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DESEO DE NAVIDAD

I

Era imposible que continuaran viviendo bajo el mismo techo.

Sinceramente se podía decir que ese matrimonio había sido un completo fracaso; los conflictos conyugales eran el pan nuestro de cada día.

Casi nunca comían juntos, y ni hablar de algún contacto íntimo en el lecho conyugal. Si acaso continuaban con aquella farsa marital, con ese comportamiento de presunta y aparente conformidad mutua, era para seguir haciendo el ficticio y forzado papel de esposos felices ante los niños. O por lo menos hasta que dejaran de ser tales.

El pobre Ricardito, con sólo siete años de edad era tan inocente que se tragaba el cuento como si fuera un postre de fresas con crema. Aquella representación le parecía una obra de maestra. Era como esas película infantiles que tanto nos gustaban cuando éramos niños, y que luego de crecer, con el entendimiento y discernimiento propios de la madurez, nos damos cuenta de que eran una verdadera porquería. Sin embargo para el era simplemente maravillosa. No sospechaba en lo más mínimo que tanta hipocresía y, en cierta forma, sentiminetos contenidos, estaban a punto de colapsar y estallar poniéndole punto final a aquella película tan agradable y llena de ilusiones a su mente infantil e inocente, y tan colmada de sentimientos maternales y paternales (fraternales no; ya que a pesar de ser un ser tan tranquilo e inocente, no podía dejar de odiar a su repugnante hermana) que solo él podía albergar entre todos los miembros de aquella pequeña comunidad familiar.

Carla, contrario e esto, sabía muy bien lo que pasaba. Sus padres lo ignoraban, pero ella era una especie de espectadora interactiva. Ella disfrutaba cada vez que intervenía en pro de la erosión de aquella relación. No podría decirse que era el comportamiento propio de una niña de trece años, sino más bien el de un violador psicópata que goza viendo la expresión de sufrimiento de su ultrajada víctima. Alvaro, la adoraba. Pero no era sólo su amor paternal. El sabía, aunque no de un modo consciente y directo, que ella no era lo que todos llamarían una niña modelo, decente y educada; pero era precisamente ese presentimiento que tenía sobre su personalidad semi sádica, donde estaba el mayor y más fuerte vínculo de cariño hacía ella. El sentía que su hija llevaba su sangre con todo el sentido de la palabra, porque además del evidente parecido físico, ella pensaba y razonaba de una forma patéticamente idéntica a él, y esa semejanza se estaba acentuando cada vez más con el paso de los años.

A Alvaro no le molestaba mucho que su pequeño engendro clónico hiriera, de vez en cuando, a Angela, cuyos genes parecían haber encontrado en Carla un letrero con la siguiente inscripción “NO PASE, TIERRA INHOSPITA”. Quizás en otra época, cuando él sentía por Angela aquella sensación que ahora le parecía algo ridícula e inútil, sensación aquella que los entendidos calificaban como amor (en realidad le costaba mucho creer que él hubiera sido tan idiota como para haber sentido eso). Pero ahora lo que le preocupaba era que Carta se estaba pareciendo a él, y eso, aunque le costara trabajo asimilarlo, no era muy bueno. Algo muy dentro de él se lo hacía saber sin que supiera exactamente de que se trataba. O más bien si sabia, pero su orgullo se lo ocultaba.

A pesar de todo Alvaro la amaba, y no solo la amaba, sino que también la alentaba a ser como era, y prueba fehaciente de ello era la forma en que la premiaba con regalos y cariños (aunque, como muy bien él sabía, ella prefería los regalos) tratándola como la única persona que se merecía realmente su precioso y valioso amor.

Con Ricardito la situación se tornaba algo (bastante) diferente. El quería a su hijo, pero jamás con la magnitud de sentimientos que tenla reservados a Carla. Ricardito era un juguete para él, y como tal cumplía su función, distraerlo en algún momento de ocio y lucirlo frente a sus amigos o su familia para luego olvidarlo, y en cierta forma guardarlo hasta que volviera a hacer falta un poco de distracción.

Para Ricardito su padre era todo un dios, era su ídolo. El no se daba cuenta que lo que su padre hacía con él era usarlo. Jamás se le hubiera ocurrido semejante falacia. Su padre era el ente que tenía respuestas para cualquier tipo de interrogantes, el non plus ultra de la sabiduría, y por consiguiente, la persona más capacitada sobre la tierra para solucionar todos los problemas. En una ocasión su padre le había contado de la vez en que él envió una pregunta por correo a las oficinas de la una enciclopedia muy prestigiosa y popular por aquel entonces. Ellos tenían una promoción en la cual, si no podían contestar a una pregunta por medio de una carta enviada a sus oficinas en Europa, le enviaban al remitente un ejemplar de su afamado producto sin costo alguno. Ni respondieron la carta, ni enviaron la enciclopedia, y lo que era peor, no le llegaban ni a las suelas de los zapatos de su sabio padre.

Si Ricardito vela que Carla era la que recibía la mayoría de los cariños y atenciones de su padre, era porque así debía ser. Su lógica inocente y condicionada le decía que su padre nunca se equivocaba en lo que hacía Lo más triste de esa deprimente comedia familiar era Angela, la abnegada, esmerada y desinteresada Madre, la alcohólica de la familia.

Amaba a su hija, a pesar de todos los reproches y malas intenciones que tenia Carla hacia ella, a pesar de las risas sarcásticas y burlonas, a pesar de todo, era su hija, y como tal la amaba. Pero Ricardito, el único Individuo de ese ecosistema familiar donde la mancha del odio y la realidad de la vida no habían logrado plasmarse en el blanco lienzo de su inocencia; el si sabía corresponder a ese amor maternal, aunque veía a su madre como un ser con algunas imperfecciones comparado con la grandeza intelectual y moral que representaba su idolatrado padre.

Ricardito detestaba la forma en que su madre se transformaba cada vez que ella salía con sus amigas y regresaba a la casa en deplorable estado de beodez. Lo peor de todo era que, siendo él la única persona de la casa que la respetaba, era él mismo el que tenía que cargar con sus alcohólicas y melancólicas lágrimas, escenario ideal de sus pletóricos discursos sobre su deprimente y frustrada vida marital que el pobre infante no entendía. Aunque en realidad no le molestaba mucho, por provenir de tan amado ser. A decir verdad la daba un poco de lástima y sentía compasión por ver convertida a su madre en tal cúmulo de calamidades.

II

Aquella noche era una fecha del año muy importante para Alvaro. Era la noche del 24 de diciembre, noche en la cual todos los miembros de la dinastía Parra acudían a la fiesta dada en la suntuosa mansión de la señora Elvira Parra, viuda del Dr. Antonio Parra, y la única que mandaba y disponía en los miembros de su descendencia. Era la reunión donde Alvaro y sus hermanos lucían a sus familias respectivas. Que mi hijo había sacado una nota sobresaliente en matemáticas, que mi hijo no había sacado notas sobresalientes pero tenía tres novias, que mi esposa había ganado el primer premio en la exposición de pintura. En fin, esa reunión parecía más bien una subasta de egocentrismo, donde no había compradores y, donde los precios eran bastante exagerados.

A Angela te repugnaba aquel ambiente, hedía a hipocresía rancia, y muy rancia, puesto que había estado expuesta al aire libre durante mucho antes de haber entrado ella a formar parte de aquel circo. Ella no se explicaba como podía soportarlos, todos eran iguales, cortados con el mismo cuchillo y de la misma hogaza de pan. Pero todo Iba a acabar pronto, las cosa estaban tomando un rumbo peligrosamente psicótico dentro del enmarañado y confundido cerebro de Angela.

Esa noche ella decidió quitarse la máscara. Ya estaba cansada de fingir, de adular, de callar y de oír hablar a tanta gente vacía.

Esa noche iba a ser la última, y por lo tanto, habría que dar un buen espectáculo.

La función se inició en la entrada de la mansión. Ya hacía rato que había llegado Alvaro y la fiesta se encontraba en pleno apogeo. Como era costumbre, Alvaro y Angela nunca llegaban juntos. La puerta hizo un gran estruendo al abrirse de par en par, chocando esta fuertemente con las paredes adyacentes a la misma. Aquella entrada fue precedida por un silencio aterrador, débilmente perturbado a causa de la algarabía causada por los niños en el patio trasero (los niños de Angela y Alvaro no se unían a los de la fiesta, ya que Angela los había dejado deliberadamente en su casa). Todas las miradas de la audiencia condenaban el inoportuno y bochornoso comportamiento de tan insignificante miembro de la familia (en realidad les costaba trabajo aceptarla como otro integrante de tan digna y honorable estirpe), haciéndola parecer como la oveja negra. Ella estaba con ambas manos apoyadas en el marco de la puerta una manera subyugante y arrogante, vestía con un blue jean desteñido y una franela amarilla sin mangas con un gran estampado rojo en el pecho que decía: “I LOVE BEER”. En su rostro resaltaba una gran sonrisa burlona y sus ojos escrutaban a la alarmada audiencia con una mirada etílica un tanto picaresca.

-¿Que pasa?, ¿esto es una fiesta o un velorio?- dijo Angela con un tono, un poco distorsionado por el alcohol, pero con el ápice característico de solemne superioridad. Alvaro, con la resignación y la vergüenza estampada a todo lo largo y ancho de su cara, no le quitaba la mirada al techo.

La madre de Alvaro fue la primera en romper aquel silencio alienante.

-Angela, querida!!- la hipocresía se le desbordaba por la comisura de sus labios- Alvaro nos dijo que no vendrías.- y era cierto, Alvaro jamás pensó que Angela fuera a acudir a la fiesta, nunca lo hacía.

Angela, con una exagerada sobre actuación respondió -¿SÍ?, Me extraña! ¿Mi querido y amado esposo diciendo mentiras?- luego, poniendo ha manos en su cintura y, dirigiendo una mirada acusadora a Alvaro, añadió -Alvaro, eso no se hace, ¿qué van a decir nuestras amistades? ¡¡Que horror!!.

Angela se dio cuenta que su actitud estaba sentir un poco incómodos a los allí reunidos, así que decidió integrarse a la reunión para atacarlos uno a uno. Ella nunca se había divertido tanto. El desquite fue total. Nadie se salvó de su tanda de descargas bañadas en alcohol y rellenas con verdades sumamente picantes y ponzoñosas. -Es que Alvaro no piensa llevarse a es zorra de aquí- fue uno de los tantos comentarios que acompañaron a la oscura estela de orgullo fisurado que iba dejando Angela tras de sí. La madre de Alvaro estaba encolerizada, y a Angela le pareció que ardía como una brasa, así que decidió que lo mejor y más sano era apagarla; era muy peligroso una brasa al rojo vivo en un lugar donde la gente estaba hecha de papel sanitario (y del más barato).

Angela se dirigió a la mesa donde estaba el ponche que, casualmente, quedaba al lado de aquel manojo de ira. Sólo le bastó con levantar la ponchera con ambas manos y, como si fuera un cesto de rosas volcó su contenido sobre la cabeza de la señora Parra. El silencio volvió a hacer acto de presencia en aquel recinto, y el asombro prevaleció en los incrédulos rostros de la anonadada y aludida audiencia. La señora madre de Alvaro podía sentir como corría por todo su cuerpo, el gélido y avinatado líquido. Su costoso peinado de salón de belleza y su costoso vestido exclusivo, lucían algo grotescos después de aquel inesperado baño.

-Pobre señora Parra, pero si se le chorreó el glamour- dijo Angela con un tono de falsa compasión.

Sorpresivamente una mano emergió de la nada (o, por lo menos, eso fue lo que le pareció a Angela) sacudiendo violentamente su cara, en una acción heroica y protectora de Alvaro hacia su madre. Un pequeño hilo de sangre bajaba por la barbilla de Angela, procedente de una inmutable sonrisa que ni ese mismo sacudón había podido borrar. Angela saboreó el cálido flujo con la punta de su lengua de una forma muy sensual, para luego añadir -¿Ese fue tu regalo?, que tierno eres Alvaro. No te preocupes, yo te daré el tuyo cuando llegues a casa.

-Vete inmediatamente de aquí. Me das asco.- respondió Alvaro, el cual no le salía las palabras de la boca a causa del estreñimiento verbal que le producía la mera presencia de aquella repugnante figura.

-Ya me iba, amor mío. No te exaltes dijo ella y, esbozando un ademán despedida a la impresionada audiencia añadió -Adiós a todos, amigos de alcohol, nobles hipócritas y falsos poetas de esta mundana sociedad.

Espero que no me tengan envidia por haberme visto venir sin mi respectivo disfraz, pero como esta es nuestra última noche juntos, quería que me recordaran como en realidad soy: Angela Fernández de nadie, porque el Parra me sabe a mierda. Feliz Navidad.

Caminó hacia la puerta principal que quedaba en tanto por encima del salón, subió los escalones y, cuando estuvo a punto de salir dijo -Pero casi se me olvidaba el regalo de ustedes- se voleó, bajó sutilmente su blue jean, y soltó una sonora y fétida flatulencia -Chao lindos chicos- les pico un ojo y salió dejando la casa con un clima tan encapotado como el que reinaba en esos momentos en el exterior.

III

Cuando Angela dejó el umbral de la puerta, apenas empezaban a caer las primeras gotas de la ya anunciada tempestad que cual manto de tribulaciones amenazaba con mantener la noche bajo su tormentosa dirección. Con paso vacilante, a causa de la exagerada injerencia de alcohol, se dirigió hacia su vehículo, dejando tras de cada paso un halo Indiferencia causado por aquella conflictiva y presumida familia.

La calma reinante en el patio de la entrada principal, la cual ya comenzaba a percibir las primeras gotas del chaparrón, no reflejaba, de forma alguna, la conmoción que inundaba el interior de la mansión.

Luego de errar un par de veces en introducir la llave en la cerradura de su abollado fiat amarillo, logró abrirla, y teniendo mayor suerte con la ignición del motor, puso en marcha los cuatro cilindros de su descuidado pero siempre presto automóvil. Cuantas veces se había visto en la misma situación, donde el alcohol y la euforia, aderezados con un poco de melancolía, eran degustados por el destartalado automóvil, blanco certero de sus ya constantes etílicas andanzas nocturnas.

A pesar del resbaladizo y baboso asfalto, de las pronunciadas curvas, del aguacero (que ya era torrencial) y de un limpia parabrisas descompuesto, ella se sentía dueña de la situación. Ni el mismísimo Alan Prost podría hacerlo mejor que ella. El estado de embriagues le daba a Angela la seguridad característica causada por los efectos del alcohol. A punto estuvo de desbarrancarse dos veces, y llegando a su casa arrolló al pobre gato de la señora Cárdenas, su vecina.

Cuando entró a su casa la lluvia continuaba en pleno apogeo, y no daba señales de que fuera a amainar en toda la noche. La penumbra reinante, interrumpida ocasionalmente por los esporádicos relámpagos, le daba al interior del recinto un aspecto lúgubre pero al mismo tiempo apacible; ambiente ideal para que fermentaran dentro de la psiquis de Angela una serie de maquiavélicas y desquiciadas ideas, cuyas consecuencias iban a dejar una mancha roja en el calendario familiar.

Un pequeño vistazo a la habitación de los niños casi la hace cambiar de parecer. No se podía imaginar que aquel par de querubines fueran el producto de su unión con el denigrante y vil ser de su esposo; pero cada vez que recordaba las amarguras, hipocresías, decepciones y rencores provenientes de él y de su estirada familia, sentía más profundamente las ansias y deseos de matarlo, de acabar con su vida, con la vida del consentido de la familia Parra, con la vida de aquel que una vez la hizo sentir los vaivenes del amor cual niño embelesado por los rítmicos y relajantes movimientos de su cuna. Y el instrumento para llevar a cabo esa empresa de carácter resolutorio, extintivo, drástico pero necesario, tanto para sus hijos como para ella, era nada más y nada menos que aquel cuchillo de cocina Italiano que él tanto afilaba cada vez que entraba a la cocina.

Ese cuchillo era uno de los artículos más odiados por Angela. Ella detestaba aquella aberrante manía que tenía Alvaro de tenerlo afilado cual sable samurai, capaz de cercenar un bloque de granito con la facilidad y la gracia con que se corta una barra de mantequilla.

Franqueando la puerta de la cocina y dirigiéndose de forma segura, a pesar de su estado, a la gaveta de los cuchillos, tornó el indicado y se quedo unos instantes con el mismo en la mano derecha y la mirada perdida cual zombie en estado de hipnosis profunda. El centelleante y blancuzco fragmento de luz emitido por un estridente relámpago dio a sus facciones los primeros vestigios psicopáticos en el pálido rostro de Angela, haciendo sobresaltar en aquella figura desgarbada y atemorizante, con el brillante resplandor de su hoja de veinte centímetros de acero inoxidable, el utensilio de cocina que en sus manos se transformaba en tan mortífera arma, futura portadora de funestas intención.

A un lado de la puerta principal se escondió, agazapada en el suelo y de manera acechante y paciente, como una arpía esperando a su indefensa e ingenua presa. Su mirada continuaba perdida, sorteando los intrincados laberintos de su subconsciente. Quizás tratando de buscar otra salida o solución, pero todos los caminos, repletos de entrelazadas premisas, siempre llegaban a la misma conclusión, la venganza, la destrucción, la erradicación de lo putrefacto, en pocas palabras la muerte.

No tuvo que esperar mucho. En realidad, después de la bochornosa escena de la mansión de los Parra, no era de esperar que Alvaro permaneciera mucho tiempo a merced de las miradas críticas e incriminantes de sus familiares, causadas por su impertinente esposa. Alvaro corrió de su vehículo a la puerta de la casa para evitar mojarse con el suntuoso aguacero decembrino. Tuvo que parquear su automóvil en la acera de la calle, ya que Angela lo habla hecho de forma tal que ocupaba, de manera muy alegre e imprudente, los dos puestos del garaje. En el apuro de la carrera contra los baldes de agua que desparramaba el oscuro firmamento, le pareció ver una masa gris y sanguinolenta estampada en el piso, de la cual emergían dos ojos suplicantes y desorbitados, pero no le dio mucha importancia.

La mezcla de emoción y adrenalina que empezaban a hervir en la confusa trama de la psiquis de Angela al sentir los pasos de su presa, les dio un sólo sentido, unificando la ira, la confusión y la desilusión en la más peligrosa y alienante convicción, matar. Saciar su instinto reprimido a lo largo de esos quince años de matrimonio por causa de sus protectores sentimientos maternales.

Cuando Alvaro entro lo primero que sintió fue la súbita y dolorosa penetración del frío acero a través de su espalda. Sintió como se le incrustaba el utensilio entre las vértebras de la columna. Sintió como el filo del mismo cortaba delicada piel, causando pequeñas excoriaciones que apenas eran percibidas por su sistema nervioso, ya que el intenso dolor proveniente de su espina dorsal lo opacaba. Sintió como se le empezaba a oscurecer la vista, sensación acompañada por la repentina pérdida del equilibrio, que lo hizo caer cual roble víctima de un rudo leñador. Sintió el correr de la sangre que como un volcán en erupción emanaba por el orificio dejado por el cuchillo, el cual se dirigía, después de haber dejado su improvisado receptáculo anatómico, a su desprotegida y tentadora nuca, todo esto bajo la tenaz dirección de la delicada y sutil mano de Angela.

El golpe dado en la parte posterior del cuello fue el fulminante, este lo atravesó hasta salir por la garganta, haciendo aparecer por debajo del mentón la brillante pero ligeramente ensangrentada punta del cuchillo. El sabor ocre de la sangre fue levemente percibido, en aquel instante de semi delirio, por las papilas gustativas del ya difunto individuo, ahogándose de esta manera las últimas y desesperadas esperanzas de vida que aquel pobre y desdichado esposo, vanas expectativas de un hombre que pretendió ser indulgente con su propio ego.

Angela se quedó unos instantes paralizada, al pie del devastado y ultrajado cuerpo. No podría decirse si era por terror o por alivio. De nuevo un relámpago hizo un extraño y macabro juego de luces con el demacrado y exageradamente desquiciado rictus fatalista del rostro de Angela, dándole no sólo al rostro, sino al conjunto de elementos que conformaban la escena, un tono dantesco y lúgubre, dócilmente adorado por el sonido característico que causa este tipo de fenómenos metereológicos.

Una leve sonrisa se postro sobre los labios de Angela, se sentía aliviada y a la vez vengada, no podía creer que la solución hubiese resultado tan fácil y simple; con la sola eliminación de ese sujeto había erradicado su carga y eliminado el vínculo que la unía con su igualmente pesada familia.

Súbitamente empezó a sentir que todo a su alrededor empezaba a darle vueltas. Era este un signo evidente de que su cuerpo le estaba rogando de una manera particularmente biológica las comodidades características de una buena cama, con unas cuantas incursiones esporádicas al escusado, el cual esperaba ansioso la llegada del acostumbrado y pestilente vómito.

Esa noche soñó; soñó con imágenes de libertad; soñó que corría por una gran pradera bajo un hermoso día azul y despejado, corría a gran velocidad y no sólo corría, sino que volaba; volaba hacía un punto en el infinito, más allá de lo finito; un punto donde nadie pensaba, nadie comprendía, apenas existían, era el sitio más apacible jamás imaginado, jamás soñado, era quizás aquel sitio que se encontraba al pasar el umbral de la muerte, sitio este temido por la mayoría de los seres pseudo racionales, ya que, según ella, tal temor era el fruto de la ignorancia; desconocimiento de causa. Desconocimiento del lugar donde la vida encontraba su anhelado descanso.

La tormenta habla cesado.

Escrito en February 24, 2021
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