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Historia del hombre castigado por dios

Autor: Raúl Bonilla.

No debí vacilar en matar a ese negro que vivía dos casa mas allá de los Knepper. Debí obedecer la voluntad de Dios y pegarle un tiro cuando tuve la oportunidad. Supe lo craso de mi error esta mañana cuando me levante a orinar y encontré a mi pequeña Caroline tirada a un lado del retrete, convulsionándose, con un bicho saliendole por las entrañas. El era el único motivo de vergüenza en nuestro barrio de blancos, la razón por la que el viejo Abe enviudara y los gemelos Grover contrajeran paperas. Es bien sabido que los negros, con su sangre de conejo, traen mala suerte.

Tres semanas antes que se mudaran, Lulamae, mi mujer, me comento que la familia que ocuparía la casa que llevaba seis meses ofreciéndose en alquiler, seria de negros. Esa noche no dormí. Al día siguiente, apenas llegue a la oficina, telefonee a los propietarios para exigirles una explicación. Por ellos me entere que se apellidaban Ducky y que habían comprado y no alquilado la casa. “Como pudieron venderle su casa a unos negros?”, les pregunte. La respuesta que obtuve me desconcertó: Que tenia eso de malo? Estrelle el teléfono, agradeciendo que gente como esa ya no viviera en mi barrio, aunque nos hubieran dejado tan mal recuerdo. Entrelace las manos para elevarle una plegaria al Señor, para preguntarle por que me castigaba si yo había sido un buen blanco toda mi vida. De niño, mis padres, que en paz descansen, me enseñaron que los negros, los judíos y los gitanos, no son parte de la raza humana como nos quieren hacer creer. Son animales que imitan al hombre, como los indios y los orientales. El único hombre que es hombre, propiamente dicho, es el hombre blanco. En el Génesis Dios le dio a Adán -que era blanco y no judío, como tampoco lo fueron Moisés, el rey David, o Jesús- el dominio sobre todos los animales. Los negros son animales. Tenemos todo el derecho de hacer con ellos lo que nos venga en gana. Siempre había observado todo lo que se me había enseñado para amar y ser fiel a mi raza, empero, jamas le había hecho daño a un negro ni había sido miembro activo de las organizaciones que luchan por expulsarlos de América y los dominios del hombre blanco. Me había limitado a participar en manifestaciones y repartir libelos de cuando en cuando. Seria por eso que Dios me mandaba un negro a mi barrio? Dios debía estar enojado conmigo. Quería que fuera su ángel vengador. Quería que matara a ese negro y demostrara cuan blanco soy.

No le prestaría atención a esta idea hasta el domingo, en el culto, cuando me encontré con que el negro estaba ahí, escuchando al ministro como si nada.

-Que hace ese negro aquí? -estepe, señalándolo.

El ministro callo. La concurrencia volteo a verme. El negro hizo lo mismo, levantándose. Podía tener unos treinta años. Alto, de complexión mediana. Piel ébano. Cabello corto con barba. A excepción de una mujer blanca, no había nadie mas sentado con el. Esta mujer, al ver la reacción del negro, le tomo del brazo y le pidió que se calmara.

-Que haces tocando a ese negro? -le grite.

La mujer, de cabello castaño, pecas, nariz pequeña, cara redonda y unos siete meses de embarazo, se levanto en el acto y me respondió:

-Es mi marido.

No pude creer lo que había escuchado.

-Eres esposa de un negro? -grite mas alto- Pero quien te has creído para hacer eso?

La mujer puso una cara como cuando nos dicen algo que realmente nos ofende. El negro reacciono igual, pero con rabia. En eso intervino el ministro, con voz dulce:

-Hijo, por favor…

-Y usted como se atrever a recibir un negro en la casa de Dios? Acaso no recuerda que color lleva en la piel?

El ministro ni se inmuto.

-Es solo un negro -Meneo la cabeza. Sus hombros se encogieron. -Solo un negro?…

El negro y su esposa se retiraron por un costado. El negro no me quito los ojos de encima ni un minuto.

Lulamae me regaño por darle tanta importancia a un negro. Me dijo lo mismo que todo el mundo a la salida del culto:

-Ya oíste al ministro, es solo un negro. Ya se dará cuenta que nadie lo quiere y se ira. Es cuestión de tiempo.

Era inconcebible. Teníamos a un demonio entre nosotros, un cerdo en un campo de perlas, envenenándonos invisiblemente con su brujería y dispuesto a destruir nuestra integridad trayendo al mundo un engendro con una de nuestras mujeres. Que clase de criatura se albergaba en ese vientre? El Anticristo seguramente.

Por eso mate a la esposa del negro. La idea que pariría un ser maléfico que destruiría nuestro mundo de blancos se hizo, con el pasar de las semanas, no una ocurrencia tortuosa, sino una revelación divina. Dios quería que matara a ese niño! Dios me había elegido para salvaguardar al hombre blanco! Un jueves llame a la oficina para avisar que estaba enfermo y espere a que los vecinos y el negro salieran a sus trabajos, a que las comadronas fueran al mercado o se ocuparan lo suficiente en sus quehaceres para que no me vieran atravesar la calle con un bate escondido tras la espalda y tocar a la puerta de la cocina de la casa del negro. La mujer estaba distraída y abrió la puerta de malla sin fijarse quien era. Apenas me vio se sorprendió, pero no dio indicios de querer estrellarme la puerta en las narices. Me habrá visto sonriendole y luego todo habrá sido confuso. El bate surcando el aire rápidamente, describiendo un arco de mi espalda a su cara. Después la sensación de que todos los dientes le salían disparados por la boca y la caída al suelo. Una lluvia de patada y batazos a continuación, y posiblemente una despedida amorosa al feto que se hacia trizas en su vientre. Si lo hubiera hecho en la casa de al lado, todos me hubieran visto. Pero esa perra había dejado de ser blanca cuando poso sus ojos en ese negro y la policía no obtuvo mas que negativas. “Yo no vi nada, señor”. “Yo no oí nada, señor”. Lulamae se la paso llorando toda la noche. “Dios mio, George. Estaba embarazada”, sollozaba.

Esa misma noche, poco después de los reclamos de Lulamae, el negro irrumpió en mi patio. “Yo se que fuiste tu, desgraciado! Yo se que fuiste tu!”, imprecaba, despertando a todo el vecindario. Lloraba de rabia. Sus ojos estaban rojos e hinchados. En ese momento si que parecía un mono, solo que iracundo.

Cogí mi revolver y corrí escaleras abajo a enfrentarlo. No bien abrí la puerta y salí cuando el negro se me echo encima y me derribo de un puñetazo. No permitió que me levantara. Se sentó sobre mi y me echo una lluvia de golpes. Yo no había soltado el arma al caer, pero la situación no me permitía emplearla. La alce y dirigí lo mas que pude al negro, y jale el gatillo. Ni lo roce, pero se asusto. Salto, apartándose, y me dejo libre. Me reincorpore torpemente, dirigiendo el arma en todo momento al negro. Este pudo notar como no podía mantener el brazo fijo en su dirección, como oscilaba de un lado a otro y de arriba a abajo, pero no se atrevió a atacarme de nuevo. Me despabile un tanto, lo mire con rencor por haberme pegado y le dispare. La bala lo penetro por un costado y lo derribo. Avance unos pasos torpemente y volví a disparar. Esta vez el impacto fue en la hierba. El negro se arrastro alejándose de mi con una mano en la herida sangrante. Me le acerque lo mas que pude y puse el cañón cerca de su frente. El negro comprendió que era el fin. Tenia miedo. Era un negro cobarde y asqueroso, y en su ultimo momento no temió demostrarlo. Estaba a punto de matarlo, a punto de obtener el perdón de Dios por no haber sido un buen blanco y no haber matado a un negro en toda mi vida, cuando se oyó un grito desesperado:

-George!

Era Lulamae. Estaba en la puerta, aun hecha un mar de lagrimas, despeinada y en bata. La mire, impresionado por lo terriblemente estúpida que podía ser su compasión. Me disponía a jalar del gatillo cuando sonaron las sirenas y estallaron las luces rojas y azules de los patrullas, y mi alma fue condenada para siempre.

El negro repitió hasta el cansancio lo que yo había hecho. Los periodistas, hambrientos de sensacionalismo, tontos, viles, traicioneros, tomaron nota de sus palabras y las llevaron al publico. El juicio fue un verdadero acontecimiento. Pero los blancos somos los que dominamos. Nosotros hemos conquistado al mundo. Fuimos a la Luna y descubrimos el secreto del átomo. Ningún negro iba a hacer que uno de nosotros fuera a parar a prisión por evitar que nos robaran nuestros logros, nuestras vidas, nuestro imperio. La gente de afuera, los descarriados, no estuvieron de acuerdo con el fallo. Las pruebas no eran circunstanciales, decían. Debí haber ido a la silla eléctrica, decían. Un hombre así no podía quedar libre, dijeron.

Regrese a casa tranquilo, sabiendo que había hecho lo correcto. Nadie me felicito. No me importo. Dormí feliz. De no haber sido por las ganas de orinar, hubiera dormido todo el día. Al entrar al baño y ver lo que le estaba saliendo a mi hija por la barriga, no obstante, supe que Dios seguía enojado conmigo. Era una cabecita negra llena de rizos oscuros. Era el hijo del negro que venia a destruirme. Era el mal prevaleciendo sobre el bien.

La ira me cegó. Sabia que Dios permitía eso por no haber matado al incubo negro. El podía engendrar un segundo Anticristo en cualquier otro momento con cualquier otra blanca. Me acorde de Lulamae y su grito nefasto. Corrí al cuarto y le salte encima. Ella se despertó asustada. Mis manos estrechaban su cuello. Mi rostro rojo y sudoroso muy pegado al suyo, entremezclándose nuestros alientos.

-Maldita seas, mujer! Maldita! -grite, zarandeándola. Ahorcándola. Una arcada me estremeció de pronto. Doble el cuerpo y perdí las fuerzas. Lulamae salto de la cama y huyo. No pude perseguirla. Las arcadas se repetían, siendo la siguiente mas dolorosa a la anterior, tardándose menos en darse. Y heme aquí, tirado, rabioso, sabiendo que el hijo del negro esta en mi estomago y en el de todo el mundo. Nada se puede hacer. Los vientres le estallaran a todos y miles de engendros negros saldrán de ellos a acabar con el mundo. En el ultimo instante todos se acordaran de mi, se arrepentirán por sus insultos e incomprensión, se arrepentirán por haberle permitido salir a los negros de su hoyo en el África. Pero yo no seré uno de ellos. Me quedare aquí en el suelo, quieto, abrazándome el vientre para evitar que salga el negro, luchando incansablemente para que ese bicho se quede atrapado en mis entrañas. Yo no seré carroña para los negros. Yo sobreviviré aunque tenga que arrastrarme a la cocina y clavarme un cuchillo en el vientre para matar al engendro maligno. Alguien tiene que evitar el desastre.

Alguien tiene que asegurarse que el mundo seguirá siendo blanco.

FIN

Escrito en March 6, 2020
[ relato  ]