejor, mientras los hombres comentaban entre ellos el asesinato ya olvidado, y hacían chistes sobre el condenado.

Las mujeres, al otro lado de la plaza, cuchicheaban entre ellas, y comentaban el extraño aspecto del cuerpo del antiguo vendedor de utensilios de cocina.

Algunos animales pasaban entre las piernas del público, y una gallina corría cacareando asustada por las pedradas de unos gamberros.

Subieron al reo al patíbulo montado para la ocasión, y un hombre vestido de negro leyó: “Guillermo Bacho, se cumple hoy la sentencia dictada el día de San Marcos, para el escarmiento de criminales y el tuyo propio. Serás ahorcado por el asesinato de la viuda de Rúbez. Es el momento de que pronuncies tus últimas palabras”

El vendedor no contestó, estaba concentrado en no morir. Ante su silencio, un verdugo encapuchado que había permanecido apartado durante la lectura de la sentencia le arrastró hacia la horca y deslizo el lazo alrededor de su cuello.

Guillermo Bacho, sosteniendo con sus piernas el poco peso que su cuerpo todavía no había consumido esperó al momento en que el verdugo accionó palanca que haría que las compuertas se abriesen, y entonces tensó el cuello lo máximo que pudo.

Un murmullo de asombro rompió el silencio de muerte que reinaba entre el público cuando la cuerda, haciendo un chasquido se partió. El vendedor, tendido en el suelo bajo la plataforma de madera, miraba asombrado hacia el cielo. No había esperado romper la cuerda, únicamente quería resistir el primer latigazo.

Lo niños del público comenzaron a gritar y a aplaudir, y los hombres se daban codazos entre sí. El verdugo contemplaba la cuerda con estupor, y llamó a su ayudante para que trajera una mas resistente.

Entre dos guardias subieron de nuevo al condenado al patíbulo, y allí esperaron a que trajeran una cuerda nueva. Guillermo Bacho miró fijamente al público, y éste vio en sus ojos la inocencia, y comentaba que alguien que ama tanto la vida no podía ser culpable de asesinato.

Por eso, cuando apareció el ayudante con la cuerda nueva se oyeron entre el público algunos gritos de desacuerdo, y cuando esta vez, al caer el condenado, la cuerda no se rompiese, un escalofrío de decepción recorrió la multitud.

Parte del público comenzó a dispersarse, dispuestos a hacer frente a la rutina, pero los que se quedaron en la plaza pudieron ver que el vendedor, contrariamente a lo que hacían otros ahorcados, no se agitaba bajo la cuerda ni comenzaba a sangrar, sino que permanecía quieto, con los ojos cerrados, como si hubiera muerto instantáneamente.

Así permaneció tres horas, y después abrió los ojos. Guillermo Bacho sentía que su cuello soportaba sin problemas su peso, y podía respirar mientras mantenía la tensión.

Los primeros que le vieron abrir los ojos fueron unos niños que jugaban en la plaza, y dando un grito corrieron a avisar a sus familias. Pronto se congregó todo el pueblo alrededor del ahorcado y comenzaron a discutir entre ellos. Pero nadie se atrevía a acercarse, puesto que había una sentencia firme sobre él, y ellos no podían hacer nada. Al cabo de unos días dejó de extrañarles que el ahorcado siguiera vivo y todos pensaban que se quedaría allí para siempre.

Algunos niños, y a veces alguna mujer, se le acercaban y le hablaban, pero el no contestaba porque hablar le costaba un gran esfuerzo. Un día un niño que se le acercaba cada día le tocó. El ahorcado abrió los ojos y susurró que le diera agua. El niño le miró, sonrió, y echo a correr, para volver poco después con una jarra llena de agua que le arrojó a la cara, ya que no alcanzaba a dársela en la boca. Otros niños que vieron como bebía le llevaron comida, y pronto todo el pueblo se había volcado en el mantenimiento de su ahorcado.

Se organizaron turnos de cuidados, y se eligieron las mejores comidas, pures, zumos y sopas, que le resultaran fáciles de tomar. Un carpintero le hizo un tejadillo para protegerle del sol y la lluvia, y otro grupo de personas se encargaban de lavarle.

El ahorcado vio que le querían, y por primera vez en su vida se sintió integrado en una sociedad. Comenzó así a hacer ejercicios diarios que le permitieran mantener su musculatura, y pronto se olvido en que un día no muy lejano recorría el país vendiendo utensilios de cocina.

Por todo esto, mucha gente no supo si un año mas tarde, en el aniversario de su ejecución, su silencio a la pregunta del juez de si aceptaba recobrar la libertad se debió a que no podía hablar, o a si prefería continuar allí, pero lo cierto es que todos se alegraron de que se quedase con ellos el resto de su vida.

Hoy en día, en la plaza de Vivar, conservan una horca, que tiene un muñeco de madera colgando. Cada año, el alcalde del pueblo, se acerca al muñeco, y le pregunta si desea continuar allí o bajar. El silencio con el que responde el muñeco marca el inicio de las fiestas, y el pueblo se lanza a disfrutar a las calles.

Ramón Aragüés Peleato, Agosto 1997

Escrito en November 19, 2020
[ relato  ]