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DEPENDENCIA

Estaba en pie, frente al espejo, como cada día. Controlaba su cara con una intensidad brutal. No era la coquetería lo que reinaba en él, sino el asco, la aversión. Se horrorizaba de sí mismo.

Su cara estaba llena de espinillas, de erupciones cutáneas extrañas y sin sentido. Algunos fragmentos de su piel estaban resecos, como si envejecieran veinte veces más rápido que el ser humano condenado a cargar con ellos. En ocasiones palpitaban, y de alguno de ellos llegaba incluso a rezumar una sustancia purulenta, mezcla de sangre y pus.

Estaba frente al espejo buscando lo que siempre buscaba cuando se colocaba frente al espejo. Se buscaba a sí mismo. Creía estar oculto tras la masa informe que era su cara. Esperaba que algún día se le cayera la máscara y conociera cuál era por fin su verdadera identidad.

Pobre iluso, no llegaba a comprender que no había nadie más con él, que su aspecto podrido era el que realmente tenía. Y ahora también su mente se había podrído, estaba enloqueciendo, entraba sin quererlo ni sentirlo en un carnaval de sueños e ilusiones que danzaban en su cabeza sin orden ni concierto. Debía encontrar algún remedio para su piel, para su cara, para su vida. Por un lado había odio, y por el otro una sensación de tristeza terriblemente empalagosa e infinita.

Comenzó a preguntarse cómo conseguir cambiar. Sabía que en ningún lugar encontraría el remedio perfecto y absoluto. No había tienda alguna que vendiera esa mágica solución. Pero no había ningún problema, él mismo la inventaría. Si lo que tenía en su cara eran seres vivos que se reproducían extendiéndose por su piel, debía acabar con ellos… quemándolos, disolviéndolos. Eliminándolos de raíz para que no volvieran a la vida.

Juntaría todas las cremas y productos que encontrase por la casa. Y la mezcla sería la solución definitiva.

Dedicó todo un día a su trabajo. En un recipiente de cristal de tamaño mediano introdujo un sinfín de productos. De belleza, de limpieza… y posteriormente lo rellenó de agua. Vertió unas gotas en su mano y, haciendo caso omiso del burbujeo que había comenzado a formarse, se puso el líquido en la cara. Primero tuvo calor, y luego frío. Volutas de humo ascendían al techo de su cuarto de baño a la misma velocidad con que lágrimas de dolor resbalaban por sus mejillas. Pero no gritó, se limitó a sonreír… y cuando el dolor y el calor desaparecieron, en su amarga locura, creyó distinguir un cambio en su tez, una transformación a mejor.

Continuó aplicándose su propia crema durante varios días. Los que le rodeaban comenzaban a alejarse de él cada vez más. Observaban el terrible cambio que sufría, pero creían que era algo normal, propio de la degeneración que le acosaba desde siempre.

La piel comenzó a pudrírsele, primero le quedó completamente blanca y luego se le cayó todo el vello de la cara. Y debajo de la piel original surgió otra, deforme y palpitante, que parecía susurrar con cada vibración, como si tuviera vida propia.

El resultado no convencía del todo. Si desde el exterior no hacía efecto, probaría desde el interior. Probó con el dedo un poco de su propio producto. Le gustó su asqueroso sabor. Notó cómo el líquido abrasaba su garganta y su estómago, y cómo se sentía desfallecer al notar que su cuerpo ardía por dentro. Y sin embargo se sentía satisfecho.

Autor: Héctor Álvarez Sánchez (heko).

Escrito en February 24, 2021
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